«Se vende humo», de Joaquín Escobar: Incorrección surrealista de principio a fin

Lo llamativo de las historias escritas por el treintañero autor nacional es que están siempre dando giros inesperados y el sentido de lo verosímil se tensa hasta tal punto que las acciones de los personajes –poco sostenibles en nuestra realidad– funcionan muy bien en el marco de la ficción imaginada por el escritor.

Por Francisco García Mendoza

Publicado el 11.6.2018

Joaquín Escobar (Santiago, 1986) publica su primer libro de relatos titulado Se vende humo (Narrativa Punto Aparte, 2016). El también sociólogo construye sus historias a partir de retazos que van configurando un panorama de lo que podría considerarse un gran relato que, sin embargo, no logra cuajar del todo. Son doce textos que funcionan como anécdotas -hay algunos cuyo desarrollo podría situarlos en una esfera narrativa independiente de la totalidad-, poseen fluidez, gracia, sencillez a veces matizada con referencias demasiado literarias que sitúan a los personajes en un campo cultural en el que no necesariamente debiesen estar o que simplemente no son relevantes en el desarrollo del relato.

“No hay que creer en Foucault, ya que no se puede tomar en serio a alguien que le gustaba meterse palos por el poto”, menciona uno de los personajes de “Raimundo, el Bototo y la Pacheco”, y quizá esta sentencia pasa a ser la síntesis de la tesis de toda su obra.

El que todas las ideologías sean catalogadas como “vende humo” resulta a veces una postura del decir por decir. La mayoría de las veces es más fácil decir que todo está malo, que todo lo que se nos presenta como una verdad no es más que inconsistencia, humo que compramos como si fuese un elemento esencial para nuestro devenir. Sin embargo, el recurso recuerda mucho a los raperos del transporte público que cantan contra el sistema, repitiendo discursos que a esta altura nada tienen de novedosos y que, por el contrario, nada tienen tampoco de críticos.

Todos los relatos del texto poseen el mismo ritmo, la misma cadencia e incluso no abandonan la misma tesis. Lo anterior podría ser considerado una virtud en el sentido de mantener la unidad temática de los textos, sin embargo, en cada uno de ellos un personaje insiste en enunciar la idea “vende humo”, lo que deriva más bien en sospecha de la utilización forzada del recurso. Los relatos podrían muy bien formar parte de un texto mayor y uno se pregunta para qué venderlos como narraciones individuales.

Lo llamativo de las historias escritas por Escobar es que están siempre dando giros inesperados y el sentido de lo verosímil se tensa hasta tal punto que las acciones de los personajes –poco sostenibles en nuestra realidad– funcionan muy bien en el marco de la ficción imaginada por el escritor. Los relatos de Joaquín Escobar suelen ser laberínticos, surrealistas, a veces incoherentes, putos delirios en donde Manuel Rojas y Roberto Arlt son seleccionados de fútbol de sus respectivos países. De esta manera, con Se vende humo el sociólogo desafía las convenciones literarias clásicas: “Respeta el arte, bestia animal, gritaron. Chupen la que cuelga, giles culiaos” (110), y es este quizá uno de los fundamentos de Escobar a la hora de escribir literatura.

Si bien la yuxtaposición de elementos (que recuerdan mucho a las pinturas de Salvador Dalí) enriquecen la narración y potencian el particular estilo del escritor, el exceso de citas literarias y referencias culturales juega en contra, ya que muchas veces no son necesariamente un aporte a la trama del relato.

Lo peligroso de creer –y sostener– que todo en la vida es pura venta de humo (como la ciencia en “La ciudad subterránea donde el esplín fue fusilado”) conduce finalmente a un abandono de la actitud crítica (aunque se busque, precisamente, lo contrario) y es, finalmente, el sentido común el que termina por imponerse en las vidas sin sentido de los personajes del libro.

Los escritores de hoy en día están demasiado correctitos, la actitud escritural de Joaquín Escobar se erige para bien en contra de esta última tesis.

 

 

Los relatos de «Se vende humo» (2016)

 

 

 

Crédito de la imagen destacada: Ojo en Tinta (http://www.ojoentinta.com/)