«Taxi Driver»: En los Estados Unidos después de la derrota colectiva

Durante la década de los 70 se debían absorber toda una serie de fracasos de la década anterior en el imperio norteamericano, resumidos en dos áreas: la política, con los asesinatos de John F. Kennedy y de su hermano “Bobby” y del activista negro Martin Luther King, y emocionalmente se trataba de una nación que volvía de haber perdido la Guerra de Vietnam, y es desde este revés militar que viene a desarrollarse el drama del protagonista del filme de Martin Scorsese, interpretado por Roberto De Niro.

Por Horacio Ramírez

Publicado el 22.10.2020

“A cada uno le bastaría, para intercambiar el pensamiento, con poner o quitar de la mano del otro, en silencio, una moneda…”
Stéphane Mallarmé

Es conocida la anécdota de Winston Churchill tomando un taxi para dar una entrevista en la BBC de Londres. Al descender, le pide al taxista que lo espere unos 10 minutos. El chofer, que no lo había reconocido, le contesta con entusiasmo: “No puedo esperar porque tengo que ir a casa a escuchar el discurso de Churchill por la radio”. Tras el momentáneo orgullo inicial, Churchill aplicó la prueba de fuego: le alcanzó, en silencio, un billete de 10 libras. Al ver la pequeña fortuna ofrecida, el taxista respondió: “…esperaré horas hasta que regrese, señor ¡y que Churchill se vaya al Infierno!”.

El legendario primer ministro inglés reflexionaría así al recordar el episodio: «Los principios han sido modificados por el dinero. Las naciones se han vendido por el dinero. El honor se ha vendido por el dinero. Los hermanos se venden por dinero. ¡Las almas se venden por dinero!… ¿Quién le dio tanto poder al dinero e hizo de la gente sus esclavos?».

Del otro lado del Atlántico y años después, un billete de 20 dólares, arrugado y sucio, es tirado sobre el asiento delantero de un taxi. Tal el detonante de la historia que nos convoca… la historia de Taxi driver, un filme de Martin Scorsese, de un lejano 1976, pero que no es para nada una película vieja sino todo un clásico indiferente al tiempo, que excede las modas o los estilos.

En primer lugar, diremos que el título de Taxi Driver no acepta traducciones. Que es un título de alto contenido poético en el inglés original y que rescata la dualidad existente entre un vehículo público y un conductor individual. Un automóvil que lleva a cualquiera pero que no es manejado por cualquiera. Que son dos cosas diferenciables y separadas en las mismas imágenes con las que comienza el filme.

Tras el golpe de música inicial y mientras su sonido se extingue, tras las omnipresentes nubes de vapor de agua que nacen del asfalto de Nueva York, emerge la figura del taxi, como bebiéndose el sonido que se apaga. Un director mediocre no se hubiera resistido a exponer al taxi atravesando la cortina de vapor, en el clímax mismo de la orquesta.

Sin embargo, Scorsese optó por esperar a que la música en fortissimo amainara para que el mostrenco amarillo del taxi apareciera. Una desarmonía buscada por parte del director que nos previene acerca de la calidad de lo que se avecina. Le siguen los ojos. Las miradas. Las cosas vistas. El detalle. Las gotas de humedad sobre la chapa del vehículo. Las luces multicolores entre cristales y charcos de agua. Una alucinante pesadilla de comida, sexo, cultura, semáforos, licores. Una melange semántica polivalente, autocancelante, interprovocada. Prostitutas, travestis, drogadictos, enfermos, borrachos…

El muestrario “al natural” de la calle real, a cámara abierta, justifica en nosotros el término en el iyari jamaiquino que califica a esta sociedad —y especialmente a esta ciudad— como la decadente “Babilonia” bíblica de los tiempos actuales. Y esta imagen multitudinosa de luces, colores y reflejos es la que genera su propia contraparte: el hombre individual, gris y honesto: Travis Bickle, nuestro “taxi driver”.

La historia comienza directa, con Travis pidiendo trabajo en una oficina andrajosa de una compañía de taxis, en una escena que nos resume el contexto cabal del resto del filme. Sobre esta parte se edifica todo lo que sigue en la historia, menos el final… aunque el final —lo entenderemos después— está también larvado en este breve momento de inteligentísimo resumen.

La cámara de Scorsese, en ese espacio reducido de la oficina, indaga visualmente a Travis: asciende por sobre su cuerpo. Es un hombre común. Sin mayor profundidad espiritual ni mayores ambiciones. Sin educación formal: “Estudié… aquí… y allá…”, afirma, acompañado de un débil gesto de incomodidad o vergüenza.

Es un ex marine —como el que lo entrevista— sin mayor complejidad mental (las balas que se clavan en la carne extraen mente de los cerebros) y quiere ser simpático, pero su sonrisa es un proyectil penetrante que incomoda: una sonrisa de niño en un rostro que trasunta fuerza adulta (es la icónica sonrisa de De Niro, en pocas palabras)… demasiada fuerza adulta, que espanta la salud infantil de cualquier espíritu.

Tras el jefe, una ventana exhibe una discusión amorfa. Cuando Travis se va a retirar, le echa una ligera mirada al ventanuco donde esa discusión abstracta para el espectador, oficia como el basso continuo de la breve escena inaugural… escena que es una pieza maestra de síntesis: en pocos minutos ya sabemos todo lo que tenemos que saber para seguir la historia.

El guión —acotamos, de paso— pertenece a Paul Schrader, quien, tras reponerse en un hospital de tres semanas autodestructivas de alcohol y drogas, vio surgir en sólo siete días el guión de Taxi driver.

La música, encerrada entre los fortissimos del inicio y del final, es de una melancólica dulzura de saxo, perteneciente a Bernard Herrmann, quien falleció antes del estreno y que no pudo “ver” su melodía (“New York City Night and Day”), plasmada en la pantalla.

 

«Taxi Driver» (1976)

 

Bala perdida

Durante la década de los 70 se debían absorber toda una serie de fracasos de la década anterior en los EE. UU., resumidos en dos áreas: la política, con los asesinatos de John F. Kennedy y de su hermano “Bobby” Kennedy y del activista negro Martin Luther King. Por el otro lado, se trataba de un EE.UU. que volvía de haber perdido la guerra de Vietnam. Y es desde este revés militar que viene a trabajarse el drama del taxista.

Travis no tiene la sensibilidad infantil que tiene aquella persona que ha madurado y que debe buscar la sensibilidad infantil que ha perdido en su maduración: un acto esencial para aquél que sabe amar o crear una obra de arte.

En esta inmadurez afectiva (que intuimos reforzada por la guerra) se quiere enganchar afectivamente con una rubia muy lejana para él pero a quien conquista con su franco desenfado: Betsy (Cybill Shepherd), pero no lo logra: es que no tiene —no sabe— cómo asirse al amor. No tiene punto de anclaje en su realidad interior, lo que lo hace torpe ante la mujer.

De hecho, como heredero de la guerra perdida, nada había que lo hubiera formado y retenido en la sociedad compleja y dolida de Nueva York… sociedad y cultura que sólo parece moderarse y activarse a través del dinero…

Se preguntaba Churchill cómo era eso posible, pero vemos que así, sin más, lo asumía el proxeneta que le arroja el billete de 20 dólares para retirar de su auto a una pequeña prostituta de sólo 12 años, Iris (Jodie Foster) y llevársela, drogada, hasta su puesto de trabajo.

Es en esta escena donde aparece el monstruo: el proxeneta sin rostro (“Sport”), interpretado por un impecable Harvey Keitel que preparó su papel con un verdadero traficante de prostitutas del Bronx. El camino del filme está trazándose.

 

Jodie Foster en «Taxi Driver» (1976)

 

La batalla final: La falsedad del mundo

Travis es la bala que volvió a los EE.UU. como un proyectil perdido que está buscando su blanco. Una bala disparada que busca un significado. Una bala que se quedó sin guerra, en completa soledad. Se confiesa Travis en su diario: “La soledad me ha seguido toda mi vida. A todos lados. En las tabernas, en los autos. Por las aceras, en las tiendas. Por todos lados. No hay manera de escapar de ella. Dios me hizo un hombre solitario”.

Pocas cosas hay tan solitarias como una bala mientras atraviesa el aire. Para no andar sin poder dormir por las noches en trenes o subterráneos, busca asirse a un terreno belicoso, y acepta sin problemas trabajar en los barrios más violentos y horarios más peligrosos de Nueva York.

Es que para Travis la guerra continúa. Su taxi se desliza por los senderos más tortuosos buscando la “limpieza” de una ciudad sucia y cuya llave de arranque es el billete de 20 dólares que conserva aparte de su recaudación diaria.

Comienza así su preparación física y psicológica. Compra las armas y diseña adminículos para poder portarlas. Escenificaciones que imagina Travis y que se encarna en ese tan celebrado “autodiálogo” del “¿Me hablas a mi?” y que fuera una de las improvisaciones de De Niro que hizo camino propio en la historia del cine.

Por su parte, el corte de pelo a lo “mohicano” es parte de su puesta en escena interior, anímica, y que De Niro aprovecha para imitar —en otra improvisación que Scorsese supo aprovechar— la gestualidad de un caballo, de una bestia desbocada.

Asistimos a un atentado fallido al candidato a presidente, casi como echándole la culpa por su fracaso con Betsy, pero también como un intento de “limpiar”, en el sentido que le da Travis, al aparato político que lo mandó a luchar al Vietcong.

Pero este encontronazo con el peligro le hace cambiar de objetivo, de blanco: ahora es la estructura inmoral que sostiene a la pequeña Iris atrapada en la red de prostitución, el blanco que se le hace real. Travis se dio cuenta que no debía dirigirse al mismo sistema que lo había mandado a la guerra porque estaba hecho de falsedad.

Se dio cuenta de que su blanco debía ser la realidad y no la ficción del discurso político, ridiculizada por una estatua, y que sólo quiere mantener viva la mentira del poder y del dinero: el mismo dinero que escandalizaba al viejo Churchill y que se encarnaba en el billete de 20 dólares que Travis guardó en su billetera… hasta el momento de tener que devolvérselo al mismo aparato perverso que lo había disparado en la guerra y que lo evitaba como blanco en lo peor de Nueva York.

Esa ciudad debía ser limpiada. Los perpetuos vapores del paisaje neoyorquino (que escapan a lo largo de 129 kilómetros de cañerías de agua caliente) y las tomas de agua rotas, trabajaban junto a Travis y su taxi, en esa limpieza que ya se adivina en las últimas escenas. No era el sexo que buscó en Betsy, sino el amor que encontró tras la máscara perversamente sexuada de Iris, lo que le otorgaba el verdadero anclaje a la realidad.

En la violenta escena final, en esa célebre y macabra toma cenital tras el tiroteo, con los policías apuntando, en pose como maniquíes, estaba el anclaje espiritual que Travis había estado necesitando. Era una bala perdida que se había encontrado con su diana interior: por eso realiza, bañado en sangre, la mímica de un suicidio…

Tiempo después, al reponerse de sus heridas, volverá como taxista y como héroe. Los padres de Iris le están agradecidos por haberla devuelto a la luz de la vida. Una noche debe llevar a un cliente: es Betsy. Ya nada hay entre ellos, sino el abismo de la falsedad del mundo. En un último instante, tras dejarla sola y sin chance de retomar la relación, Travis se aleja con un ascético “adiós”.

El filme empieza entonces a terminar, venciéndose entre las luces de la ciudad… Pero a todos ha desconcertado el instante previo a los créditos finales, en donde Travis presta súbita atención a lo que parece ser su reflejo en el espejo retrovisor (un protagonista más de la historia) y que parece desvanecerse de improviso para ser reemplazado por las luces. Toda una mítica se construyó alrededor de ese instante un tanto desnortado respecto de lo vivido en la historia.

¿Existió Travis realmente? Quizás —y ésta es mi opinión—, Travis se ha hecho uno con el enjambre confuso de las luces neoyorquinas. Pero no desapareció. Siempre existió y sigue existiendo. Incluso, y mientras los créditos siguen pasando, y mientras la música termina y la imagen del parabrisas y del espejo se confunden entre más y más luces y colores vibrantes, vemos por un muy brevísimo instante (por apenas un par de fotogramas), que los ojos del taxista reaparecen…

Taxi Driver es, así, una obra maestra y una dura crítica a esa especie de locura que el dinero anima en todas sus endiabladas formas: la guerra, la política bastarda o el sexo sin amor, y que se esparce, como una mancha de petróleo en el mar, por sobre toda la Tierra.

El individuo iconológico americano —el héroe— viene a aportar su cuota de cosmos en tal sentido. No tenemos, sin embargo, respuesta a las preguntas de Churchill, pero tuvimos, sí, la señal de que es posible sobreponerse a esta compra–venta de almas que es el mundo… sabemos de uno que triunfó y que no se vendió por veinte dólares.

 

Travis y el espejo retrovisor

 

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Tráiler:

 

 

Horacio Ramírez

 

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar Ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años: “reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad —el Dr. Héctor Blas Lahitte— que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se autopromovían y autojustificaban”.

“La religión —el mal llamado ‘mormonismo’— terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba sin retorno… La práctica de la pintura —realicé varias exposiciones colectivas e individuales— me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés. Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…”.

“He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética…”.

Horacio Ramírez actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos, sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.

 

 

Imagen destacada: Taxi Driver (1976).