«Variaciones enigma», de André Aciman: Los códigos de la vulnerabilidad

La última novela del escritor estadounidense —y autor de la aclamada «Llámame por tu nombre»—, es una obra literaria que indaga en los significados postreros del deseo, de los sentimientos amorosos, y en los efectos del paso del tiempo sobre aquellos estados anímicos, en la formación y en el aprendizaje emocional de una personalidad humana.

Por Carlos Pavez Montt

Publicado el 30.6.2020

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia. No tengan doctrinas, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.
Rodolfo Walsh

La gramática puede definirse como una tendencia que estudia la actitud del lenguaje y las reglas, estructuras o dinamismos que fluyen en su uso. Es una ciencia que intenta describir y perpetuar los fenómenos lingüísticos que tienen lugar a través de la escritura o de la voz. En pocas palabras, es el intento por encontrar un orden donde no hay más que repetición.

Es por eso que la gramática, como cualquier otra disciplina que estudie el comportamiento humano, no puede determinar por sí misma las reglas del proceso. Las nombra, las estudia, las categoriza y clasifica con términos nominales en su definición. La condicionalidad podría referirse a ese momento del habla en que nos referimos a lo que podría haber sido.

“En términos gramaticales, la verdadera vida que llevamos es en modo condicional o subjuntivo, no en el indicativo”. Lo condicional es el conjunto de momentos o situaciones que están ligadas a la incertidumbre o a la dispersión. Son esas cosas aún no subyugadas a las corrientes o a los hilos de un muñeco.

Pareciera ser que en Variaciones enigma (Alfaguara, 2019), de André Aciman (Alejandría, 1951) las sensaciones descritas forman una confesión. Una reescritura de lo visto, lo vivido y lo sentido. Del deseo. De las cosas que provoca en el cuerpo inocente que lo va consumiendo y, por lo tanto, viviendo una y otra vez a lo largo de distintas máscaras hechas un sustantivo.

El deseo amoroso. La constante materialización corporal de lo sensible en el plano psicológico. La emoción. La emoción desenvolviéndose prosaicamente a través de las experiencias del individuo. Los detalles y las interpretaciones de un gesto revelador. Es el sujeto sintiendo y a la vez conquistando la emoción de lo que ya fue en el tiempo.

Pero que no por eso se queda en la lejanía de lo efímero. El deseo del anhelo se configura como algo inevitable, irracional. Es emoción. Por eso la trama fenomenológica deja algo que desear en algunos momentos, y por eso quizás la abundancia de reflexiones propias que no tienen que ver con otra cosa que con el aglutinamiento del y sobre el interior.

El deseo. El deseo. El deseo. El configurador de la totalidad que podemos llamar la vida en nuestros tiempos. La capacidad casi inexplicable de la apariencia extraordinaria y novedosa. La originalidad de los encuentros en el almacén superan la cotidianeidad envuelta en monedas y datos estadísticos o impresos.

La prosa de Aciman es pegajosa, agradable, armónica. Tal como lo indica su título homónimo, es un espejismo artístico sobre las relaciones que va constituyendo la experiencia del deseo amoroso, sexual y ligativo. Es un escrito que confiesa las sensaciones interiores y que, por ende, suponen una cercanía con lo que podríamos llamar el ‘yo’.

El aglutinamiento del y sobre el interior. La novela humana y exclusivamente emocional. Interiorizada en la más profunda subjetividad de lo que desea el individuo. El vicio de la experiencia amorosa relatada en términos alegres y agradables al espacio que llamamos pensamiento o imaginación.

“Lo que me remordía era saber que nuestra casa ya no estaba allí, que los que habían vivido en ella se habían marchado, que allí la vida de principios de verano no volvería a ser igual. Me sentí como un fantasma que conocía muy bien el lugar pero a quien nadie busca ya ni presta atención”.

Pero eso. El retrato de un paisaje hermoso y aurático expresa el sentir del espacio. El retrato de una emoción nos deja en el aprendizaje de su sensación y del sujeto. Porque la subjetividad relatante constituye una relación inevitable con la experiencia de la figura lectora, y porque el deseo es algo inherente a nuestra condición.

“Habría, claro, más correos con más «queridísimos» —eso lo sabía— y me daría un vuelco el corazón y contendría el aliento cada vez que su nombre apareciese en mi pantalla, lo que significaba que seguiría siendo vulnerable, lo que significaba que todavía podría sentir aquellas cosas, lo que era bueno…, incluso el hecho de perder y sufrir era bueno.”

Como si el sujeto agarrara a la realidad y la devorara con su razón. Como si la vitalidad del lugar no transcurriera sin la subjetividad del individuo. Los ojos, los pies, la boca, los dedos, la nariz, los pelos, todo lo que nos conforma está puesto en el proceso aprehendedor; lo que falta es que la consciencia enfrente la experiencia de lo que está en su exterior.

 

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Carlos Pavez Montt (1997) es licenciado en literatura hispánica de la Universidad de Chile, y sus intereses están relacionados con ella (con la literatura en lengua romance), utilizándola como una herramienta de constante destrucción y reconstrucción, por la reflexión que, el arte en general, provoca entre los individuos.

 

«Variaciones enigma», de André Aciman (Alfaguara, 2019)

 

 

Carlos Pavez Montt

 

 

Crédito de la imagen destacada: Editorial Alfaguara.