Allí donde el Plan Marshall fundó un esqueleto de poder a través del financiamiento, Bad Bunny cimienta una construcción simbólica a través del lenguaje y el ritmo, donde un espacio se alimenta del otro, y también se erige la ayuda (económica) a condición de un extractivismo (de bienes renovables o no renovables) bajo el bautismo de un único nombre: «Together we are…».
Por Ana Arzoumanian
Publicado el 8.3.2026
Estados Unidos plantea un plan Marshall para América Latina. Pensar el «Plan Marshall para 2026» desde la política de Donald Trump implica revisar el sentido original de George C. Marshall y su programa de reconstrucción europea tras la Segunda Guerra Mundial, y confrontarlo con una lógica geopolítica radicalmente distinta.
Con todo, el Plan Marshall histórico fue una estrategia de expansión económica, contención ideológica y consolidación de alianzas multilaterales. La pregunta es: ¿cómo se traduciría esa arquitectura en un horizonte 2026 bajo una doctrina marcada por el nacionalismo económico, el America First y el escepticismo hacia el multilateralismo?
El Plan Marshall original no fue solo un programa de ayuda; fue una operación de ingeniería política. Estados Unidos invirtió en la reconstrucción de Europa para frenar la expansión soviética y abrir mercados a su producción industrial. Fue, en términos operativos, una alianza entre capital, diplomacia y hegemonía cultural.
Un eventual «Plan Marshall 2026» se trataría de un programa de reinversión estratégica: relocalización industrial, incentivos a empresas estadounidenses para operar en territorios considerados clave frente a la competencia con China, y financiamiento condicionado a alineamientos claros.
El enemigo estructurante ya no sería la Unión Soviética, sino la competencia tecnológica y comercial con China. Así, el nuevo Plan Marshall no sería un diseño de reconstrucción postbélica, sino un proyecto de contención económica: subsidios para infraestructura digital en países aliados, acuerdos energéticos que reduzcan la dependencia de potencias rivales y fortalecimiento de bloques estratégicos.
Sin embargo, a diferencia de 1947, la narrativa no giraría en torno a la defensa de la democracia liberal universal.
Atravesada por la migración y el cruce cultural
La divergencia fundamental radica en el mapa de un mundo unipolar a otro bipolar. El universo bipolar designa una configuración histórica precisa, aquella en la que el poder global se concentra en dos polos hegemónicos capaces de condicionar la política, la economía y la cultura a escala planetaria.
Su expresión paradigmática fue la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la llamada Guerra Fría. Más que una simple rivalidad entre Estados, el mundo bipolar fue una gramática del conflicto que organizó alianzas, imaginarios y modos de vida.
En el plano institucional, el mundo bipolar produjo sistemas de alianzas cerrados. Por un lado, la OTAN; por el otro, el Pacto de Varsovia. Cada bloque estructuró su economía, su política exterior y su aparato cultural en función de la lealtad estratégica. La autonomía relativa de los Estados quedó limitada por la pertenencia a uno u otro campo.
Pensar la bipolaridad hoy exige abandonar la nostalgia geométrica de la Guerra Fría. El mundo contemporáneo no reproduce la simetría cerrada entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La escena global vuelve a tensarse alrededor de tres figuras que reordenan el tablero: Donald Trump, Vladimir Putin y el liderazgo de China bajo Xi Jinping. A diferencia de la Unión Soviética, China está profundamente integrada al capitalismo global; no propone abolir el mercado, sino disputarlo.
Así, pensar Latinoamérica desde la hipótesis de un «Plan Marshall 2026» supone interrogar la región no como periferia pasiva, sino como espacio táctico en la disputa por cadenas de suministro, energía y tecnología. La región no es un tablero vacío. América Latina tiene memoria histórica de intervenciones externas.
En los márgenes de este análisis, observemos el relato artístico alrededor del nombre de un continente. El Super Bowl es, históricamente, la ceremonia civil del imperio mediático norteamericano. Allí se celebra una idea de «América» asociada a la industria del entretenimiento, al espectáculo tecnológico y a la narrativa del éxito.
Que un artista puertorriqueño, cantando mayormente en español, ocupe ese espacio no es un simple gesto de inclusión multicultural, es una reconfiguración semántica del término América.
Bad Bunny introduce una América Latina, apasionada y migrante, dentro del corazón simbólico de Estados Unidos entrando a la cancha con una pelota que tiene la frase inscripta: Together we are America (Juntos somos América).
Su presencia desplaza la frontera lingüística; el español no aparece como lengua extranjera, sino como lengua constitutiva. América deja de ser sinónimo exclusivo de Estados Unidos y se expande hacia el sur, hacia la historia colonial compartida y hacia la diáspora latina que vive dentro del propio territorio estadounidense.
Además, el Super Bowl como vitrina global, transforma esa definición en mensaje planetario. La América que se muestra no es homogénea ni anglófona; es mestiza, bilingüe y transnacional.
Frente a discursos nacionalistas que buscan fijar una identidad clausurada, el espectáculo propone una América atravesada por la migración y el cruce cultural.
La idea de elegir una performance
Cuando Bad Bunny ilumina el nombre de América en el Super Bowl, subvierte una tradición de significados. América deja de ser sinónimo exclusivo de Estados Unidos y reaparece como totalidad continental.
Y es allí mismo, sin embargo, donde nos preguntamos qué mensaje quisieron darnos los productores de la final del campeonato de la Liga Nacional de Fútbol Americano, esas megaempresas asociadas a la centralidad del poder estadounidense, cuál fue la idea de elegir esa performance.
Podríamos reinterpretar el gesto del cantante en una reapropiación del término América que indique una cierta unidad. Una doctrina Monroe no explicitada, una América para los americanos nombrada en el centro mismo del espectáculo norteamericano.
Un Plan Marshall 2026, si existiera, buscaría consolidar alianzas en un mundo de competencia tecnológica. Pero la legitimidad de esa empresa dependería de cómo se narre la relación. El nombre «América» se convierte entonces en campo de batalla, quien lo pronuncia define el horizonte.
En última instancia, el vínculo entre ambos gestos —el político y el musical— radica en la pregunta por el dominio. No solo soberanía territorial o económica, sino la autoridad del nombre. América puede ser un proyecto de maniobra política o puede ser enunciación plural que desborda cualquier plan. Como toda metáfora, la polisemia del término se jugará en los bordes de esa tensión durante el año 2026.
Allí donde el Plan Marshall fundó un esqueleto de poder a través del financiamiento, Bad Bunny cimienta una construcción simbólica a través del lenguaje y el ritmo. De todos modos, un espacio se alimenta del otro. Se erige la ayuda (económica) a condición de un extractivismo (de bienes renovables o no renovables) bajo el bautismo de un único nombre; somos América.
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Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.
De formación abogada (titulada en la Universidad del Salvador), ha publicado los siguientes libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos, los relatos de La granada, Mía, Juana I, y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.
Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar.
Asimismo, fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.
Filmó en Armenia y en Argentina el largometraje documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, un registro testimonial en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en el régimen militar vivido al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010).
Es integrante, además, de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, presentó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.
El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.

Ana Arzoumanian
Imagen destacada: Bad Bunny y Lady Gaga actúan en la Super Bowl 60 de la NFL.
