[Crítica política] Convención Constitucional: El Partido Socialista y su redención ideológica

El sector que podrá aportar los votos decisivos que necesita la izquierda chilena para superar el modelo estructural vigente hoy en el país (el neoliberalismo extractivista y depredador), de cara a la redacción de la nueva ley Fundamental, será la bancada de la histórica colectividad de Salvador Allende, integrada por diez militantes y cinco independientes.

Por Felipe Portales Cifuentes

Publicado el 29.5.2021

Dado el quórum antidemocrático de dos tercios de la Convención Constitucional —impuesto en el acuerdo del 15 de noviembre de 2019— el triunfo mayoritario de la izquierda en las elecciones de convencionales no bastará para poder aprobar una nueva Constitución que siente las bases para sustituir el modelo neoliberal impuesto por la dictadura y consolidado por la Concertación.

Pero quien podrá aportar votos decisivos para esto será la bancada del PS, integrada por 10 militantes y 5 independientes adheridos a ella; además de la bancada de los pueblos originarios que han expresado su desacuerdo con el neoliberalismo extractivista y depredador vigente.

Evidentemente que no será fácil que lo haga, dado el rol que la dirigencia del PS —en conjunto con la del PDC, el PPD y el PR— desempeñó en estos últimos 30 años.

Pero también es cierto que la indudable mayoría de la población quiere otro Chile, realmente democrático y con justicia social y respeto de los derechos humanos.

Y que está dispuesta a jugarse por ello, como lo demostró la rebelión de octubre de 2019.

 

La Concertación perfeccionó el modelo neoliberal

Además, hoy se le abre al PS una inmejorable oportunidad histórica para expiar su pasado reciente y hacer una contribución decisiva para que, al menos, se pueda establecer en nuestro país un sistema capitalista con Estado de bienestar como los existentes en Europa occidental. ¿Será mucho pedirle esto a un partido que se denomina socialista?

En efecto, el PS en estos años (como los otros partidos) ha abandonado completamente su proyecto histórico de transformaciones. Y particularmente en los gobiernos que ha presidido (el de Ricardo Lagos y los dos de Michelle Bachelet) aquello ha quedado meridianamente claro.

Así, en ambos, no sólo no se ha terminado con ningún elemento estructural de los dejados por Pinochet (Plan Laboral, AFP, Isapres, ley minera, universidades privadas con fines de lucro, etcétera), sino además el modelo neoliberal favorable a los grandes grupos económicos se profundizó notablemente.

De esa forma, el gobierno de Lagos completó el proceso de privatizaciones de empresas sanitarias y del agua iniciado por el de Eduardo Frei Ruiz Tagle; continuó también con el proceso de privatizaciones de puertos; inició el proceso de concesiones de caminos; terminó con los impuestos a las ganancias de capitales; generó los multifondos en beneficio de las AFP; creó el sistema CAE que benefició sustancialmente a la banca privada en perjuicio de los estudiantes universitarios; etcétera.

No por nada terminó en medio de las ovaciones de los grandes empresarios de la Enade (Ver La Nación, 30-11-2005). Y con las calificaciones de haber sido “el mejor presidente de derecha de todos los tiempos” (César Barros); de que “mis empresarios todos lo aman” (Hernán Somerville); y de que “Lagos nos devolvió el orgullo de ser chilenos” (Herman Chadwick).

Además, el mismo Lagos señaló hace pocos años en un seminario organizado por la administradora de fondos de inversión, Moneda Asset Management, que: “desde el punto de vista económico, en el caso de Chile la tarea número uno es crecer, todo lo demás es música” (El Mercurio, 3-8-2017).

Asimismo, los gobiernos de Bachelet siguieron “perfeccionando” el mismo modelo, al consagrar la privatización del litio; legitimar el sistema de AFP (agregándole un “pilar solidario”); y también el sistema tributario, efectuándole pequeños cambios, pero conservando los escasos tributos a la gran minería del cobre privada; continuando con las exenciones tributarias a grandes empresas en varios sectores de la economía; manteniendo el altísimo y regresivo IVA; y perpetuando las posibilidades de elusión tributaria de las grandes fortunas.

 

“La nueva Constitución va a ser para los tataranietos”

Y se incurre en ignorancia o falsedad cuando se dice que dichos gobiernos no tuvieron mayorías parlamentarias para hacer otra cosa; puesto que Lagos tuvo dicha mayoría entre agosto de 2000 y marzo de 2002 (por los desafueros combinados de los senadores Augusto Pinochet y Francisco Javier Errázuriz) y Bachelet la tuvo en sus dos gobiernos, con el fin de los senadores designados.

Por lo demás, los líderes de la Concertación reiteradamente se han ufanado de haber efectuado la “mejor transición a la democracia en América Latina”…

Y tanto han alabado la política de los “consensos” con la derecha, que prácticamente ninguna ley de importancia la aprobaron reflejando su mayoría popular y parlamentaria; sino que siempre buscaron el visto bueno de la minoritaria derecha, la que obviamente se opuso a cualquier disposición que pusiese en cuestión el carácter neoliberal del modelo vigente.

Pero quizás lo más vergonzoso de toda la gestión “socialista” fue la asunción en 2005 como propia de la Constitución del 80 con algunos cambios de importancia —concordados con la derecha tradicional— pero que no alteraron su esencia autoritaria y neoliberal, como lo “reconocen” hoy todos los líderes ex concertacionistas.

En efecto, la actual Constitución está suscrita por Lagos y ¡todos sus ministros! (incluyendo Francisco Vidal, Nicolás Eyzaguirre, Ignacio Walker, Sergio Bitar, Osvaldo Puccio, Jaime Estévez y Yasna Provoste).

Pero además, en su discurso inaugural, Lagos expresó entusiastamente:

“Hoy, 17 de septiembre del año 2005, firmamos solemnemente la Constitución democrática de Chile (…) Esto no es mérito únicamente de aquellos a quienes el pueblo ha confiado las tareas de gobernar y legislar. Es un logro de todos los chilenos, de los gobiernos que hemos tenido; de sus legisladores; de los partidos de gobierno y de oposición; de los trabajadores y los emprendedores; de la mujer chilena; de periodistas fieles a su ética de informar; de las instituciones civiles y armadas; de las fuerzas morales, religiosas, académicas y creativas de Chile entero. Hoy nos reunimos aquí para celebrar el reencuentro de Chile con su historia (…) Chile cuenta desde hoy con una Constitución que ya no nos divide, sino que es un piso institucional compartido, desde el cual podemos continuar avanzando por el camino del perfeccionamiento de nuestra democracia (…) Hoy es un día señero. Iniciamos nuestras celebraciones nacionales con una patria más grande, más unida, más prestigiosa, reconocida en el mundo (…) una patria que termina de reencontrarse con su tradición histórica, donde todos sus hijos pueden abrazarse, donde todos podemos mirarnos a los ojos con respeto; sin privilegios inaceptables, sin subordinaciones indignas, sin exclusiones vergonzantes” (Siete, 18-9-2005).

Y cuando, como fruto del movimiento estudiantil ciudadano de 2011, se generó la aspiración de “Asamblea Constituyente”, los más feroces detractores surgieron de la dirigencia del mismo PS.

Así, Camilo Escalona la descalificó como “fumar opio”. Más enfático aún fue José Miguel Insulza al decir: “Lo que a mí me preocupa de las asambleas constituyentes es que alguien piense que este problema se resuelve, entre comillas, devolviéndole al pueblo su soberanía para que elija a 200 personas que cambien la Constitución como les dé la gana, en eso no estoy de acuerdo” (La Segunda, 18-8-2013).

Y su presidente de entonces, Osvaldo Andrade, se mofó incluso de la idea de una nueva Constitución, al decir en El Mercurio que “la nueva Constitución va a ser para los tataranietos” (4-10-2013).

 

La Corea del Norte del capitalismo

Frente a todo ello, ¡qué valor pueden tener las expresiones del propio Ricardo Lagos al celebrar el acuerdo del 15 de noviembre de 2019!: “Estamos todos conscientes de que estábamos con una camisa de fuerza que era una Constitución heredada, pétrea (sic), que no se podía cambiar”; para agregar luego: “Mientras existiera esa camisa, era imposible y todos sabíamos por qué existía esa camisa. Por lo tanto, el momento fue cuando los que habían mantenido con tanta fuerza, durante 30 años, se dieron cuenta que había llegado el momento de permitir que se pudiera hacer una nueva Constitución a partir de la voluntad de los ciudadanos”.  Y para terminar señalando: “Esta Constitución tiene que terminar con todo aquello que refleje un particular modelo (…) El modelo neoliberal actual no me representa” (El Mercurio; 18-11-2019).

“Piadosamente”, el periodista de El Mercurio autor de la nota (R. Latorre) la termina señalando: “En 2005, Ricardo Lagos hizo una reforma a la Constitución, la que actualmente lleva su firma y la de su entonces gabinete de ministros”…

Esperemos que los convencionales del PS sigan las últimas ideas expresadas por Lagos (independientemente de su dudosa credibilidad) y se sumen a la izquierda cuando esta proponga disposiciones para la nueva Constitución que establezcan, por ejemplo, que el derecho a la seguridad social debe garantizarse efectivamente con sistemas de reparto que incluyan solidaridad inter e intra generacional (como los propiciados por la OIT y que rigen en Europa) y no de capitalización individual; o cuando proponga que el derecho a la salud debe garantizarse efectivamente con un sistema universal público de salud (como también existen en Europa); o cuando proponga que el agua debe ser un recurso de todos los chilenos que solo puede dar lugar a concesiones administrativas, como en todas partes. Y así sucesivamente.

No es mucho pedirle a los convencionales del PS que contribuyan —quizás decisivamente— a que Chile deje de ser “la Corea del Norte del capitalismo”; como en una notable metáfora lo definieron en entrevistas a medios de comunicación nuestro recordado periodista Ricarte Soto, y el Premio Nacional de Ciencias Exactas, José Maza; y se convierta al menos en una sociedad capitalista con Estado de bienestar.

En efecto, no debiese ser mucho para convencionales socialistas; y, sí, constituye una muy sentida aspiración para la mayoría del sufrido pueblo chileno.            

 

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Felipe Portales Cifuentes es sociólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile (titulado en 1977). Ha sido Visiting scholar de la Universidad de Columbia, asesor de derechos humanos del Ministerio de Relaciones Exteriores, y profesor de la Universidad de Chile en el Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI), en el Instituto de Asuntos Públicos (INAP) y en el área de Humanidades de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas.

Entre otros volúmenes ha publicado: Chile: Una democracia tutelada (Editorial Sudamericana, 2001), Los mitos de la democracia chilena. Desde la Conquista a 1925 (Editorial Catalonia, y que obtuvo el Premio Ensayo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura en 2005), Los mitos de la democracia chilena. 1925-1938 (Editorial Catalonia, 2010), Historias desconocidas de Chile (Editorial Catalonia, 2016), e Historias desconocidas de Chile 2 (Editorial Catalonia, 2018).

 

Felipe Portales Cifuentes

 

 

Imagen destacada: Pleno del Partido Socialista de Chile.