Aniversario de «Cine y Literatura»: Cuento «Campo de diamantes», de Nicolás Poblete Pardo

El destacado escritor chileno de la generación literaria del 2000 -y redactor estable de nuestro medio- se suma a los festejos por este segundo cumpleaños de CyL, y adjunta un relato inédito de su creación, el cual según su propia definición mantiene el aura narrativa y poética de su aclamada novela «Concepciones» (2017).

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 15.8.2019

«From the top of the hill
You can see all the lights of the diamond field
A treasure buried in plain sight».
Pat Benatar, en Diamond field

Desde la punta del cerro Santa Lucía se puede ver el manto iluminado; incontables luces en esta ciudad… Identifico el restorán nuevo al que fui a tomar una vaina (sin alcohol). Ver el cerro desde esa terraza, ver su falda, bajo mis pies: increíble la erección de los edificios. Puedo también ver al perro acurrucado. Es un cliché palmario: me molesta más a mí que al perro el ruido urbano. Pero la posibilidad de los ángulos, de acceder a los arbustos, verlos desde el frente; distinguir los pastelones que forman la terraza que bordea aquella parte del cerro… En este cerro siempre hay cañones. Noche o día. Detrás mío los hay. Y abajo también. En la calle, los autos avanzando se alejan exhibiendo los tubos de escape que expelen una exhalación tóxica, después de haber disparado una bala.

A nadie se le ocurriría agacharse en esta tierra y picar; cavar para encontrar algo. La jardinera con sus cardenales; un rectángulo demarcado por una rejilla de fierro pintado de verde. Quienes trabajan aquí, regando, cortando arbustos, podando o fumigando las plantas del cerro, ellos tampoco imaginarían que alguien, especialmente alguien como yo, enterraría aquí mismo un diamante. No puedo pensar en nadie que comprendería mi gesto, saber que hay algo carísimo y precioso bajo tierra, que vale muchísimo dinero, y que ningún ojo lo puede evaluar bajo tierra; ahí no tiene precio. A lo mejor, el máximo valor al que aspiro es precisamente el que nadie más puede tasar, porque yo sí sé que, frente a mis pies, a plena vista, está mi diamante, que enterré ahí como quien planta una semilla.

Tiempo atrás hablamos del orgullo y Jackie hizo un par de comentarios críticos, cosa que no va para nada con su personalidad. De hecho, sentí que quizá no era ella sino ese otro cuerpo, esa otra persona pasada la que sentía la necesidad de argumentar frente a mí, como si yo fuera un interlocutor válido o por lo menos informado. O como si yo la fuera a juzgar. Y, a pesar de su discurso, que ella misma admitió era producto de una serie de asesorías pagadas, pude leer más allá de los slogans. Ella no fue capaz de articularlo, o quizá el redactor creativo que finalmente redondeó su discurso no pudo consolidar sus slogans, y, aun así, entendí lo que había detrás de esa frustrada fachada, y es que no hay orgullo sin una corriente subterránea de vergüenza. Pero esa sombra de Jackie, que sin duda era su ser, más bien su cuerpo pre-operación, seguía palpitando ahí, por más disertaciones, por más hormonas. Eso me apenó un poco…

Tiempo en el cronómetro, en la pantalla de mi celular, temperatura con punta de venenoso mercurio, ruido en cañonazos y suspiros espectrales entre los mechones que cubren fugazmente la oscuridad, la cavidad en mi oreja. Tantos animales, yo, un mamífero tan distinto al mamífero perruno, echado de costado sobre el cemento; una variedad de plantas, quién documentaría tantos tipos de hojas, algunas tan finas como agujas donde no podría posarse ni la más ínfima mosca; exhalaciones en forma de bombeo, en forma de disparo.

Las luces son diamantes. Los diamantes brillan, aunque los ojos de ellos no los vean, aunque ningún ojo, ni uno solo, lo vea… como esa vez. Un tesoro enterrado a plena vista. ¡Qué ceguera! Hay gente carbonizada en esta ciudad, y son diamantes. Lo son; es parte de lo que está frente a tus ojos pero que pasa sin que lo registremos. El padre Lito dice que es cosa de entrenar el ojo, es un tipo de sensibilidad. ¿Han visto a esa mujer? ¿Esa mujer de ojos azules? ¿Por qué tanta gente pregunta por ella? No, no hay tal mujer. Ella no está acá, hace rato que ha dejado de estar, quizá nunca estuvo. No necesito jurar o dejar de parpadear para convocar verosimilitud. Aquella mujer ya ha salido de la escena y ha volado, incluso traspasando la gruesa capa de esmog, para huir de esta urbe. Lo ha conseguido, de hecho su éxodo ha sido tan exitoso, ni siquiera dejó rastro. Es posible eso, es posible esfumarse borrando toda huella. No es posible, no es posible. Yo no, por lo menos yo no; soy lo suficientemente imbécil como para seguir anclándome, no al pasado, pero por lo menos a una parte de ese pasado. Hay detalles lindos. Ojalá no los hubiera, pero los hay. Claro que los hay. Esa es mi condena. La de cualquiera, en realidad.

Tal como un pájaro debe bajar al suelo para tomar agua, para buscar comida, yo debo descender el cerro. Y cuando lo haga, estarán esperándome… estarás ahí. Es probable que mi optimismo provenga de esos recuerdos (¿inventados?). Mi mamá me dijo “todo va a estar bien” y me acordé de cuando me llevó al apa, esa única vez, algo rarísimo. “Hazme caso, ven…”, y luego se cayó, nos caímos, y mi papá la retó, qué cara de vergüenza, incluso humillación, y como si hubiera fallado en una prueba, una prueba delicada y definitiva, y más encima, autoimpuesta.

Es más que probable que mi dubitación sea una falla de la memoria. Es por eso que me tropiezo en uno de los escalones. Y, por la noche, tu fantasma. Tu fantasma anoche, contrario a otras ocasiones, de hecho, a la mayoría de las veces, estaba de lo más tóxico: mórbido, rencoroso, pornográfico y terrible. Hasta la madrugada permaneció tu sombra melancólica a morir, haciéndome pensar que quizá lo que estaba sintiendo iba a ser irreversible. Incluso me encontré pensando seriamente, obsesivamente, cómo hacerlo para organizarme en caso de que tu mensaje fuera la realidad, desde ese momento en adelante; pensando cómo lo iba a manejar, pues parecía muy difícil y triste al mismo tiempo: deprimente y marginal—cómo hacerlo para sobrellevar tu espectro en su faceta más resentida y crítica.

Y, menos mal que al día siguiente, quizá debido a la ayuda de esas píldoras que me donó Jackie, pude salir a la calle a comprar, pensando en que no tendría por qué ser así. Me tomé una bebida, después compré un jugo en un quiosco ambulante (líquido, harto líquido) y caminé sonriente: no, no tenías por qué manifestarte de esa manera tan… nunca fuiste así. ¿Qué te pasó, mi amor? En el metro voy. El subterráneo es puro optimismo ciego. Bajo tierra soy un bólido, sin siquiera proponérmelo, sin esfuerzo alguno. Me gusta el metro porque mis pies pueden ser lo más perezoso y, sin embargo, la velocidad los sobrelleva tanto; tanto los sobrelleva. Miro mis pies, el piso donde greñas de pelos entremezclados cruzan el suelo, se deslizan, impulsados por el viento inédito dentro del vagón cerrado. Tantos mechones. Es probable que alguno de esos filamentos sea mío…

 

También puedes leer:

Concepciones: Un adelanto exclusivo de la próxima novela de Nicolás Poblete.

 

Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es escritor, periodista y PhD en literatura hispanoamericana por la Washington University in St. Louis, Estados Unidos. En la actualidad ejerce como profesor titular de la Universidad Chileno-Británica de Cultura y académico de la Universidad Andrés Bello, y su última novela publicada es Sinestesia (Editorial Cuarto Propio, Santiago, 2019).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Crédito de la imagen destacada: Voluspa Jarpa.

Crédito de la fotografía del autor: Julia Toro.