«Carta a un patrón de fundo»: La ideología literaria de Jorge Edwards

“Los escritores que luchan por ser conocidos y recordados, los que difunden por internet la menor de sus producciones, los que corren y sudan la gota gorda, me dan un poco de risa, no me infunden verdadero respeto”, anotó el Premio Cervantes en la revista colombiana «Lecturas» (en 2012), el cual es un suplemento semanal que edita el Diario «El Tiempo» de Colombia.

Por Hernán Ortega Parada

Publicado el 7.1.2020

Pido mil perdones a lectores sensibles porque no acostumbro señalar a alguien de cierta nombradía para un reproche moral o literario. Pero, represento a ese cuento de Baldomero Lillo titulado: “Quilapán”. Estremecedor relato que deja en cueros a un dueño tradicional de fundo, que trata en forma inhumana los derechos del inquilino heredero ancestral de un pedazo de tierra. Pero, a más de cien años de tal historia, restan amplias zonas de oscuridad social.

Se repite también, majaderamente, la artificiosa subdivisión de los escritores ya sea por género literario o por grado de madurez en las formas. A eso apuntan estas líneas.

Estas personas que ensayan sus primeras creaciones acuden a talleres y muestran sus páginas incipientes para recibir lecciones; o dichas páginas las suben a internet, o publican en la primera revista o “antología” accesible. ¿Alguien puede reglar, o identificar, honestamente, la calidad de dichos escritos? Se habla de “calidad” (René Huyghe) en las letras, en las artes plásticas, en la música y en otras manifestaciones del espíritu, pero nadie puede desechar la página de un creador que aún no adquiere la maestría, la experiencia necesaria.

La revista literaria Huelén (1980-1984) fue una experiencia editorial que en un principio no cayó en gracia a Martín Cerda, guía del taller homónimo. La idea fue que los trabajos fueran previamente revisados en espera de las colaboraciones exteriores, de los maestros nacionales (y a veces internacionales). Y fue catalogada como la mejor del país según la prensa mayor (14 números). Cerda colaboró hasta el final pues observó que los editores (Paz Molina, Ramón Camaño, Jorge Calvo, Edmundo Moure y quien escribe), se mantenían en segundo plano. Si hasta Jorge Luis Borges colaboró. La revista nunca aceptó “puntales” económicos y sobrevivió por sus propios méritos con la bandera en alto.

En estricto sentido se pudo hablar de originales en preparación (al comienzo) pero nadie tuvo derecho a decir que un texto era malo. Y, de yapa, que es malo y que da risa cómo escribe un novato.

El escritor “consagrado”, al que aludiremos, fue también director de un taller literario en Santiago (hay gente que lo recuerda), era bastante caro y posiblemente beneficioso para el autor. ¿Alguien allí tomaba para la risa los trabajos inéditos que se leían semana a semana en aquellas instancias? Una reflexión no menor que tiene relación con el pensamiento “político variable” del escritor en el estrado, lo ilustra Rafael Vallejo en “La estafeta literaria”, de Madrid (28.7.1980, El Mercurio, p.E5), expresa: “En rigor, a pesar de su autoproclamado izquierdismo, Jorge Edwards fustiga a toda la izquierda, excepto, naturalmente, a sí mismo”. Ahora, como lo dijo Roberto Ampuero (telefónicamente a quien escribe): “Todos tenemos derecho a cambiar de ideas”. Pero muy distintos son los arranques de soberbia y desdén para referirse como patrón de fundo a una plataforma natural de congéneres.

“Olvidados” se titula la página 11 de la revista Lecturas (octubre 2012), que descubrí hace poco, editada por el Diario El Tiempo, de Bogotá. Muchas y desarrolladas visiones culturales. “Olvidados” se refiere a los escritores que se han perdido en el tiempo o que han tratado de ser famosos (medida asaz caprichosa) y no lo han logrado; o que no han producidos obras perdurables. Y que, por último, nadie los lee; fenómeno que no tiene nada de deshonroso ni explica nada. En dicha página colombiana se lee:

“Los escritores que luchan por ser conocidos y recordados, los que difunden por internet la menor de sus producciones, los que corren y sudan la gota gorda, me dan un poco de risa, no me infunden verdadero respeto”.

Este comentario de un escritor “famoso” recuerda nítidamente la actitud de un dueño de fundo cuando critica el esfuerzo de un trabajador subalterno. Es la enfermedad de una clase insensible que ha hecho tanto daño a nuestra sociedad colonialista y anti mapuche. Así, tenemos gente de apellidos, de cuello y corbata, que en su escalada no titubearon en robar y asesinar (Escuela Santa María, asalto a la Fech, matanza de Ranquil, El Salvador, Pampa Irigoin, etcétera). ¡Si hay un Supremo: que nos asista! Época colonial en pleno final del siglo XX con otras matanzas sin nombre (probablemente conocidas por nuestro lívido personaje y publicadas donde todos saben).

El autor de dicho infundio fue, a su vez, un joven arribista que después de decirse poeta, de fracasar como poeta, renunció a esa orden secreta, íntima, que provee con naturalidad a una persona el don de la imaginación y de la sagacidad intuitiva; es decir, son seres tal vez memoriosos, cazadores de datos e informaciones para elaborar páginas bien redactadas. “Un francotirador intelectual”, especifica adecuadamente un artículo en Cosas (31.8.1978, p.28). Este personaje cita mucho a James Joyce pero nunca averiguó por qué escribía dicho inglés y qué autoexigencias tenía. En cambio, el personaje chileno que nos preocupa perdió la memoria de su propia sombra: hizo lo posible por ser incluido en una famosa antología. Lafourcade dijo de aquel: “Capacidad de representación ingenua y poética del mundo” (Antología del nuevo cuento chileno, Zig- Zag, 1954, pág. 95.). Este autor recogido, maltratado por jesuitas, es el mismo que publicó un par de cuentos y una débil novela de iniciados. Es el mismo que escaló páginas en revistas mexicanas, el que se abrazó a Paz; el mismo que escaló cargos diplomáticos (abominó de Allende), fue expulsado de Cuba (tal vez como agente secreto), escribió la novela sin pies ni cabeza Persona non grata y que nuestro Ignacio Valente (El Mercurio, 3.9.1983) la ocupara diciendo: “… breve y conflictiva estada en Cuba”, y calara su nota analítica. Para la historia: más de medio siglo el fidelismo evitó que la isla fuera ocupada y prostituida por los norteamericanos (tal vez habría sido la 49 estrella).

De la antología ya mencionada, extraemos al menos ocho o nueve nombres de autores que nadie recuerda.

Es don Jorge Edwards Valdés (1931), con todos los méritos, quien escribe hoy, tal vez atinadamente, pero a quien le da risa los que se inician en el oficio y aspiran a publicar sus trabajos. Es el mismo señor Edwards que publica su “chiste”, que no tiene nada de ironía y sí de mucha crueldad, en dicho diario colombiano, para dejar en claro que él ocupa un distinguido sitial en las letras, en las grandes editoriales, en la diplomacia internacional y en las cortes de nobleza que perviven de impuestos y regalías (si no de oscuros negocios).

¿Por qué no funda su creencia de castas en su propia patria?

 

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Hernán Ortega Parada (1932) es un escritor chileno, autor de una extensa serie de poesías, cuentos, notas y ensayos literarios.

 

Hernán Ortega Parada

 

 

Crédito de la imagen destacada: Asociación de Academias de la Lengua Española.