«Carta de las mujeres de este país», de Fredy Yezzed: Los oídos que se negaron a oír sus gritos

A continuación publicamos la presentación que hizo del volumen que titula este artículo la redactora bonaerense del Diario «Cine y Literatura»: el poemario del escritor colombiano y activista de los derechos humanos radicado al otro lado de los Andes -una reflexión política sobre la condición de la víctima femenina en la actualidad- y el cual se lanzó el sábado 1 de junio en la Casa de la Lectura de la capital rioplatense, siendo un volumen que con anterioridad recibió la «Mención de Poesía» en el Premio Literario Casa de las Américas de 2017.

Por Ana Arzoumanian

Publicado el 7.6.2019

Carlos Eduardo, Hannah, Ricardo, Gustavo, Isabel, Carmen, Julián, Luis, Gloria, Daniel, Mario, Mercedes, Mariana, Roberto, Tirso, Manuel, Matilde.

“No mueran más en mí, salgan de mi lengua”. Así, Fredy Yezzed (Bogotá, 1979) destina estas cartas. Las destina inscribiéndose dentro de la tradición de la literatura epistolar, pero saliéndose del canon, apelando a un remitente que construye su cuerpo mientras habla, un remitente en plural: las mujeres.

La égloga tercera de Garcilaso de la Vega canta: “mas con la lengua muerta y fría en la boca/ pienso mover la voz a ti debida”. De modo que la voz en el poeta es un deuda hacia la mujer, la palabra del varón nacida de una lengua muerta pero exhumada en ella, por ella. El escritor español Pedro Salinas, siguiendo una estética intimista, con empleo del diálogo y los modos de la oralidad escribe el primer libro de la trilogía amorosa La voz a ti debida inspirándose en Garsilaso. Allí leemos una concepción del amor, afecto que se localiza desde un tú. Aunque no sólo estamos frente a una idea del amor, sino también frente a una teoría del conocimiento; el modo en que el poeta concibe la palabra.

Entre nosotros, Luis Tedesco en La dama de mi mente entiende a la dama pensada, imaginada, escrita como una mujer deseada, mujer que es, en definitiva, la personificación de la lengua. Poema extenso que construye desde la lectura del Dante.

¿Pero quién es Beatriz para Dante en la Divina comedia? Si Beatriz es la fe que llevará a Dante al paraíso y si el paraíso representa el saber y la ciencia divina, ella es lo que permite entrar al mundo de lo cognocible.

“La guerra tiene el nombre de un varón, pero la memoria, las vocales temblorosas de una mujer” escribe Fredy Yezzed, en unos poemas en serie apaisada que evocaría una misiva que se deslizara por la ranura de alguna puerta. Acerquémonos al correo, ¿acaso estamos frente a un poema perteneciente a la literatura epistolar? Observemos si aquel verso se alínea dentro de la estructura: voz/ palabra/ mujer, por un lado, y hombre/ escritura, por el otro. Estructura que encuentra en la literatura religiosa su fuente más extrema: una mujer hecha de la costilla/ sueño de un hombre, una mujer soñada que le da letra a un dios legislador.

En cambio, Yezzed no habla del varón a secas, sino del varón en la guerra. Y no de cualquier palabra, sino las de la memoria. De manera tal que se desmarca de la literatura construida sobre las cartas como esquema de configuración de una voz: cartas de amor, cartas de viaje o cartas de guerra.

Aquí, en verdad, estamos frente a una oración fúnebre.

La oracion fúnebre es un réquiem de modalidad oratoria que tiene por fin venerar al muerto. Con todo, no es un homenaje sepulcral, sino que es una oración política fundante de civilidad. Así la oración fúnebre de Pericles en Atenas o el discurso fúnebre de Marco Antonio a la muerte del César en Roma. O más cercano a nosotros, André Malraux y el conjunto de piezas oratorias de sus intervenciones públicas. De modo tal que lo apaisado de los poemas en Fredy ya no sería una imitación en torno a la carta y su ranura, sino la consonancia a la horizontalidad con el muerto.

Carlos Eduardo, Hannah, Ricardo, Gustavo, Isabel.

“Una carta es un país en el aire” escribe Yezzed, en esa musicalidad que se conjuga en clave de Fuga de la muerte de Paul Celan cuando el autor dice: “tendrán una tumba en las nubes, allí no hay estrechez”.

“Una carta es un país en el aire” escribe Yezzed. Pero, ¿qué país?

Colombia.

Un país que mantuvo las identidades en los procesos penales de delincuencia organizada, por narcotráfico o guerrilla, en bóvedas; cuyas indagatorias fueron realizadas con cámaras de distorsión. Un país que firmó el decreto de defensa de la justicia. Un país que necesitó que la justicia fuera defendida consolidando entre los años 1990 y 1996 lo que se ha dado en llamar la justicia sin rostro. Una justicia donde los abogados no tenían acceso a los expedientes, donde se resguardaba la identidad del funcionario, donde los testigos eran secretos y los testimonios se almacenaban en sótanos. Un país con desplazados internos. Un país cuyo régimen de paz intenta consolidarse ante una justicia no consensual o justicia del sometimiento.

“Carta para un país que quiere ser” dice el poema del veneno que murmura: odio. En imperativo, edificando el mandato del odio. “Eres mis huesos, Odio…no doblarás el árbol del perdón”. Reducción, espíritu de reducción, afirma Pasolini, ese es el gran pecado de la época del odio. La lengua del odio se hace migajas en la garganta.

Y Pasolini continúa: “el destino de esos varones que han logrado llevar a la tumba su pequeñez, su vaso de reducción. Lo que me oprime el corazón es la consideración del odio que les ha costado el cuidado de su masculinidad. Jamás, en toda la historia, se han visto pecados tan horrendos como los cometidos por los reducidos de este siglo para defender el propio derecho a odiar la grandeza. Pienso en Buchenwald, en Dachau, en Auschwtiz, en Mauthausen” dice Pasolini en La divina mímesis esa escritura eminentemente política en su vaso de reducción que alude al vaso de elección paulino. Y otra vez las cartas, las epístolas de San Pablo ya no como comunicación sino como constitución fundante político religiosa.

Carta de las mujeres de este país no vela a los muertos, en su logos de epitafios erige un ordenamiento del perdón. No un perdón legal, ese escrito en letra de hombre legislador, ése que ha hecho desaparecer. Un perdón que inventa su forma narrativa  en miras de reconstruir la función cívica de una ciudad, un país, un perdón que duele, que sale del estiércol, un perdón como mujer pariendo entre vísceras y sangre. Ellas tienen noticia: “todos somos culpables de la pesadilla”. Así, el libro de Fredy Yezzed deviene una reflexión política sobre la condición de víctima. El poeta sabe que cualquier concepción pura de la víctima es asumir una castidad, eso inmaculado que los varones elevan violentando.

Carlos Eduardo, Hannah, Ricardo, Isabel, Carmen, Julián, Luis, Gloria, Daniel, Mario, Mercedes, Mariana, Roberto, Tirso, Manuel, Matilde.

 

Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.

De formación abogada, ha publicado los siguientes libros de poesía: LabiosDebajo de la piedraEl ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos; los relatos de La granadaMíaJuana I; y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.

Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar. Fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.

Rodó en Armenia y en Argentina el documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de la República trasandina, un largometraje en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en la dictadura militar vivida al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010). Es miembra de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, lanzó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.

El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.

 

«Carta de las mujeres de este país» (Nueva York, 2019)

 

 

Fredy Yezzed (1979)

 

 

Ana Arzoumanian

 

 

Imagen destacada: Portada de la traducción estadounidense del poemario Carta de las mujeres de este país (Buenosaires poetry, 2017).