“El final del sendero”, de Carolina Brown: La vida en movimiento

La voz narrativa de esta novela de construye en torno a reflexiones sobre el quehacer de la protagonista, hay un énfasis en las texturas del cuerpo, en las sensaciones, en las impresiones, en la minuciosidad del detalle. Existen momentos en que el abuso de este recurso, sin embargo -el dejar de lado la historia y centrarse en la subjetividad pensativa y contemplativa de su narradora y protagonista–, francamente agota.

Por Francisco García Mendoza

Publicado el 13.4.2018

La primera novela de Carolina Brown (Santiago, 1984) lleva por título El final del sendero (Emecé, 2018) -anteriormente publicó En el agua (2015) y Nadar a la otra orilla (2014)-. Este, su último libro, se construye en torno a reflexiones sobre el quehacer de la protagonista, hay un énfasis en las texturas del cuerpo, en las sensaciones, en las impresiones, en la minuciosidad del detalle, etcétera. Hay momentos en que el abuso de este recurso, sin embargo -el dejar de lado la historia y centrarse en la subjetividad reflexiva y contemplativa de su narradora y protagonista– agota.

No ocurre lo mismo, por ejemplo, cuando se opta por el diálogo directo entre los personajes, que es cuando la novela adquiere cierto dinamismo que potencia la continuidad del relato. En toda construcción dramática hay momentos y momentos. Las descripciones detallistas suelen ralentizar la acción y este recurso funciona perfecto en la escena en que Simona –la protagonista- y Jota -la amiga- son abordadas por un sujeto en el cerro El Carbón para asaltarlas.

La historia de Simona, que es una corredora aficionada, se sostiene en la relación que ha construido a través de su vida -aunque nunca de forma permanente-, con tres mujeres: su madre, Lucy y la propia Jota.

Con la madre hay una profunda distancia, hay esbozos e imágenes de cuando la protagonista era una niña; se sugieren heridas que prefieren callar, silencios y culpas que generan una grieta entre ambas: hay un odio contenido.

Con Lucy, su amiga anclada en la adolescencia, hay un lazo cómplice; aquí me aferro a una frase de Pía Barros en El tono menor del deseo (1991) que define muy bien esta relación: “la amistad está siempre contaminada por el deseo del otro, por la posesión del otro, por la anulación del otro… (62)”. Lucy comparte con Simona el proceso de formación emocional: hacer juntas la cimarra, los secretos, las primeras incursiones amorosas, los celos, etcétera.

Con Jota, a quien conoce ya de adulta en un supermercado cuando una llora y la otra le ofrece un trozo de papel, establecen una relación de cierta dependencia esporádica. Jota llega al departamento de “Simo” sin avisar, luego desaparece, comparten un poco el cuidado de un perro que por casualidad llega a sus vidas y luego se va como si nada, todo entre ellas está en permanente tránsito, no existe una estabilidad real.

La protagonista y los demás personajes, parecieran estar siempre huyendo de algo, manifestando cierta incomodidad con lo estable, y ese es, precisamente, el juego que propone Brown con El final del sendero:

“Pensé en explicarle lo bien que se sentía estar allá afuera una vez que te acostumbrabas, cuando el pecho te dejaba de picar por dentro. La luz del sol cambiando del amarillo al naranjo y después al violeta. El silencio largo entre las pisadas. Quise confesarle que empecé por necesidad. Correr para no estar en ninguna parte. No tenía un lugar, un refugio y encontré la manera de fabricarme uno propio estando siempre en movimiento” (50).

Hay quizá una meta, un lugar al que todo corredor aspira llegar al finalizar la carrera. En el camino se van sorteando obstáculos, se va dejando atrás a otros competidores, a veces un perro irrumpe en la ruta y todo pareciera detenerse anticipadamente. Sin embargo, la meta de Simona no está del todo clara y por eso siempre está en movimiento. La vida de la protagonista es un desplazamiento constante, está tratando de armar su propio camino, buscando su lugar en un mundo que la mantiene disconforme o al que pareciera no querer pertenecer.

 

“El final del sendero” (Emecé, Santiago, 2018)

 

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