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[Ensayo] «El planeta de los simios»: La actualidad de una película memorable

La obra audiovisual dirigida por el realizador estadounidense Franklin J. Schaffner —y la cual inicia una saga cuyos estrenos se extienden hasta hoy— es un verdadero crédito de culto en el género de la ciencia ficción, tanto así, que en el año 2001 fue considerado «cultural, histórica y estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y seleccionada para su preservación perpetua en el National Film Registry.

Por Luis Eduardo Cortés Riera

Publicado el 3.1.2021

Se trata El planeta de los simios de un filme que marca un antes y un después en el cine de ciencia-ficción. El tema de simios y monos y su relación tirante con los humanos había sido abordado por una obra realmente fabulosa: Kin Kong (1932), un gorila gigantesco que se enamora de una chica.

Pero no hay relación de comunidad de genes entre gorilas y nosotros en esa casi centenaria película. En el filme que nos ocupa, en cambio, queda siempre la pregunta insidiosa e intrigante del compartimiento genético entre monos y humanos. Viejo problema, pues, iniciado por Charles Darwin en 1859 al publicar El origen de las especies.

Es El planeta de los simios sin duda una película inteligente, pues explora la posibilidad de los viajes en el tiempo, la hibernación de los astronautas, la posibilidad de un conflicto nuclear, que, hogaño, con la guerra en Ucrania, se coloca de nuevo como posibilidad, rebrota ominosamente.

Tiene además el mérito inmenso de haber sido rodada apenas un año antes del viaje del estadounidense Apolo XI a la Luna en 1969, cuando los Estados Unidos gana la carrera espacial que iniciara la Unión Soviética con el Sputnik de 1957.

 

La disyuntiva entre creación y evolución

Este cautivante filme estadounidense de ciencia ficción, basado en la novela del francés Pierre Boulle La planéte des singes, escrita originalmente en 1963 por el también autor de la obra literaria llevada al cine El puente sobre el río Kwai, (1952) explora las polémicas y nunca bien entendidas relaciones genéticas entre simios y humanos.

Nuestra especie humana del género homo, como el resto de las especies, afirma Stephen Jay Gould, es una ramita más en un gigantesco arbusto evolutivo. Compartimos con los simios, querámoslo o no, más del 98 % de los genes.

El filme divide a sus espectadores entre creacionistas y evolucionistas, y más en los Estados Unidos, país donde el darwinismo científico es negado por mucha gente y hasta ha sido perseguido judicialmente: el «juicio del mono» del año 1925, donde un docente, John Thomas Scopes, fue condenado por el Estado de Tennesse a prisión por hablarle de Charles Darwin a sus alumnos. Fue esposado en el aula de clases frente a sus alumnos sorprendidos.

Cabe señalar que la enseñanza del darwinismo sigue siendo un tema a debate en EE. UU. El periódico USA Today señaló en un artículo que en Estados Unidos 1 millón 500 mil alumnos estudia ciencias con libros que no mencionan la evolución. La Butler Act con la que se condena a Scopes fue anulada en 1967. Una interminable batalla entre la fe y la ciencia en un país, dice Harold Bloom (Religión americana, 2009), enloquecido por la religión.

Dirigió para la Century Fox el director Franklin J. Schaffner, fue protagonizada por Charlton Heston (Coronel George Taylor), Roddy McDowall (Cornelius, simio doctor), Kim Hunter (Doctora Zira, simia), Maurice Evans (Doctor Zaius), y James Whitmore (Presidente de la Asamblea de simios), Linda Harrison (La bella humana muda Nova). Su presupuesto fue de US $5 millones 400 mil dólares y tuvo una recaudación muy buena de 33 millones 400 mil dólares en los EE. UU. y Canadá.

Hogaño es El planeta de los simios una muy jugosa franquicia de la Century Fox y Disney que ha recaudado unos 2 mil millones de dólares.

Allí se incluyen los filmes: El planeta de los simios (1968), Beneath the Planetaof the Apes (1970), Escape from Planet of the Apes (1971), Conquest of Planet of Apes (1972), Rise of the Planet of apes (2011), Dawn of the Planet of Simios (2014), War of the Planet of Apes (2017), y las series de televisión Planeta de los simios y el Retorno al planeta de los simios.

En el año 2001, la película fue considerada «cultural, histórica y estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y fue seleccionada para su preservación en el National Film Registry.

Se trata de un verdadero filme de culto en el género de la ciencia ficción, tan importante como 2001 Odisea del espacio (1968), Blade Runner (1982), El hombre bicentenario (1999), y la más reciente Avatar (2009), que se ha convertido en la película más taquillera de la historia.

 

Un espejo invertido de nuestro mundo

Viajando a velocidades cercanas a la luz, como previó Albert Einstein, 3978 es el año al cual llega la nave espacial terrícola a un planeta en parte desértico (zona prohibida oriental) y con enclaves de vegetación, dominado por violentos simios parlantes que mantienen esclavizados a unos seres humanos carentes de lenguaje. Un espejo invertido de nuestro mundo terrícola actual y que nos recuerda los pogromos nazis.

La nave espacial, curiosamente parecida al Concorde anglo-francés, viaja tripulada por cuatro personas, tres hombres y una mujer. El capitán (Charlton Heston) la tripula mientras sus acompañantes hibernan, sistema que falla para la dama, quien muere y aparece horriblemente momificada. Se frustra así la «Nueva Eva» destinada a poblar con descendientes humanos caucásicos el cosmos.

Por obra del azar, caen en un lago y deben abandonar la nave en balsas inflables. La atmósfera es apta para la vida, y comienzan una exploración por aquel mundo desolado y sin vegetación, la cual va apareciendo tímidamente a medida que avanzan.

Aparecen los primeros signos de vida inteligente, unas grandes como equis que parecen indicar una advertencia para los intrusos. Desde lo alto de los imponentes riscos son vigilados por unas ágiles figuras humanoides apenas perceptibles.

Se topan con unas cataratas y un lago, al cual se lanzan edénicamente desnudos los viajeros siderales. Unas manos roban sus trajes espaciales. Persiguen a los ladrones y dan con una multitud de seres humanos que no hablan y que visten ropas primitivas, haciendo como vida arborícola y de recolección de alimentos en un maizal, que no parecen sorprenderse ante la presencia de los tres astronautas de los Estados Unidos.

Aparece allí por vez primera la bella humana sin habla a la que Taylor bautizará como Nova.

 

«Los escritos sagrados tal vez no valgan»

De repente, aparecen unos simios negros galopando briosos corceles que los persiguen con armas de fuego y unas redes, terrícolas parlantes incluidos. Brutalmente los capturan y son conducidos al pueblo como de terracota de los simios. El afroamericano muere en la refriega y el capitán recibe un disparo en la nuca que le impide hablar. Ha sobrevivido milagrosamente. El tercer astronauta yanqui ha desaparecido.

Es conducido el capitán Taylor a una suerte de laboratorio donde una amable pareja de jóvenes simios doctorados, macho y hembra, le hacen curas , una transfusión de sangre incluida. Logran salvarlo. Después de varios días logra el capitán Taylor comunicarse por escrito en inglés con los simios, una gran sorpresa para la hembra simia.

Congenian y la pareja lo sienta a la mesa. Discuten sobre temas «científicos», la posibilidad de volar entre ellos. Flotar en el aire es una posibilidad que niegan otros descreídos científicos simios rubios. Carentes del método experimental destruye uno de ellos un avioncito de papel confeccionado por el terrícola yanqui que prueba la posibilidad de volar.

Niega Taylor que sea un «eslabón perdido», una paradoja viviente, pues tiene el doctor Cornelio, el simio científico, una hipótesis o teoría de que ellos, los simios, descienden de los seres humanos, una orden inferior de primates, pues ha descubierto rastros de una cultura humana antigua, pero tiene muchas dudas sobre sus hipótesis, las que su prometida, la doctora Zira, trata de disipar persuadiéndolo valientemente con evidencias científicas objetivas de su verdad.

«Los escritos sagrados tal vez no valgan», dice Zira. Lucha, pues, entre religión y ciencia, en la que la doctora simia combate con ardor —más que su prometido Cornelio— las convicciones de la fe y sus dogmas en esa «civilización patas arriba».

Serán la pareja acusados de herejía en una situación que nos recuerda al Santo Oficio de la Inquisición. Pereciera que estamos en un escenario en lo que en la historia humana se conoce como ciencia premoderna del siglo XVI y en la aurora del XVII, a medio camino de la certeza y la superstición que el novelista francés recrea.

Ante el anuncio de una castración sexual por un simio veterinario, noticia que oye mientras dormita con su bella pareja Nova (Linda Harrison) escapa, y tras una persecución entra a un templo donde congregados los simios oyen una alocución donde se exalta a una figura mitológica, un gorila plagado de bondades y de sabiduría que aparece como una hierática estatua de cuerpo completo con unos documentos a las manos.

Prosigue en su escape el capitán Taylor y va a dar a un museo donde se exhiben escenas de vidas humanas primitivas. Como en una escena sacada de la Biblia es apedreado por una turba de simios y finalmente capturado.

 

Una suerte de simio centrismo

Lo conducen a una audiencia, un tribunal reglamentado a la europea, donde un jurado de la Academia Nacional discute la naturaleza del «acusado» que no puede ser defendido por la ley simia por no ser simio. Acusan a la pareja de jóvenes doctores simios de ser unos escépticos, científicos pervertidos, que insisten en promulgar la «insidiosa teoría llamada evolución».

De esta forma, la doctora Zira dice que los humanos piensan y son capaces de razonar. Los simios creen en un Dios al modo hebraico que los ha hecho a su imagen y semejanza, profesan una suerte de simio centrismo. Niegan que los humanos tengan alma, en un debate semejante al del padre Bartolomé de Las Casas a propósito de los indios americanos en el siglo XVI.

Suspenden la audiencia y se van a inspeccionar a los humanos sobrevivientes de la cacería y allí consiguen al tercer astronauta desaparecido, al cual le han sido extirpados de su cerebro las partes razonantes pues ha sido lobotomizado.

El Dr. Zaius, rubio, y miembro de la Audiencia, lleva a Taylor a su casa pidiendo que revele su origen y que declare dónde se encuentra el nido de los mutantes al que, según él, pertenece Taylor; pero por más explicaciones que da el astronauta, el conservador simio Zaius no le da crédito.

Dice que Cornelio y Zira irán a juicio por herejía. Amenaza a Taylor de castración y de extirparle los centros vocales de su cerebro, sacarle información mediante cirugía. Una especie de muerte en vida. Dice a Taylor que el lugar de procedencia suyo es una «comunidad mítica», que ocupa un lugar subalterno a la cultura simia.

 

«Tal vez no te guste lo que encuentres»

Los simios amigos de los humanos parlantes, Cornelio y Zira, el astronauta Taylor y la bellísima Nova, luego de escapar, deciden ir a la zona prohibida oriental, pues el doctor Cornelio la ha visitado antes sin permiso de las autoridades.

Se considera por tradición que en ella no puede existir vida. Pero ha conseguido pruebas de una antiquísima cultura, anterior al tiempo en que se redactaron las sagradas escrituras simias. Se trata de una cultura humana.

Una comisión de simios encabezada por el Dr. Zauis sale a darles captura. Se queda con ellos y despide a la comisión. No hay contradicción entre la fe y la ciencia, la verdadera ciencia, dice Zaius al terrícola.

Suben a la escarpada cueva donde Cornelio ha encontrado otras culturas anteriores a la cultura simia, de unos 1.300 y de 700 años de antigüedad respectivamente. Pero sucede una paradoja: la cultura más reciente es más atrasada que la más antigua.

Como por obra de la casualidad la humana sin habla, la bella Nova, manipula una muñeca de juguete encontrada en el nivel antiguo de la cueva, que de repente comienza a hablar. El doctor Zaius la manipula y descreídamente la deja caer.

Taylor le dice que él, guardián de la fe, sabía de la existencia de una civilización humana anterior y a la cual los simios deben sus conocimientos, su ciencia. Lo sabía —dice el simio— porque las antiguas escrituras advertían de la maldad de los humanos.

Taylor y Nova montan a caballo y se disponen a bordear la playa de la zona prohibida. Invitan a sus amigos simios, quienes se niegan. Taylor besa en la boca a la simia Zira y ella le dice que es muy feo de apariencia. Cornelio afirma que la cultura humana y la simia son una misma cosa.

Así, Taylor y Nova montan a caballo y se disponen a bordear la playa de la zona prohibida, que según Zaius fue un paraíso que ha sido destruido, desbastado por los humanos.

«Tal vez no te guste lo que encuentres», le dice Zaius a Taylor, quien ordena colocar explosivos en la cueva y destruir así la evidencia de una cultura humana anterior a la de los primates que hablan, un acto comparable al de los seres humanos del siglo XXI que ordenasen dinamitar las cuevas de Altamira.

 

El regreso a la pareja primordial

Después de cabalgar por unos días, Taylor y Nova se topan con una estructura gigantesca y antropomorfa, una como inclinada Estatua de la Libertad de la bahía de New York. Al percatarse de ello grita él, que siempre estuvo en su planeta Tierra, al tiempo que maldice y manda al diablo a los hombres que destruyeron el planeta. No dice si fue catástrofe nuclear u otra cosa. Queda en suspenso la explicación.

Recordemos que cuando se rodó el filme en 1968, la posibilidad de un holocausto nuclear estaba muy cercano, que la crisis de los misiles atómicos en la Cuba de Fidel Castro acababa de suceder en octubre de 1962.

Fueron días espantosos donde la vida toda del planeta estuvo a punto de sucumbir producto de la guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Asimismo, El planeta de los simios refleja de algún modo la concepción judeo y cristiana de un Dios que ha hecho a los simios a su imagen y semejanza, tal como a nosotros los humanos.

Recrea el tema de la pareja primordial, Adán y Eva, cuando al morir la astronauta gringa, el capitán Taylor entabla una relación amorosa con Nova, la humana desprovista de verbo, pero que eventualmente será el inicio de una nueva progenie a poblar el mundo de humanos dotados de palabra, aunque queda la posibilidad de una relación amorosa cruzada cuando el astronauta gringo besa a la simia y científica Zira al final del filme.

La saga de los simios en el cine y en la televisión que hogaño nos inunda, tuvo como inicio esta memorable obra audiovisual de 1968, estrenada durante la gran rebelión juvenil, y que se ha ido adaptando desde entonces a los nuevos escenarios que ciencia y política plantean: monos transgénicos, clonación, guerra nuclear.

He allí la clave de su fortaleza artística y dramática.

 

 

 

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Luis Eduardo Cortés Riera es un ensayista venezolano (Carora, 1952), doctor en historia y docente del doctorado en cultura latinoamericana y caribeña de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (sede Barquisimeto) de su país.

Ha sido ganador de la Bienal Nacional de Literatura con el ensayo Psiquiatría y literatura modernista (2014) y es el autor de las obras Ocho pecados capitales del historiador, Del colegio La Esperanza al colegio Federal Carora, 1890-1937, de Sor Juana y Goethe, del barroco al romanticismo. Iglesia Católica en Carora desde el siglo XVI a 1900, y es también miembro de número de la Fundación Buría.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Luis Cortés Riera

 

 

Imagen destacada: El planeta de los simios (1968).

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