«La cueva de los sueños olvidados»: Werner Herzog y el pensamiento mágico-primitivo

Gracias a un permiso especial del Ministerio de Cultura francés, el mítico realizador alemán logró acceder junto a un reducido equipo de camarógrafos a la Cueva de Chauvet, la cual se mantenía sellada desde la Prehistoria hasta ser descubierta en 1994: una caverna en donde se preservan pinturas de decenas de miles de años de antigüedad. Acá, lo que registró audiovisualmente su interrogada capacidad de asombro.

Por Luis Felipe Sauvalle

Publicado el 2.3.2019

A lo largo de una carrera que se extiende por más de cinco décadas, Werner Herzog ha logrado cautivar a todo tipo de público, ya sea con su versión de Drácula en su película Nosferatu el vampiro (1979), o con su elegía al hombre que quería ser un oso en Grizzli Man (2005). También ha incursionado en la actuación, con un cameo en Jack Reacher, y en la docencia, con un curso online de cine documental a través de la plataforma MasterClass.

Sin embargo, en su documental La cueva de los sueños olvidados (2010) es donde aparece la mejor versión de sí mismo. Gracias a un permiso especial del Ministerio de Cultura francés, Werner Herzog logra acceder junto a un reducido equipo de camarógrafos a la Cueva de Chauvet, sellada por decenas de miles de años hasta ser descubierta en 1994; una cueva en donde se preservan pinturas de decenas de miles de años de antigüedad. Se retratan toros en movimiento, antílopes bebiendo agua, bisontes en una refriega, mamuts y hasta un incipiente minotauro. Con su estilo contemplativo, con su voz en off tan cavernaria como la misma cueva, Herzog invita a examinar el panorama y preguntarse quiénes fueron esos habitantes prístinos: quiénes marcaron esas manos junto a una de las paredes más confinadas de la caverna, qué rito llevaron a cabo. Las huellas de un niño junto a su perro le llaman poderosamente la atención al cineasta alemán, puede que sean un indicio acerca de la domesticación del perro o bien que ambas huellas están separadas por milenios de diferencia. Él no lo sabe y no aventura una respuesta, pero la interrogante lo cautiva.

Ya en la comodidad del museo arqueológico de la Universidad de Tübingen nos enteramos de que el estudio del arte rupestre ha visto un resurgimiento a partir de una serie de descubrimientos, fundamentalmente en Francia –la que nos ocupa- y en la Península Ibérica, incluido Gibraltar. Estos descubrimientos son consistentes con otros tantos descubrimientos hechos en Australia e Indonesia. Tanto a Herzog como al telespectador pronto le queda claro que el arte primitivo -la cosmovisión primitiva- era bastante más complejo de lo que tradicionalmente se piensa: existían tabúes, como dibujar al ser humano (y al perro), la cueva era un lugar místico, en donde el ser humano entra en contacto con lo divino, de hecho, se entraba descalzo, y además, existían adentro altares donde se desarrollaban sacrificios (se encontró el cráneo de un oso). Todo era fluido, todo era permeable, las pinturas daban cuenta de ciertas transmutaciones, la muerte era un tránsito, y los espíritus podían ser apresados en las pinturas, o bien quedarse vagando en este mundo. Según nos muestran el arte rupestre de la cueva, entre sus paredes residía el espíritu, la memoria de los antepasados.

Hemos de tener en cuenta de que el habitante primordial de esas cuevas tenía la misma capacidad cerebral que un habitante de un penthouse en Manhattan o del guardia de un condominio en Santiago. La diferencia radica quizás en que en el mundo contemporáneo hemos perdido la capacidad de soñar. Se nos ha dicho que la imaginación no sirve de nada. La imaginación es de los artistas, y los artistas son pobres. Es mejor ser ingeniero industrial, tener un océano de conocimiento de un milímetro de profundidad. Mientras que en el paleolítico, mantenerse atento a ambas esferas de la existencia -lo humano y lo divino- era condición sine qua non para la supervivencia.

 

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¿Serían los hombres que transitaron la cueva de Chauvet más libres que nosotros? Difícil de responder. Lo que sí se puede aseverar es que en medio de esta sociedad postmoderna, sin ideas, donde todo se deja pasar, la memoria no haya cabida, por lo que es difícil adentrarnos en esta cueva primitiva, que es, justamente, un compartimiento que acumula milenios de memoria. Es Heidegger quien puede darnos una pista para comenzar a comprender. Hacía el final de su viaje intelectual el célebre filósofo alemán habló del “quehacer frente al mundo circundante”. Esta pregunta iba desde lo más práctico, como cepillarse los dientes hasta los planos más elevados como aprender, crear, pensarse a sí mismo. La libertad –según Heidegger– es lo opuesto a la técnica. La técnica es justamente lo que la educación se encarga de encumbrar como ideal. De aprender a desarrollar el pensamiento crítico, o de maravillarnos con el mundo, nada. Tal vez pasar del pensamiento lógico-deductivo al pensamiento mágico-primitivo no sea del todo una regresión. Esa quizá sea la lección a extraer del encuentro entre Herzog, el documentalista que probablemente sea el más prolífico de su generación, y el “ánima” que aún habita estas paredes, que probablemente contienen el registro de arte más antiguo de la humanidad.

Gracias a Herzog, en La cueva de los sueños olvidados sentimos vibrar nuevamente nuestra capacidad de asombro.

 

Luis Felipe Sauvalle Torres (1987) es un escritor chileno que obtuvo el Premio Roberto Bolaño -entregado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, y que reconoce las obras inéditas de jóvenes entre los 13 y los 25 años- en forma consecutiva durante las temporadas 2010, 2011 y 2012, en un resonante logro que le valió ser bautizado en los ambientes literarios locales como «El Tricampeón». Asimismo, ha participado en múltiples ocasiones en la Feria del Libro de Santiago de Chile, así como en la de Buenos Aires y ha vivido gran parte de su vida adulta en China. Licenciado en historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile es el autor de las novelas Dynamuss (Chancacazo, 2012) y El atolladero (Chancacazo, 2014). También es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

Werner Herzog en «La cueva de los sueños olvidados» (2010)

 

 

 

 

Luis Felipe Sauvalle

 

 

Tráiler 1:

 

 

Tráiler 2: