La voz intemporal de los nombres y la esencia de una cultura

El cronista chileno y ex presidente de la Sech, célebre por enfrentar a los poderes fácticos de nuestro alicaído mapa creativo y escritural nacional (personificado en las figuras de Jorge Edwards, Rafael Gumucio y la agrupación política Evópoli), ahora analiza los significados ocultos y hasta existenciales, que conforman a las palabras utilizadas con el fin de comunicarnos, y de vivir.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 13.4.2020

Primero fueron los topónimos (topos= lugar; nimos= nombres). Mucho después, vendrían los diccionarios (diccio= palabra, concepto expresión; narium= lugar, donde se guarda o conserva).

Nominar el mundo, los lugares y las cosas, ha sido y es un imperativo del lenguaje. Los nombres son un signo de apropiación y de identidad. Lo que carece de nombre no existe, a lo menos para el entendimiento humano y su manera de aprehender la realidad del mundo y de los seres. Porque somos lenguaje, estamos hechos de palabras, más allá de que estos signos sonoros y gráficos cumplan su primera función de medio de comunicación. Pero las palabras, ya lo sabemos, son mucho más que eso: encierran y transmiten multitud de significados. Esto bien lo saben —o lo intentan— los filósofos, y lo alcanzan los grandes poetas; a veces los medianos; nunca los mediocres, es decir, los que no lo son y creen que agrupar palabras en estrofas es hacer poesía.

Ejemplos hay muchísimos. Cuando un poeta —digamos, Miguel Hernández— quiere expresar el concepto de fugacidad del tiempo, de precariedad de la vida, escribirá, con palabras sencillas y profundas: “Temprano madrugó la madrugada”. ¿Cómo se podría sintetizar aquella idea con menos palabras que con esta imagen metafórica?

O cuando la intensidad de un dolor moral se hace perceptible por otros, al decir: “Porque la pena tizna cuando estalla”. El juego genial del concepto, la aliteración de la “té”, que es en sí un estallido, el sonido de la lengua contra el paladar superior al presionar los dientes…

Hablo de la poesía, porque me siento más cerca de ella que de la filosofía. Sin embargo, me atrevo a citar a Sócrates —aunque éste sea la sombra o la paráfrasis oculta de Platón— cuando, para significar el prurito de curiosidad intelectual del ser humano, habla de “el júbilo de comprender”, ese gozo súbito del saber en que el intelecto celebra su propio hallazgo o la apropiación de otros hallazgos que el aprendizaje hace suyos, una y otra vez; uso presente individual, no por repetido menos nuevo.

Hay un verso de Rosalía de Castro que siempre me maravilla, quizá porque en ninguna otra lengua tiene un equivalente adverbial sintáctico ni un adjetivo que reemplace la idea precisa que le otorga su lengua original: “Paseniño, paseniño vou pola tarde calada”. La traducción al castellano de “paseniño” es: “suave”, “lento”, “pausado”. El significado, si apelamos a la etimología, es decir al origen de la palabra, a su nacencia primordial, significa: “algo tan leve y tenue como el paso que da el pájaro sobre el nido” (pase= pasar; niño= nido).

De este ejemplo podemos deducir lo difícil que resulta la traducción poética, sin traicionar el sentido original o alterar la prosodia, valor musical y rítmico inherente a la poesía. Tanto así, que la conmoción estética provocada por el poema suele sobrepasar su comprensión significante y su entendimiento conceptual. Pablo Neruda nos ofrece un ejemplo certero de esto, cuando viajó a la Unión Soviética, en 1949, como exiliado y perseguido político. Con ocasión de un recital poético en Moscú, mientras uno de los poetas participantes leía o recitaba sus versos, Pablo comenzó a llorar, en silencio. Cuando terminó el encuentro, su compañero de asiento, un escritor ruso que oficiaba de intérprete de nuestro poeta, le dijo:

—Pablo, te he visto llorar; no sabía de tus conocimientos de la lengua rusa, estoy impresionado…

Neruda le respondió: —No sé una palabra de ruso, pero eso no me hizo falta ahora…

 

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Volvamos a las toponimias. En Chile, el “Último Reino” de los conquistadores hispanos, prevalecen los nombres de lugares en mapudungun, la lengua vernácula de los primeros habitantes del territorio, pese a que ellos no conocieron la escritura. No obstante, la oralidad expresada de manera onomatopéyica sustituyó el uso de la grafía, y aunque los hispanos, criollos y mestizos, hicieran lo posible por castellanizar a todo trance las denominaciones, una singular porfía mantuvo gran cantidad de nombres nativos, muchos de ellos como auténticas metáforas, desperdigados a lo largo y ancho de la extensa geografía austral.

De tan extendidos, su uso maquinal hace que no reparemos en sus hermosos significados: Manquehue, nombre del imponente monte ubicado al nororiente de Santiago del Nuevo Extremo, que significa “lugar de cóndores”, “manque”, para los Mapuche; Vitacura, nombre de una comuna del llamado “barrio alto”, con su carga de clasismo zafio, significa “piedra grande”. Y así… Pichilemu, “pequeño bosque”; Pichidangui, “pequeña bahía”; Chilhué, o Chiloé, “lugar de pájaros estridentes”; Chile, “ave diminuta”; Temuco, “agua de temu”; “temu” es una especie arbórea de la familia de las mitáceas, cuya corteza rojiza es utilizada por sus propiedades medicinales.

En su notable Diccionario chilote mapuche, Ocho Libros Editores, 2017, el poeta, antropólogo, ensayista, investigador y sabio de Chiloé, Renato Cárdenas, nos regala una amplia y rica cosecha de vocablos del mapudungun, recogidos en innumerables pueblos de las regiones de Palena, Llanquihue y Chiloé, comarcas propias de los Huilliche o Veliche, etnias Mapuche del Sur. En la dedicatoria, Renato sintetiza el propósito poético y significante de su obra:

Al pueblo chilote: que nombró a los árboles,
A los peces, a los ríos, a las islas, y a los mares que surcamos.
A nuestros mayores quienes, en algún sitio del universo,
siguen existiendo como polvo de estrellas o luces alumbrándonos.
A nuestro ancestro chono, veliche o europeo
quienes domesticaron para nosotros
este pequeño archipiélago del planeta.
A las mujeres y a los hombres de las islas.
Ellos con su sencillez y su amistad
me han enseñado a ser un hombre de la tierra.

 

Un  testimonio de amor por un territorio, por sus habitantes y por las lenguas que los habitan y los hacen ser diferentes, en la riqueza de la diversidad que, unida al sincretismo nacido del choque o del encuentro entre culturas, genera nuevas expresiones y aun cosmogonías. Así lo expresa el autor:

—Este Diccionario Chilote-Mapuche contiene un léxico que ha sido usado como instrumento simbólico y de comunicación entre los habitantes de este archipiélago, al menos durante el último siglo. El conquistador condujo las instituciones, imponiendo sus formas productivas, su lengua, su religión y una nueva organización administrativa.

—Estas palabras tienen su origen en el mapudungun, pero se cruzaron —durante el proceso colonizador— con el castellano.

—El castellano fue insuficiente para nombrar a esta geografía y sus costumbres y debió auxiliarse con el veliche, la expresión regional del mapudungun. Así sucedió con toda la sociedad española que, en encuentros y desencuentros, fue pariendo este Nuevo Mundo, fruto de un mestizaje.

 

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La segunda parte de este Diccionario está dedicada a la toponimia mapuche de la zona referida: Chiloé, Palena y Llanquihue. Resulta de veras impresionante la cantidad de nombres de lugares asignados a  fenómenos geográficos, a villorrios, pueblos y aldeas. Su enorme caudal lingüístico solo parece tener su correspondencia en un territorio singular, ubicado a doce mil kilómetros de distancia, cuyo nombre, al que se antepuso el adjetivo “Nueva”, quiso ser impuesto por los conquistadores de origen gallego, hace cuatrocientos cincuenta y tres años, como Nueva Galicia, dada la similitud topográfica y paisajística advertida por el fundador de Santiago de Castro, en la Isla Grande de Chiloé, a fines de enero de 1567. Prevalecería, como se dijo, Chilhué, Chiloé. Y para mí, Dalcahue (lugar de dalcas o canoas); Calen (sitio de transformaciones); Queilen (tierra alargada o en punta); Quinchao (playa arenosa; también «lugar de la memoria»).

Galicia ocupa el cinco por ciento de la superficie de España, mas posee más de la mitad de los nombres de lugares de todo el territorio bajo la férula del estado español.

Curioso y significativo, a la vez. Advertimos una analogía entre el pueblo gallego y el mapuche: el afán de nominar su entorno, su mundo propio, morosa y detalladamente, para hacerlo suyo, más allá de los cánones y presupuestos de lo que entendemos hoy como propiedad. Cada cosmogonía necesita sus nombres, su toponimia específica e inconfundible.

Si los chono, mapuche, veliche o huilliche, hubieron de entenderse con el castellano imperial, hasta el sometimiento frente al peso de esa lengua avasalladora (en un diagnóstico antropológico que se ha profundizado en los últimos años, debido al racismo cultural desplegado por Evópoli en el Gobierno de Chile); asunto parecido les ocurrió a los gallegos, aunque éstos han logrado hacer sobrevivir, durante cuatro siglos de dominación, su lengua vernácula, a pesar de que las actuales políticas culturales pongan en riesgo su futuro inmediato, en un acelerado proceso de deterioro, como advirtiera en su momento, hace treinta años, el gran maestro Xesús Alonso Montero.

Cien años antes de Rosalía de Castro y de la publicación de Cantares gallegos —el poemario fundacional, llave literaria del Rexurdimento Galego, con que la hija del Sar recupera y recrea numerosos poemas orales en lengua vernácula, a los que adiciona creaciones de cuño propio—, un sacerdote, nacido en Villafranca del Bierzo, hijo de padres gallegos, llevará a cabo, a partir de mayo de 1754, durante dos años de paciente pesquisa a través de centenares de villorrios y aldeas de Galicia, una labor encomiable de registro de palabras gallegas y de topónimos que incorporará a su libro, Viaje a Galicia, del cual se extrae el Glosario de voces gallegas, considerado como el primer diccionario de la lengua gallega, aun cuando sus registros se abocan más bien a registrar la toponimia en lengua vernácula, reescribiendo la geografía de su infinidad de pueblos. Encontramos pocas referencias descriptivas y menos narraciones. Se diría que a Fray Martín de Sarmiento le basta con invocar los nombres para que hablen ellos por sí mismos, como si se tratase de pequeñas cajas signadas que, al abrirlas, entregan voluntarias el secreto de su milenaria identidad.

En la edición debida a Cuadernos de Estudios Gallegos, Santiago de Compostela, año 1950, el anónimo prologuista señala:

Adivinó el Padre Sarmiento —como tantas otras cosas— el servicio de la toponimia para la solución de múltiples problemas (escriturales, legales, históricos, de propiedad y litigios, etcétera), y, cuidadosamente, inquirió y anotó el nombre de cuántos lugares y montes y arroyos y ventas (posadas) atravesó o divisó en su camino. Con ellos conservó a muchos hoy olvidados, o que se alteraron en dos siglos. En Galicia, además, como en otras tierras de habla propia, la nomenclatura oficial modificó, bárbara y perjudicialmente, muchos topónimos al pseudo-castellanizarlos. El testimonio del Padre Sarmiento nos devuelve formas vernáculas hoy perdidas o estragadas.

 

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El libro de Martín Sarmiento ha servido a la Xunta de Galicia, desde 1981, para definir y fijar muchos de estos topónimos. Entre los más conocidos y que aún causan controversia en los “españolistas”, está el nombre de uno de sus puertos principales, A Coruña, que muchos insisten en llamar “La Coruña”, así como otros porfían en decir “Villaquinte” por Vilaquinte; “La Forja” por A Forxa; “La Touza” por A Touza…

Dentro de esta manía, que viene siendo muy hispana, está la aberración de traducir nombres propios, de suyo intraducibles: “Guillermo” Shakespeare, “Jorge” Washington, “Guillermo” Tell, etcétera. Esto tiene su origen en remotos tiempos del imperio, en los días de Felipe II, cuando todo debía ser trocado y entendido a la manera católica y española. Pero hoy en día, el opaco resabio de pasados esplendores no da para eso.

Me gustan las denominaciones mapuche y ni qué decir de las dulces y enxebres [1] toponimias gallegas.

 

Citas:

[1] Enxebre: Puro y castizo, en lengua gallega. De esta palabra deriva la expresión venezolana “chévere”.

 

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Edmundo Rafael Moure Rojas nació en Santiago de Chile, en febrero de 1941. Hijo de padre gallego y de madre chilena, conoció a temprana edad el sabor de los libros, y se familiarizó con la poesía española y la literatura celta en la lengua campesina y marinera de Galicia, en la cual su abuela Elena le narraba viejas historias de la aldea remota. Fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, y director cultural de Lar Gallego en 1994.

Contador de profesión y escritor de oficio y de vida fue también el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile (Usach), Casa de Estudios superiores donde ejerció durante once años la cátedra de «Lingua e Cultura Galegas».

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Chile y seis en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Su último título puesto en circulación es el volumen de crónicas Memorias transeúntes (Editorial Etnika, 2017).

Asimismo, es redactor estable del Diario Cine y Literatura.

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: La fundación de Santiago (1888), de Pedro Lira Rencoret.