Las historietas de Eduardo Andrade: Bailar ante la tragedia

En cualquier imagen del autor nacional hay un tesoro y una venganza a la que todos podemos acceder para lidiar con la tristeza de la vida, un recurso mínimo, pequeño como tomar un lápiz y papel a fin de dibujar y compartir un garabato, esa intimidad de nuestra experiencia, que nada ni nadie podría quitarnos (menos Cristián Warnken).

Por Claudio Castañeda Peñaloza

Publicado el 7.5.2020

«Todo lo que está muerto tiembla. No solo las cosas de poesía, estrellas, luna, madera, flores, si no incluso un botón de pantalón blanco brillando en un charco en la calle. Todo tiene un secreto que guarda silencio más a menudo de lo que habla».
W. Kandinsky

Expando la impudicia de este sentimiento pensando en una historieta, o más bien, en varias historietas de uno de los más prolíficos autores nacionales: Eduardo Andrade (Punta Arenas, 1992).

Siento que nada tiene desperdicio, que hasta el pigmento más común trae consigo una historia lejana y llena de recovecos que la hicieron posible en el ahora. Sentados sobre los hombros de toda una cultura humana que nos antecede, dejamos que la mayoría de sus sorpresas pasen por sobre nosotros, desapercibidas.

Detesto el mundo poético de los Cristián Warnken que creen que la belleza es usar las palabras alma, amor y sublime; el gesto pituco de un arte sin manchas ni grietas o ese omnipotente fascismo de la luz interior que pretende que la vida transcurra en perpetuo resplandor.

Preferible detenerse a contemplar gestos olvidados, minimizados, rotos. Creo que la aversión a la podredumbre solo demuestra cuán vivo te encuentras, que limpiar mierda ajena es probablemente de los actos más amorosos que existen y que toda experiencia puede ser gesticulada a partir del goce estético, incluido el asco. Si he de creer en algo, en definitiva, es en el asombrismo por todas las cosas existentes y a mis 35 años puedo morir tranquilo sabiendo que alguna vez contemplé el rostro de la divinidad en un sucio charco de agua.

Esto pienso cuando leo las historietas de Andrade, las pienso y no se las digo, me da vergüenza ampliar algo que me parece tan innecesario de poner en palabras. Andrade recrea viñetas llenas de espacios para que el ojo merodee y con ello nos permite participar de sus pequeños detalles y triunfos. Pienso incluso: pequeños como nuestro poder y lugar en la sociedad, pertenecer a una clase que se sabe frágil y resiste siendo cínica; eso también veo en su estética. Chancho chino, un gag de Los Simpsons y tanta estupidez humana hereditaria; todo está allí, una cotidianidad entrañable y absurda que sostenemos a punta de chistes; esa arraigada capacidad de bailar ante la tragedia.

En una de las tiras de cuatro viñetas de la serie Putain de Chaine Pandémie, las tres últimas contienen los siguientes bocadillos donde leemos:

—Te puse un alcohol gel en la mochila.
—Gracias.
—Cuídate.

Y reflexiono que es increíble cuanta expresividad aguantan esos textos apenas sostenidos en un ángulo de 165 grados que marcan las cejas de los amantes protagonistas.

En otra historieta titulada Nadie es la patria, Andrade conecta el libro homónimo de crónicas y columnas de Enrique Lafourcade (publicado en 1981) con el clamor popular del estadillo social.

La protagonista, Dina Marti, observa desde la micro los graffitis en las murallas, reproducidos en su grafía por el autor, quien luego nos muestra los pensamientos de su personaje:

—Estuve esperando ver esto toda mi vida. Y ahora no sé cuál es mi lugar.

Una conciencia de nuestra pequeñez, de que la historia nos ha arrollado sin saber qué debemos hacer.

Y cuando Dina Marti, en un episodio posterior, dice a su novio Toño: “Siempre que veo los desagües en el trabajo, pienso en ti”; sé que en esa imagen hay un tesoro y una venganza a la que todos podemos acceder para lidiar con la tragedia de la vida, un recurso mínimo, pequeño como tomar un lápiz y papel para dibujar y compartir un garabato, esa intimidad de nuestra experiencia, que nada ni nadie podría quitarnos.

 

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Claudio Castañeda Peñaloza (Santiago de Chile, 1984). Abogado y escritor. Su obra se relaciona con el pastiche, la obra colaborativa, la infracción de norma y los derechos de autor. Se ha desempeñado laboralmente como especialista en propiedad intelectual y de forma paralela ha desarrollado un proyecto editorial (Calaquita) y autoral en narrativa gráfica, traducción, poesía, dentro de la cual destaca una línea de estudios de arte y derecho denominada Iuspoética.

Sus últimas dos obras son: El cuerpo es devil (poesía, 2019) y ASCOS (libro objeto, 2019).

Contacto en redes: @cayocactus

 

Historieta de Eduardo Andrade

 

 

Viñetas de Eduardo Andrade

 

 

Claudio Castañeda Peñaloza

 

 

Crédito de las imágenes utilizadas: Eduardo Andrade.