«País de la ausencia/ extraño país»: Un paseo breve por la narrativa chilena

Las obras a consultar dentro del extenso panorama literario chileno en este género son parte de un viaje que nos sitúa en las antípodas del acto contemplativo, que sirve de espejo para el placer de narcisos. Hablamos de un abismo que te devuelve la mirada y es probablemente la labor creativa que con mayor valentía ha tentado al desgarro, en nuestro insular país.

Por Daniel Rojas Pachas

Publicado el 11.10.2019

“Amanece. / Se abre el poema. La ciudad / Las aves abren las alas.
Las aves abren el pico. / Cantan los gallos. / Se abren las flores. / Se abren los ojos.
Los oídos se abren. / La ciudad despierta. / La ciudad se levanta. / Se abren llaves.
El agua corre. / Se abren navajas tijeras. / Corren pestillos cortinas. / Se abren puertas cartas.
Se abren diarios. / La herida se abre.”

Así comienza el libro La ciudad, del poeta Gonzalo Millán. Se preguntarán por qué tomar el epígrafe de un poeta y hacer un guiño al género lírico, si me he propuesto dialogar en torno a la narrativa; simple, no podemos pensar la novelística chilena sin la poesía y su influencia en nuestros narradores. Los creadores chilenos nos formamos en los campos de entrenamiento de la escritura, leyendo poesía, aprendiendo de esa hibridez y mixtura entre prosa y verso, la epístola y épica frente a la métrica, la crónica y relación ante el cantar.

Desde La araucana, libro fundacional para el país, entendemos cuan condenados estamos a desafiar los límites del lenguaje y lo que nos enseñan como fórmula, la majadera división entre los géneros, no por nada tenemos a Vicente Huidobro escribiendo El mio cid Campeador, La nueva novela, poemario duchampiano de Juan Luis Martínez, la vanguardia representada por Juan Emar en sus cuentos y su monumental proyecto Umbral, con sus respectivos pilares, La epopeya de las bebidas y las comidas de Chile del poeta Pablo de Rokha o Lumpérica de Diamela Eltit, un experimento visual-narrado, en que un hablante, La iluminada, interroga una ciudad sitiada en una pesadilla de control y asfixia, la perfecta alegoría del terror y claro, El obsceno pájaro de la noche de José Donoso, el más lírico y esperpéntico libro del boom latinoamericano.

Enrique Lihn, una de las voces poéticas esenciales en nuestra tradición señala respecto a su narrativa, escrita entre el 70 y 80, el carácter técnico de su escritura, la despersonalización del oficio y la importancia que tiene una productividad consciente, que el reconoce tiene sus principales exponentes en la poesía y alude a Valéry, Huidobro, acercándose también al pensamiento de Eliot.

«Paul Valéry, que hizo de la poesía una forma de pensamiento o viceversa, poesía pensable que debía rendir virtualmente cuenta de sus operaciones, decía preferir un solo verso consciente a un diluvio de palabras inspiradas. En nuestro medio, Vicente Huidobro patentó «una poesía escéptica y consciente de sí misma». Parece ser que los poetas han sido, en la historia de la literatura, los pioneros de una consciencia literaria como conciencia productiva que la literatura tiene de sí misma».

Podría continuar con Los detectives salvajes, los libros de Antonio Gil, las novelas de Bisama, Nona Fernández, Matías Celedón y Alejandra Costamagna, en fin, lo primero que podemos afirmar de nuestra narrativa, es el enrarecimiento y cruce de formas discursivas, y atentos, pues no mencioné en este breve recuento introductorio sólo a autores de este siglo o de fines del recién pasado, Juan Emar, Joaquín Edwards Bello y Huidobro, son creadores que están en la bisagra de dos siglos, el XIX y XX y siguen más vigentes que nunca.

En fin, utilizar el epígrafe de Millán también me sirve como un puente para realizar un tipo particular de lectura, tenemos claro que cada uno de nosotros se aproximará a la narrativa chilena desde su personal situación y encontrará en ellos mundos infinitos y posibilidades extremas, sin embargo, trabajar la idea de “la herida” da cuenta de lo que es Chile para sus creadores, un estigma que se traduce en nuestra relación con el lenguaje y sus posibilidades a explorar. Se trata de una pulsión que nos mueve a no aceptar la realidad tal cual la historia y los discursos oficiales han cristalizado, como un coágulo.

La destacada autora nacional Lina Meruane, autora de Sangre en el ojo, respalda la tesis de la herida, tanto en lo referido a la fisura poética del género como en lo referido a la alegoría de dolor insular que cargamos:

«La novela chilena siempre trabajó cerca de la poesía, apostando por su vocación minoritaria y secreta. Cómo se explica, si no, que, en la novela de formación de un niño inmigrante que es Hijo de ladrón, Manuel Rojas se permita plantar, sin aviso y en cursivas, un capítulo enigmático por metafórico llamado La Herida, un texto que habla de una profunda llaga social y de la agitación síquica contenida en nuestro pasado. Cómo se explica, si no se regresa al alocado imaginario local, otra novela alucinada como es el Alsino del también poeta Pedro Prado, quien por los mismos años narra los sueños de otro niño empeñado en volar lejos: se rompe la espalda y desde esa herida le crecen un par de alas. La misma escena de deseos frustrados se avizora en los personajes burgueses de la María Luisa Bombal: en Las islas nuevas se metaforizan las alas como forma de un deseo que la sociedad reprime. O en Patas de perro, protagonizada por otro niño monstruo que debe huir del acoso en la novela extraordinaria de Carlos Droguett, que extrañamente permaneció oculta. La escena literaria chilena está saturada de momentos emancipadores, como si Chile fuera un presidio o un pasillo entre la cordillera y el mar, un cuarto oscuro pero despierto entre el desierto mistraliano y el sur lluvioso de Neruda».

Entonces si pensamos en Blest Gana y Baldomero Lillo, las obras del autor de Martín Rivas y de Sub terra y El grisú atestiguan la herida colonial aun fresca y los primeros ensayos republicanos además del periodo industrial y la moledora de carne que es la vida de los mineros en Lota. La herida en estos autores no es naturalismo puro ni la herencia europea de Balzac o Flaubert. En el caso particular de Lillo, una historia como la de “Los Inválidos” nos presenta una escena de una belleza cruel, el caballo Diamante es despedazado por los años de servicio para luego de manera indolente ser devorado por las aves carroñeras, una metáfora abierta de los viejos trabajadores y el destino infranqueable de sus últimos días.

Hagamos en este punto un alto para remitirnos a un concepto clave que condiciona la herida en la narrativa chilena, la monstruosidad que subyace en nuestra razón. De modo inteligente Joaquín Edwards Bello le dio el nombre de imbunchismo. Edwards Bello entiende el imbunchismo como una clave de lectura de la identidad nacional que se proyecta al presente:

«El invunche sobrevive en forma de deformaciones morales, en tergiversaciones de hechos referentes a personas y en el acto de degenerar o de viciar las leyes y las costumbres europeas al poco tiempo de haberlas adaptado a nuestro modo de vivir».

En tal medida, la obra de María Luisa Bombal y Juan Emar situada en plena vanguardia y en el marco de una generación de escritores conectados con Europa y con los cambios de paradigma a comienzos del siglo XX, arrastra una herida que remite a la vida burguesa, al desclasado por atentar contra las convenciones y expectativas de una casta y lo que se espera del prohombre y la mujer llamados a dirigir una nación o responder a la moral familiar.

Pensemos en el relato «El pájaro verde» de Juan Emar y también en La última niebla, donde la herida no es una lucha de clases, sino una herida interna, la de la disociación con el mundo, el desacato que se vuelve una enfermedad y que revela la frialdad e indiferencia del progreso y la civilización. Tempranamente vemos la crisis de la sociedad moderna en la obra de estos autores, que descubrieron que es imposible escribir sobre alguien sin escribir sobre uno mismo, y también que es imposible que el dolor que nos rodea, durante tanto tiempo, no haya dejado una huella insoportable.

En el relato «El pájaro verde» de Emar, el animal embalsamado que funge como objeto protagónico de la historia, intercambia miradas con un cuadro de Baudelaire y luego con un busto de Arturo Prat y culmina su tránsito con un violento arrebato, al inesperadamente recobrar la vida y matar a picotazos al tío del autor-personaje. El tío del protagonista metaléptico (Juan Emar representado al interior de su propia obra) es un hombre de ideas fuertes, inflexible, conservador que mira con malos ojos la creatividad, estancia en Europa y libertinaje experimental de su sobrino. «El pájaro verde» como toda obra de Emar, posee niveles de lectura insospechados, desafiantes, y agudísimos, pues el pájaro es extirpado de su condición indomable, para ser adiestrado por una serie de dueños que muestran el progreso y ruina de la civilización europea, es domesticado por curiosidad y capricho de un doctor, termina en manos de un descendiente militar, para luego morir bajo el cuidado de un snob artista, mientras es retratado como parte de una naturaleza muerta. Su regreso a América lo realiza como una reliquia embalsamada, pues Emar (autor y personaje), lo recibe como obsequio durante su estancia en París. Sus amigos, bohemios incorregibles procuran sorprender a su amigo chileno, al encontrar este tótem inerte en la vitrina de una tienda de antigüedades. Pero el loro para estos jóvenes descarriados representa más que un adorno de salón, su aprecio nace de una frase, la lírica de un tango que se convierte en un ideolecto con que ellos resumen y compendian todo y a la vez nada, su vida disipada y bohemia en el París de los dadaístas.

 Así, si alguno tenía una gran noticia que dar, un éxito, una conquista, un triunfo, frotábase las manos y exclamaba con rostro radiante: -¡Yo he visto un pájaro verde!

En estos términos, Emar concibe el pájaro verde como una proyección del espíritu creativo, como una totalidad fragmentaria, ambigua e incierta. Curioso que esta idea irracionalista y descreída esté representada por un significante que nace en América, una bestia selvática, verde, fértil, alada, que recorre el mundo, muere en Europa y revive al retornar a Chile, cumpliendo su destino al hacerse dueño de la consciencia del autor y de nosotros como lectores al compartir la herida y la disociación con el canon y los viejos valores nacionales que el tío del personaje/autor encarna.

En una línea similar las mujeres de la narrativa de Bombal son fuerzas desatadas, indomables e incapaces de ser reducidas al rol de dueña del hogar o simple matrona. La lectura de los textos de Bombal parece indicar que la autora está disconforme con el papel asignado a la mujer de clase alta en la sociedad, y como disidente, pone en tela de juicio el orden patriarcal, pero sin querer ser parte del sistema ni proponer un orden social alternativo. Esta visión es corroborada por Bombal cuando, ante la pregunta sobre la intención de su trabajo, afirma lo siguiente: «Yo tenía pasión por lo personal, lo interno, el corazón, el arte, la naturaleza. No, yo no perseguía nada». Como vanguardista, la escritora experimenta con técnicas surrealistas y busca un nuevo lenguaje para definir un espacio a través del cual desarrollar los problemas íntimos que la aquejan. Sin proponérselo, quizá, ha terminado por conectar su problemática con la de la naturaleza.

Detengámonos ahora en Manuel Rojas, un autor que además es un híbrido en su propia situación personal, un migrante chileno-argentino. Diamela Eltit dice sobre el conocido y estudiado pasaje la Herida, presente en Hijo de ladrón:

«Una serie de discursos poéticos hablan incesantemente de la herida. Una herida simbólica y síquica que recuerda la forma en que Freud organizó la noción de inconsciente. Es esa herida la que permanece rezagada pero activa. Está allí parapetada en cada uno de los sujetos como huella dolorosa de su precoz enfrentamiento al mundo. Sólo que, en la novela de Manuel Rojas, está herida alcanza una dimensión eminentemente social. En la herida que atraviesa la novela, su narrador adopta la segunda persona y, desde esa posición, apela incluso al propio lector; a su herida, a su huella, a ese dolor que está agazapado, palpitante, aunque no impide el siempre complejo y alucinante acto de vivir».

Si atendemos a Carlos Droguett autor de Eloy y la novela Patas de Perro, podemos entender la herida como la incapacidad de ver en el otro, ese que es diferente y contradice lo homogéneo de la cultura, aquello que supera los límites de lo que entendemos por normalidad o belleza. Boby, el niño perro, es una amenaza y por lo mismo un ser que debe ser cazado y destruido.

«Desde hace siglo y medio, los escritores chilenos revuelven y vuelven sobre este ‘desaliento endémico’, ‘abismo dudoso’, ‘algo inconfesable’, ‘cortar las alas de lo que se eleva’, ‘exasperación desesperada’ que caracterizan nuestro nudo antropológico, psicológico y social de ser chilenos, y que reencontramos a poco andar en el trato con nuestros paisanos y con nosotros mismos. ‘Canibalismo de la sociedad chilena’—es el diagnóstico de Joaquín Edwards Bello (1930). ‘Correr tupidos velos’ sobre ‘ese universo doloroso que dejó perpetuas llagas limitadoras’—lo llamó José Donoso (2009). Y cuyo origen psicosocial Jorge Edwards atribuye al ‘orden de las familias’ (1967). ‘La criolla tendencia a la autocrítica zahiriente, forma de destrucción envidiosa de nuestros logros para compensar nuestra impotencia’—lo explicó el psiquiatra Marco Antonio de la Parra, identificando al imbunchismo como un rasgo esencial de nuestra ‘mala memoria’ en su Historia personal del Chile contemporáneo (1997)».

Estas palabras del investigador Roberto Hozven, se completan con lo que Diamela Eltit confiesa sobra la herida: “En rigor, la herida está ahí, en cada uno de nosotros de manera más visible o más velada, pero también está la complejidad de la herida que se extiende de manera oblicua en el sujeto, contaminándolo. No me parece posible que esta herida sea “redimible”.

Lo que interesa es hacer de esa herida una fuerza política, al representarla podemos permitir que el vulnerado hable, recupere su voz. Todo lo expuesto podemos observarlo en Germán Marín, en sus novelas Basura de Shangai, Carne de perro o El palacio de las risas y toda la prolífica generación del 50 con sus poetas, narradores y ensayistas: Lihn, Alcalde, Martín Cerda y Donoso. Lihn por su parte, en la obra Paseo Ahumada nos muestra la herida del insilio, de aquellos que sobrevivieron a la cruenta dictadura y el empobrecimiento dentro de nuestras fronteras, y en su obra Diario de muerte, libro que el poeta y narrador escribió hasta el día fatal en que perdió su lucha contra el cáncer reconoce:

«Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos

por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad

pero, a la larga, eso no tiene sentido

Duele separarse, poco a poco, de los sanos a quienes

seguiremos unidos, hasta la muerte

separadamente unidos

Con los enfermos cabe una creciente complicidad

que en nada se parece a la amistad o el amor

(esas mitologías que dan sus últimos frutos a unos pasos del hacha)

Empezamos a enviar y recibir mensajes de nuestros verdaderos

conciudadanos

una palabra de aliento

un folleto sobre el cáncer».

En cuanto a José Donoso, el maestro del imbunchismo narrativo, En el obsceno pájaro de la noche —quizás su novela más ambiciosa—, nos relata como el Mudito es imbunchado:

«Me meten adentro del saco. Las cuatro se arrodillan alrededor mío y cosen el saco. No veo. Soy ciego. Y otras se acercan con otro saco y me vuelven a coser […] y siento levantarse alrededor mío otro envoltorio de oscuridad, otra capa de silencio que atenúa las voces que apenas distingo, sordo, ciego, mudo, paquetito sin sexo, todo cosido y atado con tiras y cordeles, sacos y más sacos […] aquí adentro se está caliente, no hay necesidad de moverse, no necesito nada».

Finalmente, si pensamos la narrativa de Roberto Bolaño, en la cual atestiguamos el mal descarnado en su tetralogía compuesta por La literatura nazi en américa, 2666, Nocturno de Chile y Estrella distante, podemos entender caminos subterráneos entre arte y violencia.

Roberto Bolaño en sus textos establece vasos comunicantes con presupuestos de Bataille, la idea de sexualidad artificial, cierta bruma Dionisíaca que se respira en todo la obra y principalmente una continua alusión a Sade y la educación sentimental, que la lectura del francés proveyó al escritor chileno. Esta estética del mal tiene como asentamiento un espacio físico que le sirve al autor de sustento material, en este caso, se trata de Santa Teresa que toma como referente Ciudad Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Infame región del país del norte, que, a causa de los continuos y sistemáticos asesinatos de más de 300 mujeres, el escritor chileno calificó en una de sus entrevistas como un verdadero infierno: “Ciudad Juárez es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”.

 Esta relación literatura y apocalipsis también la encontramos en los sueños de “Un paseo por la literatura”, poema extenso de Bolaño que  expone el terror y el ya aludido fracaso de una generación y la sangre que emana de las páginas de la historia cultural del continente y en general del mundo. En el canto 41, se personifica la crisis utópica y muerte del sueño reformista a la luz de la figura trágica de Roque Dalton:

«41. Soñé que estaba soñando y que en los túneles de los sueños encontraba el sueño de Roque Dalton: el sueño de los valientes que murieron por una quimera de mierda».

Por su parte, Auxilio Lacouture, madre de todos los poetas jóvenes de México y memoria caótica que envuelve contradictorios y trágicos momentos, expone en la novela Amuleto de Bolaño, una sentida elegía que da cuenta de la suerte de todos aquellos pequeños soñadores que marcharon a morir como el poeta nicaragüense o el peruano Javier Heraud:

«Y los oí cantar, los oigo cantar todavía, ahora que ya no estoy en el valle, muy bajito, apenas un murmullo casi inaudible, a los niños más lindos de Latinoamérica, a los niños mal alimentados y a los bien alimentados, a los que lo tuvieron todo y a los que no tuvieron nada, qué canto más bonito es el que sale de sus labios, qué bonitos eran ellos, qué belleza, aunque estuvieran marchando hombro con hombro hacia la muerte, los oí cantar y me volví loca, los oí cantar y nada pude hacer para que se detuvieran».

Si nos trasladamos a la narrativa actual en Chile en todas sus latitudes, la narrativa de frontera nos permite resignificar nuestra ciudad del norte en la cual se revela el multilingüismo, la violencia agazapada de los múltiples tipos de tráfico y contrabando, la xenofobia. No en vano podemos afirmar que la narrativa chilena goza de buena salud a nivel nacional y local, y estamos lejos del halago y de la condescendencia. Pensemos en el trabajo de Rodrigo Ramos Bañados, Oscar Barrientos Bradasic, Cinthya Rimsky, Pablo Toro, Cristóbal Gaete y muchos más que han ido entregando maravillosos textos en esta última década. Muchos autores sin duda quedarán pendientes, resulta imposible abarcar a todos, pero las obras a consultar dentro del extenso panorama narrativo chileno, son parte de un viaje que nos sitúa en las antípodas del acto contemplativo, la fruición y el arte por el arte, que sirve de espejo para el placer de narcisos. Hablamos de un abismo que te devuelve la mirada y es probablemente el arte que con mayor valentía ha tentado al desgarro en nuestro insular país.

En cada momento oscuro o de nuestro devenir como comunidad, la literatura ha buscado o creado los recursos para no sucumbir a la tentación del conformismo y la autocomplacencia de la tradición y el confort de una cicatriz que se pretende maquillar. Bolaño, uno de los más grandes autores que quizá no merecimos, pero al menos tuvimos, a  menudo describía la literatura como aquel acto de valentía que significa enfrentarse (con los puños) a la tradición, en busca de lo ignoto. En términos similares Martín Cerda, quizá el mayor ensayista nacional, al cual debemos redescubrir, decía: “la tarea es restablecer la zona de validez de todo escrito que no pretende hoy “ex-poner” una visión o un saber total y muchas veces “totalitario sino, introducir una mirada discontinua en un mundo que, en lo más sustantivo, se oculta o se enmascara con diferentes ropajes y lenguajes “totales’: monolíticos y opresivos”. He querido compartir esta breve mirada de la narrativa chilena, el resto es literatura.

 

Daniel Rojas Pachas (Lima, Perú, 1983). Escritor y editor chileno-peruano, dirige el sello editorial Cinosargo. Ha publicado los poemarios Gramma, Carne, Soma, Cristo barroco y Allá fuera está ese lugar que le dio forma a mi habla, y las novelas RandomVideo killed the radio star y Rancor. Sus textos están incluidos en varias antologías –textuales y virtuales– de poesía, ensayo y narrativa chilena y latinoamericana. Más información en su weblog.

 

«El obsceno pájaro de la noche», de José Donoso

 

 

Imagen destacada: El escritor chileno José Donoso (1924 – 1996).