«Adiós al maestro»: Enrique Lafourcade, memoria viva de la literatura chilena

Una crónica–homenaje al inolvidable autor de la trilogía novelística sobre la ciudad de Santiago, esa urbe de la segunda mitad del siglo XX, compuesta por «Frecuencia modulada» (1968), «En el fondo» (1973) y «Variaciones sobre el tema de Natasia Filíppovna y el príncipe Mishkin» (1975), esta última, una verdadera obra mayor (y desconocida) de la narrativa nacional, y que vincula al convulso último año del gobierno de la Unidad Popular, con el tema universal del amor imposible y sus ramificaciones existenciales en la cultura política y filosófica de Occidente.

Por Hernán Ortega Parada

Publicado el 14.2.2020

“Soy una mentira que dice siempre la verdad”.
Jean Cocteau

No, amigos, Lafourcade no se ha ido. Aunque estemos en el año 2024, sonambulescamente. Sólo necesito exteriorizar algunos recuerdos literarios y algunos sentimientos relacionados con el escritor que yo conocí. No tengo derecho a hablar por muchos de ustedes. Pero antes, reviso y reviso mi propio sobre de “referencias críticas” y mundanas; y me doy cuenta, descubro en verano del 2015, que lamento que este novelista no esté en la lista nacional número uno de autores chilenos y que, por supuesto, se le mencionará después en la otra, junto a muchos “olvidados” (que él defendió en sus tiempos de ring). Peleado con la dictadura y la izquierda, ¿podría haber sido de otra forma? Porque fue un peleador.

La identidad de nuestro novelista, su imagen, es de resistente captación. Prevalece la ambigüedad incluso en la impresión del público lector de ocasión, el que lee diarios (o leía). Pero están las cosas del escriba dominical de extensas páginas iluminadas por un buen dibujante. O tal vez el personaje de mirada huidiza de la televisión. Sería un lugar común, perogrullesco, remitirse a las máscaras que el joven Lafourcade estrenó en el baile cultural de Santiago, y que mantuvo hasta el fin de sus representaciones. O en el baile intelectualoide. Como usted prefiera. Pero, en efecto, yo desperté al renacer de la literatura chilena cuando él publicó su famosa Antología del nuevo cuento chileno (1954) y la novela Pena de muerte, ésta que abrió en mis manos un teatro diferente: el escenario, la utilería y los esperpénticos títeres que estaban en la pieza íntima de un mundo que yo no conocía (vivía en la Patagonia, entonces). Donoso, Giaconi, Cassigoli, Espinosa, en la recopilación de cuentos, me impresionaron bien. Otros, nada. Era la generación del 50 que eclosionaba. Y entraba en las páginas de la literatura mayor nacional. Quien incendió la vieja sementera fue Lafourcade. Quien se sentaba al centro de una vitrina sacando la lengua a la gente de la calle, era Lafourcade (hubo fotos en la prensa santiaguina).

Frecuencia modulada (1968) hizo exclamar a Alfonso Calderón: “Hay quien ve un marbete agresivo, un made in Chile a prueba de exportación. (…) Es una buena novela, es un magnífico estudio en grotesco y revela que Lafourcade sabe, también, emplear algo que se le escapaba: la ternura. Aquí ha puesto en algún lugar el corazón” (Ercilla, 16.10.68). Por cierto que Alfonso era parco y certero en la crítica. Más tarde, adaptando tal vez la mirada de Salinger, reventó las ventas de librerías con Palomita blanca (1971); hoy, un clásico no sólo para palomitos de la educación sino que para lectores inquisitivos, por su lenguaje sueltas las mechas. En 2012, en su 64ª edición, la “palomita” vende el ejemplar número un millón. No creo que Enrique lo haya celebrado.

La fiesta del Rey Acab (1959) marca tempranamente la incorporación de temas políticos, siempre bajo un lema que definirá más tarde: “El escriba que embellece  y poetisa el áspero mundo”. La figura patética del dictador de la República de Santo Domingo, icono de esa especie, le atrae y escribe con su humor característico una sátira que llama la atención del mundo. Es traducida y editada en inglés, francés, rumano, alemán. Es un ejemplo de que su obra trascendió tempranamente, fijando, por cierto ese estilo del cual estamos hablando en profusión. Tal vez la novela que no fue bien recibida —al menos en Chile—, fue Salvador Allende. Porque es un intento de ver los escenarios y sus personajes, a través de los sueños y la voz interior del presidente mártir. Fue escrita a matacaballo, cuando estalló en el mundo la noticia de la caída de la UP, cuando Lafourcade estaba en el extranjero. Al socialismo no le gustó el aprovechamiento; tampoco muchas de sus interpretaciones. En su crónica “La generación del 50” (Inventario I, 1975), refiere el novelista: “…el mío (el libro) es resultado de diversas furias y penas, de adivinaciones y silencios, sueños y desvelos. Mi ‘novela’ (no podría llamarla de otro modo) apareció en 1973. Tuve ejemplares el día 15 de diciembre. Tirada de 25.000. Prohibido en España.” Habría que leer de nuevo y con cuidado este volumen editado en grande por Grijalbo, Barcelona. Obra de oportunidad, escrita en una semana. Más de 45 títulos, hablan de un escritor de toda la vida. Escritor cronista. Registra todo lo que pasa a su alrededor y aún más allá. Sin menoscabar su trabajo, diríamos que su trabajo escritural más artístico, es Pena de muerte, a pesar de su registro de personajes de la vida cultural santiaguina. Conversado el tema con Rosasco, me dijo: “Es el gran cronista de la vida chilena citadina en la segunda mitad del siglo XX.”

Corría el escalofriante año 1977 y yo, esta vez en Santiago, liberaba ciertas ataduras y me inscribía simultáneamente en cuatro talleres que ofrecía la Biblioteca Nacional: Arteche en poesía, Braulio Arenas en literatura “prehistórica” chilena, Molina Ventura intentando radiografiar ciertas obras literarias francesas; y, Lafourcade, en creación de prosa narrativa. Este último registró más de sesenta inscritos, algo absolutamente monstruoso como experiencia didáctica. Un semestre. Que se repitió el 78. Y que tampoco perdí. Visto a la distancia, se trataba de apagar el apagón: se inscribieron profesoras de castellano para reanimar talleres en liceos (de los mismos que se habían prohibido en el Instituto Nacional y otros establecimientos); se inscribieron funcionarios de la casa; invitaron a escritores de ultraizquierda; aparecieron algunos de la nada (como el suscrito) y otros ojerosos provenientes de quién sabe qué cuartel. Sí, infiltrados (filtrados, mejor dicho). El taller de cuento fue espectacular. Se armaban discusiones sobre textos leídos por sus autores. Todos tuvimos ocasión de leer ante esa tribuna inquisitorial. Recuerdo a De la Parra, Ana M. Güiraldes, Iván Teillier, Carlos Franz, Carlos Iturra, Gonzalo Contreras, Paz Molina, y, aunque me cuesta nombrarla, estaba Mariana Callejas. El maestro de narrativa “cortaba siempre el queque” en forma profesional, equitativa, destacando —muchas veces— contenidos que sorprendían a la asamblea. Para mí, un gurú de literatura irremplazable: pues sabía comparar estilos y manejos de lenguaje, encendiendo linternas adecuadas (Faulkner, Cortázar, etcétera). Nos entusiasmó con El gran Meaulnes, con Demian. Nos enseñó, de acuerdo a su propia forma, a soltar el lenguaje, a crear agilidad en el texto, algo que en sus escritos evidencia un manejo impecable (a veces excesivo) de eso que él llamó “locura”. Para mí, un gran guía de taller, que estimulaba la creatividad y la liberación del complejo espíritu.

Sin embargo, tuve conocimiento de una experiencia “extraliteraria” extraña. Y que no puedo soslayar. Un pequeño grupo del Taller Altazor fue invitado en repetidas ocasiones a Lo Curro, al tenebroso castillo de Mariana Callejas esposa de Michel Townley. Recuerdo que alguien me invitó en cierta ocasión y no acepté porque ya tenía ese año de 1977 clara conciencia de lo que ocurría bajo la dictadura militar, y era testigo de hechos inaceptables. Además, los cuentos de esa mujer circulaban mimeografiados en el taller y mi asociación con sucesos reales era espontánea y viva. Nunca conversé con ella. Sí está en la crónica negra, la concurrencia a Lo Curro —ingenuamente, según mi apreciación— de Lafourcade, de Nicanor Parra, y de los jóvenes Contreras, Franz e Iturra —regalones del maestro—. En cambio concurrí a una muy alegre convivencia en casa de Ana María Güiraldes, donde quizás en forma natural, nos juntamos unos doce o quince “altazorianos” para festejar el nacimiento de Buddha y los chocolates envenenados, 21° libro de EL. A medio filo de la “pichanga”, cuando todos teníamos las frentes brillantes y los ojos encendidos, se me acercó Enrique y me dijo muy amistosamente: “Yo creía que usted era agente de la DINA”. Me reí de buena gana, pues nadie sabía por qué rodé hasta caer en el Taller; simplemente para recuperarme de trece años en que estuve sin escribir, sin leer los libros que hubiera querido leer, sin escuchar música selecta que había sido siempre mi pasión, sin hablar con nadie de literatura, casi sin ver a mi madre que vivía en El Llano (¡Que me había pasado, oh, por Zeus!). Bueno, cuento corto: me había separado en mayo del 77 (44 años de edad) y en junio la prensa llamó a inscribirse en la Biblioteca Nacional. Desorbitado, flaco, cesante, me sorbí todo lo que pudieron entregarme los cuatro distintos talleres semanales. A cada sesión yo llegaba con una radio a pilas (todo mi capital en ese entonces), con doble casetera, y grababa sin mirar ni siquiera a quien se sentaba a mi lado; salvo que a veces este vecino se inclinaba como para escribir y dejaba en descubierto la culata de un pistolón reposado como un gato en una sobaquera. De regreso en mi casa, después de comer algo y gozar a mis padres y algún hermano, me encerraba a transcribir todo lo grabado; eso, de lunes a jueves. Estos semestres fueron mi universidad.

Recuerda, Acates, que en 1964 yo había publicado mi primer libro de poesía (Ecce Deus!) y que en 1966 había recibido la estatuilla de bronce “Inspiración” (que conservo y observo con amor) como premio nacional por un puñado de cuentos patagones que no han sido re-editados. Y que en su mudez hablan por mí. De modo que yo estaba en Altazor solamente para beberme, como un perro que sale del desierto, la sabiduría que derramaban los maestros. Más tarde, la creación del Taller Huelén (1979), con Martín Cerda de guía, y otros compañeros aprendices ex-altazores, me permitieron entrar en el mundo que más he amado.

Un contacto muy especial con ÉL lo tuvimos el 5 de febrero de 1981. El periodista Jorge Rencoret animaba un programa cultural (“cultural”, en plena dictadura), en el Canal 11 de la Universidad de Chile (cuando este canal cumplía con la razón universitaria de existir, a pesar del plomo de las nubes). Ocupaba el sillón de los “apremiados”, nada menos que Enrique Lafourcade. El esquema del espacio —en parte—, era establecer comunicaciones telefónicas con cualquier persona que llamara. Y yo, de entrada, me atreví a “inferir” tres inquietudes personales. No sé si el maestro me reconoció de inmediato; aunque por una apostilla final, creo que sí. El “clinch” fue exactamente el que transcribo:

JR: —Situado entre los grandes de la literatura hispanoamericana, es autor de más de diez novelas: entre ellas Invención a dos voces, Palomita blanca, En el fondo, y La fiesta del rey Acab. Esta última, traducida al inglés, alemán, holandés, y llevada al cine. Es uno de los novelistas más independientes y desmitificadores entre los escritores hispanos. Su última obra titulada Nadie es la patria apareció sólo el mes pasado y ya agotó la primera edición. Hoy está con nosotros Enrique Lafourcade. Enrique, bienvenido, es un grato placer tenerlo aquí en el Canal.

EL: —Gracias.

JR: —Y esto es lo que yo les contaba recién. Esta es la portada de Nadie es la Patria. Enrique, junto con estar viendo la portada de su último libro, que acaba de tener la gentileza de dedicármelo, ¿podría hablarnos algo de esta obra?

EL: —Sí, podría. Es una selección de crónicas publicadas todas en la revista Qué Pasa, en los últimos cuatro años. Crónicas que tienen que ver con una variedad de temas muy grande: ecología, política, situaciones de la gran ciudad, el amor o el desamor de la gente por los animales —por ejemplo—; o tiene que ver, en otros casos, con los ecos, las resonancias que despierta una película, como esa gran película italiana Nos habíamos amado tanto; así, en otros casos se refieren a amigos muertos o a algún determinado tipo de problemas, éxitos o tragedias. Es una miscelánea de crónicas escritas naturalmente en el estilo con que se escriben estas crónicas, es un  estilo perecedero, se trata de algo que va a morir con la revista. Yo pensé que algunas de estas crónicas podrían tener una vida un poco mayor y las reuní en este libro. El título del libro llama a equívoco: “Nadie es la patria”, es un verso de Jorge Luis Borges. El verso está aquí en el epígrafe del pórtico del libro, y dice: “Nadie es la patria / ni siquiera el tiempo  cargado de batallas / de espadas y de éxodos / Nadie es la patria / pero todos lo somos / Arde en mi pecho y en el vuestro incesante / ese limpio fuego misterioso / Nadie es la patria pero todos lo somos.” Esta es la idea. La patria no es de uno.

JR: —Muchas gracias, don Enrique… Pero acá tenemos una comunicación telefónica… ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

TELEVIDENTE: —Mi nombre es Hernán Ortega Parada.

JR: —Don Hernán, muy buenas tardes. Su pregunta a don Enrique Lafourcade.

HO: —En realidad, tengo tres preguntas.

JR: —Muy bien, Hernán.

HO: —La primera, ¿por qué no tenemos grandes novelistas en Chile, en la actualidad? La segunda: Usted como escritor, ¿no cree que se ha alejado de la creación pura? Esto es en relación a sus actividades secundarias como columnista, como crítico literario, como crítico de restoranes, etcétera. La tercera: Siendo usted profundamente humano, ¿por qué se aleja de la gente que intenta acercarse a usted?

JR: —Muchísimas gracias, Hernán. Ya tengo anotadas las tres preguntas, que voy a transmitirlas una a una a Enrique Lafourcade.

HO: —Muchas gracias.

JR: (Repite la primera pregunta a Enrique Lafourcade).

EL: —No estoy plenamente de acuerdo con esa afirmación/pregunta, del señor Ortega. Creo que la novela en Chile está en plena expansión, en pleno desarrollo. Fui jurado recientemente en el concurso de novela Andrés Bello, donde obtuvo el primer premio la novela de José Luis Rosasco, Dónde estás, Constanza, una hermosa novela breve, y me tocó revisar casi noventa originales de novelas; no podía creer que hubiesen noventa novelistas en Chile. De esas noventa, diez por lo menos, diez textos, más que decorosos, unos de notable nivel, como uno de Enrique Valdés, como el de Carlos Morand, como el de Mariana Callejas. Estoy dando nombres bien concretos. Novelas inéditas que van a ver la luz posiblemente este año o en el próximo, cuando los editores en Chile se decidan a publicar a los escritores chilenos, y que dan fe de que el género está vivo en Chile. Chile ha dado otros escritores como José Donoso y Jorge Edwards; podríamos citar también  a Francisco Coloane. Evidentemente no tenemos un García Márquez, o un Cortázar, o un Vargas Llosa, o un Carlos Fuentes. Creo que la novela en Chile, los prosistas en general, van a dar sorpresas de tipo internacional tan grande como las que dieron los poetas.

JR: —La segunda pregunta dice, ¿no cree que usted se ha alejado de la creación pura?

EL: —No sé lo que el señor Ortega llama la “creación pura”. Yo me quedo con la “pura creación”. Estoy intentando estar cada vez más cerca y cada vez más conectado con mi tiempo, con mi gente, con mi peripecia histórica, con mi “circunstancia” a lo Ortega (y Gasset, por supuesto). En ese sentido creo estar olfateando la realidad. La “creación pura” podría ser la colocación mental de un Paul Valéry, por ejemplo, o una Gertrude Stein, que se aíslan, se recluyen en esa especie de colocación intelectual recoleta para pensar con el máximo rigor posible ciertos problemas, ciertas tareas. Esa es una colocación más propia de un filósofo que de un novelista. De modo que no coincido con esta idea del señor Ortega. Yo estoy escribiendo por todos lados, estoy escribiendo libros, incluso tengo varios libros inéditos —en mis horas libres escribo libros—, y hago periodismo cultural y creo estar intentando algo parecido a la creación, un remedo de la creación, un simulacro de la creación, que naturalmente no puede ser pura por provenir de un ser humano.

JR: —La tercera pregunta dice: “Siendo usted profundamente humano, ¿por qué se aleja de la gente que quiere acercarse a usted?”.

EL: —Yo me alejo de los lateros, no más. Pero, por ejemplo, aquí, de las muchachas lindas que quieran acercarse a mí, yo no tengo problemas.

(Con risas o sonrisas que todavía creo ver, JR atiende un nuevo llamado).

 

En honor a esa cita borgeana de Lafourcade y, por supuesto, en remembranza del propio autor del poema (a quien dedicamos la revista Huelén N° 14), cito a continuación el texto completo escrito en 1966 como una oda:

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
que, alto en el alba de una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
cargado de batallas, de espadas y de éxodos
y de la lenta población de regiones
que lindan con la aurora y el ocaso,
y de rostros que van envejeciendo
en los espejos que se empañan
y de sufridas agonías anónimas
que duran hasta el alba
y de la telaraña de la lluvia
sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso.

Jorge Luis Borges

 

Significativo texto, muy repetido en internet. Pero, nótese que ya titular un libro Nadie es la patria, era colocar un poco de merkén en el condumio sociopolítico chileno de ese año 1981. El estilo pleno de Enrique Lafourcade, la elusión y la alusión enmascarada. No lo digo como crítica ponzoñosa sino como reconocimiento a todos los años, y en qué tribunas, nuestro maestro desarrolló un oficio maestro: a mi modo de ver, uno de los cronistas más inquieto, prolífico e importante de este país. Sí, Joaquín Edwards Bello, Benjamín Subercaseaux: pero más frontales cuando las cosas se podían pelear como en el Far West (donde siempre ganan los buenos).

Respecto del capítulo televisado, debo decir que está grabado íntegro en cinta de audio, casete para esos tiempos,  y una copia fue depositada en la Biblioteca Nacional el 26.06.87. Por mi parte, confieso que no la había vuelto a escuchar en estos casi treinta años. Mis sentimientos, ahora que escribo en 2015, es que mis preguntas denotan la simpleza de quien se inicia en las letras literarias. Hablar de “literatura pura”, a secas, en verdad es inaceptable; sin embargo, el maestro entendió perfectamente el sentido de la frase y no excusó el fondo y se refirió, comparativamente respecto de su propio trabajo, a Valéry, a Stein, que son, en efecto, distintos; así como un Proust, un Camus, un Rulfo, un Joyce (para qué seguir).

Tengo presente que, en una oportunidad, Carlos Iturra le preguntó a EL si había escrito ya su “montaña mágica” (pregunta tan corrosiva como la mía) y el aludido contestó: “No, a esa montaña se trepa”. ¿Qué quiso decir? ¿De verdad reconoce que no ha escrito una elevada obra? ¿Elusión que transporta una espontánea verdad? A la hora del balance, por cierre de actividades, no aparece la creación monumental suya en un listado de diez grandes novelas chilenas. Está claro que su mirada de cronista abarcó la novela citadina y no es llamativo que cuando creó una “unidad interna”, como Pena de muerte, la propia Palomita blanca y La fiesta del Rey Acab, entregó páginas importantes a la literatura nacional. De la primera consulta, no atinó, en verdad a citar a Manuel Rojas, u otros; yo habría preguntado, además, acerca de por qué en muchas encuestas periodísticas, a críticos en especial, se da constantemente como la mejor novela chilena del siglo a Jemmy Button, de Benjamín Subercaseaux, una obra que casi nadie lee y que yo admiro como una obra señera de gran aliento y sobre un tema superior: el encuentro de dos civilizaciones, como la recreación socio-antropológica que cala a fondo el encuentro dramático –increíble, dicen ahora- de dos pueblos tan disímiles como los que allí se retratan in extenso.

Enrique Lafourcade citó al propio Rosasco y a Enrique Valdés, autores de obra hermosa: pero romántica y juvenil la primera, potente aunque localista la que probablemente ofreció el segundo (pienso en Trapananda, que no es su mejor creación). Sólo en 1982, Isabel Allende publicará La casa de los espíritus. Y un último alcance al bendito “round” televisivo: Lafourcade finaliza con dos frases. La segunda es para la audiencia, de acuerdo a su eterno juego de dar a la manada lo que la manada adora. El primer sintagma, es un dardo para mí. Ocurre que terminado el semestre de 1978 del Taller Altazor, yo seguí visitando, con cierta frecuencia, al maestro en su lugar de trabajo matinal en la antigua oficina de El Mercurio, en calle Compañía. Le había entregado papeles —que no eran míos— para un tema que él abordaría en una crónica; después hubo algo más en el sentido de colaboración (como lo hizo Jorge Teillier). Jamás le hablé, en estas circunstancias, de mi propio trabajo escritural como acostumbran los principiantes. Quienes me conocen saben que mi autoestima literaria es un penoso ascenso en soledad y que si algo espero, es que mi trabajo publicado hable solo, por sí mismo… si es que saca el habla. Durante los dos semestres de Altazor (1977 y 1978, de julio a diciembre), con Lafourcade, presenté a la jauría (lo digo con cariño) borradores y cuentos que estaban en barbecho, estrictamente. Nunca conté allí que en 1964 obtuve un primer premio nacional en narrativa. Al contrario de otros “alumnos”, donde al menos uno —que no deseo nombrar y que desapareció— leyó un cuento que fue duramente criticado en la jaula y que el autor defendió diciendo que los “derechos de autor ya estaban inscritos según manda la ley” (como quien dice, ustedes, los cincuenta y nueve, están desubicados).

Cierta vez presenté un relato de cómo un joven adolescente descubre el fenómeno de la reproducción humana, con muchos detalles aleatorios —nunca como una fisiología del encuentro de dos sexos— y cómo ese inexperto individuo es abusado toda una noche. Quedó “la escoba” en el circo: las mujeres —todas— calificaron el texto de grosero, pornográfico, indecente. Era un taller de personas mayores de edad. El profe calmó la revuelta diciendo que le había llamado la atención el clima, la presencia decisiva del escenario que no era otra cosa que la pieza/nido de una antigua pensión de madera, de dos pisos, bajo una fría e intensa noche de lluvia, como lo son (o eran) en la Patagonia. Pido perdón ahora (entonces no lo hice en dicho taller) pues la idea era reflejar el instante preciso en que un proyecto de hombre se transforma definitivamente en un varón; cuando cambian las perspectivas de las relaciones humanas, cuando se descubren un yo profundo y un otro  irrepetible en la sociedad; la “huella en el barro”, expresiva imagen de Jorge Teillier, merece atención.

El taller fue rico en experiencias y ahí estaban los genios que Enrique Lafourcade estimuló, y los hizo cercanos (no menciono a Mariana Callejas en su valor literario porque sus cuentos hieden a sangre y pólvora; y que me perdone también esta buena prosista). Volviendo a la oscura oficinita de El Mercurio que ocupaba el maestro, un rincón en el primer piso, en efecto allí él se sentaba frente a una “máquina de escribir” conectada directamente con la procesadora editora del periódico. Eran sus momentos pic, y yo iba a cumplir algún encargo suyo que a lo mejor no tenía gran importancia. Allí me espetó fríamente la última vez que nos vimos cara a cara, que no le gustaban los “lateros”. Y me di por enterado (hasta hoy). Siempre seguí sus pasos, coleccioné sus novelas, y lo he reconocido, en cualquier tertulia, que el mejor maestro de narrativa del país ha sido Enrique Lafourcade. Enseñó, insistentemente, cómo otorgar “locura” al lenguaje escrito, en sentido de no ser lineal, sino ágil y punzante. Finalmente, aunque me duele en el alma decirlo, él no buscó la “pureza literaria” en el sentido como yo entiendo el arte: transformar la realidad. No fue artista —como Claudio Bravo en la pintura hiperrealista o como Herman Melville en las letras—, sino un excelente y versátil cronista, preocupado de la manada, tal vez un buen ejecutor del “libro mercado”. A pesar de este juicio de quien escribe hoy, escuchémoslo a él: desde un viejo recorte periodístico, sin referencia alguna, titulado “La novela de nuestro tiempo”. De allí, espigo el siguiente testimonio:

La novela constituye, casi siempre, una lenta, permanente confesión de lo que el escritor es. Lo que sabe, lo que admira, los odios y amores, en riqueza o pobreza intelectual, su valoración del mundo, su colocación metafísica en la familia humana (…) La novela que hacen las nuevas clases literarias (hacemos nuestra la denominación de Edmond Wilson, que prefiere esta palabra a la vaga y vacía de generaciones) parte de estos supuestos tan esquemáticamente esbozados aquí, de la responsabilidad intelectual del novelista. Un Marco Denevi, o un Viñas, un Benedetti, un Cortázar, o un Rulfo, o un Arreola, o en Chile, un José Donoso, para citar un único nombre, son conscientes de esta exigencia. Su cumplimiento habrá de dar frutos comestibles, en sus países y fuera de sus países, en Latinoamérica, y más allá de Latinoamérica.

Estos principios fueron sembrados en los talleres suyos que conocí. De modo que un fino desbroce podría dejar en descubierto lo que hubo tras la máscara que observamos en la TV, aquella vez. Por de pronto, la sola mención que hizo en este artículo, de José Donoso, es muy específica.

Una muestra de las intervenciones del maestro. Carlos Franz, lee su cuento “Polvo” (octubre 77) y sobrevienen los comentarios de rigor:

L: —Tiene una apoyatura nerudiana. Eso me empezó a perturbar. Me desoriento porque las líneas finales muestran otra historia. ¿Qué les pareció este cuento? Noten que hay de todo, hasta incesto.

Dama:Me gustó. Encuentro como que tiene algo de Kafka.

L: —No lo veo y puedo decirle por qué, inmediatamente. Kafka tiene una materia seca. Este es un cuento lleno de visiones, con mundo exterior. Hay presencia del tiempo por todos lados. Kafka es más económico.

Otra: —Le encuentro una extraordinaria plasticidad. La terminología, bastante bien empleada. Ahora: emplea mucho el “mente”. Y lo más valioso del cuento es que yo creo que usted (a Franz) promete ser un buen escritor. (…)

L: —Carlos Franz llegó a un taller que yo tenía hace unos cuatro años atrás, con poemas; donde venían, claro está, influencias, huellas de otros poetas, pero ya se notaba un escritor en marcha. Y derivó después a la prosa; no sé si derivó o escribía simultáneamente prosa y poesía. Y en un taller que hicimos el año pasado, un taller mucho más chico que este, Carlos leyó un cuento notable. Y, para pulir su estilo, está estudiando leyes. Este es un cuento culto, donde está funcionalizada la información, y no incomoda. Hay citas, referencias, reconocí a Borges, García Lorca, pero hasta ahí llegué. Una serie de elementos que van creando una atmósfera. Los personajes son, a pesar de la minuciosidad, físicamente un poco borrosos; los vi como un poco fantasmas. Lo que, tal vez, estaba planeado: amoblar esta casa con unos fantasmas. Sigo pensando que el desenlace es un poco duro. Es un estallido. En tres líneas se produce un incesto y un asesinato.

Bien. Esta materia tomada al azar desde mi archivo fue grabada y luego transcrita a toda carrera en papeles que conservo. Algún día, si lo permiten, irán a la Biblioteca Nacional. Publico esto por el sólo deseo de revelar en parte la mecánica y la voz empleadas por el maestro.

El primer semestre terminó con una gira cultural imborrable. Dos buses a La Serena. Universidad de Chile nortina, Hotel Francisco de Aguirre. Al día siguiente, Vicuña. Montegrande. Diciembre de 1977. Braulio Arenas empinando una botella de pisco en el viaje (tengo foto y nunca se la mostré).

Al término del segundo semestre año 1978, otros dos buses a Cartagena —a la tumba de Huidobro— y con remate en casa de Momo, en Lo Gallardo. Los maestros iban revueltos con los alumnos. Enrique cantaba tangos y boleros a coro, de pie, abrazados los desinhibidos en el pasillo del vehículo en marcha. Ese es el Lafourcade que recuerdo con sincera emoción.

En casa de Ana María Güiraldes, también alumna del Taller Altazor, tuvimos algunos encuentros más reducidos de personas; allí el maestro hablaba de su trabajo, anunció Buddha y los chocolates envenenados, como su obra más acabada hasta el instante. Fue, y lo digo con sinceridad y nostalgia, un padre intelectual, generoso —no escatimó conocimientos— para todos nosotros. Obviamente, ya él subrayaba los trabajos incipientes de Contreras, Franz e Iturra. Un trío que ha destacado posteriormente. Marco Antonio De la Parra se afincó en el teatro, como todos saben, utilizando en guiones páginas enteras de su consulta psiquiátrica y su honesta antipatía hacia la dictadura (él era muy serio, yo no tanto; y lo recuerdo también con afecto). Paz Molina, floreció en la poesía. Iván Teillier, muy esquivo. Armando Rubio, tronchado para el mundo. Ana María Güiraldes ocupa un gran espacio en la narrativa para niños.

Ese equipo de maestros era de ideologías heterogéneas, a partir de Enrique Campos Menéndez —anfitrión a la sazón— y de los que aparecieron después, como el gran Martín Cerda. Y eran todos escritores y poetas… pero amigos entre sí. Lafourcade y Arteche crearon nuevas generaciones de autores: hay que reconocerlo. Arenas era más disperso, más “conversista” que maestro. Molina, era muy especial.

 

A las afueras del Hotel Francisco de Aguirre, La Serena, diciembre 11 de 1977. Arriba, al centro, Lafourcade; inmediatamente abajo: el inefable Braulio Arenas. Ahora, entre alumnos profesores, atrás, rincón derecho: el silencioso Francisco J. Alcalde. Centro delantero de este equipo: Carlos Franz; a su izquierda, el wing Gonzalo Contreras; y el carrilero de su diestra, el que rememora a la distancia. (Foto con la cámara Súper Balda de H.O.P.)

 

Lo que fue una constante experiencia de auto exhibicionismo literario, ayudó al crecimiento de la fama nacional de nuestro gurú. Ocupó infinitas páginas sociales, como las que proporcionaron las extravagancias de M. Le Comte Henri De La Lafourchette —selecto gastrónomo—, encuentros de gala gardelianos, o cuando lanzó su libro Las señales van hacia el sur (1988), donde el jet set social y cultural se dio cita ocupando, obligatoriamente, tenidas de la época romántica, y de este último escenario quedan testimonios de la presencia de Nicanor Parra, Luis Sánchez Latorre, Gabriel Valdés, de Julita Astaburuaga bailando charleston, todos disfrazados con elegancia. Máscaras sobre máscaras. Es que Lafourcade, como el Marqués de Cuevas, movió el ambiente a su antojo. Pero esas cosas eran sólo ingredientes para un mundo de crema batida. No hay que dejarse engañar. ¿Cuánta crema batió Neruda; y cuánta, Nicanor Parra?

La presencia de Enrique ante los medios, y en los medios, se me asemeja a la de un oso pardo gruñón que podía lanzar peligrosos zarpazos. En la intimidad, era un oso panda, ingenuo y tierno. Creo que sus máscaras escondían a un tipo inseguro, tímido, de lo cual resulta un escritor sin un peso intelectual estereotipado profundo. Abominó de los astros del “boom” aun cuando se dijo que pretendió, como Donoso, ser parte de esa ola gigantesca. Su fastidio por esos grandes como García Márquez y Carpentier es porque parecían ser los misiles de una potencia ideológica visible. Sin embargo, su propia obra total es como la “comedia humana” (Balzac) referida al ámbito pequeño de nuestra sociedad, sin pimienta. Puedo aventurar que el talón de Aquiles de Lafourcade fue su escaso vuelo creativo o imaginativo, en el sentido de aquella esmirriada abstracción de la realidad que ya aventuré; en el sentido de no haberse sumergido en el alma de su tiempo. Por ejemplo, en sinnúmero de publicaciones, su juguete es la externalidad de su amigo el Chico Molina y jamás calibró el origen de esa insidiosa verbosidad que acostumbraba el Príncipe y ni siquiera se enteró de que éste había publicado poesía surrealista en revistas de Vicente Huidobro.

Lafourcade es un cronista consumado. Todo perfil de la vida de sus amigos y del ámbito que él conoció, ingresó como pasta en sus escritos hasta conformar un pastel de colocación exitosa; sarcástico, esperpéntico en su valorización de la sociedad que él mismo frecuentaba. No tiene la mirada escrutadora, minimalista de un Joyce, o artístico—psicológica de un Fournier, o psicoanalista de Dostoievski, o sobre—lo—real como Breton, o sensual y crítica como Henry Miller, o mundana–autorreferente como D.H. Lawrence. Fue un escriba siempre apresurado. Leía con velocidad mecánica todo y tantos libros que llegaban a sus manos, ya sea de aprendices como de consagrados, y de este modo no alcanzó calidad de crítico formal a pesar de sus columnas con tenedores o grandes parrafadas en su crónicas mercuriales. Así como recomendaba el Demian, nunca especificó el drama profundo de sus personajes. “En todas sus obras no deja de extender una cordial invitación a lo sobrenatural; y concurran o no los fantasmas, algunas de sus páginas presentan un vacío de realidad, una parte de mármol sin esculpir, un bolsón de aire, dirían los aviadores, un salto entre materia y materia, dirían los físicos de los quantas”, escribe Braulio Arenas (Escritos y escritores chilenos, p. 289). El 16.02.83 (El Mercurio), en un comentario sobre La palabra quebrada, de Martín Cerda, columbró algo acerca de lo cual no fue explícito, como que titular de ese modo un libro de pensamientos profundos, al interior de una dictadura, era manifestar que la palabra demandante jamás podría publicarse bajo tal circunstancia.

Mi impresión es que se veía inundado de libros y así actuaba –presumo con ligereza– como en cierto aspecto de nuestra primer Premio Nobel: “Cuando Gabriela Mistral vivía como cónsul en Rapallo, recibía a la semana como veinte o treinta libros de autores nuevos. La mayoría de poemas. El jardín de su casa daba a un acantilado. Cada semana la escritora reunía los libros desechables y los arrojaba a ese abismo. El mar Mediterráneo hacía el resto.” Subtítulo de estas frases: “Para que no me entiendan mal”. Y finiquitaba: “Sin rencores, de buena fe de lector. Y dándoles el derecho a subir este acantilado. Atentamente.” (Lafourcade, El Mercurio. 20.07.86, D12). Con escasas palabras a los poetas, buen entendedor. Enrique, sin embargo, fue gran amigo –hasta donde podía su carácter esquivo y dominado por el tiempo de producir páginas y vender para vivir– de poetas príncipes de nuestra aldea: Enrique Lihn, Jorge Teillier, Nicanor Parra, Enrique Gómez-Correa, Miguel Arteche, Juvencio Valle, y más. El Chico Molina, repito, fue su debilidad. Basta recolectar las páginas innúmeras donde habla de él brindándole todos los títulos nobiliarios que es posible imaginar. Es que sabía, Enrique, que el filudo Sartre chileno (Eduardo Molina contaba que cuando estuvo en París, el filósofo y él, en un café de Montmatre, enfrentaron sus estrábicas miradas) tenía materias de superclase intelectual en su archivo memorístico, lo que se manifestaba en una dialéctica endiablada y punzante cuando aguzaba su voz chiquitita y aguda allá en el Parque Forestal o en el viejo Il Bosco, no sé si llamarlo café, restorán o, siúticamente, fuente de soda. Bueno, como alumno de Molina en los años del Taller Altazor, recibí la iniciación iluminadora de Gastón Bachelard como nadie lo ha hecho no solamente en Chile (lo digo, además, como lector de Magazine Littéraire).

La agilidad pulsada en el estilo de Lafourcade, creó en nuestro medio una literatura distinta, un ejercicio redentor que no sé en cuantos otros nuevos escritores ha influido. Y eso es un valor reconocible en nuestra historia letrada. Pena de muerte, llamó la atención de Alone, quien escribió: “Una extraordinaria serie de testimonios directos, irrecusables, un magnífico sermón.” Su segunda novela no hizo más que sembrar renovadas inquietudes al interior de una sociedad que se vio asediada y descubierta. Para subir al cielo, es un crudo contrapunto al interior de la vida de Valparaíso: prostitutas, opio, un párroco, familia “de clase” de Viña del Mar; en síntesis, elementos tomados de la realidad para acrecentar un objetivo. Llamar la atención de un vasto público lector con el clima de la obra y con el buen escribir del autor. Irónicamente –es su defensa–, alega: “Es una novela religiosa”. Más tarde precisará su técnica: “Un novelista que debe trabajar con palabras, tendrá siempre como problema vivo el de adquirir un médium, un material expresivo que le pertenezca, con el que pueda identificarse plenamente, que lleve las huellas digitales de su espíritu.”

La novela Adiós al Führer es una parodia con muchos personajes concretos y cercanos al autor. Ignacio Valente no tenía por qué saber que a Martín Cerda se le llamó cariñosamente, un tiempo, como el Führer (un mechón solía atravesar su frente, de derecha a izquierda, como el otro) de allí la clave inicial en el libro: “La otra noche, en mi casa, le ofrecimos a nuestro bienamado Führer un asadito con motivo de su viaje a Venezuela, donde piensa establecerse para rehacer su situación económica”. El ensayista había regresado de Venezuela a fines de 1977, después de haber sido consejero de la gran editorial Monte Ávila. Martín Cerda lo pasó muy mal en nuestro país, su país. Su lugar natural, aquí, debió ser alguna cátedra en la Universidad de Chile, pero allí había un general de ejército como rector, situación intolerable para este librepensador egresado de La Sorbonne, pupilo de grandes maestros europeos, en literatura, filosofía y filología. Su propio hogar no le brindó un rincón para vivir, estudiar y realizar las inquietudes intelectuales que llenaban su cabeza. Con él creamos el Taller Huelén en 1979. El taller, un no desechable bastón económico para Martín Cerda; para nosotros, un pedestal de crecimiento literario y humanístico.

Todas estas cosas no tenía por qué saberlas el crítico Valente –ni inmiscuirse en un tercer significante–, de modo que con su página sobre el intríngulis del libro de Lafourcade, sólo se dio vueltas de carnero (dicho sea con gracejo), pero estableció meritoriamente los ponderables del autor: “Digo poema porque el lenguaje de Lafourcade, pródigo en metáforas brillantes, se extiende en forma homogénea sobre la novela entera, sin respetar la identidad de los personajes que hablan: todos ellos hablan como escribe Lafourcade” (El Mercurio.09.01.83, E3). Es, en efecto, un condumio literario de alto sabor, olor y color. Lo del Führer, Borman y compañía, puede que sean espejos quebrados de otra realidad mayor (era su estilo). Carlos Iturra le pregunta por su interés sobre el nazismo. Contesta: “Por el nazismo y en especial, por el antinazismo. Por las fuerzas omnímodas, las de la noche. Por las secretas formas de redención del pueblo judío” (El Mercurio 11.07.82, E7).

Bueno, la censura oficial le había perdonado Tres terroristas, novela de 1977 (el autor interviene: condena el terrorismo) y ahora aquella vigilancia había pasado por alto lo del “Führer” (a veces es positivo que las autoridades no tengan comprensión lectora). Pero cuando publicó El gran taimado (1984), ahí el símil fue demasiado evidente. Lo presentó en la Feria del Libro, del Parque Forestal; tiro de 5 mil ejemplares y se dice que vendió de inmediato, cash, más de la mitad. Viernes 23 de noviembre. El martes 27 estaba presentando un recurso de protección y salía apresuradamente hacia Buenos Aires como: “invitado de urgencia del gobierno argentino”. Sánchez Latorre comentó, además, en La Tercera: “Realista en apariencia debido al corte obstinadamente popular de sus diálogos, suele desconcertar a los lectores con la idea de tratarse de cuestiones de investigación testimonial. (…) Lafourcade diseña entidades humanas, dibuja sombras de entidades humanas en el escenario de una imposible y tragicómica realidad. Indignarse por ello con el autor, o amenazarlo con las penas del Tacho, es seguir en forma dramática el juego de la fantasmagoría” (2.12.84). El tema lo conocí por dentro pues yo era frecuente visita en la casa de Enrique Gómez-Correa, quien manejó la cosa judicial. Tras el incidente, casi no pasó nada. Además, el abogado Jorge Ovalle presentó ante la Corte de Apelaciones una denuncia por asalto y robo perpetrado en la librería que Enrique Lafourcade tenía en la Plaza Mulato Gil de Castro. Como los asaltantes sí sabían leer, se llevaron todos –repito: todos– los ejemplares del libro recién nacido. ¡Qué gran publicidad que ni el mismo autor imaginó! Después estábamos, como locos, leyendo fotocopias del libro que circulaban más rápido que los archivos políticos en las redes digitales de este año 2015. En consecuencia, preguntamos: ¿era Enrique Lafourcade un servidor de la dictadura?

En 1981, Lafourcade dividió a la opinión pública de este país. El caso de su crítica contra la Teletón. “Sé que es una actitud suicida la mía, pero yo estoy por los mismos principios morales de siempre. Y debo decirle que he tenido el apoyo mayoritario de la minoría de personas que se atreven a hablar contra la Teletón. Sé que cuesta deshacer mitos.” Lo piensa, lo dice. Y sigue en primera línea.

La Municipalidad de Viña del Mar le otorga el Premio María Luisa Bombal, que se concede por segunda vez. Bien merecido. El viernes 25 de junio de 1982, un elegante gentío repleta las aposentadurías del Teatro Municipal de esa ciudad. Lafourcade recibe el cheque y lee su “discurso de agradecimiento”. A medida que avanza en la lectura, las autoridades van disminuyendo de tamaño en sus butacas, hasta tal punto que se hacen humo y no concurren al almuerzo del Hotel O’Higgins. Vamos al corazón que se abre bajo las luces en un discurso claro y valiente: “Quisiera –hablo por escritores, por filósofos, por científicos, por periodistas y educadores y otros expertos en artes humanas– quisiera conocer de normas más claras de parte del Gobierno que hoy nos rige relativas a la expresión y divulgación de nuestros trabajos (…) La censura nunca tendrá mi bendición. Ninguna censura, en ninguna circunstancia, régimen o momento político (…) No es un secreto la situación en que se mueven maestros, educadores y profesores, en todos los niveles de le enseñanza, sometidos en algunos casos, a una vigilancia ideológica, y en otros, presionados para ejercer sus magisterios en aires políticos y profesionales que los obligan a ejercitar irritantes y esterilizantes auto-censuras intelectuales.” (Reclama por el IVA, reclama por la mala calidad de la televisión, y continúa). “No me es posible silenciar mi aspiración mayor: el progresivo y acelerado regreso de Chile a la Democracia. No a una democracia con protectores y protecciones, sino a la otra, a esa que griegos y el occidente entero, afinaron y perfeccionaron durante siglos (…) La democracia no es una superestructura –dice Octavio Paz– es una creación popular. Además, es la condición, el fundamento de la civilización moderna. Chile la ha vivido con alegría in illo tempore aún dentro de sus visibles imperfecciones. Y volverá a ella con honor. (…) Digo y afirmo, frente a este Mar Pacífico, que aquí en esta Quinta Región, el viento del espíritu, que sopla por donde quiere y por donde puede, ha empezado a correr.”

 

Enrique Lafourcade y Emilio Oviedo, en la Sech, año 1984 (foto de H.O.P.)

 

Obviamente se desató un temporal. Náufrago, fue despedido de Televisión Nacional. Algunos dijeron que por qué recibió y se guardó el cheque. Él respondió claramente: los fondos los puso la empresa privada y no el Estado. Al margen de esta apostilla, no cabe sino comparar la actitud de enfrentamiento directo de Enrique Lafourcade (¡en el año 1982!) con la autoridad nacional (estuvo el intendente), en comparación con otras falanges de escritores e intelectuales que lo pasaron bien aquí y en el extranjero. Sin ir más lejos, trabó controversia con Volodia Teitelboim en 1988, y mostró nuevamente el filo de su espada (lengua): “Volodia quiso ser el gran novelista social de Chile. Fracasó. El gran ensayista. También. El gran político marxista. Otro desastre. Y eso porque ha coqueteado entre Santiago y Moscú, y ya a estas alturas se le confunde Platón con Aristóteles. Como judío tampoco ha sido exitoso. Tal vez por mis límites, no logro recordar una gran acción de Teitelboim jugándosela por el apart-heid de los judíos rusos, por la siberización de sus intelectuales y disidentes.” Fiero. A lo mejor por este capítulo no se le quiere en el bando afectado. La revista Panorama, diciembre de 1983, resume una imagen: “Inteligente, pero pesado. Valiente, pero farandulero. Pablo Huneeus: polemista de TV, antipático, odiado, odioso”. Y otras cosas. Ya había ganado el Natre de Plomo, del diario La Tercera (28.12.79, p.4), con el siguiente florilegio: “Al escritor Enrique Lafourcade por su mal gusto al denostar públicamente a la Teletón, en momentos en que todo Chile se unía a esta noble iniciativa”. Tal cual. Otro capítulo de vastas proyecciones, del cual nunca se arrepintió.

En El escriba sentado, conjunción de crónicas, libro publicado en 1981, sorprende con un artículo que yo no tenía presente. Se trata de “Los aristócratas”, entre cuyas líneas se lee claramente la queja de que no haya: “un solo Presidente de la República, un solo general, un solo arzobispo, un ministro, en fin, una autoridad de alto rango (hasta hoy) de origen mapuche”. Ha fustigado, además, a los historiadores de últimas generaciones, que se preocuparon del “yo” antes que del peso de la historia. Sin embargo, no ha sido un amargado, un necio que dispara por disparar. En su alma hay un artista: estudió piano en su adolescencia, estudió pintura en el Bellas Artes. Todas esas habilidades las dejó de lado solamente para escribir. Con estos antecedentes, no llama la atención particularmente que durante la presidencia de Ricardo Lagos, alabara la obra privilegiada por Luisa Durán, Primera Dama: “Se acabó la zalagarda” (El Mercurio 19.01.03, D19), titula para referirse a la: “sorprendente multiplicación de las orquestas infantiles”. Y le emociona el Programa Sonrisa de Mujer. Lafourcade es un tipo que mira en todas las direcciones, sin complejo ni interés alguno.

Jorge Teillier fue un punto de apoyo invaluable para el escriba sentado. Como traté a ambos, puedo decirlo ahora. El poeta, otro memorioso extraordinario, le proveía de materiales, temas e ideas para que el cronista animara sus mejores páginas. Desde esa fuente le llegaban a Enrique Lafourcade opiniones críticas sobre lo que se estaba publicando, en especial sobre poesía. De modo cierto es que, lo que caía mal a Jorge, repercutía en los tenedores dispensados semana a semana por Enrique. Arriesgado, pero cierto.

Ahora, abundando en cosa expresada por un crítico anteriormente, en el segmento numerado 1.5.09, de mi libro Teillier. Arquitectura del escritor (Ed. Universitarias de Valparaíso UCV, 2014, p. 68), nuestro poeta, ante la consulta sobre quienes leen preferentemente los originales de sus textos, responde: “En general, mi gurú era el Chico Molina, que tenía observaciones muy buenas. También Braulio Arenas. Pero a éste le tenía un poco de… –no diría de temor– sino porque no era de mi línea de escribir; no le muestro mucho a él pero me ha dado indicaciones buenas.  Él es una de esas personas que yo creo  que sabe realmente de poesía. También, es curioso, Enrique Lafourcade, pese a ser un poco frustrado, escribió sonetos que no son malos; tiene conocimiento poético pero no tiene sensibilidad poética. A él, también, a veces, suelo mostrar algo, pues, además, es vecino mío y eso es fácil.”

De la vida privada del maestro en Chile y en el extranjero, supe mucho, pues no hay gremio más pelador que el de los escritores. Al menos los del siglo pasado (¡Miren, qué tremendo paso!). Ahora, creo que no ocurre lo mismo pues ni siquiera se reúnen sino que cada uno está pegado al Wikipedia, al Facebook, o a ver fútbol. Incluso, creo que ni leen a sus colegas. Sin embargo, estoy con los que rechazan la farándula. Del escritor farandulero que pudo ser mi personaje, a lo mejor me queda la admiración de que él pudo ser iniciador de esta sana práctica para vender más y mejor. Por esto hemos llegado sin respeto alguno por la cultura, hecho que salva a mi maestro que paralelamente fue un bendito “mano de piedra”.

Quisiera que las líneas siguientes sean recibidas como una continuidad de aquel texto «Defensa de Gabriela Mistral», cuya circulación por sobre nuestras fronteras me sugiere mostrar algo más ya que poseo un amplio archivo de informaciones iniciado en enero de 1978 a raíz de la publicación del libro Cartas de amor de Gabriela Mistral, por Sergio Fernández Larraín (Ed. A. Bello, Stgo. 1978), cuyo contenido festinó indebidamente mi maestro de narrativa de aquellos años, Enrique Lafourcade, a quien profeso –a pesar de todo, repito– agradecimientos por sus lecciones vivas entregadas en el Taller Altazor (1977-1978); y por su largo ejercicio literario en pro de la cultura chilena, hecho merecedor de reconocimiento.

Ese libro contiene un error que no ha sido captado, al parecer, por nadie hasta el instante, y que sólo revelo treinta y siete años después: el orden cronológico de los documentos está alterado (sin segunda intención, según pienso). En consecuencia, de acuerdo a la tesis que emerge de mis escritos, la poetisa jamás tuvo contacto personal amoroso con Manuel Magallanes Moure (1878-1924), al menos entre el año 1913 y abril de 1921. Los Juegos Florales que ganó Gabriela Mistral se realizaron en diciembre de 1914 y el presidente del jurado fue Manuel Magallanes Moure. Que se hayan escrito desde antes, para el caso, no implica nada en absoluto. Lucila Godoy escribía y enviaba sus textos a los principales poetas chilenos y a muchos del extranjero (Amado Nervo fue uno de sus fieles corresponsales), ya desde La Serena, unos diez años antes. Que, en las tertulias literarias de calle Nataniel (donde ella instalaba ya su señorío), se hayan visto, no hay referencias (en esa época ella estaba muy, pero muy interesada en Jorge Hübner Bezanilla). El encuentro real de Lucila y Manuel tuvo lugar en San Gabriel, Cajón del Maipo, aquel mes de abril. Y es digno de un sainete de escasos minutos. El aristócrata era muy bajo de estatura y, al enfrentarse ambos bajo las sombras otoñales de un parque natural, el poeta, inesperada y versallesca rodilla en el suelo, intenta besar una mano de la dama que admira; ella da media vuelta y huye a la casa que la alberga. Eso fue todo. El derrame de fuego en la correspondencia de algunos años anteriores, es la ardorosa imaginación de una mujer ciertamente enamorada. «En Gabriela Mistral se advierte ese fondo temperamental proyectado hacia un plano de indudable calidad mística y muy humana cuando es didáctica o infantil”, intuye con razones Ariel Fernández. “Infantil/adolescente”, diría yo, cuando la fuerza hormonal despierta (quizás por última vez en ella). Cuando la dominaban sentimientos amorosos o de sincera amistad, ella era arribista. Eran de sangre de la alta burguesía: Videla (La Serena), Ureta (Coquimbo), Santelices (los Andes), Hübner y Magallanes (Santiago). Invito a leer esas Cartas… olvidando el juicio del fiscal Enrique Lafourcade (esta vez errado).

Enrique Lafourcade vivió embarcado en la nave titánica de El Mercurio no sé por cuántos años exactos. Creo que fue una comprensible simbiosis. Aun cuando, a la larga, haya perdido el escritor. Me refiero a que, muy injustamente, por aquella alianza de facto se le ha motejado políticamente. Veamos el caso en su defensa. En serio. Desde esas páginas el escritor mantuvo permanentemente, en alto, voces críticas sobre problemas que interesaban a sus colegas y al público –si lo tomamos así–. ¿Algunos? Libertad de pensamiento, pureza del lenguaje en los medios, mejor calidad de los programas de televisión, fomentar la lectura, liberación del IVA de los libros, mejor preparación de los escritores nacionales, y, aunque a algunos parezca extraño: abogó por los derechos humanos, que eran pisoteados en dictadura.

Y no fueron simples bravatas como pueden suponer los que no creen en su moralidad ciudadana.

Sobre lo último, existe, y existirá para siempre, su artículo “Algo muy personal” (El Mercurio 16.09.84, D 10), que comienza así: “Con pena, con asombro, con refrenada ira, examino la nómina de los 4.942 chilenos en el exilio (por cortesía de Avianca y Air France), entregada a estas aerolíneas y a otras el 5 de septiembre. (…) Todo esto resulta desolador: habla del descuido de funcionarios, de crueldad de quienes toman decisiones. (…) Miro nombres. Ordenados así, alfabéticamente, no parecen enemigos públicos número uno, terroristas, violentistas, destructores de todos los sistemas. Veo en la serie de infamados por el exilio, en el leprosario abierto por este régimen, el nombre de mi hermano menor.” A continuación incluye íntegro un artículo publicado en Qué Pasa, el 7.11.77, donde reseña la vida de Gastón Lafourcade, vida entregada absolutamente a la música, idealista de izquierda que jamás militó en partido o sección política alguna. Su pecado, haber estado en matrimonio con una dama mexicana y haber viajado ambos inmediatamente después del golpe cívico-militar del 73. Enrique cierra su texto de 1984 haciendo un llamado a la solidaridad, a la fraternidad.

Quisiera fijar en estas líneas, que no pretenden una biografía ni un carrusel con su obra, un hecho vital en el carácter de Enrique Lafourcade, poco frecuente en otros colegas. Y es su afán didáctico en la medida en que él ocupaba tribuna preferencial en los medios nacionales. Tal como fue entero y generoso en los talleres Altazor, en sus crónicas y comentarios siembra constantemente sus propios conocimientos y sentimientos. Cuando habla iluminado acerca de la obra de D. H. Lawrence, es el profesor, es el amigo que está al otro lado de la mesa y  conversa, con toda la convicción de su habla, de las bondades de un estilo, del apasionado sentido y valor que dicho escritor embargó para comprometer una visión que emana del escritor mayor de los mayores de la literatura inglesa. Lo mismo al referirse a Katherine Mansfield, a Joseph Conrad, Rilke, Fournier, Rimbaud, Hesse, Breton. Y no es casualidad que varias generaciones de escritores y lectores chilenos sostengan estos nombres –sus obras– como luces del velador. De los autores chilenos: “Escritores que amaron la libertad y la palabra. Escritores que vivieron la palabra de hombre: Manuel Rojas, Domingo Gómez Rojas, José Santos González Vera, dignos y admirables, vivieron con honra sus oficios”. Recién hace diez años está “Recordando sin ira a la Generación del 50”: “Grandes escritores con premios y otros sin ninguno. Definitivos en nuestra literatura, con sus nuevas voces, sus curiosidades por la literatura experimental europea y norteamericana. José Donoso, Jorge Edwards, Claudio Giaconi, Pablo García, Fernando Emmerich, Luis A. Heiremans, Enrique Lihn, Alberto Rubio, Alejandro Jodorowsky, David Rosenmann, Jorge Teillier y muchos más… ¿vamos a olvidarlos tan pronto?”.

La misma pregunta, Enrique, ¿vamos a olvidarte tan pronto? No, amigos, Enrique no se ha ido.

Pero si voy a saludarte, maestro, créeme, como lo he deseado desde hace años, no es menester que me reconozcas. Todo está bien. Pero yo sí te reconozco. Cómo no voy a reconocer más de cincuenta libros tuyos. Y quisiera estrechar tus manos como cuando fui a visitar a Alberto Romero, quien removió tubos y mangueras, y levantó medio cuerpo del blanco lecho, porque alguien le dijo que lo visitaba un “escritor”, y se le llenaron de lágrimas los ojos.

Tampoco los reconocerá a ustedes, amigos. Enrique Lafourcade ya no puede hablar de libros y escritores. Tanto los amó, tanto dio por ellos, tanto como la vida. Está tranquilo respirando aires marinos, como los de Conrad, mirando el infinito, allá en un punto de Peñuelas. Está tranquilo.

Gracias, Enrique, tú fuiste el escriba que embelleció y fijó el áspero mundo con la seria esperanza de que cambiara.

 

*Capítulo íntegro del libro Tentación de recordar. Escritores del siglo XX, de Hernán Ortega Parada, Ediciones Universitarias de Valparaíso UCV, noviembre de 2015.

 

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Hernán Ortega Parada (1932) es un escritor chileno, autor de una extensa serie de poesías, cuentos, notas y ensayos literarios.

 

Hernán Ortega Parada

 

 

Imagen destacada: Enrique Lafourcade en su librería «El Caballo Azul» de Santiago, a inicios de la década de 1970.