La segunda novela del sociólogo chileno Francisco Javier Ruiz Cárdenas —si bien se centra en un supuesto mundo literario, sus pequeñas bajezas y pálidas virtudes—, también nos habla de una búsqueda permanente de sentido de la existencia, de esa pesquisa que intentamos en el reconocimiento de los otros, y por último, de esa cacería que encuentra en el arte una tabla de salvación o de perdición.
Por Juan Ignacio Colil
Publicado el 21.10.2026
Las novelas sobre escritores son un mundo en sí; muchas de las situaciones que se narran, y de los deseos a los que empuja el ego y las ansias desmedidas por hacerse un espacio en el supuesto mundo literario; se repiten de obra en obra, y a veces solo son entendidas por los propios escritores transformados en lectores, quienes nos podemos ver reflejados en esas páginas. Algo así como la película Un poeta.
Así, la novela La flaca Vargas (Autoedición, 2026) de Javier Ruiz, publicada a comienzos del 2026, narra las historias de varios escritores y como figura iluminada a la «flaca Vargas».
Vicente Urrutia es un poeta magallánico que lucha por hacerse un espacio en el mundo literario de una ciudad en el sur de Chile, junto a su amigo Subiabre. Ambos ya han pasado la línea de la primera juventud y son una especie de charlatanes que sueñan con sus poesías y con ocupar un lugar en el universo de las letras. No tienen trabajo y viven de lo que salga. Junto con ellos está una joven apodada la «Berlinesa» y con ella planearan algunas formas de subsistir a través de la escritura y de sus derivados.
Los tres, de alguna forma, están atados a la figura de la flaca Vargas, una escritora como ellos, de la misma ciudad que ha decidido tomarse su decisión en serio y se ha largado a Buenos Aires en busca del tiempo y las condiciones para escribir su obra, el texto que la envíe directo al mundo literario de las grandes ligas.
En Buenos Aires, la escritora buscará la forma de conseguir los recursos —mientras escribe su novela llamada Los santos giles—, y hará un gran periplo para poder publicarla. En un trayecto que incluye viajes, narcotráfico, relaciones extrañas y peligrosas, y hasta el mismísimo César Aira aparecerá en la historia.
La literatura: una tabla de salvación
Los santos giles es la historia de dos tipos «Papas» y «Veleta», dos sujetos a medio camino entre vagabundos y maleantes, que llevan una vida de amigos que se transforma en una relación de pareja, aunque ninguno se lo confiesa al otro. La vida los lleva del vagabundeo a la actividad criminal y a una temporada en la provincia y luego la cárcel.
Esta historia dentro de la historia tiene sus propios códigos, pero siempre resalta, la vida de pareja o la ausencia de ella (como una carencia, un deseo) y además actúa como un reflejo de las otras parejas que existen en la novela: el poeta Urrutia junto a Subiabre, Urrutia y Naya, Subiabre y la Berlinesa.
La novela está estructurada en capítulos que narran las aventuras de los poetas australes, sus problemas, sus enamoramientos, sus pasos en falso, en otros capítulos se narra la aventura bonaerense de la flaca Vargas y en otros se relata el texto de Los santos giles. En todos ellos hay un tono de humor, dado por un aire decadente, y personajes que nunca logran entender el mundo en el cual se mueven.
A veces en un capítulo se mezclan las historias, y ahí uno se confunde un poco, porque el lector tiene la idea de que cada capítulo alberga a sus propios personajes y su propia historia, pero eso a veces no existe y en un capítulo conviven varias historias, entonces uno se pregunta el porqué de los capítulos.
Quizás puede ser un efecto buscado porque la novela está protagonizada por personajes que divagan, que toman distintos rumbos, que buscan sin saber lo que buscan, que dan pasos en falso, que ven en la literatura una tabla de salvación a su existencia, y luego se dan cuenta de que esa tabla y esa salvación no existen y lo único que quedan son ellos, con sus propias obsesiones, con sus propios deseos y sobre todo con sus decepciones.
Son personajes fracasados, en el sentido de que no han logrado lo que querían. Cierto reconocimiento, una obra constituida y leída por los demás, un espacio propio en las letras. Porque lo que buscan no es la literatura (si es que se puede buscar), sino la fama. Quizás la única que logra vislumbrar algo parecido al éxito es la flaca Vargas.
En efecto, la novela finaliza con otros capítulos más autónomos al resto del texto, donde aparecen nuevos personajes y se dibuja una historia de la literatura local, pero ya la historia se ha escrito.
La flaca Vargas si bien se centra en un supuesto mundo literario, sus pequeñas bajezas y pálidas virtudes, también nos habla de esa búsqueda permanente de sentido de la vida, esa pesquisa que intentamos en el reconocimiento de los otros, esa cacería que encuentra en el arte una tabla de salvación o de perdición.
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Juan Ignacio Colil (1966) es un profesor de historia, escritor chileno y autor, entre otras, de las novelas Un abismo sin música ni luz (Lom Ediciones, 2019), y El reparto del olvido (Lom Ediciones, 2017).
Asimismo, por el volumen Espejismo cruel (Editorial Los Perros Románticos, 2021) fue galardonado con el prestigioso Premio Pedro de Oña versión de 2018, que entrega cada temporada la Ilustre Municipalidad de Ñuñoa.


Imagen destacada: Francisco Javier Ruiz Cárdenas.

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