La habilidad narrativa de Juan Ignacio Colil es mostrar en esta simple anécdota, una visión de la vejez y su relación con la familia y la sociedad. En este aspecto, el comentario social de cierto trato a los ancianos evoca los relatos neorrealistas italianos. Pero en su habitual virtuosismo para adentrarnos en otras esferas, el autor nacional abre su discurso literario hacia una reflexión en torno a la condición humana.
Por Cristián Uribe Moreno
Publicado el 20.10.2026
El escritor chileno Juan Ignacio Colil Abricot (1966) viene escribiendo de manera asidua desde hace más de dos décadas cuando publicó su primer volumen de cuentos 8cho relatos el año 2003, obra con la cual ganó el Premio Municipal de Santiago.
Desde aquel laureado comienzo, Colil se ha convertido en un referente de la narrativa chilena y, en especial, de la novela negra con títulos como Lou (2007), Un abismo sin música ni luz (2019) o El reparto del olvido (2017), los dos primeros reseñados el Diario Cine y Literatura.
Con sus títulos, Colil ha construido un cosmos propio, poblado de seres, que se sienten como personas de carne y hueso antes que seres de ficción, que dan cuenta de tensiones y de heridas que no cicatrizan en el centro de la sociedad. Y en un tono escéptico como si la vida no fuera más que un saludo sardónico a la bandera.
Asimismo, uno de los temas recurrentes en las páginas de sus libros es la memoria. Los recuerdos que moldean tanto al cuerpo social como al propio individuo. Y, junto con esto, la fragilidad que se da en el colectivo al igual que en la persona cuando el olvido incordia con su presencia implacable.
De manera coincidente, en los dos últimos libros de Juan Ignacio Colil la memoria emerge como un tema principal. El sol en la escalera (2023), y ahora, con su última publicación La puerta de Tannhauser, lanzado este 2026, ambos publicados por la editorial LOM.
Una travesía tanto física como emocional
En esta breve historia, Arturo es un hombre de 50 años que con su hermana Rita, mantienen a su padre, Juan, en un hogar de ancianos en el cual transcurren sus monótonos días.
De manera habitual, Arturo se turna con ella para estar con un padre que cada día se muestra más encerrado en sus meditaciones y recuerdos. Una noticia aparecida en el diario, sobre un homenaje a un jugador de fútbol de la década de 1970, motivará un viaje por Santiago, entre padre e hijo. La travesía será tanto física como emocional.
La habilidad narrativa de Colil es mostrar en esta simple anécdota, una visión de la vejez y su relación con la familia y la sociedad. En este aspecto, el comentario social de cierto trato a los ancianos evoca los relatos neorrealistas italianos. Pero en su habitual virtuosismo para adentrarnos en otras esferas, el autor nacional abre la narración hacia una reflexión en torno a la condición humana.
En cierta oportunidad, Arturo ve a su padre silencioso moverse en la casa paterna y conjetura sobre qué podría estar pasando en su cabeza:
«Creo que en esos momentos revivía escenas de la vida que se fue: una mañana con mi madre, la radio sonando con una canción de Roberto Carlos, un día de invierno con sus hijos pequeños, el ruido de los juegos, los gritos de alegría, los libros de cuentos tirados en el suelo, y él volvía a ser joven y volvía a tener preguntas que responder» (p. 28).
En el invierno de su vida, el padre de Arturo se aferra a sus recuerdos como único vestigio de una vida plena. Imágenes que van y vienen sin que se puedan controlar. Pero esas secuencias rememoradas se perderán cuando Juan ya no esté ¿Es la memoria la única condición que convierte al hombre en humano? Si el ser humano pierde su capacidad de recordar, ¿se difumina su existencia?
Las conexiones que se producen con la obra que da nombre al libro de Colil son diversas. El título del texto, La puerta de Tannhauser, alude a la mítica película de ciencia ficción Blade Runner (1982). Y específicamente, al conocido monólogo de uno de sus personajes principales, el replicante Roy, momentos antes de morir.
En el instante final, al mencionar su recuerdo de la puerta de Tannhauser y su desaparición cuando él muera, el androide muestra más humanidad y sentimiento que los propios humanos. Y en sus palabras, cargadas de emoción y de resignación, evidencia una conciencia de lo grandioso, efímero y frágil de la existencia.
No obstante, esta no es la única alusión a la ciencia ficción que tiene el texto. Juan y Arturo en su recorrido por Santiago, conversan de sus experiencias vitales, descubriendo que comparten una vivencia, al parecer, con seres extraterrestres. Información que Colil integra de manera armónica a la lógica del relato. Evidenciando su habilidad narrativa, una vez más.
El lector nunca terminará de sorprenderse con estos sutiles cruces de historias que teje Juan Ignacio Colil. El pulso narrativo, condensado en pocas páginas, nunca se siente forzado y al final, el viaje será también para el lector, donde más de alguno, rememorará ciertos momentos trascendentales vividos, los cuales también lo acompañarán hasta la conclusión de sus días.
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Cristián Uribe Moreno (Santiago, 1971) estudió en el Instituto Nacional General José Miguel Carrera, y es licenciado en literatura hispánica y magíster en estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile.
También es profesor en educación media de lenguaje y comunicación, titulado en la Universidad Andrés Bello. Aficionado a la literatura y al cine, y poeta ocasional, publicó asimismo el libro Versos y yerros (Ediciones Luna de Sangre, 2016).


Imagen destacada: Juan Ignacio Colil Abricot (por Álvaro De la Fuente).

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