Con la muerte de mi amigo, nuestro director de «Análisis» y de la Radio Universidad de Chile, me doy cuenta de que la lucha por construir una sociedad más justa, democrática, solidaria, donde podamos ser felices, no ha terminado, porque nos ha traspasado, con sus últimos años de crónicas políticas, una tarea que no podré, no podremos, abandonar
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 13.10.2026
La muerte de Juan Pablo Cárdenas (1949-2006) detonó en mí dolores y recuerdos. También una esperanza.
En efecto, la muerte de alguien a quien queremos, siempre nos deja un vacío. Y aunque sepamos toda la teoría de lo que sucede después, aunque las creencias y convicciones nos digan que el alma del fallecido estará en un proceso nuevo y que su cuerpo dejó de sufrir, y aunque las circunstancias nos puedan dar muchos indicadores, siempre queda el espacio de la ausencia.
Hace unos meses suspendió sus columnas. Él tenía la esperanza de retomarlas; yo también. «¿Te mejorarás? — Espero que sí», me dijo en nuestra última conversación.
Juan Pablo ha partido, ya no conversaremos más sobre un nuevo proyecto ni recordaremos entre risas y lágrimas lo que vivimos durante el tiempo de la dictadura.
La muerte de mi amigo cierra el capítulo de lo que fue la revista Análisis de la Editorial Emisión; de la aventura de la revista Los Tiempos y también de las traiciones experimentadas por parte de quienes sentíamos que eran nuestros amigos, compañeros de tarea, socios en la aventura de comunicar.
Ahora ya nadie nos perseguirá ni nos golpeará en la calle, nadie tratará de meternos presos, no llegarán los siniestros de siempre a matar a nuestros amigos; no quemarán nuestras casas, no amenazarán a nuestros hijos.
Con la partida de Juan Pablo Cárdenas siento que termina una parte de mi vida, poniendo fin a esa tremenda lucha que dimos desde 1973 —cada uno en lo suyo— por la defensa de los perseguidos. Más tarde, desde 1978, dimos una lucha con muchos otros (Pozo, Juanita, Patricia, Paulsen, Pepone, Margarita, Duncan, Pato Hurtado, la Tere Izquierdo, la China, María José y muchos más que no puedo nombrar por espacio) para recuperar la democracia y defender los derechos humanos amagados por la dictadura.
Con la muerte de mi amigo, nuestro director de Análisis y de la Radio Universidad de Chile, me doy cuenta de que la lucha por construir una sociedad más justa, democrática, solidaria, donde podamos ser felices, no ha terminado, porque nos ha traspasado, con sus últimos años de crónicas políticas, una tarea que no podré, no podremos, abandonar.
Lloraré un poco, pero no cejaré en la lucha
Terminó una época, pero después de que el tirano entregó la banda presidencial, ambos sabíamos que se iniciaba un período que sería difícil, pues mientras unos ansiábamos un avance profundo y rápido, otros se detenían con al argumento de la prudencia, tan parecido a la cobardía.
Junto a otros, tú y yo no claudicamos jamás, no renunciamos a nuestras posturas más exigentes, no quisimos hacer sólo lo que buenamente se podía, sino que estiramos la esperanza con fuerza y decisión para hacer que fuera posible lo que el pueblo necesitaba.
A ambos nos irritaba que se olvidaran de la palabra pueblo, que la democracia se redujera a las elecciones, que no hubiesen esa organización popular y ese espíritu revolucionario que nos hicieron entrar en la Democracia Cristiana. Por eso renunciaste al Partido. Yo no; —te dije—, sigamos dando la pelea dentro, pero tú fuiste perdiendo la esperanza.
¿Eso fue lo que te enfermó, Juan Pablo?
¿O fueron los golpes emocionales recibidos durante la dictadura y después? Porque fue todo muy duro. Sufriste por tus hijos, por tu esposa, por los amigos tan queridos. Nos enojamos con el Cardenal a quien admirábamos, criticamos a nuestros camaradas cuando iban cediendo a la necesidad brutal de acomodarse con el poder.
Tú fuiste un líder en Análisis y, perdona amigo que lo diga así, fuiste una gallina con sus pollos tratando de protegernos a todos, cuidando de cada uno. Todos llegábamos a tu oficina, te invadíamos para hacer propuestas, discrepar, acordar, recibir instrucciones, tomar café indefinidamente, fumar.
¿Se acordará alguien de la feria de Navidad que hicimos para juntar dinero, con el objetivo de pagar los sueldos de los periodistas cuando nos tenían la revista clausurada? ¿O de las aventuras clandestinas para seguir informando al pueblo de lo que sucedía? ¿O de Teleanálisis con Góngora y los muchachos que lo acompañaban?
Ahí estabas tú, Juan Pablo.
¿Guardará tu alma el recuerdo de cuánto lloramos con la muerte de Pepe Carrasco, de José Manuel Parada, de Guerrero, de la Tere? ¿Nos enviarás desde esa nueva dimensión en que está tu alma fuerzas necesarias para seguir bregando por lo que han sido nuestros sueños?
Mientras tanto, acá, lloraremos unos días, sin dejar de escribir, de hablar, de reclamar, de proponer, de ser audaces en el desafío de construir la sociedad con que soñamos desde hace décadas.
Lloraré un poco, pero no cejaré en la lucha como un homenaje a ti y a todos con quienes dimos batallas. Incluso siento que he ido perdonando a los que se viraron una tarde y nos arrebataron la revista para terminar cerrándola.
He podido superar, no sé si perdonar, a esos que presionaron para que nuestra revista Los Tiempos sólo viera la luz unos meses y luego debiera cerrarse para la «tranquilidad de conciencia» de gobernantes que nos temían, por recordarles sus compromisos con la alegría que debía venir, con la democracia, con la justicia, con el pueblo que un día confió en ellos.
La muerte de los amigos deja un vacío.
Pero tu legado llena mi alma con la esperanza de que otros, tus hijos tal vez, los de todos nosotros, los hijos del pueblo traicionado y postergado, tomarán tu mensaje y nuestras luchas para hacer de Chile una mejor sociedad.
¡Juan Pablo Cárdenas, vives para siempre entre nosotros!
***
Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

Imagen destacada: Juan Pablo Cárdenas Squella.


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