[Crónica] Mi nostalgia noventera: El sacrificio de Vegeta

Hay un concepto ya clásico en la obra de Jorge Luis Borges: el del personaje que acepta su sino. «Cualquier destino —escribe el argentino—, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo instante: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es».

Por José Miguel Martínez

Publicado el 21.3.2024

En la infancia se traza una ruta formativa que, al menos en términos de gustos pop, suele proyectarse hacia la adultez. Películas, series, música, libros, videojuegos: tal vez no volvamos a experimentar estas obras con la misma intensidad con que lo hicimos cuando éramos niños, pero siempre —es inevitable— las recordaremos con cariño.

Luego, en ocasiones, estas obras vuelven en la forma de revivals o secuelas artificiosas, pero entonces ya somos adultos y no es fácil enganchar con lo que alguna vez nos hizo gozar de emoción en la infancia, que es el momento de la vida, como bien escribió Fabián Casas, cuando surgen las cosas que nos modifican para siempre. Pienso, con esta idea en mente, en la obra de Akira Toriyama, quien falleció el 1 de marzo de 2024.

Desde 1997, pasaban Dragon Ball Z por Megavisión. Y si bien llegué tarde a Dragon Ball (nunca enganché mucho con el Gokú pequeño), su secuela caló hondo en mí. Recuerdo que en esos años corría del colegio a la casa para llegar a ver el animé japonés; también recuerdo un campamento scout al que asistí donde todos mis compañeros estaban acongojados por perderse capítulos de la serie en esos días sin tele.

Una tarde, lejos de las carpas, encontramos un quiosco que tenía a la vista una tele encendida: éramos más de veinte adolescentes, apretujados contra la estructura, contemplando embobados a Gokú transformándose en súper saiyajin por primera vez.

Algunos aullaban de emoción, como si estuvieran viendo a la Roja ganar un Mundial, mientras el viejo que atendía el quiosco nos miraba perplejo, desconcertado por el impacto y la reacción que esos monos animados tenían en mi generación, aunque tal vez, pienso ahora, en algo empatizaba con nosotros, porque fue él quien había accedido amablemente a poner Megavisión cuando se lo pedimos minutos antes.

Mi personaje favorito, en todo caso, nunca fue Gokú, el protagonista, sino su rival y posterior compañero de aventuras: Vegeta. Como Gilgamesh y Enkidu, Gokú y Vegeta se conocieron en batalla.

Llamar amistad la relación de ellos es ir muy lejos, pero para los fans de la obra de Toriyama, el uno y el otro representan un reverso inseparable: donde Gokú es optimista, vehemente y alegre, Vegeta es amargo, orgulloso y gruñón.

Ambos comparten el gusto por la pelea, pero la tirria y envidia de Vegeta hacia Gokú se debe al hecho de que, además de haberlo vencido en su primer enfrentamiento, Gokú siempre está un paso por delante de él en cuanto a niveles de poder.

Hay, por cierto, un complejo de superioridad en el origen: Vegeta viene de la realeza y no cree en la meritocracia, porque él es el príncipe de los saiyajin, una raza de guerreros extraterrestre que nacen con cola y un ávido instinto de lucha, mientras que Gokú es un saiyajin criado en la Tierra y, por lo demás, «de clase baja» —en palabras de Vegeta—, porque al nacer no presentó un alto porcentaje de ki. Su orgullo viene entonces de la sangre azul, pero este orgullo, como queda demostrado en pantalla, muchas veces no está a la altura de sus habilidades.

«Vegeta no me gusta mucho —confesó alguna vez Akira Toriyama en una entrevista—, pero ha sido extremadamente útil tenerlo cerca». De todos los personajes de Dragon Ball Z, él ha sido el más vilipendiado, incluso humillado (si obviamos, por supuesto, a Yamcha); las palizas que recibe a lo largo de la serie son legendarias.

Con Vegeta, Toriyama aplicaba la máxima de Kurt Vonnegut: sé un sádico con tus personajes, haz que les sucedan cosas horribles para ver de qué están hechos. Lo veía, su creador, en ese sentido, como un personaje utilitario, porque muchas veces lo usaba para demostrar el nivel de poder de los contrincantes a los que se enfrentaban Gokú y su pandilla; Vegeta era poderoso, claro que sí, pero mira cómo Freezer lo asesina sin mucho esfuerzo o cómo la androide Número 18 le parte brutalmente el brazo.

De esta forma, y como Ikki, el fénix en Los caballeros del zodíaco, siempre sentí simpatía por el príncipe de los saiyajin: ambos eran de esos personajes de animé que nacen villanos y luego, a regañadientes, se convierten en amigos de los protagonistas.

Cuando niño era incapaz de poner en palabras qué era lo que me atraía de Vegeta con exactitud, pero ahora sé que conectaba con él por sus matices, por sus contradicciones, por su profunda humanidad; Vegeta era un extraterrestre chovinista, pero había sido criado así desde que nació y, en el largo camino de la serie, cada una de sus creencias se va desmoronando a punta de sangre, sudor y lágrimas.

Y el proceso de esta transformación —no sin una férrea resistencia interior por parte del personaje— es arte narrativo en su estado más puro.

 

Un gran resplandor que se toma la pantalla

Uno de los capítulos más inolvidables de Dragon Ball Z es «El sacrificio de Vegeta», de la saga de Majin Buu; se trata del episodio 237 de 291, es decir, de un momento en el gran arco final del animé.

Capítulos antes, Gokú y Vegeta se hallaban en un torneo de artes marciales; Gokú estaba muerto desde la saga de Cell pero, en el universo de ficción de DBZ, estar muerto no es algo definitivo: existe un más allá donde también hay combates y se puede seguir entrenando, y a Gokú se le concede un día en la Tierra para poder asistir al torneo de artes marciales, donde Vegeta espera con ansías poder enfrentarlo para, después de años de entrenamiento, demostrar de una vez por todas quién de los dos es el mejor.

El torneo se ve interrumpido por la aparición de Babidi, un mago que quiere robar la energía de Gokú y sus compañeros para resucitar a Majin Buu, un poderoso monstruo que siglos antes había sido sellado en una enorme esfera. Babidi tiene la habilidad de detectar la maldad en cada ser y usarla para poseerlos; así, al advertir las emociones oscuras en lo más profundo de Vegeta, Babidi toma posesión del príncipe de los saiyajin.

A continuación, para provocar a Gokú, Vegeta asesina a un grupo de espectadores del torneo con una bola de energía. Es un acto desconcertante, perturbador, porque llevábamos ya muchos episodios viendo al Vegeta gruñón pero clemente, al Vegeta que había tenido un hijo con Bulma y se había asentado pacíficamente en la Tierra. Se trata de una radical vuelta a la foja cero del personaje.

Gokú y Vegeta combaten entonces por última vez en lo que va quedando de Dragon Ball Z. La pelea es muy pareja y ambos personajes, ensangrentados y con las vestimentas rasgadas, se golpean ferozmente, destruyendo el entorno rocoso a su alrededor.

En algún punto, Vegeta le confiesa a Gokú sus sentimientos de abyección al haber sido domesticado como un humano en la Tierra:

«Yo sólo quería regresar a como era antes —comenta, degradado, el personaje—; quería ser el sayayin cruel y despiadado al que no le importaba nada, y quería tener una batalla perfecta. Me sentía repugnante: sin darme cuenta, poco a poco, fui formando parte de ustedes, y fui teniendo una vida ordinaria y aburrida. ¿Cómo fue posible que yo, un guerrero frío, formara una familia?».

Es así como nos enteramos que Vegeta se ha dejado poseer a propósito, como un último intento por preservar su villanía primigenia (y acá me pregunto: ¿quién no ha tratado de aferrarse así al pasado, como una forma de resistencia al tedio del presente?).

Babidi, en paralelo, y tal como lo había planeado desde un comienzo, no tarda en revivir a Majin Buu; entonces Gokú y Vegeta, por mutuo acuerdo, detienen su pelea para ir a enfrentarse a él. Pero Vegeta, en un gesto rastrero, golpea por la espalda a Gokú y lo deja inconsciente; como en otras ocasiones de la serie, él desea luchar solo contra este nuevo y poderoso rival.

El episodio en cuestión empieza cuando Vegeta está a punto de ser derrotado por Buu. Su hijo Trunks, Krilin, Piccolo y Goten (el hijo menor de Gokú), observan la golpiza de Vegeta a la distancia. Majin Buu es un demonio orondo y rosado que no parece amenazante para nada; sin embargo, se trata del villano más fuerte hasta ese punto del animé, un adversario que, de hecho, es indestructible; cuando Vegeta lo atraviesa con un rayo de poder, el agujero que se forma en su enorme estómago no tarda en regenerarse por completo.

Trunks, por su lado, quiere asistir a su padre en combate, pero Vegeta no se lo permite; le dice, en cambio, que desde que él era un bebé, nunca tuvo la sutileza de abrazarlo. «Déjame abrazarte», le pide a su hijo. Todos hemos recibido el abrazo de una persona con quien no tenemos la costumbre del contacto físico; el momento, por tanto, es incómodo, y así lo siente el hijo de Vegeta, sonrojándose hasta que su padre, segundos después, lo deja inconsciente de un sólo golpe en la nuca.

Luego Goten, indignado, lo confronta por haber noqueado a su mejor amigo; a cambio recibe un golpe en el plexo que también lo deja tirado en el suelo.

Acto seguido, Vegeta habla con Piccolo, y le pide que se lleve a los niños lejos de ahí, pero antes le pregunta si podrá ver en el otro mundo a Kakarotto (leal a sus costumbres originarias, siempre se refirió a Gokú por su nombre saiyajin).

«No tiene caso decirte mentiras que te consuelen», le dice Piccolo, para luego explicarle que, como Vegeta mató sin compasión a demasiada gente inocente, su cuerpo se eliminará y su alma, sin recuerdos, será llevada a un lugar donde no estará Gokú.

A continuación, Piccolo se va volando con los niños, y Vegeta enfrenta a Majin Buu diciéndole que descubrió la forma de eliminarlo: destruyéndolo —y autodestruyéndose— por medio de una gran explosión de energía.

Sólo habrá dos testigos de su muerte: Krilin y Piccolo, quien, un poco antes, mientras huyen por los aires, le confiesa a Krilin que Vegeta, por su sacrificio, se ha ganado su respeto, resumiendo el sentir de todos los jóvenes espectadores de DBZ en ese momento.

La secuencia termina con Vegeta y Buu convirtiéndose en polvo dorado, en medio de un gran resplandor que se toma la pantalla.

 

La benevolencia de un monstruo

Años después de esa gran escena, en 2015, Toei Animation lanzó una nueva secuela, Dragon Ball Super, serie de animé que continuaba los hechos donde había terminado Dragon Ball Z. Por lo general estas secuelas nunca funcionan, porque el resultado muchas veces se siente artificial en comparación con el espíritu original de la saga.

Y esa fue, al menos en un principio, la sensación que tuve al ver los primeros capítulos de Dragon Ball Super: «esta serie no es para mí, esta serie apela burdamente a mi nostalgia noventera».

Pero estaba equivocado. Y parte de esa equivocación tenía que ver con el hecho de que Akira Toriyama también fue envejeciendo con nosotros, y esa madurez empezó a colarse en su obra, haciendo que la narrativa de DBS estuviera a la par con la narrativa de nuestras vidas. Porque Toriyama, durante ese tiempo, también había sido padre, y su visión del mundo había cambiado inevitablemente.

Y eso se refleja en Vegeta, ese personaje del que Toriyama renegó y que, sin embargo, terminó siendo el más desarrollado de toda la saga: un hombre que comenzó siendo un villano despiadado, un tipo monstruoso cuyo orgullo hacía que expresara lo peor de sí mismo, y que en el largo camino entre una serie y otra —»Pero vive y verás | el monstruo que eres con benevolencia», escribe Enrique Lihn en su Monólogo del padre con su hijo de meses—, se terminó por convertir, sin dejar nunca de lado su orgullo característico, en un sólido padre de familia (al menos mucho más sólido que Gokú, lo que no es decir mucho), algo que no habría sido posible de no ser por ese hito esencial que vive el personaje en el episodio «El sacrificio de Vegeta».

A tener en cuenta: Akira Toriyama, como todo buen narrador, es tramposo, porque sabemos que siempre existe el Deus Ex Machina de las esferas del dragón, las cuales, al ser reunidas, permiten invocar al dragón Shenlong para pedir, por ejemplo, el deseo de revivir a cualquier persona (si Vegeta está vivito y coleando al final de DBZ, es debido a ese recurso).

Pero eso no es lo que importa en el capítulo citado, ni en el instante particular que se describe: lo que importa es la epifanía que opera en Vegeta antes de su muerte.

Hay un concepto ya clásico en la obra de Borges: el del hombre que acepta su sino. «Cualquier destino —escribe el argentino—, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es».

El sacrificio de Vegeta nos muestra justamente eso: un momento borgeano por excelencia, el punto de inflexión categórico, que marca un antes y un después en el personaje, la caída de máscara definitiva, por así decirlo, de Vegeta; la aceptación de quién es él en ese momento determinado y, al mismo tiempo, su perdición y redención.

El José Miguel Martínez de mi infancia y el JM que sabe quién es hoy te dan las gracias por tanto, Akira Toriyama. Y, citando una frase de tu propia cosecha, una frase que pronuncia el narrador de Dragon Ball Z durante la muerte de Vegeta, te despido con esa imagen, que me parece apropiada para decirte adiós: «Un gran resplandor se veía a lo lejos, donde la figura de un gran guerrero había desaparecido».

 

 

 

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José Miguel Martínez (Santiago, 1986) es arquitecto. Ha publicado los libros El diablo en Punitaqui (Tajamar Editores, 2013), Hombres al sur (Tajamar Editores, 2015), Tríptico de Granola (Tres Puntos Ediciones, 2020), Ceres (Minotauro, 2021) y Los tres duelos del detective Bernales (Tajamar Editores, 2024).

Ha traducido, además, a James Baldwin, S. Craig Zahler y Jack London. Es creador del podcast Cátedras Paralelas, donde conversa con diversos invitados sobre libros y lectura. Asimismo, es redactor permanente del diario Cine y Literatura.

Vive en Frutillar, Chile.

 

José Miguel Martínez

 

 

Imagen destacada: Vegeta.