[Ensayo] El futuro del suicidio: Una provocación metafísica

En países como España existe el proyecto de obligar a los médicos objetores de conciencia para la práctica de eutanasia o de una autoeliminación asistida a inscribirse por ley en un registro especial: el conflicto moral está servido.

Por Luis Miguel Iruela Cuadrado

Publicado el 26.4.2026

El suicidio es una de las situaciones clínicas más exigentes a las que han de enfrentarse los psiquiatras, ya que es un problema desconcertante. Para Freud era un enigma. Y Karl Jaspers hablaba de «la fuerza de provocación metafísica del acto del suicidado». Toda muerte por propia mano deja un legado de turbación y perplejidad en los allegados.

Albert Camus escribió en El mito de Sísifo: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». Es la misma idea que despliega Hamlet en su famoso monólogo con la conclusión de que solo el miedo a la muerte frena muchos deseos de desaparecer y empuja a soportar las tribulaciones de la vida.

La cuestión fundacional de la filosofía es: ¿Por qué existe algo en vez de nada? Formulada por pensadores de la talla de Leibniz, Schelling, Heidegger e incluso Wittgenstein a lo largo de la historia.

El desconcierto se comprende porque la vida se considera un valor en sí misma. El mayor de los valores. Una forma de resolver esta perplejidad es entender el suicidio; entenderlo es una forma de controlarlo intelectiva y afectivamente. Y un modo de lograrlo es pensar en él como una enfermedad mental o como una consecuencia de la misma. Esta es la posición actual de la medicina, la psiquiatría y la política.

No siempre ha sido así en la Historia. Aunque hay antecedentes (a menudo los hay), hasta Robert Burton con su Anatomía de la melancolía (siglo XVII) no se empieza a considerar el acto como algo ligado a la depresión.

En la actualidad, se acepta que existen dos grandes tipos de autolisis: El vinculado a un trastorno mental (según Barraclough, el 93% de los casos); y el racional, como una elección reflexiva en determinados momentos, como las situaciones políticas de Sócrates y Séneca o las peticiones de suicidio asistido en enfermedades terminales o gravemente invalidantes.

Desde un punto de vista científico, existe un modelo neuroquímico a partir del descubrimiento de un efecto secundario de la reserpina, un derivado de la planta «rauwolfia serpentina», prescrita para la hipertensión arterial.

La consecuencia inesperada de la toma regular de este fármaco era la presentación de cuadros depresivos con intentos de suicidio, debido a la depleción de las vesículas de serotonina, neurotransmisor fundamental en el estado de ánimo eutímico.

Más tarde, se comprobó que otras medicaciones como el interferón causaban el mismo efecto a través de la activación de la enzima 2-3 indolamima deoxigenasa que regula la síntesis de kinurenina a partir del triptófano en perjuicio de la génesis de serotonina por desviación y consumo del mismo aminoácido precursor de ambas.

En resumidas cuentas, la conclusión sería esta: si hay concentraciones bajas de serotonina en determinadas áreas del cerebro, el ser humano tiende a quitarse la vida.

Ahora bien, ¿todos los suicidas tienen estas concentraciones bajas? ¿Por qué esta explicación científica no nos deja satisfechos? ¿Por qué tenemos la inquietud de que lo esencial, lo más humano de la autolisis, se nos escapa con esta explicación?

 

Para que las negras ideas aparezcan

Casi todos los psiquiatras con cierto recorrido clínico han tenido la experiencia de que una intervención verbal oportuna ha impedido un intento de matarse. ¿Se habría podido sustituir esa intervención por un fármaco serotoninérgico de acción rápida? ¿O es que la palabra consigue elevar agudamente la serotonina cerebral?

Si la palabra puede evitar un suicidio es porque el paciente se ha sentido comprendido, y su confianza y seguridad se han reactivado.

Aunque asociemos autolisis con trastorno mental, las ideas de muerte más o menos consistentes, más o menos fugaces, más o menos intensas no son un fenómeno tan raro. Casi todos los seres humanos han considerado en un momento la posibilidad de un suicidio.

Basta con que alguien tenga la sensación de que el curso de su vida está varado y se halle en un callejón sin salida, en un fracaso de su proyecto vital. En una situación en la que no se puede esperar nada de los otros fácilmente, en una posición de desespero. Basta con esto para que las negras ideas aparezcan.

En el caso de la escritora Virginia Woolf había antecedentes familiares de padecimientos afectivos, y personales de depresión unipolar o bipolar, según refirió su sobrino Quentin Bell. Padecía fases melancólicas profundas en las que escribir era un suplicio. Su marido puso a disposición de ella la editorial The Hogarth Press como una especie de medida terapéutica que le mantuviera ilusionada y ocupada en los periodos en los que no podía escribir.

Se suicidó por ahogamiento en el río Ouse, Sussex, el 28 de mayo de 1941. Estaba convencida de que iba a sufrir una recaída incurable de su enfermedad mental. En la nota de despido se especifican con detalle los motivos.

A veces, el deprimido se aniquila no solo a causa de la depresión, sino también para librarse de ella. Es un acto de afirmación personal ante el sufrimiento mental, un ansia de libertad, de ser dueño precisamente de su vida. Es famosa, al respecto, la cita de Antonin Artaud cuando declara que, si alguna vez llegara a suicidarse, no sería para destruirse, sino para reconstruirse.

La obra de Virginia Woolf trata de reflejar las sutiles mutaciones de la sensibilidad interior con el paso del tiempo. Nada hay tan lleno de melancolía y desesperanza como contar la marcha inexorable de las horas, los días y los años.

El otro tipo de inmolación es la autolisis racional por decisión en enfermedades terminales o invalidantes.

Algunos psiquiatras como Herbert Hendin opinan que esto sería excepcional y que en la mayoría de los casos existe una depresión subyacente no detectada y, por lo tanto, no tratada. El paciente terminal vive en una conspiración de silencio por lo que su sufrimiento no se aborda nunca verbalmente ni por la familia ni por el medio sanitario.

 

Un regalo de los dioses

La primera consideración del problema del suicidio en la Historia ha sido ética. A lo largo de la misma se han planteado dos posturas encontradas en permanente discusión sobre la legitimidad del acto. Legitimidad, no legalidad. Es decir, un enfoque moral, no jurídico ni médico.

En Grecia y Roma, el suicidio estaba permitido, en ciertos momentos hasta elogiado, por ejemplo, tras un desastre militar.

Además, en Roma, un esclavo podía dar muerte a su amo como ejecutor de un sacrificio asociado al cumplimiento de una pena fatal. Esto nos lleva al final de Sócrates, quien, a propósito, argumenta en el Fedón que el suicidio es un hecho injusto, ya que nadie es dueño de su vida, sino solo depositario de un regalo de los dioses.

Se trata de un sentido sagrado de la misma que reaparece en la argumentación cristiana posterior en contra de la legitimidad de la autodestrucción. Como todos sabemos, Sócrates se quitó la vida en ejecución de una sentencia de los gobernantes de Atenas. Y es que muchas veces, las circunstancias nos fuerzan a vulnerar nuestros principios.

Aristóteles, por su parte, afirma que darse muerte va «en contra de toda razón» y es algo injusto con la sociedad y el Estado. Plinio, en cambio, habla de que disponer de la existencia, poder elegir es «un don de la divinidad». «En este género de libertad —dice— somos superiores a los dioses». Que como es bien conocido están condenados a la inmortalidad.

Los estoicos apoyan la legitimidad del suicidio por la adversidad de las circunstancias, la ausencia de paz mental, un mal golpe de fortuna o una mala enfermedad. Es el caso de Séneca.

San Agustín manifiesta su oposición por encontrarse el acto en contra del mandamiento «No matarás». Y para Santo Tomás por transgredir la Ley Natural (contra sí mismo), la Ley Moral (contra la comunidad) y la Ley Divina (contra Dios).

Un error frecuente es creer que todo el pensamiento cristiano está en contra de la legitimidad del suicidio. Varios ejemplos lo ilustran. San Ambrosio, maestro de San Agustín, lo veía como una liberación del alma esclavizada por el cuerpo y el pecado.

El poeta metafísico John Donne dedicó un libro entero: el Biathanatos a exponer su postura. Tomás Moro en su Utopía lo acepta con el consejo de los sacerdotes en casos de enfermedades incurables o muy dolorosas.

Por su parte, el escritor católico Georges Bernanos en la novela Mouchette lo presenta como una salida compasiva a la vida extraordinariamente desgraciada de una muchacha campesina, cuya única forma de conocer el amor ha consistido en una violación.

En la actualidad, a partir del existencialismo, en especial de Camus, se plantea que el sentido deriva de una elección puramente subjetiva y no de normas objetivas. Opinión que comparten el cómico Woody Allen y los emotivistas éticos.

Ya no es necesario estar enfermo para que la autolisis sea legítima. Luego no puede discutirse el derecho al suicidio.

 

El conflicto moral está servido

Más llamativa es la posición del médico Thomas Szasz, significativo nombre de la Antipisiquiatría de los años 70 por su libro El mito de la enfermedad mental, en el que negaba el carácter clínico de los trastornos psíquicos y los otorgaba una categoría de organización social en el más puro estilo del Foucault de «vigilar y castigar».

Sostiene Szasz en su obra Fatal Freedom: The Ethics and Politics of Suicide, de 1996, que, por analogía al derecho a la vida, la muerte por propia mano es una de las legalidades fundamentales del ser humano por la que el individuo puede escoger cuando morir sin interferencia de la institución médica y del Estado.

Ahora bien, cuando alguien tiene un derecho otros tienen la obligación de facilitarlo. ¿Estará el médico en el futuro constreñido a ser el ejecutor de una voluntad de suicidio en casos no solo de enfermedad dolorosa incurable, sino mental o incluso sin ninguna patología?

En 1991, Hilly Bosscher, trabajadora social jubilada de 50 años de edad, acudió a la consulta del Dr. Chabot con la petición de ayuda para el suicidio. Refería una historia de malos tratos físicos por parte de un exmarido alcohólico, un hijo suyo se había matado a sí mismo y el otro había fallecido de cáncer. Decía que su vida ya no tenía objeto, lo había considerado concienzudamente y pedía auxilio para morir.

Luego, el Dr. Chabot la estuvo estudiando durante varios meses y concluyó que no padecía un mal psiquiátrico. No obstante, recomendó antidepresivos y psicoterapia. Consultó con otros compañeros y al final le proporcionó una bebida con sedantes en su domicilio.

El Tribunal Supremo de Holanda decretó culpabilidad por asistencia a un suicidio, aunque añadió que el médico había seguido las normas sobre eutanasia y muerte ayudada establecidas por la Asociación Médica de Holanda al considerar a la señora Bosscher como candidata idónea: por sufrimiento; por estar mentalmente competente; y por haberlo decidido sin signos de coacción o presión externas. En conclusión, se permitió que el Dr. Chabot continuara con su ejercicio como psiquiatra.

Otros autores: H. Hendin y David Heyd arguyeron que pesimismo y desesperanza eran indicativos de depresión. Alan Stone, por su parte, opina que la libertad del paciente no puede forzar el libre albedrío del médico. Ningún derecho de una persona puede imponerse sobre otro derecho igual de otra persona.

En países como España existe el proyecto de obligar a los médicos objetores de conciencia para la práctica de eutanasia o suicidio asistido a inscribirse por ley en un registro especial. El conflicto moral está servido. ¿Qué diría Tomás Moro?

 

 

 

 

 

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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.

En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

 

 

Luis Miguel Iruela

 

 

Imagen destacada: Albert Camus.

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