Porque en la función pública el que no sirve lamentablemente viaja en un barco con otro rumbo y propósito. Los invitamos entonces a probar y ajustar las estrategias, para el fin de siempre: ayudar. Este libro es nuestra evidencia, quizás sea solo una prueba indiciaria, pero testimonio al fin y al cabo.
Por Víctor Ilich
Publicado el 23.4.2026
En rigor, este libro, En cana: lenguaje claro, nace de la frustración. Queríamos darnos a entender sin adornos ni tecnicismos. Queríamos ser nosotros mismos sin dejar de ser lo que representamos.
A veces decimos: «Sra. o Sr., en este ambiente tiene que pensar estratégicamente. No puedo obligar al fiscal a hacer lo que usted quiere, no puedo censurar al defensor por pedir lo que escuchó. Nosotros también a veces estamos atados de manos. No se focalice solo en descubrir la verdad, busque también aquello que le dé paz».
«No es que no nos importe o que no exista la verdad. Es que a veces no sale a la luz, no se muestra, buscamos y no hallamos, a veces aparece solo un fragmento de verdad. Y no son pocas la veces en que nos enfrentamos a fragmentos distorsionados de ella. Sin contar otras veces, cuando solo se hablan mentiras.
Entonces, créannos, aquí, en este terreno y contexto judicial, está sobrestimulada la verdad», porque ¿de qué sirve la verdad si no les trae paz? Una verdad procesal a medias no genera paz.
Una de nuestras funciones es aterrizar expectativas, sus expectativas, ajustar y corregir falsas ideas, sus ideas, los falsos conceptos de la realidad: el error, y ¿qué creen? ¿Cuál es el resultado de hablar así?: las personas nos agradecen.
Puede ser que no les otorguemos lo que piden, pero se van agradecidas. Y el lenguaje claro que empleamos ha sido vital: en otras palabras, explicar lo que realmente puedo hacer, el poder de nuestro alcance. ¿Me expliqué bien? No ocupo la expresión «¿me entiende?», porque soy yo quien tiene el deber de darse a entender lo mejor posible: a quien más se le da, más se le demanda. Explicar algo de forma tal que finalmente se logre entender.
¿Acaso nunca han sentido la frustración de sentirse incomprendidos? ¿Acaso soy el único que ha sentido la frustración de advertir que ha sido malinterpretado?, ¿que ha hecho una pausa cuando venía un punto seguido?, ¿que ha puesto una coma cuando en realidad era un punto final? ¿Nunca han sentido que están hablando una lengua desconocida aún entre seres queridos?, ¿que sus palabras no son puentes, sino callejones sin salida? ¿Me entienden?
No. ¿Me explico?
El mapa de la realidad en el proceso penal
Sabemos, nos damos cuenta de que cuando el proceso es más importante que el propósito, tenemos un problema: porque perdemos el rumbo. Cuando creemos que el proceso es lo importante por sobre el propósito, nosotros somos el obstáculo. Es lo que se conoce como burocracia: nos convertimos en burócratas.
Algunos aman más los procesos que sus resultados. Entonces, cada nueva regulación debiese eliminar dos o tres regulaciones anteriores. De lo contrario, reina la confusión: ¡cuántos textos debiesen ser refundidos en uno solo!
Si lo que hacemos no añade valor real y agregado a nuestro propósito, debiésemos prescindir de aquello. Simplificar es la regla a aplicar, no por flojera, sino por eficiencia. No renunciar al rigor jurídico, sino traducirlo. Si nuestra instrucción la puede entender alguien de 14 años de edad, vamos por el camino adecuado.
La navaja de Ockham, en su esencia, esa idea de que la solución más sencilla suele ser la correcta, en su máxima expresión administrativa: no multipliquemos lo innecesario, adiós a las complicaciones que entrampan; adiós a los tecnicismos barrocos o a los latinismos que nos hacen perder el foco: la sencillez del lenguaje, en su claridad, contribuye incluso a la paz mental de quien nos escucha: ¿o acaso la ambigüedad es útil para confiar?
Que nuestro sí sea sí y que nuestro no sea no tiene un sentido casi escatológico, es decir, trascendental para la finalidad de nuestro cargo: nunca la confusión ha ayudado a alguien a calmar la angustia.
Este libro es una semilla que busca ser plantada o regada en más de alguien para dar claridad, a fin de contribuir a su paz y de paso que conozca el mapa de la realidad en el proceso penal.
Ustedes saben mejor que yo que la burocracia nace de la desconfianza. Firme aquí, por favor. Y también acá, y otra vez aquí. Disculpe, le faltó la última firma para validar el proceso. Y alguien nos podría gritar afuera de nuestras oficinas: ¡Burócratas!
Burocracia pura y a la vena.
Nuestra propia vulnerabilidad
Hay que aceptar un hecho que de evidente quizás pasamos por alto: trabajar con personas es gestionar múltiples emociones. Todos los días y a cada rato. Lidiamos con la frustración de los que nos rodean, su tristeza, sus carencias y sus necesidades.
Es cierto, a veces nos cuesta lidiar con nuestra propia vulnerabilidad, es que somos tan susceptibles y a veces no nos damos cuenta: pero sí nos afectan el clima, la temperatura, el hambre y la soledad, y a ratos mantener la fuerza para lidiar con las necesidades y carencias de otros es una piedra difícil de cargar.
Nos necesitamos. Estamos conscientes de los plazos y de la escasez de recursos —no somos románticos, sino realistas, no ignoramos aquello—, pero estos no pueden ser una excusa para evitar ocupar el espacio de libertad que nos queda: el lenguaje sigue siendo nuestro patrimonio más preciado.
Por eso resulta fundamental prestar atención a nuestra forma de hablar, cómo nos expresamos. Que ojalá cada día sea con mayor autenticidad. ¿Creen que exagero? ¿Cuántas palabras usamos para describir lo que necesitamos?, ¿son las palabras precisas? ¿Cuántos oficios van y vuelven pidiendo aclarar algo? ¿Cuántos «pide cuenta» están esperando saber qué contestar? Cómo y de qué hablamos en nuestro cotidiano diálogo interior también condiciona lo que hacemos.
¿Creen que exagero? Si solo nos repetimos y mentalizamos a nosotros mismos que trabajamos con lo peor de la sociedad —lo que todos hemos escuchado en alguna ocasión—, ¿en qué nos convierte eso?: en simples carceleros, verdugos o gestores de desechos. Perdón, pero la dignidad de nuestra función es más que eso.
Es un desafío lograr una mayor claridad en aras de una mejor comunicación. Evidentemente, es un proceso dinámico, prueba y error, no es algo instantáneo, requiere paciencia con nosotros mismos. ¿Y qué creen?: si somos conscientes de esto, también podemos ejercitar la paciencia con el resto.
No nos interesa hablarles como si fuésemos coachs motivacionales, sino como jueces que han reflexionado sobre esto no por amor a la filosofía, sino por el desafío de querer y necesitar comunicarse mejor: conscientes de la enorme responsabilidad por el impacto social de nuestras decisiones. Que intentan estar despiertos ante la oportunidad cotidiana de afectar la vida de otras personas, es decir, su realidad. La de todos, la nuestra.
Hablar claro —reduciendo las ambigüedades, con palabras comprensibles no para mí, no para agradarnos a nosotros mismos, sino para conectar con el otro en una misma frecuencia— es un acto de respeto y dignidad. Este libro intenta eso.
Por eso, no hay nada más hermoso en los procesos que invertir la carga de la prueba. Solo necesito una declaración jurada y hágase usted responsable, Sra. o Sr., quieren rapidez, se confía primero, se fiscaliza después, sin ingenuidad y con firmeza, si se advierte el abuso.
Y si se miente, bueno, esa canción desentona y tiene un alto precio si se quiere continuar en el coro. No en vano llevamos la espada. No queremos perder el control, no podemos perderlo. Apercibimos como jueces: con firmeza, claridad e ingenio. Y las personas entienden.
También podemos aplicar la regla del que calla otorga durante el proceso. Créannos, eso da rapidez, y las personas se hacen responsables de sus propios intereses. Nos agrada la autonomía responsable: tome decisiones y hágase usted cargo, elija y asuma el costo, decida y no culpe a otro, porque decidir y hacerse responsable dignifica a todas las personas; es decir, restauramos el valor de ser personas.
Por el contrario, el descuido, incluso en nuestro trato, atenta contra la dignidad de nuestros quehaceres. Nosotros somos los llamados a crear espacios donde las personas se sientan respetadas y seguras: que no van a recibir un mal trato. Esto es recuperar el propósito, la finalidad. ¡Qué nos cuesta ser más amables!, ¡qué nos cuesta ser más educados! Es rescatarnos de la invisibilidad del cargo y del desprecio que también genera la autoridad.
Sí, escucharon bien: rescatarnos a nosotros mismos del cargo que habitamos, a veces como arrendatarios con miedo.
Es que el cargo también puede ser deshumanizado, desensibilizándonos: porque cada vez que recuperamos nuestro propósito podremos incentivar a otro a enfocarse en el suyo.
Palabras vacías y estériles
Cuando el enfoque es solo el cumplimiento de la norma, de lo jerárquico, y el error se castiga, siendo nuestro foco solo los indicadores de nuestras horas hombre y tiempos de resolución, perdemos la visión: adiós al propósito y al resultado final, adiós a los modelos de gestión horizontales y colaborativos, adiós a la iteración (repetir un proceso mejorándolo), adiós a la mejora continua, adiós a la satisfacción del usuario: las personas. Todo ese discurso de estar al servicio de las personas serían palabras vacías y estériles.
Saber que eso es así y no hacer nada tiene el potencial de denigrarnos porque no tan solo nos convertiríamos en burócratas, sino que además corremos el riesgo de que nos griten hipócritas: esa es la brecha entre lo que sé, lo que digo y lo que hacemos.
¿Y qué creen?: si no dignificamos nuestros cargos ni el propósito que tienen, además de perder la oportunidad que nos ha dado la vida, vida con mayúscula, tampoco nos será posible dignificar a las personas con las que trabajamos y a las personas para las cuales lo hacemos: aquellos a los cuales llamamos a veces impersonalmente usuarios o internos. Esos tienen nombre y apellido, no solo alias o seudónimos inscritos en propiedad intelectual.
Lo que hacemos tiene un impacto diario y vital en las personas, y no podemos convertirnos en un obstáculo para el propósito que tenemos. Somos parte de la solución, no obstante, podemos escondernos detrás de las reglas o los protocolos, o podemos ocuparlos y reinterpretarlos de ser necesario para el fin que nos convoca: vivir al servicio de otros.
Porque en la función pública el que no sirve lamentablemente viaja en un barco con otro rumbo y propósito. Los invitamos entonces a probar y ajustar las estrategias, para el fin de siempre: ayudar. Este libro es nuestra evidencia, quizás sea solo una prueba indiciaria, pero prueba al fin y al cabo.
No se puede, por otra parte, estar agradecido y ser ingrato al mismo tiempo. Enfocarnos en la oportunidad que tenemos y sentirnos agradecidos por ello como autoridades es un poderoso antídoto al malestar generalizado que nos rodea.
El lenguaje es nuestra espada, también es nuestro escudo, y hoy queremos que sea nuestro puente, aquel que necesitamos mejorar. Este libro es un ejemplo concreto de ese propósito: ayudar a entender a otros lo árido, técnico y doloroso del proceso penal. Ajustando expectativas y usando un lenguaje llano, a ratos coloquial, para sobrepasar la resistencia que se tiene a la autoridad.
Que el lenguaje claro nos ayude entonces a romper la inercia del error, la inercia de la burocracia y de la hipocresía. Establecer límites y enfatizarlos con palabras también es un acto de claridad: cuando se daña a alguien, esos límites también generan expectativas y crean obligaciones. De lo contrario, el desacato sería una falacia. Y créannos, sabemos que la porfía a todo nivel existe.
Nada está tan roto que no pueda ser reconstruido: hablo de restaurar, no de reparar. Crear algo nuevo, devolviendo su dignidad original, incorporando la realidad en el mapa de nuestros intentos fallidos. Nuestro llamado es a mejorar el diseño, restablecer el orden en medio del caos incluso administrativo que experimentamos; no somos llamados a transformar a las personas.
Solo nos persuadimos a nosotros mismos a mejorar. Y quizá eso motive a alguno a imitarnos. El principio de supremacía de la realidad en su máxima expresión: quien no crece, decrece.
En efecto, somos restauradores de confianza, no cómplices del error. Incluso en esta cárcel no hay un pasado que inhabilite un futuro con significado: vidas resilientes es lo que necesitamos fomentar. La esperanza radical: el regreso a casa es posible y ojalá sea con los brazos abiertos.
Hemos escogido creer en el orden y el diseño institucional, a pesar del dolor que gestionamos y que lamentablemente también a ratos generamos.
No nos interesa publicar libros por el reconocimiento que generan, sino que por la oportunidad de construir no tan solo puentes de papel, sino también espacios de libertad: porque en nuestro interior un libro puede contener la llave maestra de todas nuestras celdas.
Este es nuestro antídoto a la soledad institucional: un libro en vuestras manos.
¡Hemos dicho!
Y punto final.
***
Víctor Ilich nació en Santiago de Chile en 1978. Egresado del Instituto Nacional General José Miguel Carrera y de la Escuela de Derecho de la Universidad Finis Terrae, además de ejercer como abogado y juez de garantía en la Región de O’Higgins es autor de más de una docena de elogiadas obras literarias, entre ellas: El silencio de los jueces y La letra mata.


Imagen destacada: Víctor Ilich, Jorge Parragué y Constanza Acuña.


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