El reciente estreno de la plataforma MUBI en las salas locales corresponde a un filme complejo por su estructura dislocada, sus elementos fantásticos y la ambigüedad de sus temporalidades. Desprovista del ritmo y de la violencia desbordada de los trabajos anteriores dela realizadora francesa Julia Ducournau, su visionado probablemente dividirá a quienes esperan una continuación directa de «Titane».
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 7.6.2026
Julia Ducournau (1983) es, sin duda, una de las cineastas más interesantes del panorama contemporáneo. Sus dos primeras películas, Crudo (2016) y Titane (2021), renovaron el body horror y el relato de formación mediante historias grotescas sobre la sexualidad, el deseo y las transformaciones del cuerpo femenino.
En ellas, el canibalismo, la tecnofilia y la violencia funcionan como formas de explorar identidades que escapan de las categorías establecidas. Con Titane, Ducournau obtuvo la Palma de Oro y se convirtió en la segunda mujer en recibir este reconocimiento.
Su tercera película, Alpha, estrenada en el Festival de Cannes de 2025, se distancia parcialmente de la intensidad sexual y del exceso corporal de sus trabajos anteriores. Quienes esperen una experiencia semejante a Crudo o Titane podrían sentirse desconcertados ante una obra más contenida y melancólica.
El largometraje conserva, sin embargo, los principales intereses de su directora. Ducournau regresa al cuerpo como territorio de transformación y conflicto, aunque esta vez lo monstruoso no está asociado principalmente con la transgresión, sino con la enfermedad, el duelo y la necesidad de mirar al otro con empatía.
Alpha podría describirse como un drama familiar que emplea elementos del horror para abordar el trauma de una adolescente y el derrumbe de su entorno. La historia se sitúa en un mundo que recuerda el final de la década de 1980 y el comienzo de los años 90, cuando el miedo al VIH permeaba la vida social.
Ducournau evita nombrar directamente esta enfermedad y crea un virus ficticio que funciona como su reflejo. De este modo, recupera la memoria de aquella crisis sin limitar la película a una reconstrucción histórica.
La fobia al «otro» contaminado
La protagonista es Alpha, una adolescente que vive en Francia con su madre, una médica inmigrante. Después de hacerse un tatuaje en una fiesta, su brazo se inflama y comienzan las sospechas sobre un posible contagio.
El temor de la madre se reproduce rápidamente entre los compañeros de colegio de Alpha, quienes la rechazan y evitan cualquier contacto físico con ella.
Desde estas primeras escenas aparecen algunos de los temas centrales de la película, como la xenofobia, la homofobia, el miedo a la enfermedad y el rechazo de quienes son percibidos como diferentes.
Alpha tampoco responde al modelo de una protagonista heroica. Es una adolescente rebelde, irritable y, en ocasiones, cruel, que todavía no comprende del todo el mundo que la rodea. Su mirada está marcada por la confusión y por los prejuicios que circulan entre los adultos y sus compañeros.
La película adopta ese punto de vista incompleto. Tanto la enfermedad como la historia familiar aparecen de manera fragmentaria, como acontecimientos que Alpha intenta descifrar mientras aprende a reconocer el dolor ajeno.
El virus constituye el vínculo más evidente entre Alpha y el body horror de Ducournau. Las personas infectadas se solidifican lentamente hasta adquirir la apariencia de estatuas de piedra. Sus cuerpos parecen endurecerse, pero en realidad se vuelven cada vez más frágiles. La piel se llena de grietas y comienza a desprender un polvo rojizo, como si los enfermos se desintegraran antes de morir.
La transformación resulta inquietante, aunque la cámara no los convierte en criaturas amenazantes. Son precisamente estos cuerpos los que reciben la mirada más afectuosa y empática de la película. El verdadero horror no reside en ellos, sino en el miedo colectivo que provoca su existencia.
La memoria familiar como cuerpo enfermo
Esta idea se profundiza con la llegada de Amin, el hermano de la madre de Alpha. La joven apenas lo recuerda, aunque él estuvo presente durante sus primeros años de vida.
Amin atraviesa una grave adicción, vive con el virus y carga con un duelo que la película revela progresivamente. Su aparición obliga a la familia a enfrentarse con un pasado que nunca ha sido completamente elaborado. También introduce una narración dividida entre distintas temporalidades. Las escenas de la infancia de Alpha se entrelazan con el presente y muestran a su madre más joven mientras intenta proteger a su hermano y mantener unida a la familia.
La estructura fragmentaria no siempre permite distinguir con claridad qué escenas pertenecen al pasado, cuáles corresponden al presente y cuáles podrían formar parte de los recuerdos o fantasías de Alpha. Esta desorientación parece deliberada. La enfermedad altera el tiempo familiar e impide que el duelo se cierre por completo. El pasado regresa sobre el presente y las pérdidas antiguas se confunden con aquellas que todavía están por ocurrir.
Uno de los motivos simbólicos que reaparece a lo largo de la película es el viento rojo, asociado por la madre y la abuela de Alpha con la enfermedad y con una fuerza demoníaca. Este viento le entrega al filme una atmósfera onírica y apocalíptica.
También prolonga visualmente la transformación de los enfermos, cuyos cuerpos terminan desmoronándose en un polvo del mismo color. La imagen vincula la enfermedad con una catástrofe que parece afectar tanto al cuerpo como al mundo.
La condición migrante de la familia también adquiere importancia. Sus integrantes habitan Francia, pero conservan relatos, creencias y recuerdos de otro lugar. La promesa de una vida mejor aparece debilitada por la enfermedad, la discriminación y la imposibilidad de proteger a quienes aman.
Con todo, la madre de Alpha, pese a ser médica, no puede detener el deterioro de sus pacientes ni salvar a su propio hermano. Su impotencia muestra los límites de la ciencia frente a una enfermedad que no solo destruye los cuerpos, sino también las relaciones familiares y comunitarias.
Una elegía atemporal
La música contribuye a construir una temporalidad deliberadamente imprecisa. Aunque la ambientación remite al final de los años 80 y al comienzo de los 90, la banda sonora reúne canciones de distintas décadas, como «The Mercy Seat» de Nick Cave and The Bad Seeds, publicada en 1988, «Roads» de Portishead, de 1994, y «Let It Happen» de Tame Impala, de 2015.
Esta combinación refuerza la idea de que la historia no se limita a representar la crisis del VIH, sino que aborda formas de estigmatización que persisten a través del tiempo. El miedo al contagio, la homofobia y la xenofobia atraviesan distintas épocas. El anacronismo musical permite que ese pasado dialogue con experiencias más recientes.
Así, el título también permite una lectura vinculada con la masculinidad. Alpha es el nombre de la protagonista, pero la palabra remite además a una posición de dominio tradicionalmente asociada con lo masculino. Desde esta perspectiva, resulta significativo que los hombres más importantes en la formación de la joven ocupen lugares socialmente marginados.
Uno es su profesor, objeto de burlas homofóbicas por parte de los estudiantes. El otro es su tío, un hombre enfermo y con una adicción, que encarna el abandono sufrido por quienes fueron señalados como responsables de su propio padecimiento. Ambos se alejan del modelo de una masculinidad fuerte, dominante e invulnerable.
Alpha es una película compleja por su estructura dislocada, sus elementos fantásticos y la ambigüedad de sus temporalidades. No posee el ritmo ni la violencia desbordada de los trabajos anteriores de Ducournau, por lo que probablemente dividirá a quienes esperan una continuación directa de Crudo y Titane.
Es, quizás, su obra audiovisual más empática. En lugar de convertir la enfermedad en espectáculo, busca honrar a quienes murieron y recordar el miedo que los rodeó. Su horror no proviene de los cuerpos que se transforman, sino de una sociedad que los rechaza mientras se desmoronan. Frente a ese abandono, la película propone la ternura y la permanencia del amor después de la pérdida.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Alpha (2025).

![[Ensayo] En los laberintos de Davos: Velocidad y cenizas Hombre en traje y corbata roja habla en podio con logo del Foro Económico Mundial de fondo](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/01/davos-2.jpg)
![[Homenaje] "Alphaville": El antiguo cine futurista de Jean-Luc Godard Hombre con sombrero y mujer en blanco y negro, escena de cine clásico con atmósfera de film noir futurista](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2022/09/alphaville-scaled.jpg)


