[Crónica] «El conde» y Sebastián Venegas Novakovic llegan al Ciclo de Dramaturgia de Ñuñoa

Los jóvenes que asistan a la conversación entre la periodista Viviana Encina y el profesor de la UC, Guillermo Calderón —destinada a reflexionar sobre los procesos creativos—, ¿qué podrán aprender sobre los desafíos éticos y jurídicos del trabajo artístico, si las controversias públicas sobre derechos de autor que afectan al escritor invitado, son excluidas arbitrariamente de esa entrevista?

Por Antar Venegas Novakovic

Publicado el 23.7.2026

Hace unos días leí una publicación del medio Portal Metropolitano en la que se anuncia una nueva sesión del «Ciclo de Dramaturgia Contemporánea: Procesos y metodologías de escrituras teatrales y performativas», organizado por la Corporación Cultural de Ñuñoa y cuya curaduría estuvo a cargo del actor Juan Pablo Peragallo.

La actividad, que se realizará este sábado 25 de julio en el Café Literario de Ñuñoa, consistirá en una conversación entre el dramaturgo Guillermo Calderón Labra y la periodista Viviana Encina sobre escritura teatral y procesos creativos.

También, la invitación presenta a la película El conde (2023) como una de las obras que ha consolidado el prestigio internacional de este académico de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC).

Desde la sucesión Venegas Novakovic, encargada de resguardar el patrimonio autoral del pintor y escritor chileno Sebastián Venegas Novakovic (1971- 2017), sostenemos que El conde, filme distribuido internacionalmente por Netflix y dirigido por Pablo Larraín —quien escribió el guion junto a Guillermo Calderón—, incorpora elementos protegidos de la obra del autor osornino, el libreto teatral Ya no sueño contigo Augusto (2004).

Por esa razón, los padres y los hermanos de Sebastián, interpusimos una querella en julio de 2024 ante el Octavo Juzgado de Garantía de Santiago, un libelo acusatorio que dio origen a una investigación penal —actualmente en curso— en la Fiscalía Local de Ñuñoa – Providencia (Fiscalía Regional Metropolitana Oriente): el también llamado caso Vampiros Literarios.

Cabe recordar que el libreto teatral Ya no sueño contigo Augusto es una sátira de vampiros cuyo personaje principal es un Pinochet vampiro llamado Conde. La obra fue presentada al concurso organizado por la desaparecida Universidad ARCIS con motivo de la conmemoración en 2004 de los 30 años del golpe cívico-militar en Chile, certamen en el cual resultó ganadora.

Así, y como ya se ha hecho costumbre para nosotros, volvemos a comprobar que un medio de comunicación omite por completo informar que esa misma obra —El conde— es objeto de una controversia judicial por derechos de autor, en la cual el profesor de la UC, Guillermo Calderón Labra, declaró en calidad de imputado junto a Pablo y Juan de Dios Larraín Matte, dueños de la productora Fábula.

 

Alexei Vergara, decano de la Facultad de Artes UC

 

La espiral del silencio en la industria audiovisual chilena

La forma en que los organizadores de este Ciclo de Dramaturgia Contemporánea han presentado este evento cultural, así como la convocatoria difundida por los medios de comunicación al mencionar la obra El conde, omitiendo la controversia judicial en la cual se encuentran insertos dicho filme y sus autores, nos parece una oportunidad más para hacer preguntas como, por ejemplo:

¿Qué responsabilidad tienen los medios de comunicación social, los curadores, las instituciones culturales y las universidades financiadas por el Estado cuando continúan promoviendo una obra cuya autoría se halla controvertida?

El ecosistema cultural chileno —desde la prensa especializada hasta los propios actores del medio— carece de mecanismos eficaces para fiscalizarse a sí mismo. Su estructura aún es pequeña y depende, en gran medida, de un reducido número de instituciones que concentran las oportunidades de financiamiento, difusión y reconocimiento.

Con todo, en este pequeño mundo, donde las oportunidades suelen concentrarse en grupos de amigos y familiares, por lo demás bien conocidos por todos en el rubro, quienes aspiran a desarrollarse profesionalmente saben perfectamente cuáles son las instituciones —o las personas— que distribuyen los fondos para hacer realidad los proyectos culturales; quiénes programan los festivales; quiénes integran los jurados; y quiénes definen las líneas editoriales.

Esa concentración de poder termina creando un sistema de incentivos en el que guardar silencio frente a una injusticia —o incluso frente a un eventual delito— puede parecer menos costoso que denunciar malas prácticas, cuestionar decisiones o enfrentar la captura de los espacios de poder por parte de grupos endogámicos, por ejemplo, en el mundo audiovisual.

La espiral del silencio (1977), teoría formulada por Elisabeth Noelle-Neumann en el área de la comunicación política para explicar fenómenos observados en procesos eleccionarios en Alemania y posteriormente aplicada a diferentes ámbitos, describe un proceso social mediante el cual las personas dejan de expresar públicamente opiniones que perciben como minoritarias o socialmente riesgosas, por temor al aislamiento, al rechazo o a perder su posición dentro del grupo.

Trasladado al ámbito del audiovisual chileno, el fenómeno opera mediante mecanismos de presión profesional que se expresan a través de señales de desaprobación, indiferencia o falta de reconocimiento frente a determinados temas considerados sensibles para la industria. La percepción de esos costos favorece la autocensura y alimenta la espiral del silencio.

A nivel institucional, por ejemplo, la omisión de información que recuerde, en este caso, a controversias judiciales sobre derechos de autor, contribuyen a construir un clima en el cual este tipo de conflictos aparecen como inexistentes o indignos de ser expuestos y discutidos en el espacio público.

En este sentido, el profesor de la UC Guillermo Calderón (y las autoridades académicas que lo respaldan) ponen en práctica lo que denominaré una pedagogía del silencio o la transmisión, mediante la omisión, de que ciertos temas no deben plantearse públicamente.

Cuestión que, a nuestro juicio, también es practicada por Pablo y Juan de Dios Larraín, quienes actualmente participan en instancias de formación dirigidas a jóvenes que aspiran a incorporarse al mundo audiovisual, como las charlas que imparten en el GAM bajo la administración ejecutiva de Alejandra Martí Olbrich.

El mensaje que se transmite es bastante claro; determinadas cuestiones, aun cuando merezcan formar parte del debate público, no deben discutirse en ningún espacio informativo.

 

El periodismo cortesano (donde reportero y fuente son «amigos»)

El artículo de Isabel Chandía, titulado «Guillermo Calderón llega al Ciclo de Dramaturgia de Ñuñoa», escribe: «El Ciclo de Dramaturgia Contemporánea busca abrir un espacio de reflexión sobre la escritura teatral y los procesos de creación artística, convocando tanto a estudiantes de enseñanza media y educación superior como al público general interesado en el teatro y las artes escénicas».

Me pregunto: ¿es posible formar a futuros creadores audiovisuales omitiendo un debate que versa precisamente sobre la autoría de una obra?

Los jóvenes asistentes recibirán una biografía cuidadosamente seleccionada del académico UC, Guillermo Calderón Labra: premios, festivales, nominaciones y reconocimientos, incluyendo El conde, película distinguida con el premio al mejor guion en la edición 2023 del Festival Internacional de Cine de Venecia. Sin embargo, es lo más probable, no encontrarán información sobre la controversia pública que afecta precisamente a la obra utilizada para acreditar ese prestigio.

¿Puede un profesor, además, perteneciente a una de las universidades más prestigiosas del país (la PUC de Chile), impartir una clase sobre escritura dramática presentándose a través de una obra cuya autoría es objeto de una controversia judicial, sin siquiera reconocer públicamente la existencia de esa disputa de carácter penal?

Otra cuestión que nos preocupa como sucesión es el papel de la prensa al cubrir este tipo de actividades. Los jóvenes que asistan a la conversación entre la periodista especializada en espectáculos Viviana Encina y el profesor UC Guillermo Calderón, destinada precisamente a reflexionar sobre los procesos creativos, sin duda podrán aprender muchas cosas.

Pero, ¿qué podrán aprender sobre los desafíos éticos y jurídicos de la creación artística si las controversias públicas sobre derechos de autor que afectan al dramaturgo invitado son excluidas de esa conversación?

El periodismo especializado en cultura y espectáculos no está llamado a actuar como una plataforma de promoción de las personas entrevistadas o para resguardar su imagen pública. Su deber profesional consiste en contextualizar los hechos y abordar aquellos antecedentes que permitan a la audiencia comprender cabalmente la realidad.

Ya nos ha tocado ver esto en decenas de reels y entrevistas extensas, tanto en el extranjero como en Chile. Macarena Pizarro, en La Entrevista; Christian Ramírez Muñoz, en BTG Talks; y Coti González, en Cinescopia, entrevistaron a Pablo Larraín y omitieron un tema capital para cualquier conversación sobre procesos creativos: los derechos de autor y la existencia de una querella penal por una eventual infracción a esa legislación por parte del entrevistado.

Porque las omisiones también enseñan; instalan aquello que no se considera relevante, aquello que no merece atención ni tiempo. Dejan claro qué no es tema y qué debe quedar excluido del debate público. Señalan aquello que puede pasarse por alto y sobre lo que no hay que saber, difundir ni preguntar. Hablamos de los derechos de autor.

La selección de lo que se comunica —y de lo que deliberadamente se omite— no es una decisión exclusiva de los medios de comunicación. También forma parte del trabajo curatorial e institucional mediante el cual se presentan estas actividades al público.

 

«Ya no sueño contigo Augusto» (2004)

 

Cada nuevo silencio refuerza la apariencia de un consenso inexistente

En relación con la Corporación Cultural de Ñuñoa, ¿qué deber de prudencia tiene una institución cultural cuando decide legitimar públicamente una obra cuya autoría está siendo discutida ante los tribunales?

Las instituciones culturales claramente no fueron creadas para resolver controversias judiciales ni para sustituir el rol de los tribunales. Sin embargo, especialmente cuando reciben financiamiento público, tienen la responsabilidad de ponderar las implicancias administrativas y en torno a la probidad pública, de las actividades que organizan cuando estas involucran obras cuya autoría es objeto de un litigio judicial en curso.

Además, una corporación cultural cumple una función que trasciende la mera organización de eventos. Sus decisiones contribuyen a la formación de públicos, a la circulación de ideas y a la construcción de referentes culturales.

En ese contexto, el respeto por el derecho de autor y por el patrimonio intelectual constituye un valor plenamente coherente con la misión que estas instituciones declaran promover, especialmente cuando las actividades que organizan tienen por objeto reflexionar sobre la creación artística.

Con toda probabilidad, si un periodista que cubre a la industria audiovisual o escénica, pregunta directamente por una controversia de derechos de autor, en una entrevista a Pablo Larraín o Guillermo Calderón, esa acción le podría acarrear problemas.

En ese sentido, la percepción de un novel asistente a estas charlas de formación no sería muy diferente. Imaginemos a un estudiante de cine o a un director que recién comienza su carrera. Antes de levantar la mano y pronunciar la palabra «plagio» o «imputado» probablemente se pregunte si los oradores lo recordarán por eso.

A través de esta autocensura las personas sienten que expresar una determinada opinión puede acarrearles rechazo y deciden callar. Al hacerlo, esa interpelación pierde visibilidad en el espacio público. Otras personas, al no escucharla, concluyen que casi nadie comparte esa posición y también optan por guardar silencio.

Cada nuevo silencio refuerza la apariencia de un consenso y hace más probable que otros actúen del mismo modo. Así, un silencio se suma a otro, generando una espiral en el cual la opinión aparentemente mayoritaria adquiere cada vez más fuerza, mientras la discrepante se vuelve progresivamente invisible.

Para finalizar nuestro intento de alerta de autocensura para este sábado 25 de julio, la socióloga y politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann parafrasea una observación presentada por Mihaly Csíkszentmihályi durante un simposio sobre opinión pública celebrado en enero de 1992 en la Universidad de Mainz, en una ponencia titulada Public Opinion and the Psychology of Solitude.

Al comentar ese trabajo, Noelle-Neumann nos recuerda una de las principales motivaciones de estos silencios: «casi todo el mundo se siente desgraciado cuando está solo».

Quizá por eso, en un ámbito tan estrecho y familiar como el mundo cultural nacional, formado por vínculos familiares y redes de colaboración anquilosadas, el silencio no siempre nace de la indiferencia o del desconocimiento. Con frecuencia es también el resultado del temor a frenar el desarrollo profesional y a la pérdida de oportunidades de trabajo.

Dedicado a todos los que quieren hablar.

 

 

 

 

 

 

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Antar Venegas Novakovic (1972) es un diseñador y agricultor chileno.

 

El Ciclo de Dramaturgia Chilena Contemporánea es organizado por la Corporación Cultural de Ñuñoa

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Antar Venegas Novakovic

 

 

Imagen destacada: Guillermo Calderón y Sebastián Venegas .

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