Me atrevería a caracterizar a la creación narrativa excepcional como aquella que nos depara una revelación, un taciturno deslumbramiento, un profundo hallazgo de la naturaleza humana. De esa manera ocurre en el cuento del escritor estadounidense Herman Melville, que titula a este artículo.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 30.8.2026
¿Qué es la gran literatura? Ante esta pregunta nos vienen a la mente los nombres de Homero, Sófocles, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Tolstói y tantos otros.
Así, suele emplearse esta denominación para diferenciarla de esa literatura distinta basada en el estilo, el ingenio, la experimentación con el lenguaje, la creatividad, la crítica y la sorpresa a la que podemos ver levantarse en Góngora, los simbolistas franceses, el modernismo, el surrealismo, las vanguardias, el absurdo, Joyce, y la narrativa abstracta llena de juego y artificio que desemboca en el posmodernismo.
Sin llevar tan lejos esta división, me atrevería a caracterizar la gran literatura como aquella que nos depara una revelación, más allá, un taciturno deslumbramiento, un profundo hallazgo de la naturaleza humana. Mientras que la otra nos produce, asombro, admiración, goce estético sofisticado y una cierta tendencia al manierismo, la repetición, a veces la saturación y el cansancio. Aunque hay excepciones que ponen en tela de juicio esta simplificación. Por citar solo un ejemplo, piénsese en Trilce, de César Vallejo.
No es preciso recurrir a los genios mentados arriba para ilustrar la primera de ellas. Podríamos fijarnos en el libro de Herman Melville (1819 – 1891), «Las encantadas», aparecido en el volumen de cuentos The Piazza Tales (1856).
Consiste en un total de diez notas redactadas en forma de relatos acerca de cada una (a razón de narración por isla) de la decena de tierras que componen el Archipiélago de las Galápagos, llamadas Las Encantadas por los marineros de procedencia anglosajona en el siglo XIX. Entonces promontorios y peñascos que servían de refugio a balleneros y piratas.
La octava nota presenta el título de La Isla de Norfolk y la viuda chola, y refiere la aventura de Hunilla, su marido Felipe y su hermano Truxill, tres peruanos que arriban a la citada isla para trabajar reuniendo aceite de tortuga con el propósito de venderlo luego en el continente. Son transportados hasta allí por un barco francés que se compromete a volver a recogerlos a su regreso al cabo de un tiempo.
Con toda crudeza la fragilidad de la existencia humana
La tragedia empieza pronto en forma de naufragio letal. La barca en la que Felipe y Truxill se dirigían a pescar resulta destrozada por un arrecife dentado contra el que es arrojada por una corriente traicionera. La mujer contempla impotente la escena desde la playa. Secuencia que se desarrolla como una imagen de cine mudo, en silencio y con gran rapidez. El cadáver de su marido queda tendido en la arena, mientras que el de su hermano desaparece entre las olas.
En efecto, la situación de ella marca su tragedia, definida entre un duelo doble, brusco y categórico, y la esperanza por el regreso del navío galo que la pueda sacar de la inhóspita isla. Hay una observación reflexiva sobre la mala muerte, la que astilla unas vidas de forma rápida, silenciosa y certera como a veces se presenta una enfermedad fatal.
Con todo, es como si, de repente, «se hubiera destapado la tapa de la vida», al decir de Dashiell Hammet en su novela El halcón maltés. Y se hubiera mostrado con toda crudeza la fragilidad de la existencia humana. Una ventana dimensional característica de la gran literatura.
La ausencia funeraria del amado (ya que el otro cuerpo no pudo recuperarse) queda expresada por unos versos de Melville que la viuda chola medita ante la tosca y primaria tumba hecha con sus propias manos, tan elemental que el palo crucero de la cruz comienza a inclinarse:
que por ti las lágrimas caigan como es debido;
amado hasta que la vida no pueda embelesar más
y llorado hasta que la misma Piedad se muera.
Otra observación de gran hondura que el texto refiere de pasada y sin darle importancia es la que habla del «tímido orgullo» de la protagonista. En efecto, supone una gran penetración psicológica asociar ambos sentimientos. La timidez es un valladar que protege al orgullo de que su vulnerabilidad sea lesionada. Y, asimismo, el orgullo defiende a la timidez de una exposición arriesgada y confiada. Dos caras de la misma sensibilidad, muchas veces confundida con el ruin narcisismo.
La mujer queda en la isla durante años rodeada por una soledad casi universal, solo acompañada por unos perros cuzcos que se han ido reproduciendo de una pareja de canes originales traídos de Perú. La esperanza de ver las velas del buque francés se va debilitando hasta que un día recala en la costa del columbrete un ballenero, que la descubre y se apresta al rescate.
Durante la operación de embarque, surge el problema de la escasez de vituallas para todos por lo que los perrillos han de permanecer en tierra. En un pasaje prodigioso, Melville pinta la escena de la desesperación de los animales corriendo a lo largo de la playa al intuir que van a ser abandonados en la ínsula sin su dueña.
El lector siente que el pensamiento intuitivo, tenido por humano, es realmente animal, zoológico, biológico. Y que lo más terrible para un organismo vivo es la soledad por abandono. Y todavía peor, que hay circunstancias en la vida en las que es necesario abandonar unos seres queridos. Así, de esta manera, al contar las condiciones dramáticas de unos perros, queda retratada con hondura, la condición animal del hombre y su posición en la existencia.
No es necesario recurrir a las obras reconocidas mundialmente para entender que la clave para llegar al núcleo de la gran literatura es el concepto original de la filosofía, la palabra griega alétheia, revelación, descubrimiento de la verdad. Llamada por otra voz helena de igual significado, apokálypsis, también en otros contextos.
La verdad que nos enseña nuestra esencia e identidad. La verdad, algo en lo que nuestra cultura actual ha desesperado de creer, si es que en realidad no ha preferido dejar de hacerlo.
***
Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.


Imagen destacada: Herman Melville.


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