[Crítica] «La guerra de los últimos»: Con sobrevivir no basta

El filme de Ridley Scott transita por caminos conocidos, y varios personajes apenas alcanzan a desarrollarse. Jacob Elordi no sostiene el peso emocional que exige su protagonista. Mientras que Josh Brolin encuentra humanidad y humor en medio del desastre y termina por convertirse en el verdadero corazón dramático del filme.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 28.8.2026

En La guerra de los últimos, casi todo parece haber terminado. Una pandemia acabó con buena parte de la población y quienes permanecen con vida se llaman a sí mismos «cucarachas». Hig vive junto a Bangley en un antiguo aeropuerto, acompañado por su perro Jasper y los recuerdos de una vida que desapareció.

Juntos sobrevuelan los alrededores, vigilan su territorio y eliminan cualquier amenaza que se acerque. Scott deja en segundo plano las causas de la catástrofe y concentra su atención en las razones que podrían quedar para seguir viviendo después de perderlo todo.

La pregunta tiene bastante más interés que la respuesta que ofrece la película. La guerra de los últimos se mueve por un territorio demasiado conocido. La pandemia, los pequeños grupos de supervivientes, la naturaleza recuperando espacios abandonados, la violencia entre quienes quedan y la búsqueda de una nueva comunidad pertenecen ya a un imaginario posapocalíptico ampliamente recorrido. Incluso la música remite por momentos a la melancolía de The Last of Us. Dentro de esos códigos familiares, Scott necesitaba encontrar una historia o unos personajes capaces de darle una identidad propia.

Hig debía cumplir esa función. Ha perdido a Melissa y vive instalado en una desesperanza que por momentos se acerca al deseo de morir. Sale a volar, pesca, recuerda y sobrevive, aunque parece haber perdido cualquier motivo para hacerlo.

Jacob Elordi, sin embargo, entrega una interpretación demasiado plana para un personaje cuya mayor carga dramática depende precisamente de aquello que calla. Conocemos el dolor de Hig porque la historia nos entrega sus causas, pero pocas veces llegamos a experimentarlo realmente.

Es significativo que Jasper consiga transmitir más que él. La relación entre Hig y su perro es sencilla, pero tiene una materialidad que otros vínculos de la película no alcanzan: los vemos juntos, entendemos la compañía que representa y comprendemos el lugar que ocupa dentro de esa existencia solitaria. Por eso su muerte sí duele. Allí la pérdida deja de ser información sobre el pasado y ocurre frente a nosotros.

Algo parecido sucede, aunque desde un lugar completamente distinto, con Bangley. Josh Brolin se apodera del filme cada vez que aparece. Violento, desconfiado, divertido y extraordinariamente adaptado al desastre, aporta humor, tensión y acción a una historia que pierde fuerza cuando se aleja de él. Hay algo deliberadamente excesivo en verlo enfrentarse prácticamente solo a una multitud de atacantes y acabar con ellos, pero esa desmesura funciona porque corresponde al personaje que la película ha construido.

La diferencia entre ambos supervivientes es también la parte más interesante de La guerra de los últimos. Bangley ha perdido como todos los demás. El fin del mundo no lo dejó indemne, pero encontró una manera de habitar aquello que quedó. Hace bromas, protege su territorio, disfruta de sus pequeñas rutinas y parece genuinamente interesado en continuar vivo.

Pero Hig permanece atrapado en aquello que desapareció.

 

Encontrar algo de vida dentro de lo que queda

Todos los supervivientes arrastran las consecuencias de la catástrofe y cada uno encuentra —o fracasa en encontrar— una forma de convivir con ellas. La película no necesita establecer quién ha sufrido más para mostrar respuestas distintas ante una misma catástrofe.

La forma de sobrevivir de Bangley adquiere una consistencia que la desesperanza de Hig nunca alcanza. Brolin construye a su personaje mediante acciones, gestos, humor y contradicciones; Elordi depende de silencios y de miradas que pocas veces alcanzan la profundidad que la historia necesita.

Cuando Hig abandona finalmente su territorio y encuentra a Cima, la película tampoco logra escapar de lo previsible. Su aparición anuncia demasiado pronto la posibilidad de un nuevo vínculo afectivo. El encuentro debería abrir una etapa distinta para Hig, una salida de su aislamiento y quizás una razón para volver a vivir, pero tanto el personaje como la relación reciben poco desarrollo.

Aquello es uno de los problemas generales de la película: abre posibilidades constantemente sin detenerse demasiado en ninguna. El pasado, los supervivientes, las comunidades que permanecen, el dolor de Hig y las nuevas relaciones aparecen apenas esbozados. La falta de explicaciones podría haber sido sugerente si detrás existiera una mayor densidad en los personajes; pero que aquí termina produciendo cierta sensación de vacío.

Donde Scott sí encuentra una identidad propia es en las imágenes. Los paisajes son probablemente lo más hermoso de La guerra de los últimos. Los vuelos sobre montañas, bosques y extensiones prácticamente deshabitadas encuentran una belleza extraña en un mundo del que casi han desaparecido los seres humanos.

La fotografía aprovecha esa contradicción: la civilización ha sufrido una catástrofe, pero el planeta continúa siendo extraordinariamente bello. Por momentos son esos espacios los que expresan la soledad y la melancolía que el protagonista apenas logra comunicar.

El tramo final encuentra, curiosamente, algo de la vitalidad que faltaba. Que entre los supervivientes aparezca una comunidad menonita introduce incluso cierta ironía: después del derrumbe de la civilización moderna, quienes parecen haber encontrado una manera razonablemente estable de continuar son aquellos cuyo modo de vida ya se mantenía parcialmente apartada de la sociedad. Nuevamente es Bangley quien aprovecha mejor la situación.

Su reaparición es probablemente uno de los mejores momentos de la película. Todo conduce a pensar que ha muerto y, cuando finalmente lo encuentran, está en calzoncillos preparando café. Poco después habla de irse a vivir con «los mormones» y termina incorporándose a la fiesta.

El hombre que parecía diseñado únicamente para disparar contra cualquiera que atravesara su perímetro demuestra una inesperada facilidad para entrar nuevamente en comunidad. Allí aparece, casi de manera accidental, un filme más interesante que el cual Ridley Scott termina desarrollando.

Después del fin del mundo queda todavía una segunda tarea: encontrar para qué seguir vivo. Hig necesita atravesar buena parte de la historia para aproximarse a una respuesta. Bangley parece haberla entendido desde mucho antes: preparar café, contar una talla, proteger a otro, asistir a una fiesta. Encontrar algo de vida dentro de lo que queda.

La guerra de los últimos es una película correcta y visualmente hermosa que deja la impresión de haber tenido material para bastante más. Su historia transita por caminos conocidos, y varios personajes apenas alcanzan a desarrollarse y Elordi no sostiene el peso emocional que exige su protagonista. Brolin, en cambio, encuentra humanidad y humor en medio del desastre y termina convirtiéndose en el verdadero corazón del filme.

Quizás por eso, después de tantos paisajes desiertos, recuerdos dolorosos y preguntas sobre la supervivencia, una de las imágenes que permanece es mucho más sencilla: Bangley metiéndose en una fiesta. El mundo se acabó. Él todavía encuentra razones para pasarlo bien.

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: La guerra de los últimos (2026).

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