[Crítica] «Engendro»: La maternidad de lo monstruoso

El filme de la realizadora europea Hanna Bergholm —presente en las salas locales y el cual se encuentra protagonizado por la actriz Seidi Haarla— puede llegar a imágenes grotescas y acercarse al «body horror», aunque su interés está mucho más en la relación entre madre e hijo que en provocar miedo por sí mismo.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 19.8.2026

Nightborn es la segunda película de la directora finlandesa Hanna Bergholm (1980), conocida por su ópera prima, Hatching (2022). Ambas comparten un interés evidente por lo monstruoso.

Si en Hatching ese interés estaba ligado al coming of age de una niña y a la aparición de una criatura que funcionaba como su doble, aquí Bergholm desplaza la mirada hacia la maternidad, la depresión posparto y el vínculo entre lo femenino, la naturaleza y el monstruo.

Durante sus primeros minutos, un montaje presenta la nueva vida de Saga y Jon, una pareja que se instala en una antigua casa rodeada por el bosque finlandés con la intención de formar una familia. Saga queda embarazada y, después de un parto difícil, comienza a sospechar que algo extraño ocurre con su hijo.

El bebé nunca parece completamente humano. Tiene comportamientos agresivos, ciertos rasgos animales y, al nacer, ni siquiera llora. Lo curioso es que nadie parece horrorizarse demasiado. Dentro de la familia incluso sobreviven antiguas creencias y rituales destinados a evitar que el niño se convierta en un trol.

Así, en ese punto resulta difícil no pensar en Border (2018), de Ali Abbasi, otra película nórdica que utiliza la figura del trol para hablar de un cuerpo que no cabe fácilmente dentro del mundo humano. En Nightborn, la diferencia está en que la monstruosidad no permanece únicamente en el hijo. A medida que Saga establece una conexión más profunda con él, ella misma comienza a cambiar. Aquello que en un principio observa con miedo y rechazo termina pareciéndose cada vez más a una parte de sí misma.

La maternidad que muestra Bergholm tampoco está demasiado lejos de la que Lynne Ramsay exploraba recientemente en Die My Love (2025). Saga se encuentra aislada en una casa, lejos de sus antiguas compañeras de trabajo y cada vez más distanciada de su marido. La vida que tenía antes parece continuar en otra parte mientras ella permanece junto a un hijo al que inicialmente ni siquiera sabe cómo amar.

Nightborn encuentra en el mito del trol una manera bastante literal de representar ese extrañamiento: Saga mira al bebé y no reconoce en él aquello que se supone que una madre debería reconocer inmediatamente como propio.

Hay algo especialmente efectivo en la manera en que la película administra la presencia de ese niño. Durante buena parte del metraje apenas lo vemos. Bergholm lo mantiene de espaldas o parcialmente escondido y deja que ciertos detalles de su cuerpo sugieran que estamos ante algo que no es del todo humano. Su rostro permanece fuera de campo durante tanto tiempo que uno empieza a esperarlo como esperaría la aparición de cualquier criatura en una película de horror.

Al mismo tiempo, ocurre algo casi contrario con el sonido. Al bebé lo vemos poco y lo escuchamos constantemente. Sus gritos invaden la casa y en algunos momentos continúan incluso cuando Saga se encuentra lejos de él. El filme deja de aclarar por completo si ese sonido pertenece al espacio que estamos viendo o a la percepción de la protagonista.

El niño puede no estar allí y Saga parece seguir escuchándolo. Durante esos momentos, el agotamiento de la maternidad deja de ser algo que la película necesita explicar mediante diálogos. Bergholm consigue que el espectador permanezca durante algunos instantes atrapado en la misma experiencia sonora.

 

Una ternura inesperada

Ese recurso vuelve todavía más interesante la decisión de esconder el rostro del bebé. Su cuerpo está ausente o fragmentado visualmente, mientras su presencia invade todos los demás espacios. Cuando finalmente podemos verlo con claridad, la escena tiene un efecto emocional que se habría perdido si la película hubiese mostrado demasiado desde el comienzo.

Para entonces también ha cambiado nuestra manera de observarlo. Hemos pasado buena parte de Nightborn esperando descubrir al monstruo y, cuando por fin lo vemos, la pregunta ya no es exactamente qué clase de criatura es.

Seidi Haarla resulta fundamental para que ese cambio funcione, pues su interpretación hace visible el agotamiento de Saga y la creciente sensación de estar separada de todos quienes la rodean. Hay momentos en que parece asustada por su propio hijo y otros en que la verdadera amenaza proviene de las personas que insisten en corregir aquello que consideran anormal. La película puede llegar a imágenes grotescas y acercarse al body horror, aunque su interés está mucho más en la relación entre madre e hijo que en provocar miedo por sí mismo.

Es allí donde también se encuentra lo más atractivo de Nightborn. Bergholm comienza presentándonos una criatura que parece equivocada y dedica el resto del filme a preguntarse quién decidió que lo era. La transformación de Saga acompaña ese recorrido. Primero teme aquello que ha dado a luz. Después empieza a reconocerse en ello. La aceptación llega de una manera extraña, física y quizá demasiado metafórica hacia el final, aunque el largometraje nunca cae en una visión enteramente pesimista de la maternidad.

De hecho, hay una ternura inesperada en su desenlace. Nightborn podría haber convertido a su bebé monstruoso en la materialización de una maternidad fallida. Bergholm prefiere preguntarse qué ocurre cuando una madre deja de intentar que su hijo se parezca a aquello que los demás esperaban de él. El monstruo sigue siendo un monstruo. Lo que finalmente cambia es la mirada que se posa sobre él.

 

 

 

 

 

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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

 

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