[Crítica] «La muerte de Robin Hood»: Una oportunidad digna para desaparecer

El filme del realizador estadounidense Michael Sarnoski imagina la vida del mítico héroe popular inglés, a través del símbolo de un hombre que descubre que su leyenda había sido, en buena medida, una historia que él mismo ayudó a construir.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 18.8.2026

Robin Hood ha sobrevivido a su propia leyenda. Vive solo, apartado del mundo y con el cuerpo marcado por una violencia que ya no tiene nada de aventura. Hay quienes todavía lo recuerdan como un héroe y otros que conservan motivos bastante más concretos para buscarlo y matarlo.

Hugh Jackman compone convincentemente a ese hombre agotado, envejecido y casi sin propósito, mientras las consecuencias de su pasado continúan encontrándolo. La violencia ha dejado cuerpos, familias destruidas y personas que todavía buscan venganza. Robin parece cansado de cargar con todo aquello y espera apenas una oportunidad suficientemente digna para morir.

Michael Sarnoski encuentra allí una de las ideas más atractivas de La muerte de Robin Hood: Robin sabe que buena parte de Robin Hood fue sólo una narración. Él mismo reconoce haber alimentado las historias sobre sus hazañas para engrandecer su figura. Entre el héroe y el hombre se interpone el relato que durante años fue construida la leyenda.

La cuestión recuerda inevitablemente la noción de identidad narrativa de Paul Ricoeur. Una vida adquiere sentido también a través de la manera en que sus acontecimientos son configurados mediante el relato. Robin convirtió sus actos en historias, las exageró y participó en la construcción del personaje mediante el cual terminaría siendo reconocido. Descubrir el carácter narrativo de esa identidad, sin embargo, no parece suficiente para escapar de ella.

El propio título prolonga esa tensión. La muerte de Robin Hood retoma la balada inglesa Robin Hood’s Death, donde la muerte del forajido ya forma parte de una tradición transmitida mediante el relato. Sarnoski trabaja así con un personaje cuya muerte, al igual que su vida, llega a la película precedida por las historias que otros han contado sobre él.

Sarnoski acompaña esta desmitificación con una violencia deliberadamente desagradable. Los primeros tramos son rápidos, sangrientos y por momentos excesivos. La insistencia en cuerpos mutilados y heridas puede resultar innecesaria, aunque cumple una función: despoja a las aventuras de Robin Hood de buena parte de su atractivo heroico.

Especialmente cuando esa violencia es presenciada por Little Margaret (Faith Delaney), la hija de Little John, las antiguas hazañas adquieren otra dimensión. Lo que alguna vez pudo convertirse en leyenda aparece ahora desde la experiencia de quien deberá cargar con sus consecuencias.

 

Aquello que permanece fuera de campo

Después la película cambia. Robin llega gravemente herido a una isla y el ritmo comienza a desacelerarse hasta volverse contemplativo. Los combates dejan espacio a conversaciones, silencios y tareas cotidianas. La fotografía acompaña bien ese tránsito: los paisajes, la luz natural y la amplitud de los espacios le entregan a la isla una calma que contrasta con la violencia de los primeros tramos. Sarnoski encuentra allí algunas de las imágenes más logradas de la película.

Esa belleza visual, sin embargo, no siempre basta para sostener la lentitud que el filme adopta. Sarnoski confía demasiado en que el espectador complete aquello que apenas sugiere. El pasado que atormenta a Robin se enuncia mucho más de lo que irrumpe en el presente. Algunos recuerdos, imágenes fragmentarias o momentos capaces de hacer sensible ese pasado habrían dado mayor espesor a unos silencios que por momentos terminan simplemente alargando el relato.

La película exige así una participación activa para imaginar aquello que permanece fuera de campo: años de violencia, pérdidas, culpas y recuerdos apenas mencionados. Cuando ese ejercicio funciona, la introspección adquiere espesor y la fotografía contribuye a esa pausa; cuando falla, quedan largos pasajes sostenidos por una gravedad que el largometraje no siempre consigue justificar.

Es justamente en la isla donde aparece la posibilidad más interesante de la película. Robin comienza a ser útil. Ayuda, trabaja y establece nuevos vínculos. Little Margaret encuentra en él algo parecido a la figura paterna que acaba de perder.

Brigid (Jodie Comer), la priora que lo ha cuidado, desarrolla también una intimidad con ese desconocido, incluso un deseo que la trama explicita. Por un momento, Robin parece tener delante una existencia posible fuera de Robin Hood. Entonces conoce la verdad.

El único hombre de la isla que sabe quién es, le revela que Brigid perdió a su marido y a sus hijos por culpa de Robin. Antes de morir le pide que guarde silencio, permanezca allí y cuide el lugar.

Le está ofreciendo una vida posible en la que Robin puede cargar con lo que hizo y dedicar los años que le quedan al cuidado de otros. Pero decide contarle la verdad a Brigid.

Sarnoski filma la confesión como un gesto noble, pero la escena admite una lectura bastante menos generosa. Brigid ya había conseguido construir una vida a partir del dolor provocado por la muerte de su familia y dedicarla a ayudar a otros.

La revelación de Robin la obliga a reinterpretar incluso la intimidad que acaba de establecer con él: el hombre al que cuidó y por quien comenzó a sentir deseo resulta ser también quien destruyó a su familia.

Robin lleva la confesión todavía más lejos y finalmente la insta a dejarlo morir desangrado.

 

Un final capaz de otorgar sentido

La diferencia entre ambos personajes resulta entonces reveladora. Brigid había conseguido vivir después de la tragedia sin permitir que la venganza organizara su existencia; asumió que el daño recibido no podía deshacerse y encontró en el cuidado una manera de seguir viviendo. Robin recibe una oportunidad semejante y la rechaza.

Su sacrificio adquiere así una ambigüedad que la película apenas explora: la muerte transforma su culpa en expiación y le entrega un cierre a su historia, mientras que seguir viviendo le imponía un camino más largo, cotidiano y mucho menos apto para convertirse en un final.

Hay incluso algo egoísta en la elección. Para reconciliarse con su pasado, Robin involucra nuevamente a quienes tendrán que continuar viviendo después de él. Brigid debe cargar con la verdad y ejecutar su muerte. Little Margaret pierde a la nueva figura de protección que había encontrado. Robin, en cambio, obtiene aquello que deseaba: un final capaz de otorgar sentido a su historia.

Ahí reside la contradicción más sugerente de La muerte de Robin Hood. Robin reconoce que su leyenda fue construida mediante narraciones, pero cuando tiene la posibilidad efectiva de vivir fuera de ellas vuelve a reclamar su nombre.

Había comenzado a construir una existencia anónima en la isla y finalmente decide morir siendo Robin Hood. Después de pasar buena parte de la película desmontando la leyenda, Sarnoski termina concediéndole a su protagonista una última escena digna de ella.

Hugh Jackman hace creíble ese recorrido a través del cansancio, la culpa y la fragilidad de un cuerpo que alguna vez encarnó al héroe. También destaca Faith Delaney como Little Margaret, capaz de transmitir las consecuencias de una violencia con la que otros deberán seguir viviendo.

Son dos actuaciones sólidas dentro de un filme cuyas ideas resultan más interesantes que su desarrollo: el pasado permanece demasiado tiempo contado en vez de experimentado, los silencios descansan excesivamente en la participación del espectador y la desmitificación pierde fuerza justo cuando podría haber alcanzado su consecuencia más incómoda.

La película encuentra finalmente una muerte para Robin Hood. Queda abierta una posibilidad quizás más interesante: imaginar la vida de ese hombre después de descubrir que la leyenda había sido, en buena medida, una historia que él mismo ayudó a construir.

 

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: La muerte de Robin Hood (2026).

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