El Metro de Santiago es, antes que nada, una máquina de velocidad: su promesa es mover masas (en loteo) en el menor tiempo y al más bajo costo posible. En esa lógica la integridad física es carga, y fuerza de trabajo que debe llegar puntual y regresar a tiempo para reponerse.
Por Mauro Salazar Jaque
Publicado el 29.9.2026
El Metro de Santiago no es solo el armatoste de la modernización pinochetista, sino una ciudad subterránea, empapada de acueductos y zanjas, que promete lo que la superficie ya no cumple en tiempos de «emergencia», llegar a tiempo.
Cada mañana miles de cuerpos apiñados descienden por las escaleras con la docilidad de quien conoce el trayecto y asume el gasto improductivo. En ese descenso se renueva una norma que nadie firmó y todos cumplen: no mirar, no tocar, no detenerse.
Una convivencia de superficies donde se comparte el vagón pero no el mundo. Donde el sufrimiento tiene permitido ocurrir solo en otra parte, en la pieza, en el privado, en la cuenta que no cuadra. En la fisura de esa norma, cuando un cuerpo la quiebra, podemos pensar de la ciudad que lo rodea, con la cautela de no pedirle al dolor más de lo que puede decir.
Esa norma tuvo una época. Bajo los elencos transicionales (Concertación) hubo una tregua de temporalidad: un armisticio administrado desde arriba entre quienes se repartían la voz pública, que bajó hasta los cuerpos convertidos en costumbre; se aceptaba el empujón a cambio de la promesa de llegar, la deuda a cambio de los ascensos, la impunidad a cambio de que la ciudad siguiera andando.
Fue una tregua fatigada, y como toda tregua descansaba en un plazo, en la expectativa de que lo pospuesto sería saldado. Hoy el plazo venció y el Metro rompe el pacto de convivencia; ya no hay un marco de acuerdo entre los cuerpos, ni siquiera esa ficción mitológica que permitía viajar juntos sin mirarse.
Hay una gramática no escrita del tránsito: se viaja con la mirada baja o fija en una pantalla, con el rostro administrado para no ofrecer nada; conviene llamarla «pacto» solo con reservas, porque un pacto supone sujetos que acuerdan y aquí nadie acordó nada, lo que hubo fue una tregua sedimentada en hábito, una conducta sin autor que se transmite por imitación y por miedo a desentonar.
No era indiferencia espontánea sino una técnica de supervivencia en un espacio donde la proximidad física es máxima y el reconocimiento mínimo; se roza sin saludar, se rodea sin ver, y el hábito exige que el otro sea un bulto manejable y que el propio dolor se lleve doblado, como un abrigo que no estorba.
La respuesta institucional completa el cuadro con una coincidencia perturbadora sobre emergencias: el comunicado de muerte («aviso de emergencia») habla de «incidentes en la línea», de «contingencias», de «retrasos», y la lengua administrativa vuelve a coser el hábito antes de que la herida termine de abrirse, con una eficacia casi estética, sin una palabra de más y sin un cuerpo en el enunciado.
El cuerpo desaparece dos veces, primero de la vía y luego del relato, y lo que queda es una avería que se resuelve y un servicio que se restablece; no es frialdad personal de quien redacta sino una lógica que solo nombra lo que puede medir, y que mide en frecuencias, tiempos de espera y pasajeros por hora, de modo que lo que no cabe en esa unidad, el duelo, la pausa, la pregunta, se declara fuera de servicio.
Una quema continua de horas
El Metro es, antes que nada, una máquina de velocidad; su promesa es mover masas (en loteo) en el menor tiempo -en el menor costo. En esa lógica el cuerpo es carga, fuerza de trabajo que debe llegar puntual y regresar a tiempo para reponerse.
La velocidad aquí no es solo rapidez, es intensificación de la circulación, porque el capital ha naturalizado hasta volverla clima del túnel, algo que ya nadie percibe como decisión. Una movilidad que no tolera la síncopa, ese contratiempo que corta el ritmo y lo deja respirar, porque cada pausa quiebra su eficiencia.
Así, la circulación de tuberías es frenética, aunque se disfraza de utilidad. El Metro mueve cuerpos sin pausas, pero ese movimiento no produce nada en sí mismo: transporta energía de un punto a otro para que siga rindiendo, y en el camino la consume, es un dispendio que no se reconoce como tal, una quema continua de horas, calor humano y paciencia que la contabilidad registra como eficiencia.
De ahí la violencia hecha paisaje: el hacinamiento de hora punta, el empujón, la espalda ajena contra el pecho, el aire compartido sin intimidad, un choque cotidiano de cuerpos que no se registra como agresión porque está inscrito en el diseño; quien viaja así dos o tres horas al día termina por creer que su cuerpo estorba a otros cuerpos, y en esa economía del tiempo detenerse es una falta, de modo que el sufrimiento que interrumpe el flujo recibe trato de avería.
Dicho de otro modo, el Metro es el lugar donde el neoliberalismo se hizo cuerpo el año 2019: el suicidio en el metro es la revuelta que perdió su horizonte y se replegó sobre el cuerpo; el fuego apuntaba hacia afuera, la caída apunta hacia adentro, misma causa, pero en una dirección invertida.
La ciudad, así leída, es la actividad incesante del capital: no opera solamente como extracción, sino que la vida social, en su inutilidad, queda reducida a la forma urbana del «trabajo minero», una especie de dorso por donde corren las vidas ostentosas de otros.
Aquí abundan mineros sin cascos ni salario de riesgo, que descienden a una galería para entregar su tiempo y sale a la misma hora, con el cuerpo gastado por un turno que no figura como turno; lo que se arranca no es mineral sino fuerza, paciencia, horas de sueño, y arriba, a plena luz, otros exhiben lo que esa veta produce sin preguntar por el socavón que la sostiene. Como en toda mina, el derrumbe es una posibilidad calculada y su costo se reparte hacia abajo, entre quienes menos tienen con qué absorberlo.
Conviene precisar el alcance de la frase: no atribuye propósito a nadie, ni convierte a cada persona en portavoz de una causa; habla de la dirección que toma el malestar colectivo cuando no encuentra cauce, y de cómo termina volviéndose contra quien lo carga.
Bajo el neoliberalismo el cuerpo deja de ser sujeto de derechos y pasa a ser un activo que cada cual debe administrar; se espera que lo mantenga productivo, lo endeude con prudencia y lo cuide por su cuenta, de modo que la salud, el descanso y el afecto se vuelven gastos personales y el fracaso una falta individual; la mercancía ya no es solo lo que se compra, es también quien se vende cada día para poder seguir comprando.
El que rinde es «capital humano», el que se detiene, enferma, no consigue empleo o no puede pagar pasa a ser costo; la deuda es el mecanismo más fino de esa traslación, porque convierte el futuro en propiedad ajena y obliga a vivir hipotecado, con el cuerpo como garantía, y cuando el cuerpo deja de ser garantía suficiente aparece el vacío, o al menos así lo cuenta el relato que acabamos de armar, y es ahí donde el relato debe someterse a examen.
Porque ese relato es demasiado pulcro; un orden que lo explica todo, aceleración, deuda, mercancía, empujón constante, y que conduce sin escalas hasta el andén, tiene la elegancia de las totalidades y el defecto de las totalidades (sin temporalidades ni despistes): no deja ver las junturas; las formas actuales de dominación son más reticulares, más difusas y menos centradas de lo que supone un sujeto llamado neoliberalismo que empuja desde todas partes.
Quizás convenga reemplazarlo por una trama de dispositivos concretos, la tarifa, el horario, la cuota, la lista de espera, el contrato, el algoritmo que asigna turnos, cada uno con su lógica y sus grietas; y esa mirada devuelve una pregunta incómoda, dónde están, en el cuadro, los espacios de composición colectiva, porque el mismo Metro que acelera cuerpos ha sido escenario de evasiones masivas, de convocatorias que se propagan sin dirección central y de acciones que nadie planificó; la red que aísla es la misma que permite el contagio.
En el vagón que sigue su marcha
Por eso la pregunta quizás no deba ser qué quiso decir un cuerpo que se retira de la circulación, sino quién puede alterar el hábito que hace tan difícil sostenerse dentro de ella, y en qué condiciones, sin esperar un gran sujeto ni un programa.
Las transformaciones suelen venir de desvíos pequeños que se encadenan y solo se vuelven visibles después, un vecino que pregunta, un compañero que cubre un turno, un vagón que se detiene a mirar, y no de un plan que las anticipe; esos desvíos son síncopas, pequeñas pausas que el flujo no logra digerir, y en ellas se juega lo que se haga con aquello que el sistema no puede absorber, sin esperar que el sistema lo reconozca; y esa política no autoriza a leer el acto extremo como mensaje, solo a escuchar mejor el ruido que lo precede.
Quizás la mayor agencia política de este tiempo no hable, ni firme, ni convoque: está en el andén, en el cuerpo que ya no pudo sostenerse y en el vagón que sigue su marcha. No porque los muertos hayan querido decir algo, sino porque su sola presencia, sin vocerías, imputa la racionalidad abusiva (léase eficiencia) brindando el nombre de gestión a lo que es abandono.
Esa racionalidad prescinde de gravámenes normativos, de frenos, de cuidados exigibles, de toda obligación que estorbe el flujo. Y hoy se despliega en el primer año del gobierno de José Antonio Kast con la soltura de quien no teme ser medido. Que el Metro acumule sus muertos en ese compás no es inocencia: es la cuenta que el orden prefiere no leer, y que sigue abierta aunque el servicio se restablezca.
Finalmente, lo declarado: el gobierno habla de emergencia para acelerar la restitución del orden, mientras el Metro descubre que la emergencia también puede ser aquello que detiene el orden. El problema comienza cuando la emergencia está también en los cuerpos que ya no consiguen habitar la normalidad. La relación no consiste en atribuir velozmente esas muertes al gobierno de turno, salvo en las intensidades del capital.
El punto es otro: el gobierno y el Metro producen dos imágenes irreconciliables de aquello que significa vivir bajo emergencia.
***
Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y también doctor en comunicación por la Universidad de La Frontera (Chile) y por la Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

Imagen destacada: Suicidio en el Metro de Santiago en 2023.

![[Ensayo] En los laberintos de Davos: Velocidad y cenizas Hombre en traje y corbata roja habla en podio con logo del Foro Económico Mundial de fondo](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/01/davos-2.jpg)
![[Ensayo] El gobierno de emergencia: ¿Primer régimen democrático del pinochetismo? Retrato oficial de José Antonio Kast con bandera chilena de fondo, traje azul marino y corbata roja](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/03/Jose-Antonio-Kast-scaled.jpg)
![[Ensayo] Chile y El Olivo: El permanente lugar sin límites José Donoso en primer plano con gafas y traje oscuro, mujer de perfil al fondo en blanco y negro](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/03/Jose-Donoso-2.jpg)
![[Ensayo] El metal que no recuerda: Gabriel Boric ante el bronce del olvido Grupo de personas ante estatua de bronce de Gabriel Boric en plaza pública con edificios históricos de fondo](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/03/estatua-1-scaled-e1774244269500.jpg)
![[Ensayo] "No - Literal. Filosofía en órbita": Contrabando e institución Javier Agüero Águila y una niña sonríen en una playa al atardecer con colinas al fondo](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2023/10/Javier-Aguero-Aguila.jpg)