[Crítica] «Los domingos»: La película quiere que dudemos

El intenso filme de la realizadora española Alauda Ruiz de Azúa —que ganó tanto el premio Goya 2025 a mejor largometraje de ficción, como la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, correspondiente a ese mismo año—, se exhibe por estos días en la cartelera de las salas locales.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 23.9.2026

Ainara quiere ser monja. Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, instala esa decisión desde temprano y construye alrededor de ella un conflicto familiar que nunca termina de resolver una pregunta fundamental: cuánto hay de vocación religiosa y cuánto de necesidad afectiva en una adolescente que ha quedado progresivamente a la deriva.

Interpretada por Blanca Soroa, Ainara ha perdido a su madre y luego debe enfrentarse también a la muerte de su abuela, mientras su padre está concentrado en su nueva pareja y en mantener el equilibrio de la familia que intenta reconstruir.

La religión aparece en medio de ese vacío y adquiere fuerza precisamente después de la muerte de la abuela. Ainara busca una experiencia trascendente que confirme aquello que dice sentir, pero Ruiz de Azúa introduce suficientes dudas como para impedir una lectura inequívoca de esa vocación.

Una de ellas está en la propia personalidad de la protagonista. Ainara se adapta con extraordinaria facilidad a quien tiene enfrente. Con su amiga sale, bebe y se emborracha; ante el muchacho del coro explora tímidamente una posible atracción; escucha a su tía Maite cuando esta intenta mostrarle otra vida posible y se entrega al universo religioso cuando encuentra allí adultos dispuestos a prestarle atención. Es una muchacha todavía maleable, capaz de asumir distintas versiones de sí misma según el espacio que ocupa y la persona que la acompaña.

Ahí Los domingos funciona especialmente bien como película familiar. La cámara se mantiene cerca de los personajes y los sigue con bastante dinamismo por la casa. Más que observar a la familia desde fuera, se mete en su funcionamiento cotidiano: conversaciones, comidas, desplazamientos y discusiones ocurren dentro de un espacio compartido por personas cuyas vidas están inevitablemente mezcladas.

Maite vive con la abuela, el padre descansa también en ella parte del cuidado de Ainara y todos entran y salen de una convivencia marcada por cierto desorden permanente.

Ese mundo contrasta con los espacios religiosos. Frente al movimiento y el ruido de la casa aparecen el silencio, el orden y la contención del convento. Entre ambos está el colegio, donde Ainara se encuentra bien integrada y mantiene una vida adolescente reconocible.

La película evita así explicar su vocación mediante el aislamiento social: Ainara puede habitar con naturalidad el mundo de sus pares y, al mismo tiempo, sentirse atraída por un espacio completamente diferente.

 

Un padre incapaz de expresar algo mucho más elemental

Dentro de un reparto muy sólido destaca Patricia López Arnaiz como Maite, el personaje más vivo de la película porque su preocupación siempre se traduce en acciones. Se entromete, discute, presiona y puede equivocarse, pero comprende el contexto emocional en el cual su sobrina está tomando una decisión enorme.

Maite tampoco niega necesariamente la vocación de Ainara. Su propuesta es más sencilla: vive primero. Estudia, ve a la universidad, conoce el mundo y, si después el llamado continúa ahí, síguelo. Frente a una adolescente que ha perdido dos figuras afectivas fundamentales y cuyo padre ha desplazado buena parte de su atención hacia una nueva vida, pedir tiempo adquiere un sentido que excede cualquier discusión acerca de la existencia de Dios.

Las figuras religiosas introducen la cara más incómoda de esa disputa. La monja no espera simplemente que las jóvenes se acerquen al convento: las llama por teléfono y mantiene un contacto que invade su vida cotidiana. El celular es un detalle pequeño pero significativo. La influencia religiosa deja de estar confinada a la iglesia o al convento y acompaña a las adolescentes fuera de esos espacios.

Más perturbador resulta el sacerdote joven y atractivo que establece con ellas una relación de cercanía casi horizontal. Su reacción cuando hablan de un muchacho, sus preguntas y un tono que por momentos se acerca a los celos producen una incomodidad difícil de ignorar.

Aquello que inicialmente podría entenderse como la capacidad de un sacerdote joven para comunicarse con adolescentes termina mostrando también los riesgos de una autoridad que ejerce su influencia precisamente porque consigue dejar de parecer una autoridad.

Ruiz de Azúa difícilmente introduce todos estos elementos por accidente. La película quiere que dudemos. El problema es que carga tanto ciertos comportamientos que por momentos debilita su propio dilema. Si la monja y el sacerdote transmitieran con mayor claridad unas buenas intenciones compatibles con su influencia sobre Ainara, la decisión final sería todavía más difícil de interpretar. Tal como están construidos, cuesta no observar con suspicacia el poder que ejercen sobre jóvenes cuya identidad todavía se encuentra en formación.

Hay una imagen que condensa particularmente bien esa ambigüedad. Durante la misa, las monjas aparecen reunidas detrás de una especie de reja. Están juntas, forman una comunidad y participan de un mismo rito, pero la composición introduce inevitablemente otra asociación: también están encerradas.

El convento puede ser simultáneamente el lugar de pertenencia que Ainara busca y una renuncia al mundo que todavía apenas conoce. La película consigue expresar en esa imagen una tensión que sus personajes discuten durante buena parte del metraje.

Con todo, el sonido trabaja en una dirección similar. El coro tiene una presencia poderosa y la música religiosa introduce una solemnidad que permite experimentar parte de la fascinación que ese mundo ejerce sobre Ainara. Las voces reunidas convierten en sonido la promesa de comunidad: una voz individual encuentra su lugar dentro de un conjunto. El recurso funciona y está especialmente bien trabajado, aunque Ruiz de Azúa insiste en él más de lo necesario y termina subrayando una asociación que ya había quedado clara.

El desenlace conserva la duda que ha atravesado toda la historia. Ainara termina haciendo aquello que había anunciado desde el comienzo y todavía resulta difícil determinar si asistimos a la consolidación de una vocación o al triunfo del espacio que consiguió ofrecerle mayor estructura y atención.

Como interrogante, esa ambigüedad funciona. Dramáticamente resulta menos satisfactoria: conocemos el destino desde temprano y el recorrido de Ainara no transforma suficientemente nuestra comprensión de ella como para que su llegada al convento adquiera una fuerza nueva.

Hay una escena, sin embargo, que expone con especial claridad el conflicto familiar. Maite enfrenta al padre de Ainara en un espacio cerrado y oscuro. La puesta en escena los contrapone frontalmente mientras ella le exige que actúe. Que le diga a su hija que no se vaya. Que le pida que se quede. Él no lo ha hecho.

La confrontación visual coincide entonces con dos maneras diferentes de entender el papel de un adulto. Maite interviene, incluso cuando corre el riesgo de equivocarse; el padre permanece inmóvil frente a una decisión que afectará definitivamente la vida de su hija.

Por un instante desaparece la discusión entre creyentes y no creyentes. Queda una adolescente rodeada de adultos empeñados en interpretar su vocación y un padre incapaz de expresarle algo mucho más elemental.

Quizás la gran pregunta de Los domingos nunca haya sido si Dios llamó a Ainara, sino por qué su padre no pudo hacerlo.

 

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: Los domingos (2025).

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