La mayor fortaleza de la escritora chilena María José Viera-Gallo en su cuarta novela —su debut en el exclusivo catálogo de la editorial Anagrama—, subyace en torno al poder sugestivo de la voz narrativa, la cual reúne las tensiones dramáticas propias del desarrollo argumental de estas páginas. Y donde su atención a las palabras y a los gestos, permite que convivan la ironía, el miedo y el afecto.
Por Daniel Razazi Aylwin
Publicado el 3.11.2026
El regreso puede ser otra forma de partir. Para quienes abandonaron Chile después del golpe, volver significa recuperar un mundo interrumpido; para sus hijas, criadas en Italia, implica dejar atrás la vida conocida. Esa diferencia sostiene una de las tensiones más fértiles de Tú también eres extraña, de María José Viera-Gallo (1971): aquello que los adultos llaman propio puede sentirse profundamente ajeno para quienes han heredado su historia.
La novela, publicada por Anagrama, explora esa distancia con una voz cuyo humor y franqueza construyen una intimidad creciente.
Así, la narración cruza la percepción de la niña con la comprensión de la adulta que escribe. Viera-Gallo mantiene las preguntas, los intereses y las asociaciones de la infancia, mientras reconstruye circunstancias que entonces desconocía. El extrañamiento atraviesa de esta forma su relación con los países y las lenguas, pero también el conocimiento de la propia vida: una persona familiar, una fotografía o una conversación pueden adquirir, años después, un sentido perturbador.
En Italia, Chile existe en las conversaciones, las canciones y las personas que pasan por la casa. Escuchar a Inti-Illimani forma parte de la rutina; las diferencias políticas se hacen visibles en las barbas de los militantes del MAPU y los bigotes de los socialistas.
La niña clasifica ese mundo con los recursos que tiene a mano. El humor nace del desfase entre las convicciones de los adultos y los rasgos en que ella repara. Sus juegos, amistades y preocupaciones ocupan un espacio propio dentro de una historia que la precede.
Sin embargo, la condición de extranjera la obliga a responder por ese pasado. En unas colonias de verano, un monitor le pide que narre su vida familiar y cuente algo de Chile. Ella está cansada y preferiría pasar inadvertida: abrir el corazón le parece tan atractivo como sacarse una muela sin anestesia.
Mientras el adulto espera su testimonio, observa el «Big Bang de pecas» de su cara. La irreverencia de la imagen contrasta con la solemnidad del encuentro. El monitor le ofrece la palabra, pero también le exige ordenar un relato que apenas ha empezado a entender.
Los demás parecen tener menos dudas que ella al definirla. El color de su piel los lleva a suponerla libanesa, palestina, tunecina o siciliana. Incluso el elogio de una vecina la separa de la hermana que sí parece italiana. Viera-Gallo convierte esas clasificaciones en un catálogo vegetal de aceitunas, coliflor y rábanos. La madre y la hermana, más pálidas, quedan fuera de las conjeturas sobre su origen: «Su blancura les da derecho a ser invisibles».
A veces, las preguntas se vuelven una agresión abierta. En un bus, un muchacho la interroga sobre su procedencia y los motivos del exilio del padre, hasta intimidarla con un saludo fascista y vivas a Mussolini y a Pinochet. El brazo levantado frente a su cara desplaza el intercambio hacia la amenaza corporal.
Después, queda la vergüenza de haber callado. La adulta vuelve sobre ese silencio sin atribuirse una valentía que no tuvo. Su disposición a contar también lo que le incomoda de sí misma sostiene la confianza en su voz.
El ritmo de las escenas cotidianas
Comprender la violencia exige, en otros episodios, reconstruir lo que los adultos habían atenuado o lo que la niña no podía interpretar. Al leer el diario del padre, se entera de la persecución y del precio puesto a su cabeza. El relato del atentado contra Bernardo Leighton se detiene en el daño físico y sus consecuencias, con una minuciosidad que interrumpe el ritmo de las escenas cotidianas.
En las clases de español con Maru, en cambio, basta una fotografía. La niña observa el retrato de una joven embarazada y percibe la tristeza de su profesora cuando pregunta por ella. Años después identificará ese rostro entre las imágenes de detenidos desaparecidos: Michelle Peña, sobrina de Maru.
Luego, el conocimiento posterior transforma el sentido de las palabras y los gestos recordados. Viera-Gallo preserva la distancia entre haber visto y haber entendido: la fotografía permanece en la habitación, frente a la mesa de los ejercicios gramaticales, mucho antes de que la niña pueda comprender la ausencia que representa.
Con todo, la novela da lugar también a los momentos felices del exilio y a las dificultades para mostrarlos. Desde Chile llega la etiqueta del «exilio dorado», que reduce la vida en Roma a sus ventajas.
Frente a esa etiqueta aparece la abuela, que lleva años sin ver crecer a sus nietas y almuerza los domingos a solas con el abuelo. Durante un paseo a Ostia Antica, Anita Fresno, esposa de Leighton, pide que no se fotografíen: teme que en Chile crean que lo están pasando bien.
A su alrededor hay comida, juegos y bromas; ella se apoya en sus muletas. El disfrute y las secuelas de la violencia quedan reunidos en una escena que vuelve insuficiente ese lugar común.
La ironía, el miedo y el afecto
Llegar a Chile abre otra distancia. Allí espera a las hermanas un país que no coincide con el que sus padres les contaron: hay pobreza, calles vacías de noche y costumbres que desconocen.
Cuando una de ellas pregunta por qué hay esclavas en las casas, su desconcierto hace visible una jerarquía que el entorno considera natural. El regreso invierte la dirección de las preguntas: ahora son las prácticas chilenas las que deben justificar su aparente normalidad.
La fiesta en casa de una chica Irarrázaval condensa ese desajuste. La madre promete que lo pasarán «regio», expresión cuyo tono social el lector chileno identifica de inmediato. La narradora apenas consigue pronunciar el apellido de quienes las reciben. Las hermanas eligen cuidadosamente sus poleras y jardineras, pero al llegar encuentran adolescentes vestidos como sus padres y muchachas que se burlan de su ropa.
Así, la ironía estaba preparada desde la promesa materna: lo que debía facilitar su integración las expone a nuevas formas de sentirse extranjeras.
El encuentro con el niño filipino ofrece una cercanía distinta. Ella le pregunta cómo supo que no era italiana; él responde: «Porque tú también eres extraña». Antes, ella lo ha supuesto chino. El error evita idealizar la conversación: también quien padece las etiquetas puede aplicarlas a otros.
Aun así, el «también» permite compartir una experiencia que las preguntas por la nacionalidad habían convertido una y otra vez en motivo de separación.
El mayor logro de Viera-Gallo está en la voz que reúne estas tensiones. Su atención a las palabras y los gestos permite que convivan la ironía, el miedo y el afecto. El viaje final con el padre y las hermanas a la colina donde vivieron en Italia devuelve a esa infancia un lugar concreto.
Después, en los agradecimientos, la frase del título alcanza al lector: «tú también eres extraña(o)». El reconocimiento entre dos niños se convierte entonces en una invitación a asumir la propia extrañeza.
***
Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).


Imagen destacada: María José Viera-Gallo.


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