Si el ser humano no es una sustancia aislada, antes bien un nudo de relaciones, entonces el deceso de una persona no afecta a un solo individuo. Cada defunción altera una porción del ser compartido. Fallece alguien, pero asimismo desaparece una determinada interpretación del mundo, una modalidad irrepetible.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 1.11.2026
En el libro Bresson por Bresson. Entrevistas (1943-1983), publicado por Flammarion en 2013, y por Intermedio, en español, en 2015, compilado por Mylène Van der Mersch, el cineasta habla de los conceptos que sostienen el entramado de su obra. Entre ellos, dedica varias veces a tratar el tema de la muerte, abordado en sus películas con el efecto de un seco e instantáneo golpe en la sensibilidad del espectador. El súbito paso entre dos estados: la vida y la ausencia.
Varios de sus filmes lo ilustran (asociado al suicidio) como: Mouchette (1967), basado en el personaje de Georges Bernanos; Una mujer dulce (1969) sobre un cuento de Dostoievski, y El diablo probablemente (1977).
En el segundo de ellos, define la muerte como un escamoteo, como la desaparición que causa un prestidigitador mientras el escenario permanece, con el efecto de generar sorpresa e inquietud en los presentes.
Si se considera el asunto desde el punto de vista de la ontología, la cosa no deja de ser de lo más interesante. La muerte no tiene entidad en sí misma, no es un ente, sino un suceso, un paso final del tiempo, una especie de si es/no es. Por todo ello, carece de ontología que solo puede atribuirse al «ser».
En cambio, tras ocurrir varía la ontología total del mundo al desaparecer una criatura en concreto y una relación con las otras personas, con los objetos y los paisajes. Su efecto ontológico fundamental consiste en modificar el régimen de posibilidades, memorias y presencias que forman una realidad compartida.
Por tanto, el escamoteo no presenta la muerte como un problema individual, sino como un principio de variación de la ontología relacional del mundo. Sería así menos una cesación que una redistribución ontológica.
La nueva ontología producida por la ausencia
El duelo consistiría en revertir la pérdida, en rescatar la ausencia, en volver hacia atrás al tiempo. Por ello supone la convivencia de dos metafísicas incompatibles: la del mundo que incluía al muerto y la del mundo que debe continuar sin él.
Todo esto dota de sentido a la figura literaria del fantasma, sobre todo en la obra imaginativa de escritores sutiles y observadores como Henry James. Piénsese en novelas como Otra vuelta de tuerca o Sir Dominick Ferrand, que narra la convivencia de dos mujeres en la misma casa con un aparecido.
El espectro no representa el retorno del fallecido; es la resistencia del medio ambiente social a aceptar la nueva ontología producida por su ausencia. Esto explicaría por qué los cuentos fantásticos suelen ser en menor medida relatos sobre decesos que historias de supervivientes.
Lo decisivo no es quién vuelve, sino quién todavía no puede reorganizar completamente la realidad tras una pérdida. El fantasma sería entonces una figura literaria para pensar aquello que ni la filosofía clásica del «ser» ni la psicología describen adecuadamente: la extraña eficacia de lo que ya no está.
Si el ser humano no es una sustancia aislada, antes bien un nudo de relaciones, entonces la muerte no afecta a un solo individuo. Cada defunción altera una porción del ser compartido. Fallece alguien, pero asimismo desaparece una determinada interpretación del mundo, una modalidad irrepetible.
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Luis Miguel Iruela es poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.


Imagen destacada: Robert Bresson.

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