James Watkins, realizador de «Eden Lake» y de la versión estadounidense de «Speak No Evil», encuentra en estos villanos de DC, el material dramático para una historia audiovisual de angustia y revanchas, atravesada por el terror corporal.
Por Daniel Razazi Aylwin
Publicado el 24.10.2026
«Me gusta tu cara», le dice Mia Torrez (Joana Ribeiro) a Matt Hagen (Tom Rhys Harries) mientras lo acaricia. El comentario parece una expresión más del entusiasmo que rodea a un actor en pleno ascenso, pero pronto adquiere un sentido cruel.
Su rostro concentra el deseo, las oportunidades laborales y el reconocimiento público. Cuando Markos Szabo (David Dencik), el mafioso que mantiene una relación con Mia, lo desfigura como castigo por haberse acostado con ella, Hagen descubre lo poco que queda de ese afecto una vez que pierde su apariencia.
James Watkins, director de Eden Lake y de la versión estadounidense de Speak No Evil, encuentra en este villano de DC material para una historia de desesperación y venganza atravesada por el terror corporal. La apertura presenta imágenes de Coast City al ritmo de «Golden Years», de David Bowie, acompañando el esplendor de un protagonista que acaba de recibir una nominación y parece tener el futuro asegurado.
Harries lo muestra seguro y seductor, con una facilidad para cambiar de voz y actitud que anticipa, desde su oficio de actor, la capacidad de adoptar otras apariencias que adquirirá después.
Watkins se detiene en las etapas de su caída. La agresión da paso a operaciones fallidas, pérdida de trabajos y una campaña de descrédito promovida por Szabo. El abogado Frank Fitzpatrick (Eddie Marsan) se aprovecha económicamente de Hagen, mientras su representante, Hildie Love (Nancy Carroll), deja de ver en él una figura que valga la pena respaldar. La acumulación vuelve comprensible su disposición a aceptar cualquier promesa de recuperación.
En ese abandono aparece una crítica al mercado cinematográfico. El trato hacia Hagen depende de su apariencia y de las expectativas comerciales que despierta. Hildie puede apartarse cuando su carrera parece terminada y querer recuperarlo cuando vuelve a resultar atractivo para el negocio.
Szabo extiende el montaje contra él al terreno profesional: impulsa una película protagonizada por Mia y ofrece un papel a Corey Bowery (Joshua James), el mejor amigo de Hagen. Las oportunidades circulan entre quienes se acomodan al poder que lo ha expulsado. Recuperar la cara significa también recobrar valor para los demás.
La posibilidad de regresar llega con la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie), cuya investigación con nanobots ofrece una alternativa a las cirugías que no han logrado reconstruirle el rostro. El guion de Mike Flanagan y Hossein Amini introduce el tratamiento cuando Hagen siente que tiene poco que perder.
Sin embargo, la mejoría trae una nueva urgencia: necesita mostrarse, volver a trabajar y comprobar que todavía puede despertar admiración. Su deseo de reaparecer lo lleva a desoír las advertencias médicas y a tomar decisiones que agravan su situación.
La relación con Caitlyn le da espesor afectivo a ese proceso. Los cuidados, el tiempo compartido y la comprensión mutua hacen creíble la atracción entre ambos. Ella está absorbida por su investigación y mantiene cierta distancia con su pareja, el detective John Borrelli (Max Minghella).
Hagen ocupa cada vez más espacio en su rutina, hasta que el interés científico se vuelve personal. Aunque el romance dispone de pocas escenas, Harries y Ackie comunican esa tensión sin que el acercamiento parezca impuesto por el guion.
Una perturbadora forma de contacto
Los mejores momentos de terror expresan aquello que Hagen siente. Mientras duerme, adopta el cuerpo de Caitlyn y se acaricia, convirtiendo el deseo en una perturbadora forma de contacto consigo mismo. En un avión, sus párpados comienzan a sellarse cuando ve a Szabo en las noticias, como si los nanobots intentaran protegerlo de una imagen traumática. Sus manos también responden al peligro y producen formas capaces de defenderlo.
Tales efectos lo inquietan porque alteran acciones reconocibles —mirar, tocar, protegerse— y muestran hasta qué punto el tratamiento interviene en su relación con el mundo. Hay imágenes fuertes, pero la violencia no termina por saturar ni desplaza el interés por el personaje.
El diseño de la criatura final resulta menos sugerente. Su deformidad ofrece una imagen monstruosa más convencional que esas alteraciones parciales, ligadas a emociones específicas. El cuerpo completamente transformado pierde parte de la expresividad que tenían un rostro que empieza a fallar o unos ojos que se cierran contra la voluntad de su dueño.
Harries conserva la vulnerabilidad de Hagen incluso cuando la venganza empieza a dominarlo. Frente a una policía y unos tribunales que han colaborado en su ruina, es fácil acompañar su deseo de castigar a los responsables. Esa identificación se vuelve incómoda cuando los celos intervienen en su violencia y la venganza alcanza a alguien que no fue responsable de su desgracia. Su sufrimiento sigue siendo comprensible, pero ya no basta para justificar sus actos.
La principal debilidad está en Szabo y su entorno. El mafioso puede desacreditar a Hagen, influir en policías y tribunales e ingresar al negocio cinematográfico repartiendo papeles entre sus allegados. Cada intervención demuestra su alcance, pero la película apenas desarrolla qué sostiene esa red.
Sabemos mucho de lo que puede hacerle Szabo al protagonista, pero poco de aquél. Su poder termina funcionando como una explicación disponible para cada nueva desgracia de Hagen, sin que el antagonista adquiera una complejidad equivalente a la de su víctima.
La fotografía distingue Gotham de Coast City, pero su iluminación atenúa la amenaza de una ciudad dominada por la corrupción. Sus espacios transmiten menos hostilidad que las instituciones y los personajes que los habitan. Watkins combina la actuación de Harries, la cercanía con Caitlyn y las respuestas involuntarias del cuerpo para mantenernos involucrados con Hagen incluso cuando sus actos vuelven difícil acompañarlo.
El espectáculo de deformaciones adquiere así consecuencias afectivas y morales. Recuperar el rostro promete devolverle el reconocimiento de los demás; lo que haga para conservarlo termina por poner esa recuperación en cuestión.
***
Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

Tráiler:


![[Crítica] "Perder el juicio": La desesperación propia del amor Mujer frente a pared con graffiti, junto a cartel de Perder el juicio, literaria melancólica](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2025/04/ariana-1.jpg)
![[Crítica] "Quizás es cierto lo que dicen de nosotras": La quietud de la desesperación Mujer joven observa su reflejo en espejo circular mientras otra persona aparece de espaldas en primer plano](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2024/05/Quizas.jpg)


