Muchas veces el llanto de pena de un ser humano adquiere el mismo tono y potencia de un aullido biológico. Y es que se trata precisamente de eso, de un lenguaje zoológico prehistórico que la evolución ha dejado en nuestro organismo.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 26.10.2026
En un artículo dedicado a la poesía del dolor, publicado en Cine y Literatura, se hablaba de la obra al respecto de Emily Dicikinson, Rudyard Kipling y asimismo del cuaderno de apuntes recogidos por Alphonse Daudet sobre su enfermedad. Esta especie de diario, aunque no lo sea en sentido estricto, llevaba por título La doulou, que es la forma de nombrar en Provenza a la palabra francesa La douleur (el dolor).
Alphonse Daudet (1840-1897) padeció una lúes terciaria con afectación de la médula espinal en forma de una tabes dorsal. Trastorno que causa unos terribles dolores de origen neurológico y la consiguiente incapacitación. Al parecer, se contagió de una lectrice de la cour, cuya actividad era leer en voz alta para la corte del emperador.
Daudet agrupó toda su experiencia en un conjunto de notas de gran valor literario y psicológico en las que destaca la característica común de la autenticidad. Nadie banaliza su sufrimiento. Están redactadas siguiendo la tradición de cierta escritura francesa basada en la brevedad y precisión como los textos de Paul Valèry y André Gide. Bajo la divisa «la nota me basta». Y el resultado mueve a reflexión.
En efecto, representan un vivero de profundidad humana, donde se abordan con lucidez todos y cada uno de los aspectos y matices del daño. Sin pretender la exhaustividad, nos fijaremos en dos citas. En la primera escribe Daudet: «Dolor, siempre nuevo para el que lo padece y que va pareciendo trivial a quienes lo rodean. Todos se acostumbrarán a él, menos yo».
Así, estas palabras consuenan con el poema de Emily Dickinson sobre el lenguaje de la herida, pero sobre todo subrayan el abismo que hay entre el sano y el enfermo, y como el padecimiento es una intransitiva escuela de individuación y soledad.
La condición de humanidad a través de la palabra
Parientes y amigos más cercanos se acostumbran a la enfermedad ajena y huyen de ella. Ver sufrir es incómodo, y, de algún modo, supone una cuchillada de responsabilidad. Recuerdo las palabras expresivas de una anciana en una situación análoga: «Ya se cansan, ya se cansan…». Lo que indica que había contado con que el momento del alejamiento llegaría.
En las breves palabras de Daudet está condensada toda la naturaleza personal de la enfermedad grave, que transforma al ser humano a través de una dura libertad: la que le lleva a elegir entre el miedo y la dignidad. La que llega a culminar el desarrollo vital de una persona por medio del martirio y de la muerte íntima. La que es diferente del sufrimiento animal.
De no menor importancia, resulta la segunda cita, que dice: «Y, además, ¿de qué sirven las palabras para todo aquello que se siente a fondo en el dolor (y también en la pasión)? Aparecen cuando todo ha acabado ya, se ha calmado ya. Nombran recuerdos estériles o mendaces».
El escritor francés está hablando aquí de formas de expresión distintas de la palabra en situaciones en las que esta resulta insuficiente. El grito de sufrimiento es una de ellas, así como el de alegría, y los suspiros, jadeos y alarmas de la pasión. De la misma manera que el significado de alerta del llanto del bebé.
Muchas veces el llanto de dolor (o de pena) de un ser humano adquiere el mismo tono y potencia de un aullido biológico. Y es que se trata precisamente de eso, de un lenguaje zoológico prehumano que la evolución ha dejado en nuestro organismo. Se alcanza la condición de humanidad a través de la palabra, que permite el pensamiento, la expresión de las emociones y la cultura.
En uno de sus más terribles cuentos, «Chickamauga», se refiere Ambrose Bierce a los sonidos que emite un niño sordomudo aterrorizado como «los ruidos del diablo». Sin llegar a ello, si hay en esa gama expresiva una señal de amenaza, de imposibilidad de humanizar esas emociones con la digna belleza de la palabra.
Con todo, el libro de Daudet está escrito dolor dictat, al dictado del dolor, como diría Ovidio. Existe una traducción al español titulada En la tierra del dolor, publicada en 2003 por la Editorial Alba, de Barcelona con un prólogo y unas excelentes notas de Julian Barnes. Muy recomendable.
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Luis Miguel Iruela es poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.


Imagen destacada: Alphonse Daudet.


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