Los cuentos de la poeta chilena Roxana Miranda Rupailaf —su debut en el género del relato breve— corresponden al hermoso recuerdo de quienes han acompañado a ratos, y en fragmentos, a la autora, por se parte de dos mundos: el de los huincas y el de sus ancestros mapuche.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 25.10.2026
Con el desarrollo de las diversas tecnologías se va acentuando la intertextualidad. Existen escritores que recogen elementos de otros artistas, ya sea de la literatura, de la pintura, la fotografía o la música. Asimismo, cada vez hay más poetas que incursionan en la narrativa, aunque son pocos los narradores que incursionan en la poesía.
Un ejemplo, José Donoso, con su libro Poemas de un novelista, una experiencia que no pudo desconocer mientras vivía —como otros aspectos de su vida—, pese a que no fue de sus mejores logros.
Por otra parte, cuando llegó a mis manos el libro Dos corazones tengo de Roxana Miranda Rupailaf (Editorial La Maña, 2026) desde el título me evocó música (específicamente, la tonada Dos corazones quisiera tener, como los ojos, las manos los pies, de Francisco Flores del Campo, grabada por el grupo Los cuatro Cuartos). Sin embargo, en ese momento no sabía que también había una canción mapuche (huilliche) llamada Dos corazones tengo, uno de vida y otro de muerte.
Entendí, con solo hojearlo, que en este pequeño libro (100 páginas del tamaño de una mano) se juntaban la música, la poesía, la narrativa, la fotografía. Es una joya de arte: sencilla, hermosa, delicada y de una literatura muy especial.
Roxana es una poeta muy premiada. Sus narraciones, entonces, son propias de una poeta que cultiva la brevedad, la concisión, la belleza sutil y delicada de las palabras, entendiendo que en cada una de ellas hay retazos de una historia profunda.
En la presentación de la contraportada se nos dice que ella «homenajea a sus muertos». No sé si es homenaje propiamente tal o, simplemente, el hermoso recuerdo de quienes la han ido acompañando a ratos, en fragmentos, por la vida, compartiendo momentos de amor, de amistad, de aventura, de parranda, del riesgo mismo de vivir y de ser parte de dos mundos (¿para eso requiere dos corazones?): el de los huincas y el de sus ancestros mapuche.
Un tono melancólico
En este libro ella narra, sin interesarse en las técnicas tradicionales del cuento; simplemente hace pequeñas crónicas de la vida y de la muerte donde, con pinceladas sencillas y directas, da cuenta de la existencia humana en el pequeño pueblo en el que creció. Un lugar al cual regresa para reencontrarse con los muertos y con los vivos.
No son crónicas ni historia regular, porque cambia los nombres y otras circunstancias para no dejar al descubierto ese espacio secreto, delimitado por su memoria y sus afectos, por donde transita su abuelo después de muerto y el shumpall recoge a los muertos para llevarlos hasta el otro mundo, donde siguen vivos o tal vez se preparan para volver a la tierra en cuerpo o en espíritu.
La muerte de Miguel marcó al tío Pedro, quien se perdió para siempre hasta transformarse en llanto, en agua, antes de irse de este mundo para llevar su fiesta parrandera al mar, desde donde la niña Roxana escucha el canto marino que trae el oleaje.
En sus relatos aparece la naturaleza, el pueblo y su gente, elementos que van adquiriendo una forma propia y única entre las letras de canciones que dan títulos a los textos o que se mencionan en ellos. Puede ser que el libro tenga un tono melancólico, se trata por cierto de los que ya no están o de los que siguen presentes pero de otra manera; nunca más vivos, sólo muertos.
A través de la amiga de la infancia que al morir le traga las palabras, o de la abuela que muere dos veces y sobrevive a muchos en sus 95 años, ella combina vida y muerte —como en su libro Shumpall— pues no son sino dos partes de lo mismo. Su tarea, asumida en este delicado libro, es darle vida a los muertos por el tiempo que dura la lectura, revivirlos cuando cada lector toma la obra y la lee y relee.
Y lo hace así porque muchos de estos muertos le regalaron partes de su vida: algunos la salvaron de la muerte, otros le hicieron homenajes por sus triunfos y otros, simplemente, la amaron con la sencillez natural de la gente clara y directa.
Francisco, uno de los Franciscos de su vida —tal vez el clínicamente loco, o aquel que la salvó de sí misma varias veces— le dijo antes de morir que el futuro es el pasado. Es eso lo que la lleva a recordar y, aunque no lo admita, a la necesidad de escribir cada vez que ve en sus ojos asomarse el abismo de los tiempos.
A este viaje se suma la combinación fotográfica entre las páginas literarias: bellas imágenes que se limitan a mostrar lo que imaginamos al leer este texto, culminando con la fotografía de esa niña —la propia autora— descalza, al lado del mar, esperando que le llegue la vida.
***
Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).


Imagen destacada: Roxana Miranda Rupailaf (por Álvaro De la Fuente).

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