[Crónica] La muerte se posa en los objetos

El telón de la finitud es lo verdaderamente humano de la obra de Ramón Gómez de la Serna. Presentida esta, observada, quizá evitada con ingenio y temida. El origen vanguardista de la escritura lo hace desoladoramente inhumano, sin corazón ni emoción. Es un momento de la historia de la literatura en que cualquier asunto de carne y hueso es menospreciado.

Por Luis Miguel Iruela

Publicado el 16.8.2026

La muerte se posa en nuestras vidas como el polvo lo hace sobre las cosas. Este es el eje vertical de la abundante obra de Ramón Gómez de la Serna (1888 – 1963), escritor madrileño vanguardista que gozó de una gran popularidad durante la primera mitad del siglo XX.

Dotado de un brillante ingenio, intentó todos los campos con diversa fortuna: el artículo periodístico, la conferencia, la novela, el teatro, la crítica de arte e incluso inventó un nuevo género literario al que llamó la greguería.

Consistía la misma en una especie de aforismo construido a fuerza de ingenio, humorismo y metáfora e inspirado por la observación de un pedazo de realidad. Borges la calificó de «iridiscente» y era una inspiración que más de una vez intentó arrancar una chispa de poesía, sin conseguirlo, aunque rozó en alguna ocasión esa zona de la prosa limítrofe con la belleza.

Y es que ilustra muy bien que, a pesar de compartir el mecanismo entre humor y poesía rasgos comunes, el resultado final sea bastante divergente.

La educación estética y literaria de Ramón (como gustaba él de firmar sus trabajos) procedía del simbolismo, el modernismo y sobre todo del ultraísmo, origen este último cercano al del primer Borges de la época española. Ese espíritu vanguardista, bien opuesto al realismo del siglo XIX, lo aproxima a los autores franceses presurrealistas como Apollinaire.

El arte de Ramón es un arte deshumanizado, abstracto, ocurrente, lleno de sorpresas y de novedades. Lejos de la figura humana, su atención se fija en toda clase de objetos: muñecas, pisapapeles, tinteros, plumas, postales hasta rodearse en su despacho de trabajo del llamado Torreón de la céntrica Calle de Velázquez de una verdadera almoneda.

En el Museo de Arte Contemporáneo del Ayuntamiento de Madrid, hay una minuciosa reconstrucción del referido despacho que aparece sembrado de todo tipo de cosas, generando la impresión (no demasiado agradable) de un campo de la muerte.

La idea del final de la vida se encuentra con determinada frecuencia en sus escritos. En el Prólogo a la obra de Silverio Lanza, sustituye la imagen de dos amigos fumando en el crepúsculo por una expresión acerca del cenicero, diciendo «que se llenaba con la ceniza de nuestra muerte en la tarde».

 

El concepto de fugacidad que atraviesa nuestro peregrinaje vital

El pintor José Gutiérrez Solana, gran amigo de Ramón, retrató en un famoso cuadro la tertulia del Café Pombo con los parroquianos presididos por el escritor. El tono es sombrío con ese influjo goyesco y expresionista tan propio de Solana, un artista perseguido durante toda su vida por la llamada «huesa», captador de máscaras, carnavales y desgracias.

La guerra civil española desplazó a Ramón Gómez de la Serna a Buenos Aires, donde se casó con Luisita Sofovich. Allí recomenzó su carrera literaria desde abajo como solapista, redactor profesional de solapas editoriales, para alcanzar el aprecio de la vida artística porteña. Escritores ilustres como Borges o Julio Cortázar le dispensaron su consideración y su estima.

En 1948, publicó unas memorias con el significativo título de Automoribundia, concebida la vida a la manera del poeta Jorge Manrique como un río que va a desaguar a la mar. Destaca en el grueso volumen la completa transformación de su trayectoria en una empresa de literatura total.

Algo que recuerda, salvando lo salvable, a la aventura de James Joyce con su Ulises y su Finnegans Wake. En cambio, en el libro de Ramón, llama a atención el concepto de fugacidad que atraviesa nuestro peregrinaje vital como la única verdad consistente.

El telón de la finitud es lo verdaderamente humano de la obra de Ramón. Presentida esta, observada, quizá evitada con ingenio y temida. El origen vanguardista de la escritura lo hace desoladoramente inhumano, sin corazón ni emoción. Es un momento de la historia de la literatura en que cualquier asunto de carne y hueso es menospreciado.

Una senda que luego llevó al posmodernismo. Literatura anémica y bizantina la denominó Ernesto Sabato: la muerte abstracta en la que el humor (no es el caso de Ramón) alcanza un grado de burla sobre todas las cosas, como en el ejemplo de Raymond Quenau. La libertad de creación como una amarga ironía de superioridad y quizá de impotencia.

Solo hay un episodio en Automoribundia que toque el interés del lector: aquel que relata el internado de los hermanos Gómez de la Serna en un colegio religioso de Palencia. Ocurría que nuestro narrador pasaba hambre. Y compró unos bollos en una tahona cercana para calmarla.

Pues bien, este hecho le supuso un castigo escolar por comer alimentos fuera del colegio. De donde se desprende que parecía ser más importante para esa disciplina docente el castigo que la nutrición de los alumnos. Mondo cane.

Ramón fue respetado, apreciado y admirado por sus colegas. Solo uno de ellos puede considerarse su detractor y ese fue Pío Baroja, quién tildaba la obra de Gómez de la Serna de algo «sin gracia, de una abundancia fofa, un sinsorgo». Y vaticinaba: «no se sacará nada, todo es bazofia, jerigonza de la época». Escrita para «cultivar el éxito» y el propio ego.

Quizá Don Pío no se dio cuenta de que su adversario había visto con mayor nitidez que nadie como el manto de la muerte lo va nublando todo poco a poco y se enfrentó a ello en soledad con el valor de su humorismo. Quizá todos nos equivocamos en demasiadas ocasiones.

 

 

 

 

 

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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.

En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

 

Luis Miguel Iruela

 

 

Imagen destacada: Ramón Gómez de la Serna.

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