Maite Alberdi construye una película extrañamente luminosa a partir de un episodio doloroso y logra que, hacia su final, el caso deje de sentirse solamente como material para un true crime. Lo que queda es, ante todo, una historia sobre una existencia que todavía respira.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 15.8.2026
El nuevo largometraje documental Un hijo propio, dirigido por Maite Alberdi Soto (1983), es una producción chileno-mexicana que se centra en un caso criminal ocurrido en la capital de ese país el 17 de junio de 2009. El caso adquirió gran notoriedad mediática luego de que Alejandra Marín fuera detenida por el robo de una guagua en un hospital de Ciudad de México y posteriormente cumpliera trece años de prisión por aquello.
Más que reproducir testimonios acerca del caso, la película construye gran parte de su relato a través de recreaciones que atraviesan prácticamente todo el metraje. Es precisamente este recurso el que la distancia del documental de true crime típico de Netflix y permite desarrollar una mirada mucho más empática y humana hacia quienes habitaron el caso.
El juego con la puesta en escena queda claro desde el inicio, cuando se muestra a la propia directora dirigiendo a los actores y recordándole al espectador que aquello que está a punto de ver es una representación construida del caso. Mientras observamos estas recreaciones, escuchamos constantemente la voz de Alejandra Marín, quien va narrando su propia historia.
La decisión no es menor, porque buena parte de las recreaciones utilizadas por los documentales criminales tienen la función de sensacionalizar y convertir en espectáculo aquellos momentos que, de una u otra manera, condujeron al peor día en la vida de alguien.
Alberdi plantea deliberadamente una distancia frente a este recurso: como espectador, sabes en todo momento que estás viendo una actuación, una reconstrucción mediada además por la propia voz de Alejandra. El largometraje regresa más adelante sobre este procedimiento y lo comenta hacia el final, convirtiéndolo en una suerte de reflexión metadocumental acerca de las posibilidades y los límites de recrear una historia real.
Una mujer desesperada
La complejidad del caso aparece también en la manera en que la película presenta a una mujer desesperada dentro de un entorno donde la maternidad parece funcionar casi como una exigencia. Su suegra, su propia madre y su esposo la presionan de distintas maneras para que tenga hijos, y para que los tenga lo antes posible, porque dentro de ese círculo familiar persiste la idea de que mientras más joven se convierte una mujer en madre, mejor.
El deseo de Alejandra por tener un hijo comienza así a confundirse con un mandato externo que termina por medir su vida y su valor como mujer desde su capacidad de ser madre. Después de dos abortos, asiste al médico y recibe la noticia de que será imposible que sus embarazos lleguen a término. La noticia la desestabiliza emocionalmente y termina conduciéndola a elaborar un plan completamente irracional.
La premisa recuerda inevitablemente a Instinto maternal, el documental dirigido por Jessica Dimmock para Netflix, construido también alrededor del caso real de una mujer que finge un embarazo y roba a un hijo. La cercanía entre ambos casos permite, sobre todo, observar dos maneras muy diferentes de representar un crimen atravesado por la maternidad.
En Instinto maternal, el relato se aproxima de una forma mucho más cruda y perturbadora al crimen y sus consecuencias. Un hijo propio dirige la mirada hacia otra parte: intenta comprender las condiciones emocionales y sociales que rodearon a Alejandra y, más adelante, preguntarse qué queda de una vida después de haber cometido el delito y cumplido la condena. De ahí proviene también el carácter bastante más luminoso de la película de Alberdi.
Las recreaciones encuentran un buen sustento en sus actores. Ana Celeste Montalvo, en el rol de Alejandra, y Armando Espitia, como Arturo, el esposo de la protagonista, consiguen darle cuerpo al relato que escuchamos en la voz de Marín. A través de ellos, la reconstrucción pasa de momentos más emotivos a una tensión cercana al thriller, hasta llegar finalmente a las consecuencias trágicas del caso.
La temporalidad del futuro
Durante la segunda mitad del documental comienza la deconstrucción del relato que hemos escuchado hasta ese momento. La primera parte se encuentra dominada por el punto de vista de Alejandra y por la recreación de su historia; luego aparecen otros testimonios que empiezan a tensionar esa versión, especialmente el de la mujer que, de acuerdo con el relato de Alejandra, le habría entregado al niño y que niega completamente esa circunstancia.
Con todo, lo que parecía hasta entonces una reconstrucción de los hechos comienza a revelarse como una versión de esos mismos hechos, atravesada por la memoria y por la manera en que Alejandra ha construido su propia historia.
La película se traslada entonces a la cárcel para mostrarnos a Alejandra en el presente y posteriormente acompaña su salida después de trece años de prisión. Ese desplazamiento entrega una sensación de cierre a un relato doloroso y permite que la película deje atrás progresivamente la lógica del caso criminal para observar qué ocurre con una vida después del crimen y del castigo.
Es también en este punto donde el documental adquiere su dimensión más esperanzadora, porque la pregunta deja de ser únicamente qué ocurrió aquel día y comienza a desplazarse hacia qué puede hacerse con una vida después de aquello.
Maite Alberdi vuelve a explotar aquí su capacidad para hacer convivir historias reales con recursos propios de la ficción y, a través de esa mezcla, darle dinamismo a una historia que podría haberse sentido encerrada en un acontecimiento ocurrido hace más de una década.
Las recreaciones hacen que ese pasado vuelva a adquirir movimiento, mientras que la presencia de Alejandra en el presente permite que la temporalidad de la película continúe avanzando y llegue incluso a proyectarse hacia el futuro.
Un hijo propio ofrece una mirada poco habitual sobre una historia criminal, interesada menos en el espectáculo del delito que en las vidas que quedaron marcadas por él. El crimen aparece atravesado por las expectativas depositadas sobre la maternidad, pero también por la posibilidad de pensar qué ocurre después del castigo.
Maite Alberdi construye una película extrañamente luminosa a partir de un episodio doloroso y logra que, hacia su final, el caso deje de sentirse solamente como material para un true crime. Lo que queda es, ante todo, una historia sobre una vida que todavía continúa.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Un hijo propio (2026).


![[Análisis] "El agente topo": Una vergüenza internacional para el cine chileno Dos hombres en oficina desordenada: uno de pie revisa documentos mientras otro sentado trabaja en escritorio cubierto](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2021/03/el-agente-topo-2-scaled.jpg)
![[Crítica] "La memoria infinita": El registro impúdico de una degradación Anciano sentado en sofá leyendo un libro amarillo, ambiente cálido con muebles de madera al fondo](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2023/08/La-memoria-infinita-3.jpeg)
![[Crítica] "El lugar de la otra": Un filme inconcluso y carente de conflicto Mujer sentada tras escritorio de madera con libros apilados, cuadro al fondo, interior de oficina clásica](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2024/10/El-lugar-de-la-otra-2.jpg)
![[Crónica] Viaje al Chile más cinematográfico Raúl Ruiz sostiene una cámara fotográfica junto a su rostro, retrato en blanco y negro que captura al cineasta chileno](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2025/09/raul-ruiz-1-scaled-e1757884916341.jpg)