[Crónica] Cuba: La revolución que quiso proyectarse en el tiempo

Fidel Castro murió en 2016. Pero su alta figura permaneció. Y llegamos, una década más tarde, al centenario de su nacimiento, en 2026, cuando la isla atraviesa una de las crisis más graves de su historia reciente: apagones, escasez de alimentos y medicamentos, inflación, deterioro de los servicios y una emigración de dimensiones extraordinarias.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 24.9.2026

David Hevia y Hugo Pizarro han publicado Fidel. Una Revolución cargada de futuro, título que, leído desde la Cuba de hoy, adquiere inevitablemente un carácter polémico. Porque la pregunta que surge, sesenta y seis años después del triunfo revolucionario, es precisamente ésta: ¿qué futuro terminó construyendo aquella revolución?

Conviene comenzar por una evidencia histórica: la Revolución Cubana no nació como una simple operación de implantación del comunismo soviético. Su origen estuvo en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, en el desafío por acabar con la corrupción institucional del régimen, que había convertido a Cuba en una suerte de casino-prostíbulo al amparo de la política de «patio trasero» impulsada y sostenida por Washington, con la complicidad y beneficio de las familias dueñas de la Isla y su destino; en la desigualdad social extrema, vicios y lacras en contraste con una larga tradición nacionalista que había encontrado en José Martí una de sus figuras tutelares.

Fidel Castro consiguió convertir esa rebelión en un movimiento capaz de derribar a Batista el 1 de enero de 1959 y de instaurar una república socialista a 90 millas de los EE. UU. de Norteamérica.

El libro de Pizarro y Hevia, concebido como un homenaje en justicia al máximo líder de la Revolución Cubana, con motivo de cumplirse el centésimo aniversario de su nacimiento, más que fruto de una fervorosa admiración, es producto de un largo y serio proceso investigativo que, a modo de un ensayo biográfico, proporciona datos precisos de lo obrado por aquel gobierno en beneficio de la clase trabajadora cubana, reseñando las medidas concretas de su real ejecutoria de progreso.

 

Un proceso concebido bajo la lucha y la esperanza

Asimismo, destaca la presencia cubana en América Latina, las ayudas oportunas y desinteresadas que desplegó Cuba, desde 1960, cuando la Revolución llevaba meses de trabajo. Y fue a propósito del megaterremoto de mayo de ese año en Valdivia y Concepción. Un importante grupo de médicos cubanos arribó a Chile para hacer realidad su oportuna e importante colaboración.

En este sentido, apuntan los autores: «Uno de los legados más destacados de la Revolución Cubana es la cruzada de médicos que, oficialmente desde 1963, ha llevado asistencia sanitaria a más de 164 países en el mundo. Esta misión ha sido un ejemplo inspirador de solidaridad y entrega y ha cambiado la vida de millones de personas en todo el planeta».

Testimonios documentados como este, con la confirmación de fechas precisas y estadísticas veraces, se detallan y exhiben en este libro, junto a una notable galería fotográfica que aviva nuestra memoria. Como testigos coetáneos de este proceso iniciado hace 66 años, hoy en una situación de grave crisis humanitaria, este libro nos conmueve y fortalece nuestra posición de solidaridad con el pueblo cubano, a la vez que exacerba nuestro rechazo al implacable e injusto bloqueo, y a las pretensiones de intervención militar del imperialismo

En nuestra calidad de escritores, a la manera de Albert Camus, es decir «como testigos irrenunciables de nuestro tiempo», caben también las reflexiones críticas de un proceso concebido bajo la lucha y la esperanza.

La revolución fue transformándose, progresivamente, en un Estado socialista de partido único, estrechamente vinculado a la Unión Soviética, en medio de la pugna planetaria conocida como «Guerra fría». Las nacionalizaciones, la planificación económica y la eliminación de la competencia política modificaron radicalmente la estructura de la sociedad cubana. Fidel pasó de ser jefe guerrillero a convertirse en el centro indiscutido del nuevo poder. Durante décadas, su figura se confundió con la propia Revolución.

Mas sería injusto, sin embargo, contemplar aquel proceso exclusivamente desde sus fracasos. Cuba obtuvo importantes avances sociales en educación y salud, trabajo y derechos humanos. Organismos internacionales han reconocido, especialmente, sus niveles de alfabetización y determinados logros sanitarios. La revolución consiguió, además, una extraordinaria capacidad de movilización nacional y proyectó una imagen de independencia frente a Estados Unidos que encontró amplia simpatía en América Latina, África y otros lugares del llamado Tercer Mundo.
Hay acontecimientos históricos que uno no contempla desde fuera. Nos ocurren y afectan, aunque hayan sucedido a miles de kilómetros de nuestra casa. La Revolución Cubana fue uno de ellos para varias generaciones de latinoamericanos.

Yo pertenecí a una generación que vio a Fidel Castro aparecer en el escenario continental, como triunfador de una guerra desigual que había derrotado al imperio y a sus secuaces internos, encarnados en la figura deleznable de Fulgencio Batista. Era el año 1959 y América Latina vivía todavía bajo el peso de las viejas oligarquías, los militares, la pobreza y la dependencia de Estados Unidos.

La Revolución Cubana tenía entonces el rostro de una esperanza. No era todavía, para muchos, una cuestión de marxismo-leninismo. Era la rebelión contra Batista, contra la corrupción, contra la humillación nacional. Fidel aparecía acompañado por una constelación de nombres que adquirirían una dimensión casi mítica: Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, Ernesto Che Guevara.

Y había algo profundamente latinoamericano en aquella epopeya. Por primera vez parecía posible que un pequeño país del Caribe se levantara contra una potencia gigantesca y decidiera su propio destino.

La historia, como suele ocurrir, resultaría mucho más compleja que el mito. La Revolución comenzó a transformarse rápidamente en un Estado socialista. La nacionalización de empresas, la reforma agraria, la planificación económica y la alianza con la Unión Soviética modificaron radicalmente la sociedad cubana. En 1961 Fidel proclamó el carácter socialista de la Revolución.

A partir de entonces comenzó también otra historia: la de la concentración del poder. Fidel fue dejando de ser solo el líder de una revolución, para convertirse en el centro de un sistema político que no admitía una verdadera alternancia. El Partido Comunista se convirtió en la estructura dirigente del Estado y la oposición política fue reprimida.

Aquí empieza uno de los grandes dilemas morales de la experiencia cubana: ¿Cómo juzgar una revolución que alfabetizó, extendió la educación y desarrolló un sistema sanitario reconocido internacionalmente, pero que, simultáneamente, restringió libertades fundamentales?

 

Símbolo de dignidad frente al poder norteamericano

No encuentro una respuesta sencilla. Tampoco creo que la historia de Cuba pueda comprenderse ignorando a Estados Unidos. Washington nunca aceptó realmente la existencia de una Cuba revolucionaria alineada con la Unión Soviética a 90 millas de sus costas. Llegaron el embargo, el bloqueo inmisericorde, los intentos de invasión, las operaciones clandestinas y una larga confrontación que alcanzó su punto máximo durante la crisis de los misiles de 1962.

Pero hay que decir algo que resulta igualmente incómodo: el embargo y el bloqueo no explican por sí solos la totalidad de la tragedia económica cubana. Hay que mirar también hacia dentro, hacia un modelo económico excesivamente centralizado, con baja productividad, la dependencia exterior y las dificultades de una economía que durante décadas descansó, en gran medida, sobre la relación privilegiada con la Unión Soviética.

Cuando la Unión Soviética desapareció, Cuba quedó frente a sí misma. Fue entonces cuando apareció aquella expresión que todavía conserva una resonancia dramática: el Período Especial. La Isla padeció escasez, apagones, hambre, deterioro de los servicios y una profunda crisis económica. Fidel resistió.

Y aquí aparece una de las características más extraordinarias de su personalidad política: su capacidad para convertir la resistencia en una forma de legitimidad. Durante décadas, Fidel consiguió que una parte importante de América Latina lo viera y apreciara como símbolo de dignidad frente al poder norteamericano. Para otros, fue el dirigente de un régimen autoritario que encarceló opositores, restringió la libertad de expresión y negó el pluralismo político.

Ambas percepciones forman parte de la historia. También forma parte de ella el enorme magnetismo intelectual que Cuba ejerció sobre escritores, artistas, estudiantes y militantes latinoamericanos. Hubo una época en que La Habana parecía ser una capital moral, artística e intelectual de América Latina.

Muchos jóvenes viajaban a Cuba para conocer aquella experiencia revolucionaria. Algunos regresaban transformados. Otros, los menos, terminarían decepcionados. Algunos intelectuales que habían simpatizado con la Revolución terminaron rompiendo públicamente con ella. La historia de la Revolución Cubana es también la historia de esas adhesiones y de esas rupturas.

Y Chile no estuvo al margen. La experiencia cubana fue observada con especial intensidad por la izquierda chilena. Cuando Salvador Allende llegó a La Moneda en 1970, Cuba y Chile establecieron una relación política de enorme simbolismo. Fidel visitó Chile en 1971 y permaneció varias semanas recorriendo el país. Aquella visita pertenece ya a lo mejor de nuestra memoria colectiva.

Pero dos años después, el 11 de septiembre de 1973, Chile conocería el golpe militar, que terminaría con la experiencia de la Unidad Popular e instalaría una feroz dictadura durante diecisiete años. Para quienes vivimos aquellos años, Cuba dejó de ser solo un acontecimiento extranjero. Pasó a formar parte de la conversación sobre nuestro propio destino.

Fidel murió en 2016. Pero su alta figura permaneció. Y llegamos, una década más tarde, al centenario de su nacimiento, en 2026, cuando Cuba atraviesa una de las crisis más graves de su historia reciente: apagones, escasez de alimentos y medicamentos, inflación, deterioro de los servicios y una emigración de dimensiones extraordinarias.

La paradoja es dolorosa. Aquella revolución que quiso construir el futuro parece hoy atrapada en el pasado. Sin embargo, no me parece justo reducir Cuba a esa imagen. Porque Cuba sigue siendo también José Martí, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Lezama Lima; es su música, su poesía, su cultura popular, su extraordinaria capacidad de sobrevivencia. Y es, sobre todo, su gente.

Y por ello, hacemos nuestra la conclusión final de este libro:

«Valgan, pues, los antecedentes que este volumen pone a disposición de sus lectores como registro de la historia forjada en la tenaz dignidad de Cuba y del líder fundador de la Revolución, en la firme certeza de que ese legado provee también de un precioso acervo vital a partir del cual los más distintos pueblos podrán impulsar las grandes transformaciones que hagan del mundo una humanidad cargada de futuro».

¿Optimismo?, ¿utopía?, ¿ilusión crepuscular?

¿Y qué otra respuesta o proposición podríamos enarbolar ante la crisis planetaria y el regreso de los idus apocalípticos?

 

 

 

 

 

***

Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

«Fidel. Una revolución cargada de futuro» (2026)

 

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Fidel Castro y Salvador Allende en 1971.

Comparte: