[Ensayo] «Al 2040»: Atestiguar el futuro y preguntarse por el presente

Quizás eso es lo que nos insinúa Jorie Graham con sus poemas: estamos en la calma que es ya la tormenta. El mundo arde en guerras implícitas y explícitas, colapsos climáticos, geopolíticos y económicos arrecian por todos los frentes, la procacidad y la hubris de los tecnócratas que conducen la evolución de la IA está llevándonos al borde del despeñadero.

Por Alfonso Matus Santa Cruz

Publicado el 25.9.2026

Vapor de agua colmando la atmósfera del baño, desvaneciendo los límites de un espacio cerrado, cuya apertura es la ventana abierta al paisaje, umbral por el que se deslizan los deseos y los años; las fisuras de los años se cuelan en el instante.

Una mujer percibe eso que está y no está aquí, renuncia a quedarse solo en el presente para penetrar en el ahora. Y no se queda de tanto quedarse, sino que se arroja hacia la luz futura: intenta atestiguar eso que empollamos en estos años de caos e invasión de la realidad virtual en todos los frentes.

La propuesta de Jorie Graham (1950), una de las poetas más laureadas y alineadas al río caudaloso de la gran tradición poética norteamericana, es, en su obra, Al 2040, traducida al castellano por Rubén Martín y editada por la Bella Varsovia, algo que podría nombrarse de forma tentativa como un réquiem para el futuro.

Lo que podría confundirse como la confluencia de poesía y ciencia ficción, es más bien la orilla de ese océano desconocido que es todo el porvenir, lo desconocido que ya nos habita, y quizá nunca nos ha dejado. Es alguien que procura dar testimonio desde el anonadamiento y la complejidad de los vaivenes perceptivos, contaminados por tantos medios y contenidos diversos.

En efecto, la apertura ya plantea la posibilidad de una extinción y se pregunta por el poder, por la posesión de lo que queda:

De quién es / el mapa. ¿Puedo / mirarlo? Dónde está mi / demanda. ¿Es mi historia // verificable?

El discurso parte desde un lugar que podría ser un cuerpo, una mujer, un nosotros; alguien que se pregunta por la existencia, por la memoria, por lo que ha sobrevivido.

Y lo hace con estos versos rotos, cuyos engarces a media pregunta entre un verso y otro abren puntos de fuga, estiran la posibilidad misma de cada pregunta. Las hacen respirar. Acaso porque es preferible tratar de respirar, ir lentamente tomando conciencia, que atribularse tratando de responderlas.

 

El tacto del cristal

Lo que parece un escenario abstracto de pronto permite que un cuervo se cuele en la estrofa ocho y entabla diálogo con la luz, para, en el siguiente poema, afirmar: No soy / escéptica. Busco // cómo entrar en lo des- / apercibido.

Y parece ser que las aguas subieron, que hubo un último día, que la catástrofe es un eco en la belleza avasalladora del paisaje que se muestra a punta de esquirlas, cigarras, matices en la luz del amanecer, pero luego llega el golpe que anonada: cuando la mano de nuestra guía trata de tocar su rostro siente el tacto del cristal.

Alrededor la tierra prolonga cumbres y valles, pero el aire enrarecido no otorga certezas y las multitudes, que en Whitman estaban dentro, aquí están desperdigadas en busca de un propósito. La nada se infiltra en todas partes como un virus diáfano que inocula una pregunta tras otra:

Somos un reflejo / ahora. ¿Dónde está lo que / reflejamos? Cómo pudo / dejarnos aquí. Viejo / relato, ¿has concluido? / ¿Nos has dejado en esta corriente // de memoria, sin / motivos, sin / trama?

Es imposible seguir y, sin embargo, una voz nos acompaña, nos consuela e insta a dejarlo todo, a salir hacia el futuro. Es sintomático que tras la traducción de la lluvia lleguemos al momento, al poema del ahora, que ya nos aproxima al ecuador de la obra. El tiempo está por todas partes, mutilado, esparcido como semillas en los surcos de la cultura, de la historia que nadie puede contar del todo. La realidad es difícil y la tormenta es la calma antes de la tormenta.

Quizá eso es lo que nos insinúa Graham con su fresco imaginario: estamos en la calma que es ya la tormenta. El mundo arde en guerras implícitas y explícitas; colapsos climáticos, geopolíticos y económicos arrecian por todos los frentes; la procacidad y la hubris de los tecnócratas que conducen la evolución de la IA está llevándonos al borde del despeñadero.

Con todo, quizá el futuro ya implosionó en nuestro presente y aún no nos damos cuenta. Quizá, como insinúa Peter Kingsley, estamos viviendo en tiempo prestado y el cadáver de occidente es nuestro paisaje.

Es el arte, con su poder profético, con su delicadeza vertiginosa, como la que articula estos poemas, lo que nos puede mostrar algo que palpita dentro y es capaz de guiarnos. Esa profundidad, esa defensa de la imaginación es la que atraviesa esta obra necesaria y reveladora.

 

 

 

 

 

 

***

Alfonso Matus Santa Cruz (1995) es un poeta y escritor autodidacta, que después de egresar de la Scuola Italiana Vittorio Montiglio de Santiago incursionó en las carreras de sociología y de filosofía en la Universidad de Chile, para luego viajar por el cono sur desempeñando diversos oficios, entre los cuales destacan el de garzón, el de barista y también el de brigadista forestal.

En la actualidad reside en la ciudad Puerto Varas, y hace cinco años publicó su primer poemario, titulado Tallar silencios (Notebook Poiesis, 2021). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura y director de la revista Crisol.

 

«Al 2040», de Jorie Graham (La Bella Varsovia, 2026)

 

 

 

Alfonso Matus Santa Cruz

 

 

Imagen destacada: Jorie Graham.

Comparte: