[Crítica] «Iscariote»: Un espejo de nuestras propias traiciones cotidianas

La comprensión psicológica es una de las marcas de la extensa voz poética del autor chileno Luis Cruz-Villalobos. Porque lejos de quedarse en la superficie del juicio moral, desciende a las raíces del odio, al sótano donde el verdugo es también una víctima de sí mismo.

Por Sergio Marentes

Publicado el 2.11.2026

Esta es una reseña crítica y de largo aliento al nuevo libro de Luis Cruz-Villalobos, Iscariote (Independently Poetry, Colección Antípodas, 2026), el cual reúne gran parte de sus más recientes composiciones poéticas.

Como ya es una impronta en la obra de Cruz-Villalobos (1976), este libro no se lee simplemente, sino que se reconoce; sin importar de dónde provengamos, podemos vernos de alguna forma en Iscariote. No es un poemario que se abre y se cierra, ni que pueda leerse de manera aleatoria o dispersa, como tantos otros del panorama (y de la historia universal de la poesía, lamentablemente); pues es un espejo, donde previamente se reflejó todo y, luego, de golpe, se rompe en nuestras manos y nos obliga a mirar los pedazos buscando, quizás en alguno, quizás en todos, ese mismo todo anterior.

Y además, pocas veces un título tan breve (una sola palabra que durante 2 mil años de tradición judeo-cristiana ha sido sinónimo de traición, culpa y aquello que no queremos ser) anticipa con tanta precisión el temblor que recorre cada página. Cruz-Villalobos, para terminar de entrar a este nuevo poemario, no escribe sobre Judas Iscariote: escribe desde Judas.

Cualquiera que haya leído una línea de su obra anterior, y hasta quien no, sabe que Cruz-Villalobos no es un poeta cualquiera. Es psicólogo clínico, doctor en filosofía y exministro presbiteriano. Esta triple condición (el sanador, el filósofo, el creyente) atraviesa su escritura con una densidad que rara vez se encuentra en la poesía contemporánea y, perdón la insistencia, en la histórica.

Así, con decenas y decenas de libros publicados, su obra abarca la mayor parte del espectro humano, tanto en lo tangible como en lo intangible. En Iscariote, que es de lo que vinimos a hablar hoy, todas esas vetas convergen en una sola obsesión: la figura del traidor como espejo de nuestras propias traiciones cotidianas.

 

Una presencia viva y una recurrencia histórica

El libro se abre con un preludio poético de Cristian «Tanchi» Villalobos que funciona como umbral de entrada. Allí se nos advierte: «Qué gran disyuntiva enfrenta la lectura de Iscariote«. Y esa disyuntiva es la de enfrentar una verdad incuestionable: que la traición, la culpa y el remordimiento «nos cruza siempre».

De esta forma, el preludio no endulza la lectura posterior, porque nos deja una de las claves de lectura del libro: «La maldad disfrazada de torpeza / De Religión / De Poder». Cruz-Villalobos no habla solo del Judas histórico, por supuesto, sino de los judas que habitan en las estructuras de poder, en las instituciones religiosas, en las relaciones humanas, en la propia intimidad, en ese lugar dentro de nosotros al que no podemos llegar.

Como es habitual en los escondrijos de su obra, aunque no lo parezca, este libro comienza con una especie de imagen, no del poeta ni de su obra, sino de algo que, visto desde el futuro, resulta ser alguien. El poema «Autorretrato» refleja al poeta. Allí dice en algún momento: «Soy esto y aquello / y más allá y más acá / tal como este cuadro (habla del mítico tríptico del Jardín de las delicias) / que no me canso de mirar / y que se parece a mi mente / que busca y crea / canta y llora / calla y se expande».

No termino de saber si este poema me hizo entrar a Iscariote o al poeta, pero sí me hizo salir de donde estaba cuando lo leí. Y eso es todo lo que puedo decir de ese primer poema del libro que, nada más y nada menos, nos lleva al siguiente, que está dedicado a la memoria de la poeta Renee Nicole Good.

El poema central, «Iscariote», es una increpación que estremece con solo empezar: «Judas / Por qué resucitas / cada año / Con tu anhelo / de oscuro lucro». Allí el poeta no le habla a un personaje bíblico (que no sobra decirlo), le habla a una presencia viva, a una recurrencia histórica: «No vuelvas / Judas / No sigas llegando / cada vez». La estructura casi litánica, con versos breves y cortantes, imita el ritmo de una letanía invertida, de una oración que en lugar de invocar, conjura: «Quédate en tu celda / En tu alta torre / que se pudre».

Allí hay, si me apuro, una rabia contenida, una indignación que bordea lo ético, que no se disuelve en un lamento inerte, sino que se clava como una astilla que pasó milenios escondida en una semilla esperando el momento del ataque del hacha para viajar a su destino final.

Pero Iscariote, contrario a lo que podría pensarse con una premisa apresurada, no es un libro de condenas, de maldiciones, de ruegos y súplicas para vencer el mal. Es, más bien, un libro de reconocimientos dolorosos. En «Disparo a la sombra», el poeta invierte la lógica del verdugo y la víctima: el que ataca, en realidad, ataca su propia oscuridad, su propia impotencia: «Quiere así sentir la victoria sobre el otro inferior / Que no logra identificar con su oscuridad invidente».

Esta comprensión psicológica, con perdón de los profesionales psicólogos (y profundamente humana, sin perdón de los inhumanos) es una de las marcas de la extensa voz de Cruz-Villalobos. Porque no se queda en la superficie del juicio moral, sino que desciende a las raíces del odio, al sótano donde el verdugo es también una víctima de sí mismo y, sorpresivamente, asciende convirtiendo.

Iscariote se articula en varias secciones que exploran distintas dimensiones de esta condición. Las «Anti-elegías al fascismo religioso», puntualmente la VI, son un ajuste de cuentas con la instrumentalización de la fe: «Usar el nombre del amor / Para escupir en la cara a los amados y amadas del cielo» es una acusación que resuena en cualquier institución que haya confundido el poder, el verdadero poder, con la trascendencia, o, mejor, con la intrascendencia.

Pero Cruz-Villalobos no cae en la trampa barata de desechar lo sagrado junto con sus falsos profetas para quién sabe qué (aunque, quienes lo hagan, bien sepan qué). En un gesto que recuerda a los profetas bíblicos más incómodos, porque aclara: «No me vengan con eso de botar el agua con la guagua». La crítica es al fascismo religioso, no a la fe, y al lucro, no al misterio, por si todavía faltaba aclararlo.

 

Amar fue otra manera de incendiarse

En Iscariote, para que ya vayamos empezando a salir, o a buscar la salida de estas palabras, mejor, hay una tensión constante entre el arder y el quemarse, entre la indignación como fuego purificador y la tristeza como ceniza que atestigua. En «Arder», que, para mí, es el verdadero corazón palpitante del libro, el poeta nos dice: «Le digo a mi alma / Le canto a mi centro / Aquí / En las inmediaciones del letargo / En la ciénaga del tedio / Arde / Arde como nunca».

Sin embargo, este momento de la lectura no es una invitación a la comodidad espiritual; de hecho, es una exhortación a la combustión: «No te mueras de vida limpia / Quémate en la batalla». El fuego aquí no es destrucción, ni mucho menos: es conciencia despierta, es palabras más, palabras menos, el principio del todo que buscábamos en los trozos del espejo roto.

Y no puedo (porque no quiero, ni debo) irme de estas palabras sin mencionar la «Oda a los genios atormentados» del final del libro, que comienza con una confesión que más parece una advertencia: «Nací / con un relámpago / encerrado detrás de los ojos».

Con estos tres versos es suficiente para saber que, aunque es el último poema del libro, apenas comienza este viaje hacia las entrañas del artífice, del arquitecto de esta obra de arte. Obra que, en memoria, menciona nombres que le inyectan, desde la dedicatoria del poema, una dosis de dolor suficiente: Van Gogh, Nietzsche, Kierkegaard y Cioran.

Página tras página, para no decir que palabra tras palabra, el confeso nos describe una vida alrededor de los cuadernos, la sangre, huesos rotos, cantos al silencio y, por supuesto, palabras y palabras que remplazaban el mundo que le hacía dolor.

Empero, y como cabe esperar en un hombre de fe, no todo es dolor, aunque lo sea, porque también nos cuenta, a lo mejor sonriendo, pero no puedo afirmarlo, que también amó, y que amar fue otra manera de incendiarse. Y, como si eso no fuera suficiente, a lo mejor dejando de sonreír, nunca se sabe, finaliza diciendo que nunca supo entrar a medias a la casa de otro ser.

Y podría seguir mencionando el mundo inmenso que se encierra en esta oda, pero ni el tiempo humano es infinito ni la vergüenza de hablar de un poema que, sin despeinarse, podría aguantar el paso del tiempo.

Pero hay flores, tormentas, más preguntas, sombras que descansan sobre la ternura, otra pizca de vergüenza, dolor y más dolor, y un abismo que se asoma tenue, pero lo suficientemente seguro de que quien se asoma, a él, por siempre y para siempre, es quien lee el poema y, ya allí, no dejará de ir hasta su final, el suyo y el del poema, que habla de la última noche del poeta, y de su bondad con el anonimato y, para nada sorprendente, con la luz.

Cruz-Villalobos, por si todavía hay alguien que, habiendo leído su libro o estas palabras, no lo conozca un poco, es un artista que no exculpa sino que revela. Y al revelar, como lo hizo con Iscariote, ofrece una hermosa posibilidad de lucidez: reconocer que el Judas que condenamos es también el que llevamos dentro. Porque su obra está inscrita en una tradición que no teme ensuciarse las manos, la única forma de no traicionarnos a nosotros mismos.

 

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Sergio Marentes (Bogotá, 1983). Narrador, poeta y aforista colombiano. Su trayectoria literaria se ha nutrido de diversas experiencias profesionales y culturales. Ha sido director literario de la revista Virguliéresis, coordinador del Grupo Rostros Latinoamérica y editor de las publicaciones Literariedad (Colombia) y Esteros (Uruguay).

También fundó el colectivo poético Regálate un poema. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano y portugués. Su producción se caracteriza por una prolífica y sostenida actividad creadora.

 

«Iscariote», de Luis Cruz-Villalobos (Independently Poetry, Colección Antípodas, 2026)

 

 

 

Sergio Marentes

 

 

Imagen destacada: Independently Poetry.

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