Ahora que el escritor chileno ha muerto —este día 5 de noviembre de 2026—, corresponde recordar que sus caminos vitales y creativos pertenecen, con singular distinción, a la historia de una generación de autores nacionales dispersos por el mundo. Muchos de ellos debieron reconstruir sus vidas en tierras lejanas, enseñar nuestra lengua, publicar sus libros en otras latitudes y transmitir a sus hijos esa dolorosa memoria articulada entre confines.
Por Edmundo Moure Rojas
Publicado el 6.11.2026
Hay hombres que abandonan su tierra por voluntad propia, en busca de horizontes distintos; otros son arrancados de ella por la violencia de la dictadura. Sergio Infante Reñasco (1947-2026) perteneció a estos últimos. Poeta, narrador, ensayista y académico chileno, su vida estuvo marcada por uno de los acontecimientos más traumáticos de nuestra historia contemporánea: el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 y la consiguiente diáspora de miles de compatriotas.
Nacido en Santiago el 1 de mayo de 1947, Infante perteneció a una generación que vivió intensamente las transformaciones políticas y culturales de la década de 1960. Su vocación artística se manifestó tempranamente. Estudió en la Escuela de Bellas Artes y, a los veinte años, publicó su primer libro de poemas, Abismos grises (1967).
Desde aquel título inicial parecían anunciarse algunas de las inquietudes que acompañarían su escritura: la incomunicación humana, la incertidumbre existencial y una cierta rebeldía frente a las convenciones de su tiempo. Su juventud transcurrió en un Chile convulsionado por las grandes esperanzas de transformación social, por el sueño revolucionario de la revolución «con empanada y vino tinto».
Comprometido políticamente con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), se trasladó al sur del país y residió principalmente en Chiloé. El golpe militar lo sorprendió en Osorno. Comenzaba así, para él, una existencia escindida entre la tierra natal y el país hiperbóreo que habría de recibirlo.
Primero fue Argentina. Después, en 1975, Suecia, donde llegó como refugiado político junto a su esposa. Estocolmo se convertiría en su residencia definitiva durante más de medio siglo.
Literatura, poder, lenguaje y verdad
El exilio no es simplemente un desplazamiento geográfico. Es una fractura de la identidad, una separación de los afectos, los paisajes, los sonidos y las palabras que constituyen nuestra pertenencia. El desterrado debe aprender a vivir en otra sociedad, con otros códigos culturales y otra lengua, mientras conserva en su memoria la geografía perdida.
Sergio Infante supo convertir esa experiencia en materia literaria. En 1979 publicó Sobre exilios / Om exilen, edición bilingüe en castellano y sueco, obra que constituye una declaración de su doble pertenencia y, al mismo tiempo, de su hondo desgarramiento. Luego vendría Retrato de época (1982).
En Estocolmo encontró a otros escritores chilenos que compartían circunstancias similares. En 1977 fundó, junto a Adrián Santini y Carlos Geywitz, el Grupo Taller de Estocolmo, al que posteriormente se incorporarían Sergio Badilla Castillo y Edgardo Mardones.
Aquella agrupación representó una forma de resistencia cultural frente a la dispersión provocada por la dictadura. En una ciudad del norte europeo, lejos de Santiago, Valparaíso y Concepción, aquellos poetas, narradores y ensayistas procuraron mantener viva una tradición literaria, recreando los vínculos con la lengua materna y la remota realidad chilena.
Porque el exilio puede privar a una persona de su paisaje, pero no logra despojarla por completo de su idioma. La lengua se transforma entonces en una patria portátil, un territorio que cada escritor lleva consigo y reconstruye mediante la palabra, como nos enseñará el poeta Efraín Barquero.
Sergio Infante desarrolló una importante carrera académica. Cursó estudios universitarios en Suecia, obtuvo el doctorado en literaturas hispánicas y fue profesor del Departamento de Español, Portugués y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Estocolmo durante más de dos décadas.
Su investigación sobre Yo el Supremo, la estupenda novela del paraguayo Augusto Roa Bastos, dio origen a El estigma de la falsedad (1991), estudio que revela su interés por las complejas relaciones entre literatura, poder, lenguaje y verdad.
En efecto, su producción poética continuó con El amor de los parias (1990), La del alba sería (2002) y Las aguas bisiestas (2012). En este último libro, su mirada se amplía hacia las amenazas que se ciernen sobre el planeta, la destrucción de la naturaleza y los peligros de un futuro que parece anunciar nuevas catástrofes. La preocupación humana y social que había acompañado sus primeros escritos encontraba ahora una dimensión universal.
Pero Sergio Infante no se limitó a la poesía. Incursionó también en la narrativa con Los rebaños del cíclope (2008), novela que forma parte de un proyecto narrativo mayor, interesado en recorrer los quiebres históricos de la sociedad chilena. Posteriormente, publicó Unquén, el que espera (2021), en cuyas páginas el recuerdo y la experiencia del exilio vuelven a ocupar un lugar significativo.
En 2017 apareció Las caras y las arcas, trilogía poética integrada por Epifanía y trastienda, Alameda almenada y Oculto en el doble fondo. Allí surge una de sus creaciones más interesantes: el Gran Rasca, figura que permite observar, mediante la ironía, la sátira y el humor, la mezquindad, el oportunismo y las contradicciones de la sociedad contemporánea.
Una manera de dialogar con los demás y con el mundo
En una entrevista concedida en 2013 al Foro Nórdico Chileno, al reflexionar sobre el sentido de su escritura, Sergio Infante expresó una idea que merece ser recordada. Señaló que sus libros eran, en el fondo, «una manera de dialogar con los demás y con el mundo». Esa confesión, sencilla y profunda, nos permite develar una de las claves de su vocación literaria.
No fue un escritor indiferente a su tiempo. Tampoco hizo del exilio una excusa para encerrarse en la nostalgia. Su obra transitó desde la intimidad lírica hasta la observación crítica de la sociedad, desde la experiencia personal hasta las inquietudes colectivas. Fue un hombre que mantuvo su relación con Chile sin dejar de habitar culturalmente el país que lo acogió.
Ahora que Sergio Infante Reñasco ha muerto, este 5 de noviembre de 2026, corresponde recordar que sus caminos vitales y creativos pertenecen, con singular distinción, a la historia de una generación de escritores chilenos dispersos por el mundo. Muchos de ellos debieron reconstruir sus vidas en tierras lejanas, enseñar nuestra lengua, publicar sus libros en otras latitudes y transmitir a sus hijos esa dolorosa memoria articulada entre confines.
La historia de aquellos exiliados no puede medirse solo por los años de ausencia ni por las distancias recorridas. Hay que reconocerla también por las obras que consiguieron levantar, por los vínculos culturales que preservaron y por la dignidad con que enfrentaron la adversidad.
Sergio Infante hizo de la poesía y la literatura una forma de permanencia. Su cuerpo ha regresado, para siempre, a la tierra madre, pero su obra, nacida entre dos orillas, seguirá habitando ese territorio sin fronteras que pertenece a la universalidad de los ávidos lectores.
En esa patria del idioma, seguirá estando el amigo y el poeta, Sergio Infante Reñasco.
(Con el alto patrocinio del Club de la Serpiente, donde ha dejado su sillón vacío).
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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.
Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.
Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020–2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

Imagen destacada: Sergio Infante Reñasco.





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