Una lectura sobre «How Occupy Wall Street Still Explains Politics Today» —un artículo publicado el 12 de agosto en el semanario estadounidense «The Nation»—, y el cual aborda desde una perspectiva de análisis politológico el aniversario número quince de las manifestaciones ciudadanas ocurridas a comienzos de la década pasada, en el Zuccotti Park de Nueva York, centro del poder bursátil y financiero a nivel mundial.
Por Mauro Salazar Jaque
Publicado el 15.8.2026
Mis agradecimientos por esta posibilidad de lectura política al Dr. Pablo Solari Goic
La tesis que sostiene el artículo conmemorado es clara, aunque el propio texto la disemina en anécdotas y genealogías sueltas: Occupy Wall Street no fracasó pese a su brevedad, sino que triunfó precisamente por ella, sembrando una gramática política una vez que la crisis financiera (2008) y las políticas de austeridad habían llevado a la desilusión generalizada bajo el gobierno de Obama: la denuncia del «99% contra el 1%», la desconfianza en las instituciones heredadas, la práctica asamblearia, la certeza de que otro reparto de la riqueza es posible, que maduró silenciosamente durante quince años hasta desembocar en el ascenso del socialismo democrático, en nuevas coaliciones electorales y en la reactivación de movimientos que hoy disputan vivienda, migración y tecnología. El fracaso organizativo inmediato fue así la condición misma de una victoria cultural diferida.
Antes de rastrear esa herencia diferida conviene detenerse un momento en la escena fundacional que el propio artículo escoge para abrir su relato, porque en ella ya está cifrado, en clave corporal antes que conceptual, el problema de representación que atraviesa toda la lectura que sigue a continuación.
El relato con que se abre el artículo conmemorativo, cuerpos que fluyen entre las líneas policiales «como agua entre las piedras», que se derraman por Manhattan hasta empozarse en Times Square, no debiera leerse como simple recurso narrativo. Es, ante todo, un intento de traducir en imagen corporal aquello que ninguna imagen puede contener del todo: la escala planetaria de un sistema financiero que no tiene rostro, ni domicilio, ni cuerpo propio donde ser tocado. El texto narra una multitud que busca, con su carne y su fricción, aquello que le falta al capital como referente sensible: un lugar donde asestar el golpe. Ese desajuste, entre la inmensidad abstracta de lo que se combate y la finitud concreta de lo que protesta, es la herida de fondo que atraviesa el relato entero, aunque el propio relato no la nombre como tal.
Jameson acuña la noción misma de «mapeo cognitivo» como respuesta al problema postmoderno de representar la totalidad social. Ahí formula directamente el problema que la lectura del artículo de The Nation retoma sin nombrarlo: cómo los individuos luchan por comprender su posición dentro de totalidades sociales y espaciales vastas, sistemas nacionales y globales, que resultan difíciles de representar o cartografiar. Por eso mismo se vuelve la referencia más precisa para la clave interpretativa usada en el análisis del cuerpo colectivo, el ticker de ABC y la imposibilidad de auto-representación del movimiento.
Conviene situar esa herida en un tiempo más largo que la mera efeméride. Lo que en 2011 apareció como novedad, la acampada, la asamblea horizontal, el cuerpo multitudinario ocupando una plaza financiera, es en verdad la reactualización de un gesto (temporalidades) que el continente conoce desde hace un siglo: la huelga general de comienzos del novecientos, las tomas de fábrica, los cordones industriales, las puebladas (1969 y 1972), los piquetes y los estallidos. Un siglo de protestas regionales que insiste, una y otra vez, en el mismo procedimiento elemental: cuando el discurso no alcanza para nombrar la injusticia, el cuerpo se ofrece como argumento la necesidad una totalidad estallada (experiencia perceptible o localizable). Se lo pone en la calle, se lo expone al frío, a la lacrimógena, a la bala; se lo convierte en prueba viviente de que existe una parte de la sociedad que el orden vigente no ha sabido, o no ha querido, representar. La acampada de Zuccotti Park, leída desde este linaje, no inaugura nada: hereda una gramática corporal que nos lleva a Buenos Aires (2001), a Santiago en 2011 y en 2019, a Bogotá (2021) y Quito (2019) en años sucesivos que, ensayaron con sus propios ritmos, y sus propios muertos.
Esa gramática es, ante todo, una política de los cuerpos antes que una política de las ideas. El artículo lo intuye sin teorizarlo: describe comedores populares, dormitorios comunales, cuerpos que comen, duermen, se enferman y se cuidan colectivamente durante semanas en una plaza. No hay ahí, en rigor, un programa; hay una fisiología colectiva puesta a prueba, un experimento de convivencia que se sostiene menos por su coherencia doctrinal que por su capacidad de permanecer, de insistir físicamente en el mismo sitio hasta agotar la paciencia del poder que administra ese sitio. El cuerpo ocupante es, en este sentido, un cuerpo que argumenta por presencia, no por enunciado: dice «aquí estoy» donde el discurso oficial querría que no hubiese nadie que decir algo. La plaza ocupada funciona como un montaje de gestos, de rostros, de cuerpos durmiendo y comiendo juntos, y ese montaje, más que cualquier consigna, es lo que produce sentido político, precisamente porque yuxtapone tiempos y escalas que el relato oficial mantiene separados.
El capital abstracto, precisamente porque no tiene cuerpo, aspira a gobernar un mundo sin cuerpos: quisiera que el dinero circulara y la mercancía circulara, al igual que el dato, sin la fricción molesta de la carne que se detiene, que se cansa, que ocupa un lugar y se niega a moverse. Pero esa aspiración fracasa una y otra vez, porque ningún flujo financiero puede prescindir finalmente del territorio que lo sostiene, ni de los cuerpos que producen, transportan, vigilan y también resisten ese territorio. El capital no logra expulsar del todo la política de los cuerpos; solo consigue desplazarla, reprimirla, postergarla.
Y sin embargo, aquí se anuda el problema que el texto no logra resolver del todo, ese cuerpo colectivo no consigue, o no siempre consigue, traducirse en mapa. El instante en que el ticker luminoso del edificio de una cadena de noticias anuncia, en letras rojas, que la ocupación «se ha vuelto mundial» funciona como una escena reveladora: el reconocimiento de la propia magnitud no llega desde dentro de la experiencia vivida, desde la asamblea, desde la marcha, desde el cuerpo cansado que duerme sobre cartones, sino desde la pantalla del adversario, desde el mismo aparato mediático-corporativo que en otro momento servirá para deslegitimar, ridiculizar o simplemente ignorar esa misma multitud. Hay algo trágico en esa dependencia: el cuerpo que ocupa la plaza necesita, para saber lo que es, la confirmación de un dispositivo que no le pertenece y que tarde o temprano se le volverá en contra.
Esta imposibilidad de auto-representarse desde dentro, de fabricar, con los propios medios del movimiento, un mapa fiable de su posición dentro del conflicto que libra, reaparece, con matices regionales, en cada uno de los ciclos de protesta que el continente ha vivido en el último siglo. Las puebladas argentinas de comienzos de siglo, los estallidos chileno y ecuatoriano de 2019, comparten con Zuccotti Park esa misma dificultad de traducir la intensidad corporal de la calle en una arquitectura política capaz de sostenerse más allá del momento álgido de la ocupación. El cuerpo sabe ocupar; le cuesta mucho más gobernar el sentido de su propia ocupación. Y cuando esa traducción falla, lo que queda, el artículo lo dice, sin decirlo del todo, no es derrota pura ni victoria pura, sino un residuo: una cicatriz en la memoria colectiva que reaparece, veinte años después, bajo la forma de una columna conmemorativa, de un aniversario: de una lista de herederos políticos que permite, retrospectivamente, ordenar en línea recta lo que en su momento fue dispersión, fragmento, simultaneidad sin centro.
Porque eso es, en el fondo, lo que hace el propio artículo: cumple, quince años después, la función que el cuerpo ocupante no pudo cumplir por sí mismo en tiempo real. Reconstruye una genealogía, Sanders, el movimiento por el clima, la ola de socialismo democrático, las candidaturas recientes, que ofrece al lector la sutura narrativa que la experiencia vivida no pudo ofrecerse a sí misma mientras ocurría. Es la escritura, no la plaza, la que finalmente traza el mapa; es el texto, no el cuerpo, el que consigue situar el acontecimiento dentro de una totalidad histórica inteligible. Hay en esto una temporalidad escindida que también reconoce el continente: el presente de la calle es siempre fragmentario, urgente, saturado de cuerpo y desprovisto de distancia; el presente de la escritura, el ensayo, la crónica del aniversario, el balance a la distancia, es el único lugar donde ese fragmento adquiere, retroactivamente, la forma de un relato con principio, nudo y herencia.
Conviene detenerse en el reverso de esa gramática corporal, porque el continente conoce también su cara más sombría. Donde el cuerpo aparece como argumento político, aparece también como blanco: el cuerpo detenido, el cuerpo torturado, el cuerpo desaparecido que las dictaduras del último medio siglo convirtieron en materia prima de su propio terror. La política de los cuerpos que se ensaya en una ocupación nunca está desligada de esa memoria más antigua y más dura: cada vez que una multitud decide exponer su carne en una plaza, lo hace sabiendo, a veces de manera explícita, a veces como saber sedimentado en el modo de organizarse, de cuidarse, de nombrar a los ausentes, que ese gesto puede costarle la libertad o la integridad física a quien lo ejecuta. El artículo apenas roza esta dimensión cuando menciona la represión que desmanteló los campamentos; pero ese desalojo, leído desde el continente, es el eco menor de una violencia que aquí tuvo nombres propios, fosas comunes y generaciones enteras de familiares buscando restos.
Queda entonces una pregunta que el texto formula sin plantearla explícitamente, y que el siglo entero de protestas regionales repite bajo distintas fachadas: si la reconstrucción narrativa de una totalidad dispersa, esta columna, este aniversario, esta lista prolija de movimientos herederos, constituye efectivamente un saber estratégico capaz de orientar la acción futura, o si es, más bien, otra forma de clausura: la manera en que una sociedad aprende a convivir con sus propias cicatrices convirtiéndolas en anécdota conmemorable, en pieza de archivo, en genealogía que tranquiliza precisamente porque ya no exige que ningún cuerpo vuelva a exponerse en una plaza para que la historia, esta vez, no tenga que esperar quince años para saber lo que fue.
Ese montaje de imágenes supervivientes no es contemplación neutra: exige un uso. Reactivar hoy la imagen de los cuerpos en Zuccotti Park, contra ICE, contra el desalojo de vivienda, contra la militarización del territorio, es negarse a que la historia se archive como anécdota conmemorable. La política, aquí, consiste precisamente en eso: rescatar la imagen del olvido y devolverla a la disputa, antes de que el poder decida definitivamente su significado.
Referencias
— Jameson, Fredric. «Cognitive Mapping». En Marxism and the Interpretation of Culture, editado por Cary Nelson y Lawrence Grossberg, 347–360. Urbana/Chicago: University of Illinois Press, 1988.
***
Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y también doctor en comunicación por la Universidad de La Frontera (Chile) y por la Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

Imagen destacada: Fredric Jameson.

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