[Crítica] «Relajadas y muy peligrosas»: Una comedia demasiado programada

Queda la sensación de que el tráiler contenía casi todo el filme de los realizadores estadounidenses Jon Lucas y Scott Moore, no porque revelara cada acontecimiento, sino porque bastaba conocer a estas cuatro mujeres y la premisa del viaje para imaginar buena parte de lo que vendría después.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 21.9.2026

Hay filmes que permiten anticipar buena parte de su recorrido desde los primeros minutos. Eso no es necesariamente un problema: muchas comedias trabajan con estructuras conocidas y personajes reconocibles. El asunto es qué hacen después con ellos. Relajadas y muy peligrosas presenta rápidamente sus cartas y, durante casi todo su metraje, se limita a jugar la partida que uno ya imaginaba.

La película comienza cuando sus cuatro protagonistas todavía son adolescentes. Cada una queda definida de inmediato por un rasgo: Coco es agresiva, Sophie estudiosa y responsable, Jane correcta y controladora, Mel la amiga desatada capaz incluso de robar un automóvil.

Décadas después volvemos a encontrarlas y aquellas características permanecen prácticamente intactas, convertidas ahora en problemas de adultas: Jane (Leslie Mann) es una abogada exitosa que ha organizado su existencia hasta eliminar cualquier espontaneidad —cuando alguien la invita a salir, revisa su agenda y ofrece una fecha tres meses más tarde, el primer espacio disponible; es un buen gag, tan bueno que la película desconfía de su propia eficacia y termina repitiéndolo—.

Sophie (Anna Faris) trabaja como asistente de un jefe incapaz de resolver nada por sí mismo, en una relación que ha adquirido algo de maternal mientras posterga la suya. Coco (Michelle Buteau) carga una agresividad que contribuyó al fracaso de su matrimonio, aunque el guion es cuidadoso en no hacer de su exmarido el responsable de la separación: aparece como un hombre que todavía la quiere y que intentó que ella enfrentara su ira.

Y luego está Mel (Isla Fisher), encargada de introducir el caos. Desde el comienzo sabemos que es la integrante incómoda del grupo, aquella figura que las propias amigas describen como la persona a quien nadie quisiera invitar.

Sophie la convoca al fin de semana en un spa convencida de que está en Australia y no podrá asistir; Mel aparece de todos modos, y la vida perfecta que exhibía en Instagram era bastante menos real de lo que sus amigas suponían. A partir de su llegada, la película encuentra su mecanismo cómico principal: Mel «mueve el piso» por donde pasa.

Interrumpe sesiones de meditación, roba un carrito de golf, provoca un accidente, organiza una fiesta con drogas en la habitación, libera cabras por el spa y arrastra al grupo hasta la policía. La secuencia del carrito está entre los momentos mejor logrados, porque aprovecha bien el ritmo y la comedia física. El problema es que la acumulación pronto se vuelve previsible: cambia el tamaño del desastre, pero el procedimiento sigue siendo el mismo.

 

El conflicto más interesante del guion dura una escena

Mel cumple además una segunda función: empujar a las otras tres hacia las transformaciones que el guion les tiene preparadas. Le dice a Kai, el profesor de yoga que se interesa por Jane, que ella quiere acostarse con él; obliga a Sophie a enfrentar a su jefe y renunciar; fuerza a Coco a reconocer tanto su ira como los sentimientos que aún existen entre ella y su exmarido.

Es agente del caos y terapeuta improvisada, sacando a cada amiga de su zona de confort. Mel tendrá también su propia revelación: la mujer que aparentaba una existencia libre y exitosa descubre que buena parte de esa imagen era pura representación, y que su desorden puede sacudir a sus amigas sin ser, en sí mismo, una respuesta satisfactoria a la vida adulta.

Con todo, el problema de fondo es que todos estos recorridos son demasiado visibles. La película presenta un rasgo, muestra cómo ese rasgo se ha convertido en una dificultad y construye la situación que producirá el aprendizaje correspondiente.

Hay evolución en los personajes, pero cuesta encontrar alguna sorpresa en ella: desde que conocemos a las cuatro adolescentes podemos imaginar con bastante precisión qué deberá aprender cada una antes de los créditos finales.

Ahí es donde la película desperdicia su mejor material. La idea de la amiga que nadie quiere invitar ofrecía posibilidades bastante más incómodas que las que finalmente explora. Las amistades nacidas en la adolescencia no necesariamente sobreviven intactas a décadas de vidas separadas; la culpa, la costumbre y la historia compartida pueden mantener unido a un grupo cuyos integrantes ya no tienen demasiado en común, y eso —más que la torpeza de Mel— habría sido un conflicto genuinamente incómodo de sostener.

El filme alcanza a asomarse a esa posibilidad cuando descubrimos que ninguna quería realmente que Mel fuera al viaje, pero de inmediato la conduce hacia un terreno más tranquilizador: las amigas se disculpan y entienden que aquella mujer que tanto las irritaba era justo quien necesitaban para cambiar. El conflicto más interesante del guion dura, literalmente, una escena.

Algo similar ocurre con los conflictos individuales. Hay buenas ideas desperdigadas —una mujer atrapada por su propia eficiencia, otra que convirtió el cuidado de un jefe inútil en su vida entera, una tercera incapaz de controlar una rabia que dañó su matrimonio, una cuarta que usa las redes sociales para representar una existencia exitosa que que no es real—, pero sus soluciones parecen diseñadas para cerrar cada arco con demasiada limpieza.

El desenlace confirma esa lógica: Sophie consigue un trabajo que le permitirá viajar por el mundo, y tiempo después las amigas vuelven a reunirse para acompañarla a otro spa, esta vez en Europa. El círculo queda cerrado y cada personaje llega exactamente adonde el guion había planeado desde el principio.

Mann, Faris, Buteau y Fisher tienen oficio de sobra para sostener estas situaciones, y la película consigue momentos genuinamente divertidos; tampoco convierte a los hombres en responsables automáticos de las frustraciones femeninas —salvo el caricaturesco jefe de Sophie, tanto el exmarido de Coco como Kai son personas razonables y bien intencionadas—.

Pero para una comedia que apuesta tan fuerte por el descontrol, Relajadas y muy peligrosas está curiosamente controlada. Sus personajes necesitan abandonar vidas demasiado rígidas y permitir que ocurra algo inesperado; la película rara vez se concede ese mismo privilegio. Todo está en su sitio desde el comienzo: quien provocará el caos, el conflicto que enfrentará cada amiga, la catarsis correspondiente, la reconciliación final.

En efecto, por eso queda la sensación de que el tráiler contenía casi toda la película —no porque revelara cada acontecimiento, sino porque bastaba conocer a estas cuatro mujeres y la premisa del viaje para imaginar buena parte de lo que vendría después—. Para una historia que invita a sus personajes a salirse de la agenda, habría sido más divertido que el propio guion se atreviera, alguna vez, a hacer lo mismo.

 

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

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