Filebo, el maestro, nos decía que el arma del escritor no es el fusil, ni siquiera la primitiva piedra, sino la palabra. Tratemos de ser escuchados, no sólo desde la torre de Montaigne, sino también desde la voz colectiva de nuestro gremio.
Por Edmundo Moure Rojas
Publicado el 13.8.2026
El 13 de marzo de 2017, bajo el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, se promulgó la Ley N°21.045 que daba respaldo jurídico a la creación del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (nombre asaz complejo y algo rimbombante). Esta secretaría de Estado reunió, en una sola entidad a organizaciones anteriores: la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM), creada en 1929, y el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA), que databa de 2003.
Las principales entidades e instituciones gremiales que representan en nuestra aldea semiletrada a las diversas expresiones del arte y la cultura (singular universal está mejor dicho) reiteraron su complacencia a través de sus directivas y asambleas, al ver plasmado en letras y ley ese viejo sueño de una política cultural que fuera capaz de promover e incentivar el desarrollo de las diversas manifestaciones artísticas, procurando ayudas económicas efectivas, sobre todo a los valores «emergentes», a esos jóvenes impedidos de publicar un libro con sus poemas o narraciones; asimismo, a los cultores de otras artes de igual o más difícil concreción.
Me atrevo a decir que, desde la promulgación de la ley —y aún antes— se entronizó, se enquistó, se apoltronó, se arrellanó, se enchufó, etcétera, un grupo de funcionarios «de planta» o «a contrata» que ha manejado y maneja a su antojo la adjudicación de los Fondos de Cultura, bajo un criterio mediático, mercantilista y publicitario que ha establecido, como una de las condiciones sustanciales de aprobación de proyectos el «impacto», sustantivo y concepto aún no dilucidado en plenitud por sus pergeñadores burocráticos.
Hablo desde mi propia experiencia como «consejero del libro» por dos años, en representación de la Sociedad de Escritores de Chile, y por testimonios veraces de algunos de mis pares.
No obstante, cabe reconocer que muchos autores de nuestro menesteroso oficio han obtenido estas ayudas para publicar sus libros o para dar impulso a sus procesos incipientes de escritura. Sin embargo, en la política cultural establecida y practicada a través del ministerio han prevalecido los criterios de mercado propios del sistema neoliberal que nos rige desde hace cuatro décadas, exacerbada hasta la náusea por el actual gobierno.
Y es así que el actual régimen no ha trepidado en recortar el presupuesto de cultura, mucho más allá —en términos reales— del cacareado 3 %. Reflejo de esta política nefasta resultan los criterios de evaluación y sus condiciones para postular, expresados en la convocatoria a los Fondos de Cultura 2027, alcanzando niveles grotescos y esperpénticos desde un engorro sintáctico difícil de desentrañar hasta por los propios ejecutores.
Todo esto —qué duda cabe— orientado a otorgar la menor cantidad de proyectos en las diversas áreas, en función del «ahorro de caja fiscal» que patrocinan los mandamases de La Moneda.
Nuestra condición de ciudadanos opinantes y rebeldes
Nos hemos enterado, antes de iniciar esta crónica de una «noticia en curso», según dicen los periodistas, como si las noticias caminaran…, del acuerdo de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados (no sabía yo de la existencia de esta especie de oxímoron parlamentario) para «oficiar al Ministerio de las Culturas en medio de una controversia por los fondos concursables».
Veremos hasta dónde llega esta acción oficiosa que, en alguna medida, hace eco de nuestro “malestar de la cultura”.
Por otra parte, me refiero a ciertas opiniones vertidas por algunos compañeros de oficio (o colegas, si cabe, en prevención de su desagrado por llamarlos compañeros), que sustentan la idea contraria respecto a las políticas estatales de ayuda a los creadores, sosteniendo que las expresiones del arte son fruto de la creatividad individual, solitaria y acotada, y no dependen de ayudas externas; que los escritores «no se fabrican», y otros lugares comunes de bizantina discordia.
Olvidan las cartas plañideras y pedigüeñas de Miguel de Cervantes a sus posibles mecenas. Y fue gracias a ellos que se publicaron la primera y la segunda partes del libro más extraordinario de todos los tiempos.
Sí, los escritores somos de carne y hueso, aun cuando pretendamos la categoría de «pequeños dioses» o el modesto estado de «artesanos de la palabra», y estamos sujetos a los rigores implacables de la subsistencia.
Tampoco debemos olvidar nuestra condición de ciudadanos opinantes y rebeldes y díscolos e inconformistas. Filebo, el maestro, nos decía que el arma del escritor no es el fusil, ni siquiera la primitiva piedra, sino la palabra. Tratemos de ser escuchados, no sólo desde la torre de Montaigne, sino también desde la voz colectiva de nuestro gremio.
Así sea.
***
Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.
Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.
Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores, y también es el secretario general vigente de la Sociedad de Escritores de Chile.

Imagen destacada: Emilio De la Cerda Errázuriz.

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