[Crónica] «La ligereza»: El ensayo es el Andrés Iniesta de las ideas

Los cuatro ensayos reunidos en este volumen por el autor colombiano Juan Cárdenas, corresponden a un libro que se puede leer mientras se interrumpe la lectura: en efecto, la presteza de las tesis propuestas, más cerca de una teoría de la meditación estética intrínseca en la escritura misma, es la que permite que el texto flote.

Por Nicolás López-Pérez

Publicado el 27.9.2026

Llega a ser un problema cuando una cita sin fuentes tiene que ser compartida, al menos para la gente con escrúpulos. Punto aparte la situación de Albert Einstein y Steve Jobs, más conocidos por aforistas o filósofos de la más grande ágora de este mundo: el leitmotiv es, a prima impresión, ligero, pero deviene pesado, porque es como haber pescado una manzana comestible en un campo de manzanas podridas.

O, mejor dicho, la manzana recogida cancela la búsqueda. En mi caso, por motivos de una tesis doctoral, tuve que bucear en un ensayo de Jeremy Bentham publicado en 1824, porque a un genio de la paráfrasis —y posiblemente, del plagio tácito— se le ocurrió decir que «el poder del abogado inicia donde está la incertidumbre de la ley». En el original, la cita está descompuesta y es mucho más compleja, pero ahí está.

La búsqueda, desafortunadamente, no me acompaña en el cometido mediante el cual quería comenzar esta recensión. Seré irresponsable, en la espera que un lector o una lectora aguda pueda reconducirme a la cita, quizás estaremos en frente de un robo monumental como el que hicieron con Rudyard Kipling a Edgar A. Best (el hipervínculo al poema); hay otros ejemplos de ese tipo, se me viene a la mente la confusión de UB40 y su «Red red wine» en favor de Bob Marley; o en la literatura latinoamericana, la atribución de autoría del epígrafe con que inicia Los detectives salvajes a Mario Santiago Papasquiaro, dejando en el camino al gran poeta también mexicano Gilberto Owen. En fin, he ahí unos ejemplos de presunta ligereza.

Según creo, la cita irresponsable es de Michel de Montaigne quien, supuestamente, nos dice que el ensayo es la «novela de las ideas». Es una imagen tan linda que, delante de la autoridad del presunto autor, nos convence. Juan Cárdenas (Popayán, 1978) publica, ya en 2024, La ligereza (Periférica) en lo que se ha convertido en su casa editorial, especialmente para sus novelas.

«¿Cuál es la distancia que separa una obra de arte valiosa de la que no lo es? ¿Acaso es una mera cuestión de gusto, de bagaje, de canon, de accesibilidad, de marketing?», estas son dos preguntas que luego inician a orbitar delante de una lectura y relectura de El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971) de José María Arguedas.

A la primera pregunta, Juan bordea la respuesta con el ejemplo del juego de Andrés Iniesta: «Hay quienes creen que jugar al futbol como Andrés Iniesta, pero eso ocurre porque el arte de Andrés Iniesta nunca parece esforzado» (p. 9).

La ligereza viene descrita como una conquista, pero de la que se es consciente cuando se está flotando. Y, al mismo tiempo, es un alejamiento del arte pesado, de lo grave, lo frívolo y lo obediente; también esto alcanza el costumbrismo, la demagogia, los excesos de lo secular y lo religioso, la apoliticidad y la producción militante.

Es inevitable pensar una justificación estética de su manera de concebir la literatura y el arte por parte de Juan, pero superando ese escollo me parece que es posible llegar a otras conjeturas siempre provisorias de una primera lectura.

Con todo, entre digresiones, leer el libro de un tirón ayuda, pero La ligereza es un libro que se puede leer interrumpiendo la lectura: justamente, la ligereza de las tesis que propone, más cerca de una teoría de la meditación estética intrínseca en la escritura misma, es la que permite que el libro flote.

En esa línea, la formulación virtuosa entre imágenes y textualidades nos sugiere que el libro en sí es ligero, pero no porque sea como la escritura de Dante o George Eliot o como una pintura de Edward Hopper o una naturaleza muerta, sino porque la ligereza no va en lo qué se dice, sino en cómo se dice.

Volviendo recurrentemente a la obra de Arguedas, en un pasaje, expone: «El zorro de arriba y el zorro de abajo conversan y conversan, y se enredan tanto que al final no saben quién es quién, intercambian posiciones. Así es como vamos perdiendo la noción cabal de la ligereza, porque ya no sabemos bien si estamos de pie o con las patas para arriba» (p. 30).

De la última novela del autor peruano se ha escrito mucho, en particular, este choque entre la tradición andina y el desarrollismo y entre las desigualdades sociales y culturales. La metáfora de los zorros, bien explicada por Juan, busca tender puentes entre los dos mundos diametralmente opuestos. Arguedas actualiza esa problemática al interior de una nación que aún persiste, sin embargo, todo se juega en el Kay Pacha, es decir, en este mundo.

 

La capacidad de cristalizar una experiencia

La propuesta inmanentista es ligereza, porque solo en este mundo y en esta vida se puede flotar. Ayudados por los aviones —que, además, nos transportan— y los globos aerostáticos, el parapente y el paracaídas. Caer también es flotar. A diferencia de la modulación de los zorros en Dioses y hombres de Huarochirí, texto colonial peruano que recopila mitos andinos.

Arguedas se conecta con ese viejo saber a partir de la traducción, pero, de manera audaz como José Carlos Mariátegui, busca reconectar el dogma (o ideología) con su tierra, considerando cuánta agua ha pasado. En otras palabras, leer Dioses y hombres de Huarochirí en su tiempo, guardando las distancias y esencia del texto.

Puede que como José Lezama Lima zurcía las eras imaginarias, Arguedas confundido entre un tiempo histórico dual (del ayer y el mañana) y un tiempo histórico personal y cultural, intenta la hibridación de las sangres en Chimbote. Juan nos dice que «Arguedas es quizá ambos zorros. O quizás es el punto donde ambos zorros se encuentran, ni en la sierra ni en la costa, un espacio intermedio, indecible» (p. 88).

Juan nos presenta también el pensamiento decolonial de Édouard Glissant y menciona a René Zavaleta Mercado y su concepto de sociedad abigarrada y a Silvia Rivera Cusicanqui, dándonos ciertas pistas en la teoría crítica latinoamericana.

El espacio intermedio recuerda el concepto de «entre-lugar» en la literatura latinoamericana que propone el crítico brasileño Silviano Santiago. Consideremos la esencia del concepto, esto es, una teoría del riesgo y del peligro, una teoría de la apertura de caminos propios y espacios de discusión que pueden ser fructíferos o no, porque no hay garantías.

Abrir el diálogo a ese encuentro de los zorros, es abrir el camino a esas identidades que no hemos adoptado y que se mueven como placas tectónicas en estos tiempos. La pureza, a este respecto, no me parece que apruebe la prueba de ligereza. Observemos estos versos de la poeta peruana, awajún y wampis Dina Ananco de un poema intitulado «La pureza ambigua»:

Te miro cuando hablas el castellano
Cuando hablas inglés
Cuando hablas cualquiera de las 48 lenguas de Perú
Cuando dices hablar wampis puro
Te miro cuando se te escapa la pureza por tus venas
Cuando tu corazón y tu cuerpo le gritan a lo puro como mezcla del todo en uno
Sí, debe sentirse uno el absoluto placer al llamarse puro
Tan ambiguo
Como yo en mis diversas culturas y
Caminos recorridos de la vida
En tantos continentes de la experiencia
Tan cósmico como la vida breve hacia la eternidad.

«Lo puro como mezcla del todo en uno», tal vez como una sustancia única y sinigual: la pureza desde hace 200 años que aqueja como discurso cientificista en nuestras sociedades. «Tan ambiguo / como yo en mis diversas culturas», puede leerse como la opacidad (en contraposición a una sola identidad) de Glissant.

Si el interlocutor del hablante lírico habla castellano, inglés o wampis, solo en esta lengua expresa la pureza, la pureza de quienes se purifican hablando como los ancestros. Ananco también escribe en wampis. La idea de «diversas culturas» que posee quien habla en el poema es compatible con ambos zorros, pero aún más el punto donde el crisol es posible.

La novela de Arguedas también interesa a Juan por su carácter incompleto: a contrapelo, esto se puede leer como un fetiche de la literatura, como si fuera más enigmático llegar a una interrupción; las ucronías aquí no valen, se lee tal como está.

El encuentro con el otro es siempre incompleto, como la propia identidad cuando es mestiza o cuando se compone de la majamama cultural que subraya Sergio Pitol en El arte de la fuga (1996), esto es, libros leídos, arte visto, música escuchada y olvidada, calles recorridas, etcétera.

Siempre con Arguedas, Katatay puede leerse en sintonía con Los ríos profundos, para iluminar esa dimensión bilingüe donde la sensibilidad es producto de un vínculo con la lengua: sobre la exofonía, previene Adrián N. Bravi, «cada experiencia que hacemos con la lengua, sea ella extranjera o propia, presupone un renacer y un punto de no-retorno» (La gelosia delle lingue. Macerata: eum, 2017, p. 8).

Y si de no-retorno se trata, tenemos a Hernán Cortés que barrenó las naves y al último capítulo de La ligereza. Los libros cuando los transportamos en mochilas y maletas jamás son la levedad, a menos que sean de esos poemarios desechables de 50 o de 60 páginas.

Cuando Bravi, volviendo al tema anterior, reconoce lenguas extranjeras o propias, imagino que se refiera a las que se hablan y aquellas que están fuera de ese margen. De todas maneras, el escritor argentino-italiano les concede a todas las lenguas la capacidad de cristalizar una experiencia de esa manera, tal como la poesía para Arguedas.

 

Sentirlo todo de todas las maneras

Ahora bien, la lengua española es vasta, pero sus bemoles radican en la vinculación con otras lenguas, en particular, lenguas que, por nomenclaturas habituales, llamamos indígenas para distinguirlas. Eso me lleva a hablar de Lorenzo García Vega. Creo haber notado a este autor en una referencia a autores no incluidos en la antología Medusario hace unos diez años.

El problema mío no es ese, sino el entrar en librerías que tengan una serie de libros de autores latinoamericanos de todos los tiempos. Así fue en la Librería Inestable en Lima, también años atrás, el dueño la abrió para mí y me guio bien por el catálogo. Salí con treinta libros, obsérvese también el efímero poder de adquisición. Lorenzo García Vega estaba allí, con sus prosas alucinantes.

Dos exiliados en Madrid, dice Juan del encuentro con el poeta cubano. En adelante, nos cuenta algo de esa cotidianidad en la Residencia de Estudiantes. Vilis, el libro del que hablaban ambos, libro de García Vega, estaba en una de las bolsas. Justamente, en ese relato interrumpido por el diario del constructor de cajitas, a veces edulcorado de versos, es un no-lugar personal del autor.

«Uno va ensamblando partes de lugares distintos, la avenida de una ciudad que desemboca en el teatro de otra ciudad, trozos de París con trozos de Nueva York (…) Si te sucede eso, decía el viejo, si tus lugares de referencia y se entremezclaron de ese modo, ya no vas a poder regresar. De eso no se vuelve nunca» (p. 109).

Vilis era eso y las anotaciones de Juan (cuadernos, diarios, papelitos) creaban este no-lugar donde se puede, como lo dijo Álvaro de Campos (Fernando Pessoa),  «sentir tudo de todas as maneiras».

Si bien la referencia pessoana es reconducible a los heterónimos, me interesa destacar esa Nápoles con trozos de Valparaíso o viceversa, un restaurante turinés como en Lima, Santiago espejeada en Berlín o viceversa: de ahí que los pasos se pierden, porque los seguimos en maneras alternativas. Y la experiencia vital se vuelve borrosa y la materia prima choca con una variedad de la lengua española que se desterritorializa, habla otras lenguas o se sumerge en otra variedad de la lengua española.

Esa es la confusión, a fin de cuentas, de la misma lengua y de un tiempo histórico, cultural y personal. No es que el chileno se pone a decir «quilombo» o «chamo» o el colombiano «chasca» o «calato», el contacto entre variedades del español ofrece, si los hablantes lo desean, un acceso al otro.

Tal como en este extracto de «Llamado a algunos doctores», para concluir esta recensión al libro de Juan y no el de Arguedas: «No ayudes a afilar esa máquina contra mí; acércate, deja que te conozca; mira detenidamente mi rostro, mis venas; el viento que va de mi tierra a la tuya es el mismo; el mismo viento respiramos; la tierra en que tus máquinas, tus libros y tus flores cuentas, baja de la mía, mejorada, amansada».

Ya no entre sierra y costa, sino entre distancia y ligereza: el punto donde flotamos en las proximidades del otro y caigamos en cuenta de la simplicidad del fútbol de Andrés Iniesta. Si no hay remedio, la ligereza se cambia por la estratigrafía, que nos ayuda a mirar la evolución de un sujeto o de quien está detrás o alrededor de una obra literaria o artística.

Es el lector, a la postre, el que observa los matices de todo y la pureza ambigua. Este es el principio de un libro publicado en 2024.

 

 

 

 

 

 

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Nicolás López-Pérez es un poeta, traductor y crítico literario chileno.

 

«La ligereza», de Juan Cárdenas (Editorial Periférica, 2024)

 

 

 

Nicolás López-Pérez

 

 

Imagen destacada: Juan Cárdenas.

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