La ópera prima del escritor chileno José Miguel Bambach es una novela de aventuras, misterio, amor, violencia y recuerdos. Pero debajo de todo eso hay una pregunta sencilla y profunda: ¿qué parte de nuestra identidad pertenece a quienes estuvieron antes que nosotros?
Por Edmundo Moure Rojas
Publicado el 1.10.2026
Hay libros que parecen incitarnos con apremio, como si el autor nos convocara a una lectura inmediata y continua. Karken, de José Miguel Bambach Salvatore (62), me produjo esa impresión.
Quizá porque su historia transcurre, en buena parte, en una geografía que parece hecha para guardar secretos y llamarnos a su develamiento: Tierra del Fuego, ese extremo austral donde el viento, el agua, los bosques y la soledad adquieren una presencia casi humana, transformándose en una suerte de lenguaje rumoroso, cuyo carácter onomatopéyico se hizo habla para aquellos pueblos que fueron abatidos por la brutalidad y la ignorancia de colonizadores y aventureros.
Desde las primeras páginas, la novela nos instala en el pasado. Es 1887 y un bergantín de bandera estadounidense, el Maryland, enfrenta las aguas turbulentas del Estrecho de Magallanes, ese abismo líquido y pavoroso. No estamos, sin embargo, ante una simple novela histórica. El pasado que Bambach introduce en sus páginas terminará proyectándose sobre el presente, como una larga sombra que atraviesa generaciones.
Me parece significativo que la novela se abra con Francisco Coloane y con Oscar Wilde. El primero nos recuerda la tragedia de los selk’nam, perseguidos y asesinados en su propia tierra; el segundo nos recuerda que la memoria es el diario no escrito que llevamos con nosotros. Entre ambas ideas se mueve buena parte de Karken: la memoria personal y la memoria colectiva, el recuerdo íntimo y la memoria de un pueblo.
Y ahí surge Karken. Es una mujer contemporánea, formada en el mundo científico, vinculada a Nueva York y a una existencia que podría parecer distante de aquella Tierra del Fuego de sus antepasados. Sin embargo, basta que determinadas circunstancias comiencen a entrelazarse para que ella comprenda que nadie puede escapar por completo de su origen.
Su relación con Yoppen, su hermano, constituye uno de los ejes emocionales de la novela. Él ha perdido buena parte de sus recuerdos, después del ataque sufrido y, paradójicamente, esa pérdida abre la posibilidad de recuperar una memoria más antigua: la de sus antepasados remotos, la de Kau, la abuela, y la de una cultura selk’nam que la historia oficial relegó casi al silencio.
Las imágenes del pasado
Aquí la novela adquiere una dimensión inquietante y, a la vez, conmovedora para el lector. ¿Qué significa recordar? ¿Recordamos solamente aquello que hemos vivido, o existe también una memoria heredada, una especie de territorio interior que recibimos sin saberlo, ese registro aún enigmático que parece latir en los genes?
Bambach responde a estas preguntas mediante una combinación singular de ciencia, imaginación, trance y elementos sobrenaturales. El Hain Pot’ken funciona como una llave que permite entrar en ese territorio de la memoria. Las imágenes del pasado aparecen entonces como fragmentos vivos, donde los muertos, los antepasados y los acontecimientos antiguos esperan a que alguien vuelva a despertarlos.
Pero hay otra cuestión, más áspera, que atraviesa la novela: la apropiación del conocimiento.
El mundo moderno llega hasta la cultura indígena con escaso respeto, a menudo —la historia lo demuestra— con una actitud ignorante y violenta, nacida del desconocimiento y el rechazo. En algunos personajes, el conocimiento ancestral aparece como una mercancía susceptible de ser explotada. El Hain Pot’ken adquiere entonces un valor que trasciende el misterio: representa aquello que una cultura posee y que otros pretenden convertir en negocio.
No deja de ser una paradoja de nuestra América. Durante siglos hemos asistido a la desaparición o marginación de pueblos originarios y, después, cuando descubrimos el valor de sus culturas, de sus lenguas o de sus tradiciones, intentamos apropiarnos de ellos como si se tratara de objetos de museo o de turismo. Karken plantea esa contradicción sin convertirla en un tratado: la incorpora a la acción, al misterio y a las relaciones entre sus personajes.
También me llamó la atención el contraste entre Nueva York y Tierra del Fuego. La Babilonia contemporánea representa el poder financiero, la sofisticación, los negocios, las fortunas y los secretos corporativos. La ancha tierra fueguina, en cambio, representa el territorio hostil e inabarcable, la intemperie, los antepasados y una relación más directa con la naturaleza.
Karken pertenece a ambos mundos y, justamente por eso, vive su conflicto interior. Su recorrido no es solamente geográfico. Es un viaje hacia sí misma.
Quizá por eso, el título adquiere una resonancia especial. Karken significa madera o leña. Y la madera pertenece al árbol, pero también al fuego. Hay allí una hermosa imagen poética, una metáfora que es también simbiosis para la protagonista: materia heredada que puede transformarse, memoria que puede convertirse en luz.
Y después está Koren, la hija de Karken, cuyo nombre significa «sol» en ona. En ella parece concentrarse la posibilidad de continuidad. Si Kau pertenece a la memoria de los antepasados y Karken pertenece al presente, Koren representa aquello que todavía está por venir.
Pienso que ahí se encuentra el verdadero sentido del renacimiento que atraviesa la novela. Renacer no significa comenzar desde cero. Significa volver a las raíces, sin quedar prisionero de ellas.
Como lector latinoamericano, no puedo dejar de pensar que esa pregunta nos concierne mucho más allá de Tierra del Fuego. También nosotros somos hijos de migraciones, de desarraigos, de encuentros y desencuentros culturales. Llevamos nombres, historias familiares, lenguas, pérdidas y recuerdos que muchas veces apenas conocemos. A veces necesitamos recorrer una gran distancia para descubrir aquello que estaba dentro de nosotros.
Karken es, finalmente, una novela de aventuras, misterio, amor, violencia y memoria. Pero debajo de todo eso hay una pregunta sencilla y profunda: ¿qué parte de nuestra identidad pertenece a quienes estuvieron antes que nosotros?
Quizá por eso el libro permanece después de su última página, como patrimonio afectivo y cultural del lector. Porque la memoria, como sugiere el epígrafe de Wilde, no es solo un archivo del pasado, es también una forma de seguir viviendo entre los eslabones del tiempo.
***
Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.
Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.
Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.


Imagen destacada: José Miguel Bambach Salvatore.

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