[Crónica] Caso Vampiros Literarios: Pinochet como Superman y Drácula en «El conde»

Una de las coincidencias más singulares que se detectan entre el libreto de la obra teatral «Ya no sueño contigo Augusto» (2004), del fallecido autor Sebastián Venegas, y el guion cinematográfico escrito por Pablo Larraín y Guillermo Calderón —que dio origen al premiado filme de 2023—, resulta de la llamativa representación audiovisual del dictador chileno, bajo la doble figura del superhéroe estadounidense y también de un chupasangre de carácter inmortal.

Por Antar Venegas Novakovic

Publicado el 6.7.2026

L as vidas de Jerry Siegel y Joe Shuster, dos buenos amigos de Cleveland, un escritor, el otro dibujante de historietas, estuvieron unidos desde el comienzo al mundo del cómic, primero como lectores empedernidos —Siegel devoraba todo el libro que llegaba a sus manos— y luego como creadores.

Siendo aún adolescentes y luego de ser rechazados por las editoriales del rubro, crearon su primer fanzine titulado Science Fiction: The Advance Guard of Future Civilization —los fanzines eran publicaciones temáticas artesanales de baja circulación, escritas, dibujadas y editadas en su mayoría por aficionados, para aficionados —que en su tercer número incluía el cuento The Reign of the Superman (1933), texto que contenía la primera aparición conocida del nombre «Superman» como personaje.

Bill Dunn, un vagabundo desempleado —esta es la historia que imaginó Siegel— , es reclutado al azar por Ernest Smalley, un científico loco que, a cambio de «buena comida y nueva vestimenta», le ofrece participar en un experimento destinado a expandir extraordinariamente las facultades de la mente humana.

Tras ingerir la fórmula, Dunn adquiere facultades telepáticas y de sugestión, habilidades que utiliza rápidamente para acumular poder y planear dominar el mundo. Poco después asesina al profesor Smalley, destruyendo con él la posibilidad de reproducir la fórmula que le había otorgado sus extraordinarias capacidades.

Un cheque de US $130 fue lo que recibieron Jerry Siegel y Joe Shuster por esa primera versión del «alienígena más americano jamás creado» (Ravelo y Rodríguez Ardanch, 2018). La falta de experiencia, la ansiedad acumulada después de tantas negativas por parte de las editoriales y una negociación en extremo asimétrica resultaron, en el transcurso de algunos años, en la pérdida casi total de control sobre el hombre de acero.

 

La apariencia contemporánea del mal.

En los fríos meses de 2004, un joven aspirante a pintor, por entonces asistente al Campus Juan Gómez Millas, escribió un libreto teatral por encargo de una querida amiga para presentarlo al Primer Concurso de Dramaturgia de la desaparecida Universidad ARCIS. El pie forzado de la convocatoria consistía en retratar la mirada que tenían los mismos estudiantes sobre el golpe cívico y militar de 1973.

Así, entre los apuntes reunidos para comenzar a trabajar, Sebastián advirtió un sentimiento que parecía repetirse entre buena parte del estudiantado: el tedio y el agotamiento frente a una conversación que volvía una y otra vez sobre el golpe y los acontecimientos posteriores a septiembre de 1973.

La imposibilidad de salir de ese ciclo, de encontrar un nuevo lugar desde donde mirar lo sucedido, fue el impulso inicial para escribir el libreto teatral Ya no sueño contigo Augusto .

Revisamos algunos elementos de ese texto registrado el 8 de octubre de 2004 en el Departamento de Derechos Intelectuales. Cada uno de ellos será presentado con el contexto indispensable para permitir una lectura autónoma.

En el acto tercero del libreto teatral, denominado El sueño, Soñador vive recluido en su dormitorio, atormentado por Fantasma, un espectro de sus pesadillas que lo acosa con violarlo y ahorcarlo, mientras su hermana Isa, acompañada en la escena por Masa (Lucía Hiriart), intenta calmarlo y dar alivio a su interminable tormento.

Con todo, esta última (Masa) es quien propone realizar un exorcismo a Soñador (Claro, puede ser un maleficio o de frentón se le metió el diablo), convocando para la expulsión a Chamán, un brujo que vive al lado de una parroquia.

Históricamente, los exorcismos no han sido exclusivos del cristianismo. Existen registros de prácticas destinadas a expulsar espíritus o entidades malignas en Mesopotamia, el Antiguo Egipto, Grecia y en diversas tradiciones chamánicas, con invocaciones y rituales diferentes, pero siempre con el objetivo de expulsar una presencia maligna.

En el libreto de mi hermano Sebastián, el exorcismo propuesto por Masa da lugar a la primera manifestación pública de Fantasma.

Chamán, entonces, dice:

— El ya no está dentro de Salvador (Soñador), pero sigue aquí. Lo primero es saber qué cuco es para que todos lo podamos ver, luego juzgarlo y darle muerte (…) ¡Muéstrate, que en nombre de los muertos vengo a juzgarte! ¡Ven ante nosotros, muéstrate de una vez! (Desde el fondo emerge una figura de espaldas algo encorvada con capa, bastón y sombrero).

Soñador (sonriendo como iluminado y forzando los ojos para ver mejor):

— ¡Miren, lo ven, mi superhéroe favorito! ¿Lo pueden creer?, es Superman ante nosotros.

El superhéroe nacido en Cleveland que contempla Soñador no es otra cosa que la manifestación física del mal que lo atormenta, esa «bestia horrible» que lo visita cada día.

¿Por qué Superman aparece precisamente en el momento en que el mal adquiere una forma visible tras el exorcismo de Chamán? ¿Por qué el Conde se presenta por primera vez bajo la figura de un superhéroe? ¿Es esta —para el autor— la apariencia contemporánea del mal?

Como vimos, en esta sátira de vampiros, Chamán libera a Soñador mostrándonos por primera vez a Fantasma fuera de su lugar de encierro. Pero ¿quién o qué es este Fantasma?

En Ya no sueño contigo Augusto algunos personajes poseen más de un nombre. Lucía Hiriart es Masa; Familiar es Isa, la hermana de Soñador; Soñador es también Salvador; y Fantasma es el Conde: el Pinochet vampiro.

Para los efectos de esta lectura, basta con retener esta equivalencia.

 

El dramaturgo Sebastián Venegas Novakovic

 

«La metáfora más fácil de todas»

La representación de Augusto Pinochet como Superman resulta prácticamente inexistente en el imaginario cultural chileno. Tampoco parece frecuente su representación como vampiro y, menos aún, la convergencia de ambas figuras bajo un mismo nombre.

Miremos ahora al otro Conde, el de Larraín y Calderón.

¿Por qué un vampiro querría ser un dictador? La pregunta sigue un planteamiento del filme; cansado de ser un simple soldado, Claude Pinochet decidió convertirse en comandante y posteriormente en rey.

Es así como el aburrimiento del general resulta en la combinación de dos «ideas inspiradoras antiguas»: el vampiro y el dictador, mostrando lo que Pablo Larraín —quien escribiera el guion de El conde junto al académico de la Facultad de Artes UC, Guillermo Calderón—, describiera en una entrevista para Netflix como: «la metáfora más fácil de todas». Esto, a pesar de que la imagen de Pinochet vampiro no parece haber arraigado en el imaginario cultural chileno.

Sin embargo, existen registros de representaciones de Augusto Pinochet como vampiro en la obra del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín y en algunas caricaturas publicadas por la prensa europea (ver el libro del destacado historiador chileno, Manuel Gárate Chateau, La creación de un monstruo: la imagen de Augusto Pinochet en caricaturas de prensa extranjera, 2023).

Con todo, se trata de representaciones que, desde un punto de vista comparativo y en el contexto de esta columna, resultan incompletas: carecen de expresión biográfica y de un desarrollo dramático del personaje.

Una posible explicación para la escasa presencia de esta asociación podría encontrarse en la propia naturaleza de estas bestias preferentemente nocturnas. El vampiro es un malo demasiado bueno. Posee atributos sobrenaturales extraordinarios: telepatía, telequinesis e hipnosis. «Puede aparecer a voluntad cuando y donde quiera, en cualquiera de sus formas»: murciélago, rata, niebla o lobo. Regenera sus tejidos instantáneamente y es capaz de detener el paso del tiempo, permaneciendo joven o recuperando su juventud.

A esa belleza perpetua se suma el sufrimiento del destierro y del amor, entendido este último como el deseo permanente del otro: un otro mortal, inocente y humano. Los vampiros, sin duda, son malos demasiado buenos como para no haber deseado alguna vez ser uno de ellos.

«El vampiro es todo lo que no somos y es esa otredad la que nos atrae y nos seduce» (Quirarte, 2003: 60). De adolescentes, nos soñamos vampiros, no dictadores. Tal vez por eso «la metáfora más fácil de todas» no sea, después de todo, la metáfora más fácil de todas.

Cabe todavía una reflexión sobre la justificación del vampirismo en la caracterización de Augusto Pinochet en El conde, tal como fue explicada por uno de sus guionistas. Si la tesis de Pablo Larraín es que la única manera de evitar la empatía hacia Pinochet consistía en convertirlo en un vampiro, tal vez el resultado haya sido precisamente lo contrario.

 

Un objeto de deseo para las nuevas generaciones

Asimismo, la tradición de estos célebres insepultos es inseparable de la seducción. Uno de sus rasgos más persistentes es, precisamente, su capacidad para encantar e incluso despertar simpatía o identificación en el público, más aún, en el caso de esta producción, cuando se elige al actor chileno Jaime Vadell para interpretar al personaje.

Esa tensión entre monstruosidad y atracción se encuentra presente en toda la tradición de la literatura vampírica. Por ejemplo en Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu (Dublín, 1814 – Dublín, 1873). Basta revisar el siguiente pasaje, en el que la joven Laura recuerda a Carmilla:

En ciertas ocasiones, después de una hora de apatía, mi extraña y bella compañera me tomaba la mano, reteniéndola en la suya con un apretón amoroso, que repetía una y otra vez, mientras se ruborizaba levemente y me miraba con sus lánguidos y encendidos ojos, emitiendo gemidos con tanta rapidez que su vestido subía y bajaba al ritmo de su tumultuosa respiración. Fue como el ardor de un amante. Me avergonzaba. Era odioso, y sin embargo se apoderaba de mí. Con una expresión de regodeo, me atraía hacia ella y sentí sus cálidos labios corriendo por mis mejillas mientras ella susurraba, casi en sollozos: —Tú eres mía, serás mía, tú y yo somos una para siempre. Luego se echaba para atrás en su silla, cubriéndose los ojos con sus pequeñas manos, mientras me dejaba temblando (Le Fanu, 1872).

Los vampiros y vampiresas enamoran, hipnotizan, penetran a través de la sangre y pueden elegir ser bellos. Debilitan poco a poco a sus víctimas, con la mirada e invadiendo sus pensamientos.

Cómo olvidar a Drácula moviéndose como neblina entre las sábanas de Mina. O la secuencia de la última mordida a Lucy Westenra, mientras Mina se une en matrimonio con Jonathan Harker.

Drácula va por Lucy, quien yace en su cama padeciendo de lujuria por el Conde, quien la condena y muerde transformado en una bestia, en un lobo.

Sin ir más lejos, Bram Stoker’s Drácula (1992) de Francis Ford Coppola, con guion del estadounidense James V. Hart, probablemente sea la más célebre película de terror romántico sobre vampiros.

En el guion de Larraín y de Calderón, contrariando el propósito tantas veces declarado de no producir empatía en el espectador, el dictador vampiro seduce a Carmencita (interpretada en el filme por la actriz Paula Luchsinger), una monja virgen enviada por la Iglesia Católica: una «pendeja», una «niña» que se pasea por la casona oliendo las vestimentas del Conde mientras esparce agua bendita.

La monja contadora es seducida, terminando en un cubil hecho de vellón blanco montada sobre el vampiro, siendo iniciada sexualmente y convertida en vampiresa, lo que la hace salir volando extasiada para, al regreso de su primera práctica de vuelo, ser recibida tiernamente por su ahora compañero de sangre.

Así, la secuencia difícilmente puede entenderse como una estrategia destinada a impedir lo que se quería evitar a toda costa. Por el contrario, reproduce uno de los motivos centrales de la tradición vampírica: la seducción como vía de incorporación del otro al mundo del vampiro.

Con la construcción de esta escena, aparece una posibilidad inimaginable: al escribir una continuación del punto final de un capítulo de nuestra historia, Larraín y Calderón transforman al dictador chileno Augusto Pinochet Ugarte en un objeto de deseo para las nuevas generaciones.

Ya no sueño contigo Augusto fue escrito por Sebastián Venegas, y El conde, por Pablo Larraín y Guillermo Calderón. Esta circunstancia merece una reflexión.

No se trata únicamente de que dos obras compartan configuraciones narrativas, visuales y simbólicas previamente articuladas por un único autor. Se trata, además, de que esas mismas configuraciones aparezcan luego en un guion cinematográfico escrito conjuntamente por dos libretistas consumados.

En el proceso de escritura de Larraín y de Calderón, las coincidencias ya no tendrían que producirse una sola vez. Deben sobrevivir a un proceso de creación compartida en el que cada decisión narrativa surge, simultáneamente o de manera sucesiva, en uno y otro guionista para luego ser discutida, modificada, aceptada o descartada.

Con todo, ese proceso —repetido probablemente decenas de veces a lo largo de varios años en innumerables conversaciones de forma intermitente— supone un filtro creativo permanente, construido sobre acuerdos y desacuerdos, es decir, la configuración narrativa no solo tuvo que ser concebida, sino también sobrevivir a la revisión del otro autor.

 

La cautivante Carmencita del filme «El conde»

 

La matriz iconográfica de «El conde»

El personaje el Conde de Sebastián Venegas Novakovic es un rol complejo, resultado de una hibridación que articula atributos procedentes de distintos repertorios iconográficos: el vampírico, el aristocrático, el dictatorial y el de superhéroe.

Así, en este personaje convergen referentes que van desde Superman hasta la novela fílmica Cagliostro (1934), de Vicente Huidobro, que narra la historia de Alessandro di Cagliostro, un conde dotado de poderes sobrenaturales, capaz de ejercer dominio sobre los demás.

Entre los pequeños cuadernillos del autor —acostumbraba a escribir en hojas blancas dobladas una o dos veces, pequeñas agendas telefónicas o libretas confeccionadas por él mismo, todas de un tamaño similar y sujetas con un corchete en una de sus esquinas— se conserva uno con varias páginas del storyboard destinado al montaje de Cagliostro, una adaptación que proyectaba realizar junto a nuestro tío Darío, ya fallecido, amigo de mis padres y, más tarde, también de Sebastián.

Muchos aspectos de la vida de mi hermano aportaron a la caracterización del Conde. Su práctica ecléctica de la pintura, sus diez años dentro de las gélidas salas del campus Juan Gómez Millas, su infancia en la selva valdiviana, la distrofia muscular, el golpe de Estado de 1973, son parte de esta invitación a escribir un guion teatral que terminó por convertirse en la primera biografía ficcionada sobre el dictador Augusto Pinochet Ugarte, en el doble rol de vampiro y de superhéroe. La primera y última obra dramática escrita por Sebastián Venegas Novakovic (1972 – 2017).

¡Miren, lo ven, mi superhéroe favorito! ¿Lo pueden creer?, es Superman ante nosotros (Venegas, 2004: 69).

La referencia a Superman en el libreto de 2004 no parece una decisión desconectada del resto del relato o una palabra accesoria puesta allí sólo para llenar unos cuantos centímetros de papel. Más bien proporciona una matriz iconográfica a partir de la cual se construye el Conde.

Sebastián resuelve la aparición física del personaje, al hacer que el mal encarne bajo la figura de Superman, más precisamente, en el repertorio iconográfico del superhéroe.

Así, Chamán dice:

— ¡Muéstrate, que en nombre de los muertos vengo a juzgarte! ¡Ven ante nosotros, muéstrate de una vez!

De esta forma, se pide que el mal se haga visible, ya que sin representación no hay juicio. La decisión del autor invierte el mito del superhéroe: el mal no aparece bajo la forma de un monstruo, sino bajo la apariencia del querido Superman.

Otra cuestión que se pudiera analizar con más detalle es la omisión de la palabra «Superman» en la película, y no es que interprete erróneamente la iconografía propuesta por Larraín y Calderón. En efecto, y en un artículo periodístico sobre El conde, se escribe que una nota de producción del filme, se lee textualmente: «Vemos al vampiro Pinochet volando sobre Santiago. Él es una mezcla entre Nosferatu, Batman y Superman» (La Tercera, 2023).

Lo mismo ocurre con la palabra «Conde». Si bien el guion establece que Pinochet pidió ser llamado así en privado, la escasa utilización del término dentro de la película adquiere interés analítico. Ni Lucía, ni Fyodor, ni ninguno de sus hijos lo llaman Conde, a excepción de Maggie (Margaret Thatcher), un par de veces al final del largometraje.

Para Sebastián, ese nuevo lugar desde donde mirar el golpe cívico y militar y sus consecuencias no sería el de la reconstrucción histórica vista en innumerables ocasiones, sino el de la ficción fantástica, al desplazar la representación de los hechos desde el terreno político, al imaginario del terror y de lo sobrenatural, dentro de dos épocas entreveradas: un presente indeterminado y un pasado de imperios y de reinos.

La película El conde , cuyo guion fue escrito por Pablo Larraín Matte y Guillermo Calderón Labra, obtuvo el Premio Osella al Mejor Guion, en la edición número 80 del prestigioso Festival Internacional de Cine de Venecia.

 

 

 

 

 

 

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Antar Venegas Novakovic (1972) es un escultor, diseñador y muebleista chileno.

 

La obra «Ya no sueño contigo Augusto» fue inscrita como propiedad intelectual en 2004

 

 

Tráiler:

 

 

 

Antar Venegas Novakovic

 

 

Imagen destacada: Fotograma de El conde (2023) y la portada de Ya no sueño contigo Augusto (2004).

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