La publicación del libro de los autores estadounidenses Alexander Karp y Nicholas Zamiska constituye uno de los signos del agotamiento del imaginario liberal-globalista que dominó las últimas décadas. El texto parte de una constatación inquietante: las élites tecnológicas occidentales han abandonado la idea de nación como horizonte de sentido y han reemplazado el compromiso con la comunidad política por una vida individualista centrada en el consumo y en la acumulación privada.
Por Ana Arzoumanian
Publicado el 3.7.2026
Una foto: Juan Grabois, político argentino, extiende su mano mientras entra a una casa de la zona más residencial de Buenos Aires, Barrio Parque. La casa es la de Peter Thiel (1967). La imagen como un síntoma. Quedarnos el tiempo suficiente frente a ella para que despliegue sus preguntas, trabajar con esas apariciones parciales sin exigirle una transparencia imposible. La fotografía no como documento inmóvil sino como campo de tensiones.
Luego, un acontecimiento: el correo entrega en mi casa un libro que llega desde España. El libro es La república tecnológica de Alexander Karp y Nicholas Zamiska. El libro de la editorial Tenos, publicado en papel proveniente de Suecia por su legislación protectora de los recursos forestales, indica en su última página desde dónde se podría acceder a él gratuitamente.
Alex Karp, cofundador y director ejecutivo de Palantir, empresa tecnológica especializada en análisis de macrodatos e inteligencia artificial cuyo cofundador y presidente es Peter Thiel.
Después, avanzo en la lectura del libro, me atrapa su pasión ideológica y me olvido de la foto. Capítulo tras capítulo se desarrolla una discusión: la necesidad de que la tecnología vuelva a estar subordinada a una misión política colectiva. Karp critica a las élites tecnológicas de Silicon Valley por haber abandonado la idea de nación, de proyecto común y de destino histórico, refugiándose en una postura libertaria del individuo, el mercado y la innovación por la innovación misma. La tesis central consiste en considerar a la tecnología como una instancia no neutral.
La publicación de La república tecnológica constituye uno de los signos del agotamiento del imaginario liberal-globalista que dominó las últimas décadas. El texto parte de una constatación inquietante, las élites tecnológicas occidentales han abandonado la idea de nación como horizonte de sentido y han reemplazado el compromiso con la comunidad política por una vida individualista centrada en el consumo y la acumulación privada. Frente a ello, Karp propone recuperar una articulación entre tecnología, Estado y destino de dominio.
Así, lo que Karp llama «república tecnológica» podría ser leído, desde una perspectiva latinoamericana, como una actualización de la vieja cuestión de la soberanía. ¿Quién controla los sistemas tecnológicos que organizan la vida social? ¿Quién decide el destino de los datos? ¿Quién diseña las infraestructuras digitales? De modo que existe un trasfondo teleológico, reconstruir la capacidad estratégica de la nación.
Los autores observan con preocupación cómo Estados Unidos permitió que gran parte de su ecosistema técnico se desvinculara de los intereses geopolíticos del propio país.
El ascenso de un orden tecnológico global
Uno de los aspectos más interesantes de La república tecnológica es que, detrás de su defensa de la inteligencia artificial y el desarrollo tecnológico, subyace una idea que no suele asociarse con el liberalismo contemporáneo, la necesidad de una empresa colectiva capaz de movilizar a una comunidad política en torno a un destino común.
Y aquí se mezcla la lectura con la fotografía como una señal de encuentro más allá de un barrio elegante. En ese sentido, podría leer la imagen en el texto o el texto superpuesto con la imagen y observar que el nacionalismo de Karp y el nacionalismo popular de Grabois representan dos respuestas diferentes a una misma transformación histórica: el ascenso de un orden tecnológico global que debilita los mecanismos tradicionales de pertenencia política.
Ambos buscan reconstruir la comunidad frente a la dispersión. Ambos desconfían de la neutralidad de los mercados globales. Ambos consideran que la soberanía sigue siendo una categoría indispensable. Claro que existe una diferencia respecto del sujeto histórico.
El peronismo se construye alrededor de la incorporación de las masas al escenario político. En Thiel, en cambio, la transformación histórica parece depender de minorías excepcionales: emprendedores, innovadores, fundadores. Donde el peronismo imagina una comunidad organizada, Thiel imagina una aristocracia tecnológica.
Desde América Latina, la lectura de Karp permite entonces formular una hipótesis provocadora, quizás el conflicto político del siglo XXI no enfrente simplemente a izquierda y derecha, sino a quienes consideran que la tecnología debe servir a un proyecto colectivo y quienes entienden que debe permanecer sometida exclusivamente a la lógica del mercado global. Palantir busca edificar la grandeza occidental en la supremacía estadounidense con su relato y su disposición militar.
Tanto Karp como Grabois perciben que la crisis contemporánea no es solamente económica sino narrativa. Las sociedades parecen haber perdido la capacidad de imaginar proyectos compartidos. La técnica produce dispositivos cada vez más sofisticados, pero no ofrece razones para vivir juntos. La nación reaparece entonces como un registro capaz de organizar sacrificios, distribuir responsabilidades y proyectar horizontes comunes.
La palabra decisiva aquí es misión. La república tecnológica no se funda únicamente en la producción de riqueza, sino en la convicción de que una nación necesita objetivos que superen el interés individual. En este punto aparece una semejanza estructural. La fe previa al destino común.
Tanto el peronismo clásico como La república tecnológica desconfían de una sociedad reducida al cálculo individual. Ambos consideran que las comunidades políticas necesitan relatos capaces de convocar goces y compromisos que no pueden explicarse únicamente por incentivos materiales.
Ambos tienen en sí una dimensión mesiánica.
Una evangelización estratégica
La magnitud militar no es un elemento secundario en La república tecnológica; constituye uno de sus núcleos conceptuales. Karp sostiene que las sociedades occidentales han olvidado que muchas de sus conquistas fundamentales nacieron de proyectos vinculados a la defensa.
Para él, la separación entre tecnología y defensa debilitó la capacidad histórica de Occidente. El peronismo también pensó la nación desde categorías tácticas y militares. Basta recordar la influencia del pensamiento militar en la formación de Juan Domingo Perón, la importancia de la defensa nacional o la idea de independencia económica como forma de soberanía.
Desde una óptica filosófica, podría decirse que el peronismo conserva una lógica populista mientras que La república tecnológica adopta una lógica republicano-imperial.
Existe un punto donde ambas tradiciones vuelven a encontrarse y es la idea de movilización. En ambos casos, lo colectivo no es una identidad sino una práctica. La comunidad surge porque actúa; no actúa porque ya sea plenamente una comunidad.
Por eso podría decirse que el verdadero punto de encuentro no es el pueblo ni la tecnología, sino una cierta filosofía de la praxis. La convicción de que los seres humanos no están simplemente destinados a administrar el mundo que reciben, sino a construir uno nuevo mediante la acción colectiva.
En este sentido, la identidad deja de ser una herencia para convertirse en una tarea. Y otra vez, la teología política, ese mandato de cumplir con una evangelización estratégica: una nacional, otra imperial.
La encrucijada sería: si se realiza la obra imperial, ¿quedaría borrado el apostolado nacional? ¿O acaso para ejecutarse la tarea imperial estadounidense en su hegemonía marcial y narrativa deberá contar con las acciones movilizadas de las periferias?
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Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.
De formación abogada (titulada en la Universidad del Salvador), ha publicado los siguientes libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos, los relatos de La granada, Mía, Juana I, y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.
Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar.
Asimismo, fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.
Filmó en Armenia y en Argentina el largometraje documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, un registro testimonial en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en el régimen militar vivido al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010).
Arzoumanian es integrante, además, de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, presentó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.
El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.


Imagen destacada: Elon Musk y Alexander Karp.

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