Uno de los aspectos más llamativos del tercer largometraje de ficción debido al realizador húngaro László Nemes, corresponde a su decisión visual. La paleta de colores, dominada por ocres, pardos y tonos cercanos al sepia, otorga a las imágenes una textura de antigüedad, nostalgia y deterioro, la cual —sin embargo—, no está exenta de mostrar el horror y la violencia propia de la posguerra en 1957.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 27.6.2026
El cine del director húngaro László Nemes (1977) ha explorado con insistencia los horrores de la guerra y sus secuelas en la Hungría del siglo XX. Su película más conocida, El hijo de Saúl, estrenada en 2015, fue también su debut y obtuvo diversos reconocimientos, entre ellos el Oscar a mejor película extranjera.
El huérfano (Orphan, 2025), su tercer largometraje, regresa sobre algunos de esos territorios: la memoria traumática, la ausencia del padre y la dificultad de construir un relato propio cuando el pasado permanece abierto.
La película comienza a fines de la década de 1940, cuando Klára llega a buscar a su hijo Andor a un orfanato. Durante la guerra, ella ha debido esconderse, mientras que el padre del niño fue enviado a un campo de concentración. Sin embargo, el núcleo de la historia ocurre años después, en Budapest, tras el fracaso de la Revolución húngara de 1956.
Andor continúa esperando el regreso de su padre, convencido de que aún está vivo, mientras la ciudad parece habitada por una violencia que no ha terminado de retirarse. Desde ese punto de partida, El huérfano instala una relación marcada por la ausencia, donde el padre se vuelve cada vez más poderoso en su imaginación precisamente porque no puede ser confirmado ni elaborado.
El director Nemes —al igual que en El hijo de Saúl—, vuelve a pensar la paternidad desde la pérdida, la obsesión y la imposibilidad de reparación. En su primera película, la figura del hijo se configura como una búsqueda desesperada de sentido en medio del exterminio. En El huérfano, esa pregunta se desplaza hacia la posguerra: Andor necesita sostener la imagen de un padre ausente, convertido en emblema moral de un pasado que todavía no puede comprender.
En efecto, a lo largo del largometraje observamos al joven protagonista deambular por la ciudad, esconderse, moverse entre calles vigiladas y espacios donde la amenaza parece permanecer en suspensión. Hay toques de queda, militares y figuras de autoridad que restringen la libertad tanto de Andor como de los revolucionarios que lo rodean.
La violencia atraviesa el pasado y además, se constituye como una fuerza que sigue organizando el presente del protagonista.
La invención del padre
El eje central de la película es la relación de Andor con ese padre ausente. Su madre se muestra elusiva al momento de contarle la verdad, y el niño va armando su historia a partir de versiones parciales, silencios y relatos ajenos. Para él, su padre es una figura casi heroica: un revolucionario, una víctima del Holocausto, alguien cuya memoria debe ser preservada.
Con todo, esa idealización adquiere incluso un tono religioso. Andor le dirige pensamientos que parecen plegarias y mantiene una especie de altar ritual en un horno del lugar donde vive, imagen que alude de manera siniestra a la posible conexión entre el padre y su muerte en el contexto del exterminio.
La historia se complejiza con la llegada de Mihály Berend, un hombre que ayudó a Klára a esconderse durante la guerra y que comienza a instalarse en la casa como una figura de poder. Berend intenta asumir el lugar del padre, incluso con la intención de adoptar a Andor como hijo legítimo.
Esta presencia provoca una crisis profunda en el protagonista, incapaz de aceptar que la memoria del padre quede desplazada o manchada por otro hombre. Berend aparece ante sus ojos como una figura grotesca: un carnicero, alcohólico, que recorre la ciudad en motocicleta y cuya presencia irrumpe de manera brutal en el mundo íntimo que Andor ha construido alrededor de la ausencia paterna.
Sin adelantar el clímax ni la revelación principal de la historia, puede decirse que El huérfano sigue una línea narrativa relativamente convencional, aunque emocionalmente sostenida. La película va gestando de manera progresiva la rabia y el rencor de Andor: su rechazo a Berend, su fidelidad casi religiosa al padre ausente y su necesidad de defender una versión idealizada del pasado.
En ese sentido, el momento climático puede sentirse algo contenido. La tensión parece anunciar una descarga más terrible, una acción más definitiva, pero el filme no desemboca del todo en esa explosión. Esa decisión puede resultar frustrante, aunque también dialoga con la impotencia del protagonista, puesto que Andor queda atrapado en una verdad que desarma el relato bajo el cual había intentado sobrevivir.
La adolescencia como orfandad provisoria
Uno de los aspectos más llamativos de la película es su decisión visual. La paleta de colores, dominada por ocres, pardos y tonos cercanos al sepia, otorga a las imágenes una textura de antigüedad, nostalgia y deterioro.
No obstante, esa belleza visual no está exenta de mostrar el horror y la violencia de la época. La obra mira un tiempo de crisis y dolor con una composición casi pictórica, como si la memoria embelleciera aquello que al mismo tiempo no puede soportar del todo.
En ese sentido, el título El huérfano no debe entenderse únicamente de manera literal. Andor tiene madre, y la pregunta por el padre atraviesa toda la película. Su orfandad, más que una condición familiar estricta, expresa un estado existencial.
Así, es la orfandad de quien crece en un mundo donde los vínculos han sido quebrados por la guerra, donde la verdad llega tarde o llega deformada, y donde las relaciones que se establecen parecen responder menos al cuidado que a la necesidad de sobrevivir.
Esa es, quizás, la mayor fuerza del filme: mostrar que la verdadera orfandad de Andor aparece cuando descubre que ninguno de sus padres puede devolverle una historia habitable.
Por estos días, El huérfano se encuentra disponible en la cartelera del streaming de MUBI para Latinoamérica.
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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Orphan (2025).

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