Como drama familiar, el filme de la realizadora española Eva Libertad transita por lugares reconocibles. Su mayor valor aparece cuando transforma la experiencia de la protagonista en un evento cinematográfico. Entonces, al apagarse las voces y quedar la imagen a cargo del sentido, el largometraje alcanza una intimidad que su narración más convencional no siempre consigue.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 10.8.2026
Sorda (2025), dirigida por Eva Libertad, sigue a Ángela, una mujer sorda que espera a su primera hija junto con Héctor, su pareja oyente. Durante el embarazo comienza a preguntarse cómo se comunicará con la niña y qué lugar ocupará dentro de una familia atravesada por experiencias auditivas distintas.
Después del nacimiento, esos temores adquieren una forma cotidiana: Héctor oye el llanto desde otra habitación, reconoce antes las necesidades de la bebé y parece desenvolverse con mayor facilidad en las rutinas de la crianza.
La película amplía la historia del cortometraje homónimo que Libertad dirigió en 2021 y conserva a Miriam Garlo, hermana de la realizadora, en el papel protagónico. Garlo perdió la audición a los siete años, por lo que su propia experiencia dialoga de manera cercana con la del personaje.
Buena parte del filme descansa en su presencia y en una actuación contenida, construida mediante la mirada y los pequeños cambios de su rostro, especialmente cuando Ángela intenta seguir conversaciones que avanzan sin tenerla en cuenta.
En una reunión familiar, una tienda o una guardería, los demás hablan demasiado rápido, olvidan mirarla o suponen que Héctor podrá explicarle después aquello que no alcanzó a comprender. Libertad muestra estas exclusiones sin transformarlas siempre en grandes enfrentamientos. A veces basta con mantener a Ángela dentro del encuadre mientras las voces continúan a su alrededor. Está presente, pero la conversación parece suceder en otro lugar.
Héctor conoce la lengua de signos, intenta acompañarla y se ocupa activamente de la niña. Esa disposición también hace visible aquello que Ángela teme no poder ofrecer. Él escucha el llanto, responde con rapidez y se mueve con una seguridad que ella todavía no posee.
La cercanía entre el padre y la hija despierta celos y resentimiento. Durante una discusión, Héctor llega a acusarla de haber deseado que la bebé fuera sorda. Ángela rechaza la idea, aunque la escena deja al descubierto su temor más profundo: que su hija termine perteneciendo al mundo oyente de su padre y ella vuelva a quedar al margen.
Subtítulo
La película encuentra ahí su representación más interesante de la maternidad. Ángela ama a su hija, pero ese amor convive con inseguridades y sentimientos difíciles de admitir. La relación con la bebé debe construirse mediante la observación, el contacto y una comunicación que recién comienza. De esta manera, Sorda cuestiona la imagen idealizada de una madre capaz de reconocer instintivamente todo cuanto necesita su hija.
El recurso más logrado aparece durante el último tramo, cuando el sonido deja de mantenernos fuera de la protagonista. Las voces pierden nitidez, las conversaciones se convierten en murmullos y el llanto de la bebé desaparece. El espectador debe atender los labios, los movimientos y los gestos para comprender lo que sucede.
Hasta entonces habíamos observado el aislamiento de Ángela; durante esa secuencia comenzamos a compartirlo.
La película resulta más convincente cuando permite que el sonido y la puesta en escena expresen la experiencia de su protagonista.
En otros momentos reitera demasiado aquello que Garlo ya comunica con su actuación. Los conflictos secundarios cumplen una función evidente y el recorrido de la pareja avanza hacia una resolución previsible. Hay sensibilidad en la mirada de Eva Libertad, aunque el relato rara vez sorprende.
Así, el final adopta un tono esperanzador y sugiere que la comunicación entre madre e hija podrá construirse desde ambos lados. La escena resuelve con cierta facilidad un conflicto que la película había presentado de manera más compleja, pero conserva una emoción genuina.
Como drama familiar, Sorda transita por lugares reconocibles. Su mayor valor aparece cuando transforma la experiencia de Ángela en una experiencia cinematográfica. Al apagarse las voces y quedar la imagen a cargo del sentido, el filme alcanza una intimidad que su narración más convencional no siempre consigue.
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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Sorda (2025).


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