Dichas comedias sirven para mostrar diversos aspectos de nuestra relación con los maniáticos, sus agobios y tribulaciones nos hacen reír, la angustia neurótica mueve a la carcajada cuando se la contempla desde fuera. Es decir, el psicótico puede ser percibido como ridículo.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 16.9.2026
La American Psychiatric Association define la hipocondría en su Manual diagnóstico y estadístico para los trastornos mentales-IV-Texto revisado como «la preocupación o el miedo por la idea de padecer una enfermedad grave, basados en una interpretación errónea de los síntomas corporales».
O, dicho en otras palabras: «el miedo o convicción de estar gravemente enfermo contra toda evidencia». El cine se ha interesado por tan difícil asunto con resultados variables. Desde películas serias como Dogville, de Lars Von Trier a comedias más o menos ingeniosas que lo enfocan por el lado cómico.
Algunas de ellas son: Bandits, sobre un atracador de bancos hipocondríaco; Hannah y sus hermanas, de Woody Allen; Todos a casa, de Luigi Comencini, genial colocación de un soldado hipocondriaco en plena guerra mundial.
Pero quizá la más amable, ligera y menos burlona sobre el tema sea No me mandes flores, dirigida por Norman Jewison y protagonizada por la pareja formada por Rock Hudson y Doris Day, intérprete de una serie de comedias de éxito a mediados del siglo pasado, años de crecimiento económico de Norteamérica en contraste con Europa, lo que fue muy bien descrito por Alberto Sordi en un filme italiano, al señalar que cuando se abría el frigorífico en un largometraje americano, aparecía este lleno de alimentos mientras que en uno transalpino solo había «medio limón momíficado».
Dichas comedias sirven para mostrar diversos aspectos de nuestra relación con los hipocondríacos, sus agobios y tribulaciones nos hacen reír, la angustia neurótica mueve a la carcajada cuando se la contempla desde fuera. Es decir, el neurótico puede ser percibido como ridículo.
Por eso, aquellos que en el fondo lo somos tratamos de llevar nuestros síntomas en secreto, nos dan vergüenza. Sin embargo, el neurótico sufre. El familiar y el médico experimentan desesperación y fastidio con las «rarezas» del paciente y el espectador, que reconoce la escena, ríe.
Un disconfort somático
El lado crítico de la hipocondría lo expuso Molière en el siglo XVII con su obra El enfermo imaginario. Título significativo que defiende una tesis fuerte: «los hipocondríacos no son verdaderos enfermos». No lo son en realidad.
Para Molière la hipocondría era un vicio de la condición humana como la avaricia, la hipocresía o la misantropía. Pero claro, este dramaturgo era un moralista que odiaba a los médicos y está considerado como un quejica que muere representando precisamente esta obra. Por otro lado, también habría querido subrayar que la hipocondría es una enfermedad de la imaginación.
Truman Capote se planteaba si las pacientes histéricas eran tales o solo en realidad unas farsantes y concluía en su novela Desayuno con diamantes que conformaban unas mentirosas verdaderas. Es decir, que su esencia auténtica consistía en la farsa, la impostura, el teatro.
Con todo, trasladada la cuestión de lo cierto a este caso, el investigador Barsky señala que el hipocondríaco interpreta de forma errónea y pesimista las sensaciones tanto fisiológicas como banales del organismo. Lo que para alguien corriente no sería más que una presión abdominal para él resulta un dolor insufrible. Es, por tanto, un paciente que agranda los síntomas, los observa sin descanso, los focaliza y los aviva con su preocupación. Necesita el silencio del cuerpo para estar tranquilo. Hay en él un disconfort somático.
El término hipocondría procede de la palabra griega «chondron», que significa «cartílago». El hipocondrio es la zona anatómica que se encuentra bajo la parrilla costal y que alberga el hígado, el estómago, el páncreas y el bazo. La medicina galénica establecía que la «bilis negra» (atrabilis), causante de la melancolía, se espesaba y obstruía estas vísceras, en especial el bazo. Para Galeno, la hipocondría era un trastorno de la melancolía, es decir, depresivo. Y, en efecto, pueden aparecer en la depresión profunda síntomas atrabiliarios, por ejemplo, síntomas deliroides somáticos.
Por cierto, la terminología spleen (bazo en inglés) llegó a significar «tedio», «aburrimiento» entre los poetas malditos franceses, entre el dandismo y en los círculos literarios bohemios. Algo de razón tenía la medicina galénica al relacionar melancolía e hipocondría.
Más tarde, Kenyon propuso que esta última debiera concebirse a lo largo de un continuum de progresiva tribulación por la salud, según la siguiente escala:
Primero, una atención excesiva a las sensaciones corporales.
Segundo, nosofobia: aprensión y miedo de padecer una enfermedad grave o letal como el SIDA, cáncer o cardiopatías. Sucede con mayor frecuencia en personas de naturaleza asustadiza o fóbica. Y calma su ansiedad con los resultados de las pruebas y el aseguramiento médico.
Tercero, convicción de sufrir una enfermedad grave por personalidades de fondo obsesivo. La ansiedad ya no se alivia con el resultado de las pruebas.
Cuarto, ideas sobrevaloradas con la convicción casi plena muy influida por la angustia.
Quinto, ideas delirantes hipocondríacas sostenidas por un funcionamiento psicótico. Es muy ilustrativo al respecto el delirio de tener colonizada la piel por parásitos, insectos o gusanos contra toda evidencia. Cuadro clínico que recibe el nombre de Síndrome de Ekbom, en honor del dermatólogo sueco que lo describió.
Como puede apreciarse hay en estas personas una desproporción entre el síntoma, lo subjetivo, lo que se siente y el signo, lo objetivable en la exploración clínica. Entre el percibirse enfermo y el diagnóstico comprobado de un padecimiento, en suma. Tal hecho propicia un desencuentro entre médicos y pacientes que facilita el peregrinaje sanitario en busca de la verdad letal esquiva.
La visión más actual y biológica del problema es un modelo neural que consiste en formular una disregulación del Sistema de Alarma y Vigilancia del SNC (Sistema Nervioso Central). A causa de lo cual, se produciría un estado final de hiperalerta en el lóbulo prefrontal con el resultado definitivo de un aumento de la ansiedad y la preocupación causantes de la hipocondría.
Hay que recordar que el lóbulo prefrontal es la parte más evolucionada del cerebro, quizá por ello no hay descritos parecidos a la hipocondría en la conducta animal.
En resumidas cuentas, ¿es un enfermo el hipocondríaco? Es probable que la respuesta esté en que el hombre no puede ignorar sus sensaciones, ni puede descansar sin una explicación, sobre todo cuando se dispone de una agudeza especial para captar dichas sensaciones corporales.
¿Será lo atrabiliario un exceso de esa capacidad? Lo que si puede afirmarse es que esos humanos al revés que los psicóticos, por ejemplo, presentan una hipertrofia de la conciencia de enfermedad que les hace concebir como patológico cualquier movimiento interno somático lo sea o no lo sea.
Hay que terminar, por tanto, dejando en el aire la hipótesis de trabajo de que la hipocondría es una alteración de la conciencia del cuerpo o si se prefiere del «yo corporal».
***
Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

Imagen destacada: Hannah y sus hermanas (1986).

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